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Jaque a la República

Argentina ha conocido ya en su historia varias situaciones en las que se hizo inevitable el recurso a un hombre providencial. Más allá de las discusiones histórico-teóricas, se puede razonablemente coincidir en que Hipólito Yrigoyen y Juan Perón supieron encarnar un proyecto mediador y superador entre una clase dominante que ya no podía sostener el modelo en el poder -ni ella ni sus comanditarios, civiles o militares- y un descontento popular que amenazaba con desbaratarlo todo y sumergir a la nación en el caos. No se puede negar tampoco que la lucidez de estos personajes históricos los llevó a incluir propuestas progresistas que arrancaron concesiones a las clases dominantes -el sufragio universal, las conquistas obreras- ni que supieron imponerse a los elementos más conservadores para modernizar el país. Tampoco que, en última instancia, hicieron todo lo necesario para que lo esencial del poder dominante permaneciese intacto al mejor estilo de Tancredi, el sobrino del príncipe Salina, quien en medio de la confrontación monárquico-republicana de la Italia del siglo XIX, le reprochaba: "¡Estás loco, hijo mío! Ir a mezclarte con esa gente (…) Un Falconeri debe estar a nuestro lado, por el Rey" / El muchacho tuvo uno de esos accesos de seriedad que lo hacían impenetrable y querido / "Si allí no estamos también nosotros, esos te endilgan la República. Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie. ¿Me explico?"1.

Yrigoyen no tuvo reparos en desatar y apañar la represión más brutal durante los sucesos de la Semana Trágica y las revueltas obreras en la Patagonia, mientras Perón advirtió de entrada sus verdaderas intenciones a la clase dominante: "Se ha dicho, señores, que soy enemigo de los capitales, pero si ustedes observan lo que les acabo de decir no encontrarán ningún defensor, diríamos, más decidido que yo. (…) Hace 35 años que ejército y hago ejercitar la disciplina. (…) Nadie impone disciplina si no ha impuesto primero la justicia. (…) Si yo fuera gerente de una fábrica, no me costaría ganarme el afecto de mis obreros con una obra social realizada con inteligencia. (…) Ello se logra con el médico que va a la casa de un obrero que tiene un hijo enfermo; con un pequeño regalo en un día particular; con el patrón que pasa y palmea amablemente a sus hombres y les habla de cuando en cuando, así como nosotros lo hacemos con nuestros soldados…"2.

Pero en la medida en que ni Yrigoyen ni Perón intentaron siquiera un atisbo de reforma agraria burguesa en un país pletórico de tierras y escaso de población, o de implantar un sistema tributario semejante al de los países desarrollados entre otras reformas de fondo (es decir, forjar un país capitalista en serio), acabaron repudiados y desplazados tanto por sus mandantes como por sus supuestos representados, aunque estos últimos siguieron mayoritariamente aferrados al mito y la nostalgia, puesto que todo lo que vino después fue peor.

En su análisis del bonapartismo, Marx agrega a la idea hegeliana de que todos los grandes acontecimientos y personajes de la historia mundial surgen dos veces, lo siguiente: "la primera vez como tragedia, la segunda, como farsa"3. Esta regla se cumplió cabalmente en el segundo peronismo, con la esperpéntica Isabel Martínez, el "brujo" López Rega y la comparsa político-sindical, con telón de fondo de una sociedad sublevada (la tragedia, ya incubada, se manifestó luego). Conviene entonces preguntarse qué es lo que determina el carácter farsesco de las "segundas partes" y su eventual resolución en nueva tragedia. ¿Acaso el carácter, la personalidad del hombre providencial? Citemos por última vez a Marx: "Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen por su propia actividad ni en las condiciones elegidas por ellos, sino en las condiciones que encuentran, que les han sido dadas y transmitidas"4. Es decir que tienen que asumir, adaptarse y transformar la situación objetiva… o fracasar ante ella.

La crisis argentina actual se caracteriza por un modelo económico en situación terminal (ver pág. 4), una dirigencia política desacreditada, dividida, ineficiente y corrupta y una sociedad angustiada que comienza a dar claros signos de revuelta masiva, aunque sin líderes ni un proyecto alternativo claro. En suma, el país enfrenta el riesgo de una bancarrota seguida, necesariamente, de caos social y crisis institucional. La clase de situación que, desde Proudhon a Lenin, ha sido caracterizada como aquélla en que los de arriba no pueden mantener sus privilegios y corren el riesgo de perder el poder, y los de abajo ya no soportan la explotación, pero no saben cómo ocupar el poder. Otra vez la hora del hombre providencial, del mediador ante el desbarajuste.

El hombre de hoy es Domingo Cavallo, que protagonizó en su primera oportunidad el desguace nacional (ver pág. 10 y "Artículos anteriores", pág. 5) y tiene ahora su segunda oportunidad. ¿Logrará su cometido o protagonizará la farsa clásica, preámbulo de una nueva tragedia? No hay dudas de que reúne las condiciones requeridas: capacidad técnica y de trabajo; ambición política (y desprecio hacia los políticos), prestigio y crédito internacional y, last but not least, la confianza de un sector importante de una sociedad desorientada, descreída y volátil, aunque este último privilegio es relativo, menor del que se esperaba y, seguramente, será de plazo corto y fijo: basta para comprobarlo prestar atención a las opiniones de la gente en los medios de comunicación y recordar que las decenas de miles de ciudadanos que se manifestaron el 24 de marzo pasado en repudio al golpe de Estado de 1976 rechazaron abiertamente al nuevo Bonaparte criollo.

