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La coartada de la globalización

Señalar que los problemas económicos argentinos se deben a turbulencias externas ha devenido en un lugar común en boca de candidatos presidenciales, funcionarios, comunicadores y hasta dirigentes sindicales. La Confederación General del Trabajo (CGT), por ejemplo, ubicó el 1º de mayo pasado a la "crisis importada" en un lugar privilegiado entre los males que aquejan al país. Semejante negación de los problemas económicos locales no alienta la búsqueda de posibles soluciones internas, que sin embargo revisten carácter de urgente.

La Confederación General del Trabajo (CGT), por ejemplo, ubicó el 1º de mayo pasado a la "crisis importada" en un lugar privilegiado entre los males que aquejan al país1

Para el presidente Carlos Saúl Menem todo andaba bien hasta que llegaron las distintas crisis internacionales, aunque aún sostiene que la economía argentina es lo suficientemente sólida como para superar todos los factores negativos exógenos. Su ex ministro de economía, Domingo Cavallo, estima que habría que prestar atención a ciertos desperfectos causados por la mala administración de sus ex amigos oficialistas, pero que la economía es muy fuerte gracias al plan de convertibilidad, cuya paternidad nadie le discute. Todos los dirigentes justicialistas coinciden por su parte en señalar el origen externo de las dificultades económicas actuales. También para la opositora Alianza, que adhiere a la convertibilidad -con excepción de algunos grupos minoritarios del Frepaso y del radicalismo que se oponen al modelo neoliberal- el factor externo es dominante. Cargar la totalidad de la culpa a los factores externos no es una originalidad argentina. Cuando estalló la crisis rusa, en agosto de 1998, la cúpula gubernamental de ese país solía señalar de manera insistente el "impacto de la crisis asiática" . Luego, cuando la catástrofe fue general, resultó difícil ignorar los pecados locales y su origen: el programa de privatizaciones y desregulaciones impuesto por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y otros organismos2 Cuando explotó la crisis financiera asiática, en julio de 1997, dirigentes como el primer ministro de Malasia, Mahathir Mohamad, comparaban a los mercados financieros internacionales con una "jungla de bestias feroces" , apuntando especialmente al megaespeculador George Soros, quien a su vez atribuyó la debacle a la "falta de previsión" del FMI y diversos gobiernos periféricos3.

Pero la evaporación mundial de responsabilidades no impide que las crisis se sucedan. En Argentina, que aparecía como una fortaleza-paraíso capaz de resistir todos los embates -al menos según funcionarios y comunicadores- las señales de alarma comenzaron a finales de 1998. En abril de este año, Michel Camdessus -presidente del FMI- señaló su preocupación por el tamaño del déficit en cuenta corriente y el aumento de la deuda externa4. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿El país neoliberal no era tan sólido como se decía?

La avalancha de la deuda

En la actualidad el centro de las preocupaciones lo ocupa una enorme deuda externa pública y privada que Cavallo y sus seguidores solían calificar como una expresión de fortaleza y "confianza de los mercados" . A largo plazo -decían- los préstamos serían fácilmente saldados mediante el crecimiento globalizado previsto. Lo cierto es que la deuda pública se mantuvo relativamente estable entre fines de los "80 y comienzos de los ´90. Las privatizaciones menemistas generaron una importante entrada de fondos, alentando la ilusión de que el endeudamiento había tocado techo. El poder ejecutivo anunciaba que el fin de la carga de los déficits de las empresas públicas, más el aumento de la recaudación fiscal, le permitiría sostener el programa de convertibilidad sin acudir demasiado al crédito externo.

Pero no fue así. Desde el inicio del plan de convertibilidad, en 1991, la deuda pública se duplicó y la privada se decuplicó, hasta llegar a los 35 mil millones de dólares. Entre 1993 y 1998, la deuda externa -suma de la deuda pública y la privada no financiera- pasó de 76.700 a 139.900 millones de dólares. Las previsiones para 1999 señalan un nivel que oscilaría entre los 150 y 160 mil millones (ver infografía). En 1998 la deuda estatal representó el doble de los recursos tributarios de la nación y los pagos por intereses (unos 7 mil millones de dólares), un tercio de las reservas en oro y divisas del país y la mitad del déficit en cuenta corriente.

