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La puta, el esclavo y el padrillo

Luego de tres años de investigación-entrenamiento en un gimnasio de un gueto negro del sur de Chicago, el autor refleja a través de las palabras de los protagonistas la manera en que los boxeadores viven su propia realidad de explotación, expresada por tres idiomas que los emparentan con el mundo de la prostitución, la esclavitud y el ganado.

Una de las nociones más frecuentemente evocadas por los detractores del Noble Arte para explicar la perdurabilidad de este deporte es que los luchadores son ingenuos, crédulos, y son engañados por este "show-business with blood" (espectáculo comercial sangriento) al que sacrifican buena parte de su vida y de su ser. En realidad, los boxeadores tienen plena conciencia de que ingresan a un universo de explotación ilimitada, en el cual la trampa, el disimulo y el mal trato constituyen el orden natural de las cosas y donde los daños físicos y la degradación personal son la consecuencia normal del ejercicio del oficio. Un miembro del gimnasio del gueto de Chicago, en el que realicé mi aprendizaje de la ciencia de los golpes durante tres años, describía las relaciones entre los diversos protagonistas del ambiente en los términos siguientes: "Todos quieren aplastar a todos, todos quieren hacerle daño a todos y nadie confía en nadie"1.

Los boxeadores expresan su conciencia de ser explotados mediante tres lenguajes emparentados: el de la prostitución, el de la esclavitud y el del ganado. El primero asimila el dúo boxeador-manager con la pareja formada por la prostituta y su proxeneta; el segundo describe el ring como una plantación donde managers y organizadores de peleas juegan los roles del dueño y del capataz; el tercero sugiere que los boxeadores son tratados como perros, cerdos y demás ganado, con fines comerciales. Estos tres lenguajes denuncian, dentro del contexto mismo en el que la enuncian, la comercialización contra natura del cuerpo proletario.

Tres idiomas

Según el primer idioma, el rufián y el manager tienen en común que, a la vez que pretenden velar por los intereses financieros y proteger la integridad física de sus respectivos "socios", de hecho usan y abusan de éstos para satisfacer su sed de ganancias. De la misma manera que en las calles una prostituta cambia por dinero la capacidad sexual de su cuerpo de mujer, el boxeador vende la capacidad de su cuerpo de hombre para infligir y soportar la violencia física en el ring, mientras que, entre bambalinas, managers y organizadores cosechan la principal tajada de las ganancias de este comercio de carne masculina.

El segundo idioma de la explotación nos remite a la experiencia histórica de la esclavitud. A todas luces, la analogía con esta institución conlleva una fuerte carga emocional para los boxeadores afroamericanos. Ashante, mi compañero de gimnasio y habitual sparring partner, recuerda haber presenciado un combate especialmente brutal que le hizo darse cuenta de la iniquidad económica inherente al boxeo: "Vi cómo Highwater peleaba contra ese tipo. Desde ese día, odio el boxeo. (…) Highwater y el tipo prácticamente se mataron. La gente en el ringside enloqueció y me dije a mí mismo: "Fíjate esta porquería; estos tipos se están matando por cien dólares, puta, volvimos a la esclavitud. (…) Los dos terminaron en el hospital, y ¿para qué? ¿por doscientos dólares, cien cada uno?".

El tercer registro, en el cual los boxeadores expresan su sentido visceral de la explotación, hace uso de metáforas animales relativas a la cría que los retrotrae al rango de bestias que se doman, se alimentan, se entrenan y se exhiben -o hasta se devoran con una crueldad caníbal- de acuerdo a la voluntad de quienes controlan los incentivos económicos de la profesión. Una noche en la que estaba enojado con su entrenador por haber actuado en complicidad con el organizador local de combates, Luke me explicó: "Es como… como si yo fuera un caballo en un establo. Me levanto por la mañana, mi entrenador me saca, me hace correr, me cepillan, me dan mi heno y me llevan de vuelta al establo, y Ralph (el organizador de las peleas) aparece y dice con tono exageradamente jovial: "Hola, ¿qué tal?" En un tono meloso, imitando el acento del blanco: "¿Cómo anda nuestro hermoso padrillo negro?"

