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Una declaración carente de rostro femenino

Al cumplirse este 10 de diciembre el 51º aniversario de la Declaración de Derechos del Hombre de la ONU, las mujeres siguen pujando por que ciertos derechos propios sean incorporados y se universalice su aplicación.

La Declaración de Derechos Humanos de Naciones Unidas (ONU) proclamada en 1948 nació de la necesidad de establecer garantías para todos los individuos y poner límites a los Estados. Inspirada en los documentos "madre" de las revoluciones francesa y estadounidense, se apoyó esta vez sobre todo en las experiencias de la II Guerra Mundial, partiendo del repudio a las atrocidades cometidas en países que se pretendían civilizados, adherentes al discurso de la Ilustración, propulsores del progreso humanista, científico y tecnológico. La consideración de las experiencias límites acaecidas en los campos de exterminio fue decisiva para legislar no sólo sobre derechos, sino también sobre prácticas consideradas denigrantes para la condición humana.

Los 25 artículos de la Declaración de 1948 pueden ser agrupados en tres clases:

Un primer grupo, antidiscriminatorio, apoyado en tres conceptos básicos: todos los seres humanos nacen libres e iguales (art. 1); todos gozan de los derechos y libertades proclamados en esta Declaración sin ninguna distinción (art. 2); todos son iguales ante la ley y tienen sin distinción derecho a igual protección contra toda discriminación (art. 7).

Un segundo grupo que especifica los derechos que deben ser garantizados. Por ejemplo: a la libertad de pensamiento y conciencia; a la presunción de inocencia; a no ser detenido, preso o desterrado arbitrariamente; a un recurso efectivo ante los tribunales nacionales; al reconocimiento de su personalidad jurídica; a la propiedad individual y colectiva; a una nacionalidad; a la identidad; a circular libremente, etc.

Un tercer grupo que identifica prácticas denigrantes, incompatibles con la condición humana: la esclavitud y la trata de esclavos (art. 4); la tortura y los tratos crueles, inhumanos o degradantes (art. 5).

No obstante, esta Declaración debió ser ampliada, aclarada y especificada en varias ocasiones, a partir de las demandas de sectores que no se sentían amparados por ella1. Todos los movimientos que surgieron para combatir el racismo y posteriormente otras prácticas discriminatorias se apoyaron en la universalidad de la Declaración del 48, que se volvió contra las prácticas vigentes en muchos Estados firmantes: el racismo legalizado en Estados Unidos y Africa del Sur, por ejemplo. La gran mayoria de los Estados no parece haber tomado en cuenta que la prohibicion de tratos crueles, inhumanos y degradantes pudiese aplicarse a sus sistemas carcelarios o a sus métodos de represión.

Es que el paso de las grandes declaraciones a la práctica concreta es decisivo. Aludiendo al voto censitario practicado en otros países, Alexis de Tocqueville dijo en 1842 que "en EE.UU., exceptuando los esclavos, los empleados domésticos y los indigentes mantenidos por el municipio, no hay nadie que no sea elector"2. No se sintió obligado a mencionar a las mujeres entre los sectores de población que no votaban, ya que daba por sentado que no eran ciudadanas.

Todo el proceso de ampliación de los derechos humanos es una lucha contra el poder que, en retroceso, trata de imponer escalas de derechos humanos, en las que algunas vejaciones son más violatorias que otras y algunas son excluidas al ser asignadas a la órbita inferior del delito común. En el caso de la mujer, el planteo de inscribir ciertas prácticas de violencia a que se las somete entre las violaciones a los derechos humanos es muy resistido. Como señala Marcela Rodriguez, la división entre público y privado adoptada por muchos intérpretes del articulado de derechos humanos "desprotege a las mujeres en la esfera donde sus derechos son violados más frecuentemente"3.

Y Françoise Collin completa esa idea: "Si se viola una sepultura y se lo atribuye a motivos racistas hasta los ministros de Estado intervienen y miles de manifestantes se concentran para expresar su indignación. Pero la violación del cuerpo de una niña o de una mujer se mantienen en el orden de lo privado, del secreto. Se me dirá que la violación de una sepultura remite al racismo. Allí está el error, por cuanto la violación remite a un fenómeno no menos amenazador para nuestras sociedades: el del sexismo"4.

Este cuestionamiento demuele la objeción que reserva las violaciones de derechos humanos sólo a los abusos directos por parte del Estado y sus instituciones del orden, y las restringe al ámbito de lo público. ¿Acaso siendo la esclavitud una práctica privada, los Estados no asumieron en 1948 el compromiso de impedirla? ¿La represión de las discriminaciones debe limitarse a las prácticas estatales?

En el intento de politizar y jerarquizar la violencia sexista, las feministas desarrollaron diversas estrategias: desde las destinadas a obtener el reconocimiento del Derecho Internacional, hasta las de propiciar cambios en las leyes nacionales. Aun así el abuso incestuoso contra niñas y niños y las prácticas de prostitución que involucran a adolescentes y niños siguen siendo tipificados al margen de toda connotación de discriminación de género y generacional y por lo tanto no han sido incorporadas fácilmente al discurso de los derechos humanos.

Una de las últimas barreras a la extensión y reconocimiento del discurso feminista de los derechos humanos proviene de la crítica promovida desde algunas corrientes antropológicas en defensa de la diversidad cultural. Uno de los ejemplos más flagrantes es la tolerancia del rito de mutilación genital practicado sobre millones de niñas y adolescentes en Africa y Medio Oriente.

El patriarcado y su producto, el discurso androcéntrico, atraviesan todas las culturas, incluyendo por supuesto la occidental judeo cristiana. El hecho de que por ejemplo la violencia familiar haya estado ligada a esta cultura por siglos no justifica que no se haya intentado, como está ocurriendo, una transformación. Y la posibilidad de cambios es un objetivo para las mujeres que integran cualquier etnia o cultura. El imperialismo cultural es incompatible con la diversidad, pero la solidaridad intercultural de las mujeres, el alineamiento en oposición a practicas patriarcales no atenta contra ella.

Oponerse a la dominación del Norte sobre el Sur, a las pretensiones occidentales de ostentar el cetro de la cultura universal, no puede servir de pretexto para aislar a las mujeres de otras culturas y perpetuar su sometimiento.

A la inversa, no hay justificativos para el sentimiento de superioridad que suele impregnar a las mujeres occidentales: les cuesta comprender que lo que diferencia a una y otra cultura no es la relativa preponderancia del patriarcado en cada una de ellas, sino los modos en que se manifiesta.

  1. Pacto internacional de los Derechos Civiles y Políticos; Convención conta la Tortura y otros tratos o penas crueles inhumanas o degradantes; Convención sobre la eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer; Pacto de Costa Rica; Convención de Belen do Pará, etc.
  2. Alexis de Tocqueville, De la Democracia en América, París, 1842.
  3. Marcela Rodriguez, "Tomando los derechos humanos de las mujeres en serio", Mimeo, Madrid, 1998.
  4. Collin Françoise, "Mythe et réalité de la democratie", Cahiers du GRIF, Paris, 1996.
Autor/es Silvia Chejter
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 6 - Diciembre 1999
Páginas:36
Temas Sexismo, Discriminación, Política, Trabajo, Derechos Humanos, Estado (Política), Políticas Locales
Países Estados Unidos