Podría argumentarse que la conjunción entre la escasez local de capitales y la abundancia de fondos globales destinados a los mercados emergentes alentó a gobernantes y empresarios a pedir prestado, pero eso está en abierta contradicción con el hecho de que la élite argentina tiene colocados en el exterior cerca de 90 mil millones de dólares, según recientes estimaciones oficiales5. La causa de esta gigantesca fuga no está en las crisis internacionales, sino en la falta de confianza en el país y en la existencia de nichos de beneficios altos o seguros en países de la región o en los de alto desarrollo. El argumento de todos los ajustes es que los ciudadanos consumen más de lo que producen, que gastan por encima de sus ingresos, lo que los impulsa a endeudarse. Este razonamiento olvida dos hechos esenciales: una porción cada vez mayor de ciudadanos consume menos de lo que necesita, mientras una élite de privilegiados y especuladores coloca fondos en el exterior al mismo tiempo que aumenta la deuda. Es difícil imaginar una economía más liberal: la inflación es insignificante y la paridad peso-dólar ha sido fijada por ley, pero la fuga de capitales se ha acentuado.

Una causa decisiva del endeudamiento ha sido el déficit comercial, que se mantuvo en niveles altos desde el comienzo del Plan de Convertibilidad. El año pasado, las importaciones superaron a las exportaciones en 5.040 millones de dólares. La proyección para 1999 -año en que incidirán la caída de las exportaciones, especialmente al Brasil y la aún más fuerte baja de las importaciones, debido a la fuerte recesión interna- indica un déficit de 2.100 millones de dólares y un PBI que caerá al menos un 3%. La ola de importaciones provocadas por la política de apertura comercial indiscriminada de los ´90 acorraló a una vasta gama de industrias locales, que ya venía soportando dificultades de todo tipo. Eso generó desocupación y, al mismo tiempo, una oferta de bienes que frenó la inflación. La concentración financiera, comercial e industrial, alentada desde el poder, terminó por conformar un modelo con fuerte sesgo importador.

El creciente déficit fiscal -que según el viejo discurso liberal obedecía básicamente al mal desempeño de las empresas públicas- también ha incidido en el aumento de la deuda. Luego de ser revisado por tercera vez en mayo, el déficit llegaría este año a los 5.100 millones de dólares; 92 % por encima del pautado a fines de 19986. Todos los gobiernos atribuyen el problema a un difuso enemigo: la "evasión" . La culpa sería de los malos ciudadanos que burlan al fisco. Pero las grandes empresas, especialmente extranjeras, nunca fueron blanco de las sospechas oficiales. Es cierto que la cultura tributaria argentina es escasa o inexistente, pero los pequeños empresarios y la mayoría de los trabajadores independientes, acorralados por la carencia o el elevado costo del crédito -también a veces por la contracción de sus mercados- burlan al fisco como forma de financiar sus actividades. Mientras tanto, los sectores de altos ingresos tienen una presión fiscal relativa mucho menor que los de medianos y bajos recursos. Pero lo interesante es que -al margen de la eficiencia recaudadora del Estado7- los argentinos destinan cada vez más impuestos al pago de los intereses de la deuda8.

Deterioro y desnacionalización

La perversa interacción entre endeudamiento y déficits fiscal y comercial se combinó con procesos de degradación que abarcaron al aparato estatal y al conjunto de la sociedad civil. El Estado, que la estrategia neoliberal prometió sanear depurándolo de taras dirigistas y burocráticas, redujo su dimensión y peso económico, quedando totalmente sometido a las manipulaciones de los grandes grupos financieros globales. De hecho, las privatizaciones resultaron ser desnacionalizaciones, ya que numerosas empresas locales pasaron a manos extranjeras. En julio de 1998, en un seminario realizado por la Agencia para el Desarrollo de Inversiones (ADI, perteneciente al Ministerio de Economía), al que fueron invitados representantes de importantes fondos privados internacionales de inversión, Alan Stoga, representante de los fondos Zemi Investment, resumió así sus exigencias para hacer negocios en Argentina: "queremos entrar a empresas que luego de analizadas nos aseguren un retorno de al menos 30% al año"9. Esa pretensión, inimaginable en un país desarrollado, coincide con los beneficios obtenidos por las grandes empresas que hoy manejan los servicios públicos o el sector financiero.