Phonzo es uno de los pocos boxeadores de Chicago que ganó un título mundial en las dos últimas décadas. Sin embargo, al evocar las repercusiones económicas de su carrera, todo en él -su expresión, su pose, su tono y su mirada- revela una profunda amargura. Después de largos años de sacrificios, sometiéndose al modo de vida ascético de los boxeadores profesionales, corriendo y entrenándose cotidianamente, siguiendo regímenes mortíferos y cercenando su vida social y sexual, logró por fin ganarse su cinturón de campeón. Pero aquello que debería haber sido una apoteosis profesional tanto como un motivo de exultación personal terminó siendo un momento vacío y desprovisto de alegría alguna: "Aquí, en los Estados Unidos, el dinero es el poder. Así que puede traerte muchos enemigos y también un montón de amigos impostores (dicho esto en un tono visiblemente entristecido). Creí tener amigos… Pero apenas empecé a ganar algo de dinero (se endurecen su voz y su mirada), se convirtieron en buitres. Y cuando los amigos se vuelven buitres, te limpian hasta los huesos: abusan de tí como si fueras un lechón. Te devoran vivo. Entonces, cuando por fin llegué al éxito, ya no tenía la gente de mis comienzos alrededor mío y era muy infeliz".

Mercancía de carne

Frecuentemente, los boxeadores desarrollan estos tres lenguajes de la explotación simultáneamente. En el verano de 1992, en su testimonio ante la Comisión de Investigación sobre la corrupción en el boxeo profesional del Senado estadounidense, Dave "TNT" Tiberi -un peso mediano blanco de mediocre notoriedad- utilizó la metáfora antropófaga en su más amplio espectro al explicar que "según su nivel, la mayoría de los boxeadores es considerada por los organizadores como costillas de cerdo de primera selección, otros como chuletas y los menos talentosos como meros despojos, pero rara vez como seres humanos". Luego, cambiando de registro, vuelve a su propia experiencia: "Era como hacerse comprar en un mercado de esclavos. (…) A veces, me cuesta considerar el boxeo como un deporte: para muchos organizadores, el boxeo se convirtió en su industria personal de esclavos". La declaración de James Pritchard, poseedor del título intercontinental de peso medio-pesados de la IBF, le agrega un toque vampiresco a esta visión: "Como mosquitos, ellos (los managers) te pican y te chupan la sangre. Cuando te tienen, te vacían, hasta la última gota"2.

Aunque expresan, frecuentemente de manera inspirada y con dolor, un agudo sentimiento de ser explotados, los boxeadores rara vez se rebelan contra su destino económico. En la práctica cotidiana, se resignan ante el hecho de ser una mercancía de carne, haciendo uso de tres tipos de discurso que preservan su sentido de integridad personal y profesional.

La primera racionalización presenta la explotación en tanto que evidencia de la vida, un crudo dato de la existencia común de gente común, ante la cual sólo se puede intentar hacer lo que se pueda. Visto desde esta perspectiva, el boxeo en nada se diferencia de los demás juegos sociales a los que pueden acceder los jóvenes proletarios de los barrios desheredados, dada la amputación de sus posibilidades de vida por parte de un sistema de educación pública en decadencia y de la marginalidad a la cual los condena un mercado laboral degradado y atiborrado de mano de obra barata. Como lo dice mi compañero de gimnasio Butch, "Si vienes de una clase pobre, de gente que no tiene nada, sin educación, cuando un tipo viene y te dice: "bueno, oigan, muchachos, si pelean, les tiro 150 pesos", ¿cómo vas a decir que no? Si los tipos tuvieran dinero en los bolsillos, no irían a pelear". Lejos de guardarles rencor a los managers y organizadores, algunos boxeadores hasta les están agradecidos por brindarles la oportunidad de jugar a esta suerte de lotería que es el boxeo profesional.

De todas formas, el ambiente pugilístico goza de tan mala reputación que nadie puede pretender seriamente haber sido engañado: cada participante sabe que el boxeo es una cueva de tiburones en la cual quien no devora a los demás les servirá a su vez de alimento. Integrarse a la economía pugilística es aceptar de entrada, explícita o implícitamente, ocupar una posición subalterna y sobreexplotada.

El espíritu de empresa adoptado por la profesión explica asimismo que los boxeadores terminen por aceptar tácitamente su destino. Desde el momento mismo en que traspasan el umbral del gimnasio, los artistas de los puños se ven abrumados con nociones y relatos que ensalzan al individuo en pose desafiante y que describen al boxeador como un gladiador de los tiempos modernos, ferozmente decidido a moldear su propio porvenir con sus guantes de boxeo. Este discurso empresarial encuentra sus raíces en la experiencia profesional de la autoproducción corporal: en el entrenamiento, el boxeador usa su cuerpo como materia prima; como un instrumento con el cual moldea ese mismo cuerpo de acuerdo a las exigencias específicas del oficio. Se dedica al trabajo corporal especializado, que apunta a producir un tipo particular de capital corporal destinado a ser vendido y valorizado en el mercado pugilístico.

