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Causas y efectos de la flexibilización

Impuestos por la necesidad de aumentar las ganancias, los nuevos procesos de trabajo y las leyes que los acompañan explican en Argentina el aumento simultáneo de productividad y desocupación. Los profundos cambios que han transformado el panorama social no resultan de la introducción masiva de nuevas tecnologías y la consecuente modernización del aparato productivo.

Máxima jornada de trabajo con mínimo salario: tal la síntesis de las condiciones en que la clase obrera argentina inicia esta nueva década, ahora legalizadas con la aprobación de la reforma laboral. Eso para los que tienen empleo, precario e inestable (al menos como amenaza), tanto en las grandes empresas como en las pequeñas. El cuadro se completa con la disminución del salario no sólo en términos reales sino también nominales; el despojo de condiciones conquistadas históricamente como la jubilación y la indemnización por despido; y el crecimiento de una masa de población que va hundiéndose en la pobreza, consolidándose en la miseria. Es justamente la presión de esa masa, cuya parte totalmente desempleada se ha estabilizado en aproximadamente el doble de lo que fue su punto más alto hasta mediados de los "80, lo que permite imponer las nuevas condiciones1, en las que el 20% más rico de la población absorbe el 51,6% del ingreso total mientras el 20% más pobre recibe apenas el 4,2%2.

Si en Europa y Estados Unidos la situación de la clase obrera pudo ser presentada en términos de cambio tecnológico, es porque la violencia que implicó el reaganismo o el thatcherismo sobre la clase obrera se encubrió bajo los discursos de la necesidad económica, de la competencia con Japón, etc.

También en Argentina se pretende legitimar la situación con un discurso en el que la apelación a la modernización, a la globalización, a la competencia, a la ineficiencia y sobredimensionamiento del Estado y del gasto público, cumplen el papel de arietes empleados para demoler los valores de una cultura del trabajo, construida a lo largo de un siglo. Pero, en Argentina, como en otros países de América Latina, el discurso neoliberal estuvo acompañado por el ruido de las armas: las nuevas condiciones, y el discurso que pretende legitimarlas sólo pudieron comenzar a imponerse a partir del golpe de Estado de 19763, cuando mediante la toma del gobierno por sus cuadros militares, el capital financiero se aseguró el control total que le permitió implementar las políticas afines a sus intereses, necesarias para adecuar el país a las nuevas condiciones que imponía la crisis económica en el mundo capitalista.

Violencia como factor económico

Las primeras medidas dirigidas contra el movimiento obrero organizado sindicalmente (disolución de la CGT, intervención de sindicatos, detención de dirigentes, secuestro y desaparición de militantes), fueron acompañadas por la presencia de tropas en las fábricas y la prohibición de "toda (…) medida de fuerza, paro, interrupción o disminución del trabajo o su desempeño en condiciones que de cualquier manera puedan afectar la producción", fundamentándolo en la necesidad de lograr "un efectivo aumento de la producción"4. El resultado fue el crecimiento de la productividad del trabajo: si en 1975 el índice de producción por horas trabajadas en la industria manufacturera era 102, en 1982, penúltimo año de gobierno militar, fue de 1355.

Paralelamente se impuso una drástica caída en los salarios. Entre 1975 y 1978 el salario real promedio en la industria bajó de 985 a 509 pesos6; si en 1975 el índice salarial era 126, un año después había caído a 797. Y nunca más se aproximó siquiera a los valores anteriores: aunque subió algo en 1984, en 1987 el índice del salario estaba 40 puntos debajo de 19758.

El uso de la fuerza material logró anular parte de la legislación obrera, incrementar la productividad y bajar los salarios. El retorno a la normalidad institucional también requirió el retorno a mecanismos legislativos que retacearan poder a los sindicatos. Si los primeros meses que siguieron a la retirada del gobierno militar significaron un cierto crecimiento de los salarios y la devolución de las organizaciones sindicales, pronto la proclamada "economía de guerra", los hizo retroceder.

Estado y desempleo

Para contrarrestar la tendencia a la caída de la tasa de ganancia -fenómeno con epicentro en las metrópolis del capital- era necesario liberar los mecanismos económicos que bajaran los salarios. Se trata de cumplir aquello de "achicar el Estado", redefiniendo (no eliminando) su papel como regulador de la economía y reduciendo su lugar como empleador. Así llegó el crecimiento de la desocupación, para "concretar la estabilización" de las nuevas condiciones9.

Los "80 terminaron con la hiperinflación de 1989 y 1990, momento en que se desarticularon todas las relaciones sociales al desaparecer su mediación en la sociedad capitalista, el dinero. Esto potenció las condiciones para imponer con nueva fuerza lo que Juan Alemann pretendía en 1976, cuando integraba el gabinete económico del dictador Jorge Videla: que fuera el mercado el que impusiera las condiciones de peores salarios y condiciones de trabajo, para poder incrementar las ganancias.

Históricamente, y hasta mediados de los "80, la desocupación y subocupación sumadas nunca superaron el 12% de la Población Económicamente Activa. A partir de 1986 cruzaron esa barrera, y en 1989 y 1990 llegaron a 16,8 y 17,9%, respectivamente. Pero el incremento fue mucho mayor a partir de 1991, hasta aumentar al 30,9% (alrededor de 4 millones de personas) en 1996, cuando la inversión y el crecimiento del PBI se encontraban en su apogeo. En octubre de 1999 desocupados y subocupados sumaban el 28,1%10, con el agravante de que al menos la mitad (17,3% en 1996 y 13,8% en 1999) correspondían a la desocupación abierta, y de que muchos desocupados (400.000; 3% de la fuerza laboral, en 1999) habían dejado de buscar trabajo y por tanto no eran contabilizados.