Márgenes propios de decisión

Un ciudadano que paga comunicaciones telefónicas al doble de los precios internacionales; intereses usurarios por atrasos en sus tarjetas de crédito; insólitas comisiones a las Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones (AFJP), o es golpeado por las arbitrariedades de las empresas de electricidad u otras que cobran mucho e invierten poco o nada, está sometido a una lógica depredadora que sólo puede ser ejercida con la complicidad del Estado. Ante esas verdaderas exacciones, los entes reguladores oficiales se muestran impotentes o hacen la vista gorda.

Argentina se encuentra ahora en recesión, aplastada por las deudas, empobrecida y con su aparato productivo profundamente degradado. ¿Culpa de la fatalidad global o de decisiones internas? La realidad es que las turbulencias exógenas agravaron procesos en curso, pero no los crearon. El "efecto tequila" , a fines de 1994, coincidió con el término del auge de las privatizaciones. Ya desde mediados de 1994 había síntomas de desaceleración industrial y fiscal, mientras la desocupación aumentaba. El Indice de la Construcción, que tuvo un registro de 16,8 en enero de 1998, cayó en picada (-13,1) en enero de este año. La industria y el comercio se resintieron y estancaron.

A pesar de que la economía global está dominada por grupos financieros muy concentrados que han impuesto (FMI mediante) esquemas económicos centrados en la especulación, en numerosos países periféricos -generando grandes catástrofes sociales- el papel desempeñado por las estructuras locales de poder no puede ser subestimado. Por caso, la explosión de Asia del Este es indisociable de regímenes autoritarios y corruptos como los de Indonesia o Corea del Sur. En cambio, China ha seguido creciendo en medio de la tormenta regional gracias a la existencia de eficaces mecanismos estatales de intervención.

En el caso argentino, la transferencia de recursos fiscales (convergente con la desarticulación del sistema de seguridad social) fue presionada por el FMI, el Banco Mundial y grupos financieros internacionales. Pero la decisión final fue del gobierno, con el apoyo activo o la pasividad de las dirigencias de distintos sectores. El argumento de la inexistencia de márgenes propios de decisión frente a una supuesta presión exterior encubrió la estrategia de una élite embarcada desde hace mucho tiempo en los juegos especulativos, que encontró en la globalización un mecanismo propicio para la concentración y evasión de ingresos. Entrar en esa dinámica supone aceptar el esquema neocolonial y resignar buena parte del poder de decisión, con todo lo que ello implica en los niveles político, económico y social.

El balance general de diez años de neoliberalismo peronista no podría ser más catastrófico. La deuda externa se triplicó, la mayor parte del patrimonio público ha sido vendido (y desnacionalizado), las exportaciones siguen siendo en su mayoría productos primarios o con algún valor agregado, pero tecnológicamente atrasados. Las estructuras educativa y sanitaria se han degradado profundamente. La actividad política está monopolizada por dos fuerzas conservadoras cuyo único programa es la reproducción del sistema actual, promotor de una mayor concentración de ingresos. En el país hay 13 millones de pobres; la mitad de los niños vive por debajo de la línea de pobreza, "come, se educa y se cura mal" y "más del 70% de los que viven en áreas rurales son pobres"10. La mayor parte de las administraciones provinciales están quebradas o seriamente deterioradas. La corrupción se ha generalizado y potenciado no sólo a nivel del Estado, sino en los más diversos aspectos de la vida social. La violencia urbana y el cuatrerismo rural han aparecido y progresan, alterando los hábitos de la población.

Si se reajusta la evaluación -por cierto moderada- de la deuda externa privada y se agrega el endeudamiento público, para fines de este año quizá se llegue a los 180 mil millones de dólares de deuda total, equivalentes al 60% de un PBI inflado artificialmente por la sobrevaluación del peso y las manipulaciones estadísticas del gobierno11. Además, la recaudación fiscal se reduce, tanto a causa de la recesión como del incremento de la evasión. Esto impulsará al Estado a un mayor endeudamiento, pero a su vez la caída del PBI aumentará la desconfianza de los prestamistas internacionales (el famoso "riesgo país" ), lo que hará el crédito más difícil… y más caro. Un perfecto círculo vicioso.

Sin embargo, la cúpula neoliberal insiste en que hay que seguir el mismo camino, porque intentar salir produciría un desastre mayor. Como señaló el ex viceministro de economía Carlos Rodriguez, los factores de poder defienden el modelo "porque no saben cómo salir (…) Argentina debe tener convertibilidad hasta que haya una alianza continental alrededor del dólar"12. Si así fuese, el Estado colonial quedaría oficializado y los argentinos sufrirían mucho, muchísimo más de lo mismo.

