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Europeizar "la otra Europa"

Contra el estereotipo que presenta a los Balcanes como una región de barbarie reacia a la mutua cooperación y a la integración con Europa, el conocimiento de la convulsionada historia del sudeste europeo revela un afán de integración y una conciencia federativa sistemáticamente frustrados por los intereses de sucesivas potencias hegemónicas. Ahora Bruselas los coloca en el último círculo.

Los Balcanes son considerados como una zona de subdesarrollo, irracionalidad y barbarie. El término "balcanización" -desmembramiento de unidades políticas bastante grandes en pequeños Estados agresivos y económicamente inviables- ingresó en el lenguaje corriente a fines de la primera guerra mundial. Hoy la noción estereotipada de la "otra Europa" oculta en el mejor de los casos un puente entre el Oeste civilizado y el Este atrasado.

La guerra de Kosovo modificó el debate relativo a la expansión de Europa hacia el Este, dando origen a nuevas visiones de integración. A partir de los acuerdos de Dayton, la idea de pacificar los Balcanes, puntualizando un concepto regional global de integración y de desarrollo, está en discusión en diferentes cancillerías europeas. Por fin se ha hecho evidente que los problemas de esta región requieren de una política de estabilidad a largo plazo y que la prevención de los conflictos es, en última instancia, menos costosa que la reparación de los daños ocasionados por la guerra.

Desde 1991, la Unión Europea (UE) gastó alrededor de 7.000 millones de euros (7.220 millones de dólares) en los conflictos de Yugoslavia, sin contar los envíos para los refugiados y las contribuciones a las organizaciones internacionales. Los costos de la intervención militar en Kosovo, de las reconstrucciones en la República Federal de Yugoslavia (RFY) y de las consecuencias económicas para el conjunto de la región fueron calculados por los expertos de la Escuela Militar Superior de la República Federal Alemana en aproximadamente 50.000 millones de euros (alrededor de 51.590 millones de dólares).

Como presidente del Consejo Europeo, el ministro alemán de Relaciones Exteriores, Joschka Fischer, tomó la iniciativa de un "pacto de estabilidad para el Sudeste de Europa" , firmado en Colonia el 10-6-99. Treinta y ocho Estados y quince organizaciones internacionales participaron en la conferencia de ministros, cuyo objetivo a largo plazo era convertir a los Balcanes en un conjunto de Estados más democráticos, más prósperos y más pacíficos. Albania, Macedonia, Bosnia-Herzegovina, Croacia, Bulgaria, Rumania, Eslovenia y -bajo ciertas condiciones- la RFY, fueron llamados a acercarse gradualmente a las estructuras europeas con la perspectiva de incorporarse ulteriormente a la UE. Anteriormente, en el transcurso de tres mesas redondas y de acuerdo al modelo de la resolución de la Conferencia para la Seguridad y la Cooperación Europea (CSCE), se los invitó a cerrar un pacto de estabilidad en Helsinki, por medio de acuerdos bi y multilaterales para promover la democracia, la seguridad y… la economía de mercado.

Pero a muchos les disgusta la idea de que los pequeños Estados balcánicos convulsionados por la crisis puedan hacer pesar su opinión en cuanto al futuro de la UE. El tema de las condiciones y los tiempos de su eventual integración despierta controversias. "No venimos trabajando desde hace décadas en el desarrollo de Europa para que se disuelva en un vasto conjunto ingobernable y sin cohesión" , declaró el ministro francés de Relaciones Exteriores, Hubert Védrine. Los Estados miembros del Sur de la UE, España y Portugal, se muestran igualmente reticentes con respecto a un pacto de estabilidad que podría canalizar hacia el Este las subvenciones de Bruselas. Aunque ya cerraron sus acuerdos con la UE, también Rumania y Bulgaria temen quedar en desventaja en las inminentes negociaciones en torno a la expansión de la UE.