Los efectos no se hicieron esperar, en las condiciones laborales y en los salarios. La jornada laboral de los que tienen empleo se extendió: si en 1989 el 33% de los ocupados trabajaba más de 45 horas semanales, en 1998 lo hacía el 42,5%, de los cuales el 15% trabaja más de 62 horas semanales11. Y el trabajo en negro, que la nueva legislación "blanquea", volviendo legal lo que no lo era, creció en el Gran Buenos Aires del 26,7% en 1990 al 36% en 199812 y 40% hoy; en provincias como Tucumán creció del 31,5% al 50,5%.

En la década de 1990, según una consultora privada, los salarios industriales cayeron 18,5% y los de la construcción, 11,2%13, con la novedad de que, eliminada la inflación, tanto grandes como pequeñas empresas redujeron los salarios en términos nominales14. Mientras tanto el PBI crecía, sobre todo en la primera mitad de la década. Y la productividad del trabajo recuperaba los niveles de fines de los ´70, cuando el uso de la fuerza militar servía para aumentar la producción en las fábricas. Con un índice 100 para 1980 y una caída de unos 20 puntos en la primera mitad de la década, en 1996 ya estaba en 99,315, un aumento superior al 50% entre 1990 y 199816.

Obviamente todo este proceso se refleja en las condiciones de vida de la población: si en 1974 sólo el 5,8% estaba por debajo de la línea de pobreza, hoy lo está el 35%. Y cabe señalar que en Argentina los pobres son, en buena medida, trabajadores de empresas privadas17.

Pero ¿qué pasó en los procesos de trabajo? ¿hubo innovación tecnológica con sus secuelas de reemplazo de fuerza viva de trabajo por máquinas? Lo que hubo fue un desarrollo en profundidad de las características de la gran industria: cada vez mayor subordinación de los trabajadores al sistema de maquinaria, con incremento del despotismo en la unidad de producción y homogeneización de la calificación del obrero. Los cambios tecnológicos fueron la extensión del uso de "máquinas herramienta de control numérico", "manipuladores", "autómatas programables". Pero los cambios más importantes, con aumento en la intensidad y baja del consumo del tiempo improductivo para el capital, se dieron en la organización del trabajo, con los círculos de calidad, equipos de trabajo, multifuncionalidad y "justo a tiempo"; las tareas de supervisión y control realizadas por los mismos obreros e impuestas por la misma organización del trabajo.

La productividad del trabajo creció un 50% entre 1991 y 199818. Entre 1990 y 1999 el PBI creció más del 50,8%, sin que se reflejara en la ocupación y menos aún en los salarios19.

  1. Las tasas más altas de desocupación antes de 1990 rondaron el 6%. En la segunda mitad de la década de 1990 la tasa más baja de desocupación fue de 12,4 en 1998.
  2. Clarín, 14-11-98.
  3. La propaganda televisiva del gobierno militar, resumida en el slogan "achicar el estado es agrandar la nación", conminaba a los consumidores a olvidarse del "precio único y uniforme en todo el país" y "caminar hasta encontrar el precio más bajo" y presentaba al mercado externo como el destino ideal de la producción en lugar del mercado interno.
  4. Ley 21.261 del 24-3-76 en Anales de Legislación Argentina, tomo XXXVI-B, p.1033. En el mismo sentido el inciso b del artículo 1º de la ley 21.400 del 3-9-76.
  5. Adolfo Dorfman, Cincuenta años de industrialización en la Argentina. 1930-1980; Buenos Aires, Solar, 1983. El diario Ámbito Financiero estimó un crecimiento aún mayor: 1970=100, 1983=147.
  6. Datos de BCRA/INPE Análisis de la productividad de la mano de obra, citados en Jorge Schvarzer, Martínez de Hoz: la lógica política de la política económica, CISEA Nº4, 1983.
  7. O.I.T. El salario mínimo en la Argentina: alcances y evolución (1964-1988), 1988.
  8. Idem.
  9. "Los jefes militares decían entonces que no podía haber desocupación, ya que cada desocupado era un guerrillero en potencia. Esto fue una limitación para la política económica, que no permitió concretar la estabilización". Juan Alemann, "Los años de Martínez de Hoz", La Nación 24-3-96.
  10. INDEC. Encuesta Permanente de Hogares.
  11. INDEC.
  12. La Nación 11-7-99.
  13. Clarín, 8-11-99.
  14. La Nación 22-2-96, 16-7-96 y Clarín 29-2-96.
  15. Secretaría de Programación Económica. BCRA.
  16. Clarín, 8-11-98.
  17. Si bien la duplicación de la desocupación desarrollada en los ´90 puede haber disminuido su peso, el estudio del INDEC "La pobreza urbana en la Argentina" (Estudios Nº18, Buenos Aires, 1988), mostraba que los obreros de empresas privadas de la industria, construcción y transporte eran el grupo ocupacional más numeroso entre los pobres del Gran Buenos Aires.
  18. Clarín, 8-11-98.
  19. Fuente: PBI a precios constantes. Ministerio de Economía.
Autor/es Nicolás Iñigo Carrera
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 12 - Junio 2000
Páginas:24
Temas Sociología, Neoliberalismo, Clase obrera
Países Estados Unidos, Argentina, Japón