El poder real (el sector financiero, los países centrales, las multinacionales, los organismos financieros internacionales) ha presionado para que una dirigencia política atribulada pusiera en sus manos lo esencial de los poderes especiales que solicitó, luego de que el clamor popular desbaratase en 48 horas el brutal ajuste clásico propuesto por el efímero Ricardo López Murphy. En el anteúltimo día de marzo, al escribirse este artículo, es demasiado pronto -y los acontecimientos van demasiado rápido- como para aventurar si Cavallo acabará dando un portazo, intentará "muñequear" la crisis para terminar devorado por ella como los demás, o si acometerá medidas de fondo. Puede que sus "innovaciones" (por el momento ha anunciado un nuevo impuesto de rápida percepción), amenazas -como la que hizo a los banqueros para que bajen sus tasas de interés- y promesas heterodoxas de reactivación creen por un tiempo una "sensación térmica" (invención argentina que sirve para distinguir cómo percibe cada uno la misma temperatura según donde esté ubicado) de progreso. En cualquier caso, el populismo exige medidas populistas al menos al principio y Cavallo, que ejerce ahora mucho más de político que de economista -en la medida en que su apuesta es a todo o nada- parece apuntar en esa dirección. Cierto desasosiego de los banqueros y algunas críticas desde medios impensados lo confirman5.

Pero la realidad es una roca y la Argentina de hoy no es el país de las vacas y las mieses de Yrigoyen ni el pletórico de reservas y acreencias del primer Perón al cabo de la segunda guerra mundial, sino una mansión vetusta y desamueblada rodeada de villas miseria, con sus propietarios asegurados en el extranjero.

Por eso, la única salida pasa por una renegociación drástica de la deuda externa -con período de gracia incluído para atacar lo esencial del déficit- en un paquete que incluya una reforma fiscal progresiva (afectando las ganancias del sector financiero, las grandes empresas internacionales y fortunas), reactivar la demanda interna, proteger a la industria nacional e integrarse decididamente en el Mercosur (ver pág. 10) para negociar desde posiciones de fuerza y desarrollar una estrategia comercial multilateral, entre otras reformas políticas y sociales; todo lo cual permitiría salir ordenadamente de la convertibilidad, el otro corsé, junto a la deuda, de la economía. Más de lo mismo equivaldría en el mejor de los casos a ganar tiempo, postergar el default, maquillar a un muerto.

Los antecedentes del personaje y la estolidez pusilánime de la dirigencia política, sumados a la bulimia del capital financiero y las multinacionales y a la gravedad de la situación internacional -recesión en Estados Unidos y Japón, caídas bursátiles, guerra comercial, extrema fragilidad financiera de varios países periféricos, retracción de capitales hacia valores seguros- permiten prever que, de apostar, habría que mover las fichas hacia lo segundo, asumiendo la paradoja de que mejor sería perderlas.

Pero el marco democrático no podría sostener más de lo mismo, aunque la cosmética crease al principio cierta confusión. Napoleón III acabó consolidando su poder con un golpe de Estado, pero en estos tiempos Boris Yeltsin y Alberto Fujimori han probado que no son necesarios esos extremos: basta con legisladores y jueces dóciles y una policía brava. El Congreso argentino ya ha cedido lo esencial de sus poderes, pero hubo entre otros una diputada, Elisa Carrió, que levantó alto la voz antes de renunciar a la bancada oficialista: "Vienen por la República", advirtió.

Desde el punto de vista de los intereses del país y la mayoría de los ciudadanos, si algo tiene de positivo esta crisis económica, política e institucional es que las aguas se han dividido con claridad: este jaque a la República ha provocado aprobaciones y rechazos netos en todos los partidos e instituciones e incluso en la sociedad. Los dirigentes que aún apoyan el plan Cavallo y la cesión de poderes a regañadientes y por "disciplina partidaria" deberán definirse en poco tiempo más. Se trata de una falla transversal, que augura una recomposición política de fondo.

A los ciudadanos les tocará decidir, navegando el día a día en estas aguas confusas, qué rumbo tomar a cada momento y, sobre todo, a qué puerto quieren llegar.

  1. G.T. di Lampedusa, Il Gattopardo, Feltrinelli, Milán, 1958.
  2. Discurso en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires,25-8-1944
  3. K. Marx, op. cit.
  4. Ibid.
  5. José Luis Espert, "El Plan Cavallo es un retorno hacia el pasado", Ámbito Financiero, Buenos Aires, 28-3-01.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 22 - Abril 2001
Páginas:3
Temas Desarrollo, Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Estado (Justicia), Estado (Política), Políticas Locales
Países Estados Unidos, Argentina, Japón, Francia, Italia