Del pacto de estabilidad sólo queda una fórmula: la promesa de abrir a los Estados balcánicos "la perspectiva de un acercamiento a la UE" . Ya no se trata de acelerar o de facilitar el procedimiento regular de integración. Bruselas quiere ofrecer nuevas formas de relaciones contractuales a los Estados de la región, a saber: una nueva generación de "acuerdos de estabilidad y de asociación" construidos a medida. Están destinados a ayudar a Bulgaria, Rumania, Letonia, Lituania, Eslovaquia y Malta, países que aspiran a incorporarse a la UE, a franquear la fosa que los separa de ésta. Pero antes de concretar su plena integración, los estados yugoslavos o ex yugoslavos deberán cumplir con los "criterios de Copenhague" para la democracia y la economía de mercado, esto es las condiciones impuestas desde 1993 a los países candidatos de Europa Central y del Este. Al día de hoy, las únicas discusiones sobre los acuerdos de estabilización y de asociación que están previstas son las de Albania y Macedonia.

Bruselas prepara una especie de estructura en tres niveles: en el centro se encontrarían los 15 miembros plenos del núcleo de Europa; alrededor, los países miembros asociados de Europa del Este y Occidental; por último, los Balcanes constituirían el tercer círculo.

Muchas preguntas siguen sin respuesta. ¿Qué sucederá con Croacia, Bosnia-Herzegovina y la República Federal de Yugoslavia, si esos Estados no cumplen a largo plazo las condiciones para un acuerdo de estabilidad? ¿Bajo qué condiciones puede salir Belgrado del aislamiento que le fue impuesto en 1991-1992? La estrategia anunciada en el documento -beneficiar primero a Montenegro con el pacto de estabilidad- ¿no favorecerá las aspiraciones separatistas de esa parte de la República Yugoslava, llamando así a un nuevo conflicto que dejaría como saldo la desintegración de Yugoslavia, áltimo estado federal de Europa del Este?

Por otra parte, Rusia se muestra reticente en relación a la oferta de integración de la OTAN ligada al pacto de estabilidad. Quisiera que Yugoslavia se resista a las aspiraciones expansionistas de la OTAN, que ya logró integrar a todos los Estados vecinos dentro de un sistema de acuerdos de sociedad y cooperación. Último punto, y no el menos importante: si un día la UE llegara a extenderse dando cabida a 27 estados miembros, ¿cómo seguir negándole la entrada a Turquía?

Hasta los años ochenta, el contexto de la guerra fría -que no habilitaba a pensar demasiado en una expansión hacia el este y el sudeste- permitió que se consolidara la integración de Europa occidental. Divididos desde octubre de 1944 en las esferas de influencia de Winston Churchill y de José Stalin (90% de influencia soviética en Rumania, 75% en Bulgaria, a cambio de 90% de influencia occidental en Grecia; en Yugoslavia, las esferas de influencia eran respectivamente del 50% para cada bando), los Balcanes quedaron afuera de ese movimiento de unificación. Siguen representando a "la otra Europa" , una Europa que hay que "europeizar" , según la expresión de los responsables políticos de Occidente.

Esta "europeización" se entiende como una modernización que se llevará a cabo, en el mejor de los casos, a velocidades diferentes. Así, se espera de los Estados balcánicos que, uno tras otro, adapten sus estructuras al modelo occidental (tal como se presenta en la "experiencia comunitaria" ). Pero que el sudeste de Europa pueda asemejarse en poco tiempo a Europa occidental sigue siendo una hipótesis de difícil aplicación, en vista de las condiciones históricas, políticas y económicas.

La integración de Europa occidental se debe ciertamente a la experiencia trágica de las dos guerras mundiales y también al escaso peso de las potencias europeas en el enfrentamiento EE.UU./URSS. Esta integración -novedoso fenómeno en la historia planetaria- funciona porque se apoya sobre Estados nacionales relativamente desarrollados. Pero el sudeste de Europa se distingue justamente por el hecho de que la construcción de los Estados nacionales -y en parte de las naciones mismas- se encuentra en una etapa inicial. De modo que la creencia de que la guerra de Kosovo podría culminar en una "catarsis final" es falsa. Hay en efecto quienes imaginan que la guerra, después de haber hecho desaparecer las estructuras existentes, podría transformarse en el motor de una renovación económica y de un desarrollo democrático.

