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Rusia vuelve a enfrentar a su viejo rival

En franco deterioro después de una efímera pasión dictada por intereses incompatibles, las relaciones entre Washington y Moscú sufrieron la guerra angloestadounidense contra Yugoslavia en 1999 como un punto de no retorno. Desde entonces, la cúpula gobernante rusa ha recompuesto un complejo sistema de alianzas internacionales que coinciden en un aspecto: la creciente confrontación con Estados Unidos.

Qué lejano parece el tiempo en que los presidentes Boris Yeltsin y William Clinton se mostraban cordiales y hasta cómplices. En la Casa Blanca se acabó la indulgencia sistemática hacia el ex Presidente de la Federación Rusa. Washington se muestra indiferente a las advertencias rusas respecto del proyecto estadounidense de escudo antimisiles (National Missile Defense, NMD)1, pero considera como una provocación el viaje del presidente Vladimir Putin a Cuba. Y hasta parece que la responsable del Consejo Nacional de Seguridad, Condoleeza Rice, habría afirmado que Rusia seguía siendo "una amenaza".

De su lado, la prensa estadounidense critica duramente el comportamiento ruso en Chechenia, lo que es comprensible. Pero resulta discutible que presente como una amenaza contra la libertad de prensa los enfrentamientos judiciales entre el gobierno ruso y los poderosos empresarios Boris Berezovsky y Vladimir Guzinsky, propietarios de importantes medios de información en Rusia. Y ello, a pesar de que pocos meses antes esa misma prensa denunciaba las infamias de esos "oligarcas"…

En síntesis, desde la época de Boris Yeltsin hasta la de Vladimir Putin, la distancia entre Rusia y Estados Unidos aumentó. Ello se debe, en gran parte, a los cambios de la política rusa. El ánimo, el comportamiento y el lenguaje de quienes tienen a su cargo la elaboración y la gestión de la política exterior del país evolucionaron considerablemente. A partir de la llegada de Yeltsin a la presidencia, a comienzo de los años ´90, la totalidad de la "clase política" mostró una avidez casi ilimitada por todo lo que fuera "occidental". La búsqueda de un entendimiento con Estados Unidos a cualquier precio era algo más que una prioridad: un dogma. Según el programa expuesto por uno de los primeros gobiernos de la presidencia de Yeltsin, se preveía oficialmente la transformación de Rusia en un país capitalista moderno en "quinientos días". Egor Gaidar, por entonces primer vice-primer ministro a cargo de la economía, admitía públicamente seguir las directivas del grupo de consejeros estadounidenses dirigido por Jeffrey Sachs. Los resultados obtenidos, el desmoronamiento económico, social y hasta moral que se produjo, desvanecieron muchos sueños y arruinaron muchas esperanzas y cálculos.

El balance político está a la vista. Las fronteras de Rusia en Europa se aproximan a las que tenía a comienzos del siglo XVII. Veinticinco millones de rusos dependen actualmente de gobiernos extranjeros. Varios millones de ellos ya abandonaron las repúblicas de Asia central para establecerse en la Federación Rusa. Sin hablar del caso extremo de Chechenia, donde la comunidad rusa prácticamente ya no existe. La desaparición de Rusia del plano internacional fue casi total: no sólo de las zonas donde la política soviética registraba sus avances más audaces, como América Central o África Austral, sino también de puntos donde había jugado un papel muy activo y a veces determinante, como el Sudeste asiático y, sobre todo, Medio Oriente.

El caso de Yugoslavia llevó ese eclipse al paroxismo. De todas las crisis internacionales de los últimos diez años, esa fue, sin ninguna duda, la única que afectó notablemente la sensibilidad rusa, a pesar de los esfuerzos de las autoridades para tratar de influir en los acontecimientos. La imagen del avión de Evgueni Primakov dando media vuelta en su viaje a Washington, quedó en la memoria de muchos rusos: su Primer Ministro se enteraba en pleno vuelo de que había estallado la guerra de Kosovo. Esa era la más clara demostración del menosprecio que sentían por su país los responsables estadounidenses.

No resulta por lo tanto sorprendente que el personal político y diplomático ruso tenga ahora una psicología totalmente diferente. Luego del culto de una intimidad inquebrantable con los interlocutores occidentales, sobre todo estadounidenses, los responsables tomaron conciencia de que en realidad había divergencias de intereses. Decir hoy en día que la política de Estados Unidos apunta esencialmente a impedir el resurgimiento de una potencia competidora, a la imagen de la ex URSS, ya no resulta escandaloso. No más escandaloso que afirmar que Washington trata de mantener a Rusia en su actual estado de debilidad, sino de acentuarlo.