A costa de recorridos matinales de 5 a 10 kilómetros, de boxeo simulado, de entrenamiento con bolsas de arena, salto a la cuerda, ejercicios de elongación y de repetición de los movimientos entre sogas y asaltos de entrenamiento, el boxeador "desarrolla sus adormecidos poderes y los fuerza a actuar según su voluntad"3. Transforma su organismo, se apropia de sus capacidades y, literalmente, extrae del antiguo ser un nuevo ser carnal. Dispone de un escenario en el cual puede afirmar su valor moral y construir un yo trascendente y heroico que le permitirá escaparse de la categoría de "no-persona" en la cual se inscriben tradicionalmente los subproletarios de su especie. Al fin y sobre todo, las capacidades profesionales se alojan en su organismo y, como tales, constituyen su propiedad personal e inalienable. Los boxeadores son artesanos del cuerpo (masculino y violento) quienes, a semejanza de sus homólogos de la revolución industrial, se enorgullecen de "tener un oficio", más que de "estar en un oficio"4.

Los boxeadores aprecian claramente el hecho de ser self-made men (hombres hechos a sí mismos), en el sentido literal del término, ya que se autoproducen mediante un trabajo corporal diario. De hecho, muchos de ellos ingresaron al oficio por amor a los golpes y por deseo de escapar a los "trabajos de esclavos" de la nueva economía de servicios, en los cuales hay que "limpiar los zapatos de alguien" y soportar la sumisión personal, la humillación cultural y la pérdida del honor masculino para poder conservar el empleo; todo esto por un salario de miseria que no ofrece ni seguridad económica ni perspectiva alguna de progreso. Es así que conciben el boxeo como un medio para escapar al destino de "veinte trabajitos insignificantes" que no los llevan a ninguna parte.

En última instancia, la responsabilidad de la explotación le incumbe al boxeador: si éste quiere poder reivindicar la paternidad de sus grandes proezas, debe estar preparado para asumir el martirio del fracaso profesional y de la destrucción física. Al fin de cuentas, el boxeo no es más que un "bizness capitalista" como los demás. Como cualquier buen empresario, el organizador de peleas no hace otra cosa que su trabajo cuando se enriquece a expensas de pugilistas cuyos servicios alquila. La creencia en la "normalidad" de la explotación, en la capacidad creadora del empresariado corporal y en la posibilidad que tendría el individuo de escapar a las leyes del universo específico, que se inscribe en lo más recóndito de las disposiciones del boxeador, contribuye a (re) producir el desconocimiento colectivo que lleva a los mismos boxeadores a convertirse en cómplices de su propia comercialización.

En cuanto a la intensidad poco habitual de esta explotación, deriva de la distancia social y étnica entre explotador y explotado y del hecho que los boxeadores no poseen otro capital que su propio cuerpo entrenado, así como la valentía moral indispensable para darle su valor en un oficio rudo y arriesgado, mientras que los managers y los organizadores monopolizan, poco o mucho, los recursos y las capacidades económicas necesarios para el manejo del negocio de los puños. La casi total ausencia de reglamentación por parte de las burocracias estatales, que refleja en efecto el estatuto marginal y mancillado del boxeo en el ámbito de los deportes profesionales, es también la resultante de la posición subalterna de sus adeptos y de su público en la jerarquía social y étnica. Tal como lo explica mi compañero de gimnasio, Smithie: "Ves, si en esta profesión tuvieras graduados de la universidad, diplomáticos, gente de ciertas culturas que ingresen al oficio, bueno, ahí sí, reclamarían más (reglamentación). Pero claro, el calibre de la gente que encuentras en el oficio exige ese calibre de relaciones, ese calibre de negocio. Entonces, se reflejan el uno en el otro."

  1. Este artículo, cuya versión integral será publicada en un próximo número de la revista semestral Agone, se basa en un trabajo de campo etnográfico de larga duración (de agosto de 1988 a noviembre de 1991) en el cual me he iniciado en el oficio de boxeador y he seguido, en su vida diaria, los jóvenes miembros de mi gimnasio de boxeo en el gueto negro del South Side de Chicago (leer de Loïc Wacquant, Corps et Ame. Carnets etnographiques d´un apprenti boxeur, Agone, Marsella, 2000).
  2. Senado de los Estados Unidos, Hearings on corruption in professional boxing before the permanent committee on governmental affairs, 102nd Congress, Washington, Government Printing Office, Washington, 11 y 12-8-1992.
  3. Karl Marx, Selected Writings in Sociology and Social Philosophy, McGraw-Hill, Nueva York.
  4. Eric Hobsbawm, (1938), "Artisans and labour Aristocrats?", Workers: Worlds of labour, Pantheon, Nueva York, 1984.
Autor/es Loïc Wacquant
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 24 - Junio 2001
Páginas:34, 35
Traducción Dominique Guthmann
Temas Minorías, Deuda Externa, Deportes
Países Estados Unidos