Mientras los bombardeos de la OTAN causaban trágicos daños, los estadounidenses y los europeos anunciaban la puesta en marcha de un amplio "plan Marshall" para reconstruir la región devastada por la guerra. El alarde en torno a esta decisión también tenía un objetivo político: ahogar las voces críticas que se elevaban contra la destrucción de las infraestructuras civiles yugoslavas. Uno de los objetivos del plan es borrar las consecuencias de la guerra en los Estados vecinos de la RFY. También se prevén ayudas a Belgrado en la medida en que Serbia cumpla las condiciones impuestas por la "comunidad internacional"1.

Pero el sudeste europeo no es la Alemania de la segunda posguerra. Un "plan Marshall" encontraría allí condiciones totalmente diferentes. En Alemania, a pesar de que los bombardeos se escalonaron a lo largo de varios años, sólo el 30% de las capacidades industriales habían quedado destruidas. La ayuda para la reconstrucción vino sólo a acelerar un impulso económico que ya estaba en marcha. Éste no sería el caso en los Balcanes. Para hacerse una idea, basta citar como ejemplo a Bosnia-Herzegovina, donde la comunidad internacional colocó 5.100 millones de dólares en el transcurso de los cinco años que siguieron a la guerra. Según datos del Banco Mundial, la suma de las inversiones privadas alcanza los 160 millones de dólares, apenas el 4,7% de los fondos vertidos por ayudas internacionales. Esto se explica no sólo por el vacío jurídico, los impuestos elevados y la corrupción, sino también por la falta de visiones y concepciones globales. Nadie, al día de hoy, se preguntó por el tipo de estructuras económicas que correspondería desarrollar prioritariamente ni por el lugar que podría ocupar Bosnia-Herzegovina en el seno de la economía europea o mundial. La respuesta a esta pregunta sería seguramente todavía más difícil en lo que concierne a Kosovo, país verdaderamente en vías de desarrollo.

En todos los casos, es más que dudoso que el modelo de Europa occidental sea directamente adaptable al sudeste europeo. Una política digna de crédito hacia esta región supone llevar adelante un desprejuiciado inventario en los países afectados. Además de los problemas económicos, las tradiciones culturales y las estructuras sociales, también se descubrirían entonces tradiciones intelectuales bien consolidadas. Caeríamos en la cuenta de que las ideas de integración e incluso de federalismo están lejos de ser desconocidas en los países del sudeste de Europa.

Durante la segunda guerra mundial, Tito ya había propuesto la unión de Yugoslavia, Albania, Bulgaria y eventualmente Grecia en una Federación Socialista del Sudeste Europeo. El 1º de agosto de 1947 acordó con Georgi Dimitrov, jefe del Estado búlgaro, un proyecto de pacto de asistencia y de unión aduanera. El proyecto federalista de Dimitrov iba todavía más lejos, integrando a Bulgaria, Yugoslavia, Albania, Rumania, Hungría, Polonia, Checoslovaquia y eventualmente a Grecia. Tanto la resistencia soviética como la británica pusieron punto final a esos proyectos de integración. Una organización autónoma de los Estados de los Balcanes hubiera sustraído a la región del radio de influencia hegemónica de las grandes potencias.

  1. Philip S. Golib, "Cette communauté dite internationale" , Le Monde Diplomatique, junio de 1999.
Autor/es Marie-Janine Calic
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 1 - Julio 1999
Páginas:5
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Conflictos Armados, Minorías, Deuda Externa, Mundialización (Economía), Geopolítica, Unión Europea
Países Albania, Serbia (ver Yugoslavia), Alemania (ex RDA y RFA), Bulgaria, Croacia (ex Yugoslavia), Eslovaquia (ex Checoslovaquia), Eslovenia (ex Yugoslavia), España, Grecia, Hungría, Letonia, Lituania, Macedonia (ex Yugoslavia), Malta, Montenegro (ver Yugoslavia), Polonia, Portugal, Rumania, Rusia, Turquía, Yugoslavia