Reducir los déficits fiscal y comercial para frenar una eventual crisis de pagos externos ha pasado a ser el leit motiv de funcionarios oficiales, del FMI, de los gurúes locales y expertos de la Alianza y el justicialismo. El FMI exige drásticas reducciones del gasto público en áreas como seguridad social, salud, educación y las administraciones públicas provinciales, combinadas con una mayor presión fiscal y flexibilización laboral para facilitar los despidos y provocar la caída del salario real. Se trata de un paquete claramente recesivo, del mismo tenor que los exigidos a otras economías periféricas. Su objetivo es hacer caer las importaciones (mejorando el saldo comercial) y el déficit fiscal, despejando así el camino para el pago de la deuda externa. La experiencia internacional (por ejemplo la de los ex tigres asiáticos) muestra que estos superajustes provocan un profundo y prolongado enfriamiento económico con altísima desocupación y pobreza; mayor desestructuración del aparato productivo y del tejido social. ¿Qué incidencia tiene la convertibilidad en este marco? Para el FMI, es un tema secundario: si Argentina comprime su mercado con paridad fija o móvil es en última instancia un problema de manejo político interno13. Las empresas que han incrementado explosivamente sus deudas externas se oponen en principio a la devaluación, a menos que el Estado les ofrezca ventajosas compensaciones fiscales y salariales. Según expertos aliancistas y peronistas, en lugar de devaluar formalmente se podría rebajar impuestos y/o tarifas y/o salarios, achicando costos industriales y precios de productos vendidos al exterior. En cualquiera de los dos casos el gasto público sería achicado y el mercado interno se comprimiría de manera significativa. Hay algunas diferencias de matices: en su fase terminal, el gobierno apunta hacia recortes brutales del gasto público, al tiempo que lanza una cruzada por la dolarización integral. Duhaldistas y aliancistas pregonan ajustes mas cuidadosos, pero todos se encuadran en la estrategia general recesiva establecida por el FMI.

¿Es posible otra estrategia?

Desde la óptica neoliberal no parece haber mucho margen de maniobra, pero las alternativas existen. El déficit fiscal podría reducirse mediante una acción enérgica contra la evasión de las grandes empresas y una reforma que aumente la carga tributaria de los sectores de altos ingresos. El desbalance de la seguridad social, provocado por las transferencias de fondos hacia las AFJP y la desgravación empresaria, puede ser revertido reimplantando contribuciones patronales y recuperando aportes de los asalariados para el sector público14. Un sistema de contribuciones escalonadas orientado prioritariamente hacia las grandes empresas haría que el incremento de las cargas patronales no afectara demasiado a las pequeñas y medianas empresas (principales creadoras de empleos); mucho más si, en el caso de las pymes, esos aportes fueran compensados por una disminución de los costos financieros y de servicios.

En esa hipótesis, el gasto público no necesita ser reducido. Incluso podría aumentar -dinamizando así el mercado interno e integrando a sectores hoy marginados- siempre que el Estado recupere su capacidad de intervención positiva estableciendo ventajas crediticias para las pymes, reduciendo la carga fiscal de los grupos de menores recursos y mejorando su nivel salarial. Se trataría en suma de una estrategia de reactivación de la demanda popular que no debería provocar graves desequilibrios externos, siempre que se combine con controles comerciales y financieros eficaces y se renegocien con firmeza los pagos de la deuda externa.

Es una alternativa técnicamente posible. No se necesita mucha imaginación para estructurar un paquete de medidas que combine acciones de corto plazo en materia fiscal, monetaria, cambiaria, salarial y previsional (apuntando hacia la redistribución de ingresos, la defensa de la producción local y el mejoramiento de las finanzas públicas), con otras de más largo aliento y estratégicamente urgentes: desarrollo de la educación pública, de la salud y las viviendas populares, de las administraciones estatales provinciales y comunales y diversificación del comercio exterior incorporando tecnología.

Pero un plan de este tipo, que implica un doble proceso de reconstrucción -del Estado y de la sociedad civil- requiere redefinir el papel de las grandes firmas extranjeras y de la especulación financiera global en la economía y modificar los contratos o reestatizar áreas de negocios que actualmente funcionan con márgenes de beneficios astronómicos. Se trata de un problema político: contra lo que suele decirse, la precariedad internacional amplía los espacios de maniobra de los países periféricos, a condición de que éstos reasuman pensar con su propia cabeza y actuar en función de sus intereses.

