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Descrédito y necesidad de la política

Siempre es preferible la neurosis a la estupidez. Rubén Darío

En tiempos de globalización y ante el emblemático tercer milenio, las perspectivas económicas y sociales de los países periféricos son por lo menos inciertas. El peso de la deuda -que aumenta a velocidad creciente a pesar de las privatizaciones, el despido masivo de funcionarios y los sucesivos ajustes- hace imposible el equilibrio de las cuentas públicas. La simultánea caída del precio internacional de las materias primas y apertura indiscriminada de los mercados provoca graves déficits en las balanzas comercial y de pagos. La especulación financiera internacional fragiliza cualquier estrategia económica y convierte a los gobiernos en simples ejecutores de decisiones foráneas, cuando no en bomberos de incendios bursátiles y bancarios que se apagan con más endeudamiento y enajenación o, peor, en policía de sociedades desesperadas. La concentración y desnacionalización del campo, la industria y los servicios elimina a centenares de pequeñas y medianas empresas, suprime millares de puestos de trabajo y empuja a la baja el salario real. Los mercados internos se fragmentan en una elite de ingresos ofensivos y consumo ostentoso, un sector medio que se desliza hacia la pobreza, una masa que sobrevive en la precariedad extrema y un creciente grupo de marginados de la actividad productiva y los servicios públicos (de ex ciudadanos, en tanto abandonados por las instituciones de la República). La salud y el nivel educativo de la población se deterioran; la asfixia económica de los institutos de investigación técnica y científica provocan el desaliento y la deserción de su componente humano, que difícilmente podrá ser reemplazado en el futuro inmediato por generaciones de formación precaria. Por vía de los peores engendros enlatados de violencia gratuita, deporte-comercio o infantilismo (no se sabe qué es peor) de la producción televisiva mundial, en particular estadounidense, se produce una uniformización cultural "por lo bajo" , a la que contribuye la información entendida como mercancía, cuando no también como espectáculo (ver artículo de Ignacio Ramonet, en pág. 40). El futuro se presenta así como desigualdad y fragmentación, desorden, chatura y dependencia intelectual, científica y técnica. La globalización, tal como se aplica y acepta, es un puño que atraviesa Estados y sociedades, dejando a su paso fragmentos de tejido productivo, institucional y cultural y comprometiendo a término el sistema democrático.

Por el momento las sociedades permanecen atónitas, salvo excepciones. Este pasmo ciudadano se explica por la muerte súbita o dimisión de las referencias progresistas. Más allá de la adhesión o rechazo que pueda haber suscitado, la existencia de la Unión Soviética "humanizó" al capitalismo, obligándolo a un tipo de redistribución que no está en su esencia, pero consolidó la democracia en los países occidentales desarrollados. En los primeros ochenta, la "perestroika" y la "glasnost" de Mijail Gorbachov suscitaron la esperanza de que el socialismo pudiese al fin mostrar en plenitud su matriz igualitaria y democrática; que los crímenes, la estolidez y vulgaridad del estalinismo quedarían atrás. Pero era demasiado tarde, y la implosión de la URSS dejó a un sector de la izquierda política y social en un desconcierto del que tardará en recuperarse. Por esa brecha se precipitó el torrente neoliberal, que ya presionaba con fuerza desde Ronald Reagan y Margareth Thatcher.

Pareció entonces que la socialdemocracia, con sólidos antecedentes republicanos y de lucha por la igualdad, tomaría el relevo e impondría sus tesis económicas y su estilo político (contacto con los ciudadanos, honestidad y respeto por la oposición y las instituciones) demostrado en Europa a lo largo de la segunda posguerra por hombres como Willy Brandt, Olof Palme y Enrico Berlinguer. De hecho, así lo han estimado los electores, que la han llevado a gobernar en trece de los quince Estados de la Unión Europea y que en otros países del mundo empujan ahora al populismo tradicional hacia la Internacional Socialista.

Pero embarcados en un "pragmatismo" que disimula mal el abandono de los principios y objetivos de la socialdemocracia; empeñados en distanciarse del dogmatismo de izquierdas, los gobiernos de François Mitterrand, Felipe González, Bettino Craxi, terminaron aplicando los métodos de la peor derecha, incluyendo la corrupción y el terrorismo de Estado. Aún no puede decirse esto último de los actuales Anthony Blair, Gerard Schroeder o Massimo d´Alema, pero su apoyo militante a la OTAN en el conflicto de Kosovo (págs. 4 a 7) habla a las claras de sus ideas respecto a la legalidad internacional. En cuanto a las propuestas de la "tercera vía" , no inducen precisamente al optimismo (págs. 8 a 10).

En su disputa con la derecha tradicional por el centro del electorado, la socialdemocracia formula proposiciones pasibles de satisfacer tanto las necesidades como los temores de ese sector. Pero esto supone un chantaje descarado a la izquierda (no es lo que esperas, pero vótame), que deviene estafa tanto a la izquierda como al centro cuando gobierna a la derecha, convirtiendo a sus electores en garantes de una política que nunca votarían si les fuese formulada con claridad. El resultado de las recientes elecciones europeas ilustra este rechazo.

¿Y qué decir de los inefables políticos, de la política en nuestros países? En el caso argentino, es difícil imaginarse un páramo semejante. El debate de ideas no es bueno ni malo: simplemente no existe. Los graves problemas enunciados al principio de este artículo o se atribuyen a "la crisis importada" (págs. 12-13), o son despachados con fórmulas que nada significan, cuando no con verdaderos despropósitos. La corrupción es una metástasis generalizada, y no sólo en el gobierno. Nuestros políticos no hacen política, sino clientelismo de la peor especie y viven en permanente campaña electoral, sólo atentos a las encuestas, las cámaras de televisión y los titulares de los diarios. Quien considere esto exagerado no tiene más que analizar el discurso electoral y, sobre todo, los hechos: los dos principales candidatos a la presidencia gobiernan la provincia y la ciudad de Buenos Aires, los distritos más populosos, el segundo y tercer presupuesto del país. "Mire Buenos Aires" , sería una buena consigna para una hipotética oposición. Una ojeada al resto del país no mejoraría las cosas.

El fenómeno es por cierto mundial. El escritor español Javier Marías opina que "los políticos son a la postre gente tan insustancial y voluble que no vale la pena ocuparse de ellos"1. En Europa se multiplican los llamados para que la sociedad se organice, presione y vigile a los dirigentes políticos; "haga" la política2. Pero entre nosotros "la política está secuestrada y es necesario rescatarla" , como sostiene la legisladora porteña Marta Oyhanarte. En efecto, se trata de una noble e imprescindible actividad a la que es preciso devolver dignidad, prestigio y altura de miras; exigirle l´ostinato rigore que predicaba Da Vinci.

El remedio al neoliberalismo destructor, la fórmula para sacar a nuestros países del atraso y consolidar la democracia es política: supone debate e ideas políticas claras, decisiones políticas firmes, participación política de los ciudadanos.

  1. Javier Marías, "El artículo más iluso" , El País, Madrid, 26-6-99
  2. Pierre Bourdieu, "Pour un mouvement social européen" , Le Monde diplomatique, junio de 1999.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 1 - Julio 1999
Páginas:3
Temas Corrupción, Desarrollo, Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Privatizaciones, Estado (Política), Políticas Locales, Socialdemocracia