Giro a mitad de camino

Sin embargo, la política exterior rusa no pasó de un extremo al otro. De manera muy empírica, se presenta como un compromiso entre la búsqueda, antaño prioritaria, de puntos de acuerdo con la política estadounidense, y del logro de convergencias con otros interlocutores igualmente preocupados por "el hiper poder" de Estados Unidos y por la obtención de un nuevo equilibrio. El presidente Vladimir Putin encarna, a su manera, ese arbitraje. Por haber estado asociado a la gestión del presidente Yeltsin, ciertamente no olvidó todas las razones que entonces justificaban la prioridad dada al diálogo ruso-estadounidense. Pero también pertenece a la generación que conoció los grandes éxitos de la política exterior soviética en todos los teatros de operaciones del mundo, mientras sus bases internas se estaban desmoronando. Putin vivió la despiadada experiencia de la decadencia de Rusia luego del desmembramiento de la URSS. Su política lleva la marca de esos acontecimientos, en parte contradictorios, pero igualmente decisivos.

Desde antes de su elección como Presidente, y en particular por iniciativa de Evgueni Primakov, por entonces canciller y luego primer ministro, el acercamiento con China fue uno de los principales ejes de la nueva política exterior. Ambas naciones muestran las mismas preocupaciones: respecto de Estados Unidos y de su "hiper poder", que implica una inaceptable ruptura de equilibrio en el escenario mundial; respecto de Japón, complemento político y estratégico de Estados Unidos en Extremo Oriente; y respecto del islamismo político radical. Rusia teme que este último se extienda en Asia Central, contagiando a las comunidades musulmanas que viven dentro de la Federación, como los disidentes chechenos y los rebeldes de Daguestán, mientras que China desea evitar que cunda el ejemplo en la región de Sinkiang.

Ante la imposibilidad de que fuesen económicos o financieros, los medios para ese acercamiento adoptaron necesariamente un carácter diplomático y militar. Pero en la práctica el gobierno chino decidió hacer de Rusia su interlocutor fundamental para equipar con armamento moderno a sus fuerzas armadas. Se trata de una decisión de gran alcance, tanto para China como para la industria militar rusa. En efecto, si bien el gobierno chino anuncia un presupuesto militar de sólo 18.000 millones de dólares para 2001, el aumento sería de 17,7% respecto al año precedente, el más fuerte de los últimos veinte años. Además, los especialistas occidentales estiman que el total de los gastos militares chinos, en realidad repartidos en varios presupuestos, alcanza al doble o al triple de esa cifra oficial2.

¿Vuelve la carrera armamentista?

Tal ritmo de crecimiento seguramente se mantendrá, puesto que los responsables estadounidenses y taiwaneses están negociando el refuerzo de la capacidad militar de Taiwán por un monto de 50.000 millones de dólares en diez años, y China no dejará de responder a ese rearme3. Y es a Rusia que recurre para obtener todo tipo de armamentos de elevado nivel tecnológico, en particular en aeronáutica, misiles balísticos de mediano y largo alcance y tanques4. Actualmente, China ya produce bajo licencia aviones Sukhoi SU-27 y, en el futuro, podría querer comprar el último modelo de tanque ruso, el T-90, equipado con misiles tierra-tierra guiados por láser5. No es exagerado afirmar que Rusia se convertirá en gran medida en "el arsenal" de China.

India es otro interlocutor privilegiado de Moscú. Desde la época de la URSS el gobierno indio tiene relaciones particulares con Rusia, con el objeto de mantener una política de equilibrio respecto de Estados Unidos. Teniendo en cuenta el desmembramiento de la URSS, las autoridades indias habían reorientado su política exterior. La diplomacia rusa logró convencerlas del interés que tendría para la India el restablecimiento del antiguo diálogo. En este caso, como en otros, Rusia ya no tiene medios económicos o financieros y debe limitarse al terreno político y militar. Es por eso que los contratos de armamentos -que representaron un tercio de los 4.000 millones de dólares de ventas de armas realizadas el año pasado- son, más que cualquier otra cosa, un símbolo de sus gestiones.

Irán es, de alguna manera, el caso más extremo del campo de aplicación de la nueva estrategia rusa. En las cuestiones de fondo, todo los separa: el régimen iraní encarna esa corriente del mundo musulmán, a la vez integrista y nacionalista, cuyo vigor y aspereza Rusia puede medir en el Cáucaso y cuya influencia lucha abiertamente contra la suya en Asia Central. Pero Irán es considerado un enemigo potencial por Estados Unidos: eso alcanza para que se establezca un fuerte diálogo entre Teherán y Moscú. Allí también, la política rusa utilizó los únicos instrumentos de que dispone: la venta de armas, luego del suministro de una central nuclear, puesta en servicio con un año de atraso según los iraníes. Las reacciones hostiles de Estados Unidos no se hicieron esperar, ya que se trata de armas muy modernas, de misiles de mediano alcance.