Actualmente el país aparece como prisionero de una suerte de bloqueo neoliberal. En octubre los argentinos tendrán que elegir entre dos opciones conservadoras: la del peronismo, que incursiona sin aportar precisiones en cierta demagogia "social" (es cínico y paradójico que el oficialismo denuncie las consecuencias de su propia política) y la de la Alianza, explícitamente pegada al modelo y proponiendo apenas una administración "prolija" , libre de corrupción. Esta miseria de ideas y propuestas aumenta el desapego de los ciudadanos por la clase política, eso que los politólogos llaman "crisis de representatividad" . Los conflictos sociales que han empezado a manifestarse con cierta virulencia representan un advertencia para el futuro gobierno, cuyo período "de gracia" será mínimo o inexistente. Si la economía argentina continúa siendo un sistema manejado por grupos depredadores inscriptos en una lógica global de igual signo, no es difícil imaginar futuros escenarios turbulentos.15

  1. "Un 1º de Mayo que todos podamos celebrar" , Clarín, Buenos Aires, 30-4-99.
  2. "Réformes et modernisation laissent la Russie exsangue" , por Vicken Cheterian, Le Monde diplomatique, París, julio de 1998. Durante los primeros años era común echarle la culpa al pasado soviético. Más de ocho años después de la caída del comunismo, el argumento se ha deteriorado sensiblemente.
  3. "Dinero Caliente" , La Nación, Buenos Aires, 25-1-98.
  4. "Alerta sobre la deuda" , Clarín, Buenos Aires, 22-4-99.
  5. "Los argentinos tienen 90 mil millones afuera" , Clarín, Buenos Aires, 25-4-99.
  6. "Economía admite que aumentó el desempleo" , Clarín, Buenos Aires, 17-5-99.
  7. "Hay que admitir que hoy la recaudación viene terriblemente floja" ; Carlos Silvani, administrador federal de Ingresos Públicos. "Ingresos estancados" , entrevista en Clarín, Suplemento Económico, Buenos Aires, 16-5-99.
  8. La relación porcentual entre los intereses de deudas públicas nacionales y los recursos tri-butarios del Estado Nacional ha pasado de 7,3%en 1993 a 12,3 % en 1998.
  9. "Seminario en la Bolsa de Comercio. Los inversores buscan ganancias del 30%", Clarín, Buenos Aires, 30-7-98.
  10. "Pobreza gaucha" , Página 12, Suplemento Económico, 13-6-99; "El 45 % de los chicos argentinos es pobre" , Ismael Bermúdez, Clarín, 8-6-99 y "La estampida de la pobreza" , I. Bermúdez y Olga Viglieca, Clarín, Suplemento Zona, Buenos Aires, 13-6-99.
  11. Algunas evaluaciones sitúan la deuda actual en dólares de los grandes grupos económicos que operan en Argentina en unos 50 mil millones de dólares. "Todos detrás del uno a uno" , Marcelo Bonelli, Clarín, Buenos Aires, 4-6-99.
  12. "Todos defienden la convertibilidad porque no saben cómo salir" , Ambito Financiero, Buenos Aires, 4-6-99.
  13. El punto de vista del FMI es el del prestamista internacional que espera de la Argentina el cumpliento puntual de sus obligaciones. Además de reducir su déficit fiscal, ésta debería achicar tambien su déficit comercial, bajando drásticamente sus importaciones y abaratando sus exportaciones, lo que teóricamente le permitiría vender más. Si lo logra a través de una devaluación o reduciendo de manera directa salarios reales y cargas tributarias para los exportadores no es una opción que desvele a Michel Camdessus.
  14. Las pobilidades son amplias y van desde la reestatización total o parcial de la Seguridad Social hasta la revitalización de la ANSES (permitiendo que aportantes de las AFJP retornen al sistema estatal, ampliando el área social cubierta por la Agencia pública, etc).
  15. Los datos económicos de este artículo surgen del Ministerio de Economía y Obras y Servicios Públicos, el INDEC, la Superintendencia de AFJP, la CEPAL, el BID y estimaciones del autor.
Autor/es Jorge Beinstein
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 1 - Julio 1999
Páginas:1, 12, 13
Temas Desarrollo, Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Privatizaciones, Políticas Locales
Países Argentina, Brasil, China, Corea del Sur, Indonesia, Malasia