Es justamente lo que la dirección rusa quiere evitar en lo posible. Queda claro que Moscú se embarcó en una política dirigida a limitar las consecuencias del "hiper poder" estadounidense, y aún a cuestionarlo. Pero Rusia no pierde de vista que una de sus preocupaciones mayores seguirá siendo el diálogo con Washington, al que por otra parte está obligada. El peso de la deuda externa y el pago de sus intereses son una amenaza permanente para Moscú. Sin duda, el alza del precio mundial del petróleo y del gas permitió, desde hace dos años, que comenzara a mejorar el producto nacional ruso, reducido en más de la mitad desde el desmembramiento de la URSS. Pero el Estado también debe hacer frente a sus gastos más urgentes, fundamentalmente el pago regular a los funcionarios y el salvataje del sistema jubilatorio, completamente destruido. Es decir que el gobierno ruso está obligado a negociar permanentemente con las instituciones financieras internacionales, donde las intervenciones estadounidenses son preponderantes.

Hay que agregar también el efecto que tiene una relación de fuerzas en la que la superioridad de Estados Unidos resulta aplastante. El presupuesto militar ruso equivale apenas a una modesta fracción del estadounidense. Y esto condiciona el diálogo actual entre Moscú y Washington, al centrarlo en el proyecto estadounidense de escudo antimisiles, el NMD, con el cual los misiles estratégicos rusos ya no podrían alcanzar sus objetivos en suelo de Estados Unidos, mientras que los de Washington seguirían siendo capaces de llegar a Rusia. Moscú, cuyo único instrumento militar realmente poderoso es su arsenal de misiles nucleares de largo alcance, no puede quedar sin reaccionar.

Primero reactivó las negociaciones en curso sobre la reducción de armas estratégicas, llamadas START III, proponiendo que el número actual de cargas nucleares pasara de más de 3.000 para Rusia y 3.500 para Estados Unidos, a 1.500 de cada lado y no a 2.500 como estaba previsto6. Esto coloca al gobierno estadounidense frente a un dilema: o bien da un nuevo paso para reducir las armas heredadas de la guerra fría, sin perder por ello los medios de infligir a cualquier otro Estado del mundo destrucciones inaceptables; o bien continúa con su proyecto de escudo antimisiles, pero corriendo el riesgo de que Rusia conserve un número mayor de misiles nucleares estratégicos, o aun de que produzca todavía más, para contrarrestar un eventual sistema antimisiles con el único recurso a su alcance: la saturación.

Moscú corteja a la UE

Al mismo tiempo, el gobierno ruso propuso públicamente a los Estados europeos desarrollar en forma conjunta otro sistema antimisiles, paralelo al sistema estadounidense7. Independientemente de lo que pueda pensarse sobre su eficacia, esas gestiones traducen con claridad la convicción de los responsables rusos de que la administración Bush está decidida a llevar adelante su proyecto, al menos si el escudo antimisiles resulta técnicamente factible.

En definitiva, el futuro de la política exterior de Rusia se jugará mucho más dentro que fuera de sus fronteras. Será necesario, en efecto, que quienes la dirigen conserven verdaderamente el poder contrarrestando a los "oligarcas" que encarnan el retorno a la época de Yeltsin y la búsqueda a cualquier precio de un acuerdo con Estados Unidos. Se necesitará también una mejora de la economía que elimine la constante dependencia de Rusia respecto de créditos extranjeros. Finalmente, será necesario que el desarrollo de la crisis chechena no acabe paralizando y desprestigiando al gobierno ruso, o desestabilizando la propia Federación Rusa.

  1. Paul-Marie de La Gorce, "Hacia la supremacíanuclear", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, septiembre de 2000.
  2. AFP, 6-3-01.
  3. AFP y Le Monde, París, 7 y 8-3-01.
  4. El año pasado se firmaron contratos por 6 avionesRadar A-50, una fragata equipada con misiles supersónicos mar-marMosquito, 28 aviones de entrenamiento Sukhoi-SU-27 UBK, y 40 Sukhoi-SU-30MKK.
  5. Le Monde, París, 10-2-01.
  6. AFP, 14 y 15-11-00.
  7. AFP y Reuters, 20-2-01.
Autor/es Paul-Marie De La Gorce
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 23 - Mayo 2001
Páginas:21, 22
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Armamentismo, Geopolítica, Políticas Locales, Unión Europea
Países Estados Unidos, Cuba, China, India, Japón, Taiwán, Rusia, Yugoslavia, Irán