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Néstor Kirchner, a la hora de la verdadLa enorme conmoción social y mediática que siguió al secuestro y asesinato de Axel Blumberg en la provincia de Buenos Aires, a fines de marzo pasado, marcó para el gobierno del presidente Néstor Kirchner, que este 25 de mayo cumplirá su primer año de ejercicio, el final de lo que podría llamarse su luna de miel con el conjunto de la sociedad y el inicio de la contraofensiva de los sectores más conservadores. A partir de ahora, el Presidente y su equipo deberán optar entre librar batallas de fondo o iniciar la fatídica cuenta regresiva de concesiones ante el establishment mafioso nacional, las compañías transnacionales y los organismos internacionales de crédito. Esa cuenta termina exactamente en el lugar en que se encuentran ahora los ex presidentes Raúl Alfonsín, Carlos Menem y Fernando de la Rúa. Pero otra frustración económica y social tendría sombrío pronóstico político: el último informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sobre la democracia en América Latina (1), indica que a causa de la decepción que el aumento de las desigualdades provoca en la mayoría de las poblaciones, el aprecio por la democracia política se desdibuja, por decirlo suavemente. En Argentina la adhesión a la democracia aún es mayoritaria porque se ha expandido la conciencia sobre el papel que los golpes de Estado -sobre todo el último- han jugado en la debacle del país. Pero la democracia debe revalidar todo el tiempo sus títulos, y aunque aquí ha pasado algunos exámenes, viene reprobando muchos. En poco más de un cuarto de siglo, el país ha pasado de ser el más igualitario de América Latina -en algunos breves períodos de América toda- a ocupar uno de los primeros lugares en materia de desigualdad. Nunca se repetirá lo suficiente que en una economía que produce anualmente alimentos para 300 millones de personas, el hecho de que 8 millones -casi el 20% de su población- pase hambre y el 51% viva bajo el umbral de pobreza no sólo es una obscenidad, sino una bomba de tiempo política. Estas situaciones pueden ser soportadas durante largo tiempo por poblaciones que siempre han vivido en la miseria, pero no es ese el caso de Argentina, que además tiene tradición de revueltas populares y golpes de Estado manipulados por un establishment poderoso, progresivamente delincuencial y nada consecuente con el sistema republicano. En algunos países y momentos de la historia estos factores han confluido en salidas autoritarias con apoyo de masas -no necesariamente a través de golpes de Estado- y ningún país que los reúna puede considerarse a salvo. Si se echa una mirada objetiva sobre la situación internacional, resulta evidente que numerosos países, regiones enteras del planeta, se encuentran haciendo equilibrios en una delgada cuerda que separa la democracia y el progreso del autoritarismo y el atraso en sus diversas formas. Un muerto algo especialEn abril pasado, una multitud estimada en unas 100.000 personas se reunió en Buenos Aires, frente al Congreso de la Nación, para protestar por la muerte de Axel Blumberg, un joven de clase media alta secuestrado y fríamente asesinado, y reclamar por el fin de la violencia y la inseguridad. En sólo dos o tres días, azuzada desde una serie de medios de comunicación vinculados con la derecha política, pero evidentemente angustiada por una situación real, la clase media argentina, que no se movilizaba desde que los bancos impusieran el "corralito", en diciembre de 2001, volvió a hacer sentir su presencia en las calles. Desde hace casi una década, en Argentina muere medio centenar de niños por día por causas vinculadas con la desnutrición. Por su parte, la violencia de los delincuentes organizados y de la policía se ha cobrado ya centenares de vidas; quizá miles, si se registrara sistemáticamente lo que ocurre a diario en todo el país, en particular en las grandes aglomeraciones en que viven los millones de marginados sociales. La dictadura militar (1976/83) dejó como herencia, además de una enorme deuda externa y un aparato productivo semidestruido, un entramado mafioso-policial y de servicios de inteligencia (del Estado, de las fuerzas armadas, de la policía) preexistente, pero llevado al paroxismo. Tanto los gobiernos radicales como los peronistas que se sucedieron luego no sólo no se preocuparon por desactivar ese presente griego, sino que lo aprovecharon con el mayor desparpajo, restituyéndole un antiguo socio: los llamados "punteros" políticos, esos caudillejos de barrio o de ciudad que suscitan adhesiones repartiendo prebendas, favores, promesas e intimidaciones y que representan para los partidos políticos una fuente de recaudación, movilización y extorsión importante. En democracia también se corrompió un sector importante del aparato judicial. El juego legal y clandestino, el narcotráfico, la prostitución y una serie de delitos organizados, desde los secuestros de personas hasta el asalto a bancos ("negocios" que mueven miles de millones anuales), están en diverso grado en manos de dirigentes políticos, jueces, policías y delincuentes comunes que se reparten el trabajo, según el caso y la ocasión, de otorgar licencias, recaudar, proteger, extorsionar, falsificar sumarios y estadísticas, "liberar zonas" o presos de las cárceles para delinquir y hasta encontrar chivos expiatorios -los famosos "perejiles"- para asumir delitos ajenos. Las enormes sumas recaudadas por esta mafia político-policial-judicial se distribuyen entre los autores materiales de los diversos delitos y "suben" por la escala jerárquica hasta el comisario de la seccional y los altos jefes policiales, jueces y políticos. El sistema rige en numerosas ciudades y provincias del país y tiene lazos con la corrupción tradicional (coimas a contratistas, importadores y exportadores, inspectores fiscales y de aduanas, etc.) orondamente asentada en los tres poderes del Estado, el funcionariado, partidos políticos, sindicatos, etc. En Argentina, transgredir la ley no es excepción ni delito, sino una manera de vivir (2). Esta descripción no es en absoluto original. Al contrario, la permisividad que sobre este fenómeno existe entre los ciudadanos y los medios de comunicación constituye quizá su aspecto más escandaloso. Argentina es uno de esos raros países donde casi todo el mundo sabe de dirigentes sindicales, políticos, policías o jueces que poseen bienes millonarios y llevan una vida rumbosa que ni su procedencia familiar ni mucho menos su salario justifican, pero los tolera. Algunos de estos personajes suelen aparecer en las portadas de la prensa "rosa" abriendo las puertas de sus mansiones y exhibiendo sus riquezas. Contraofensiva en ciernesNo parece entonces casual que pocos días después de que el presidente Kirchner provocara una crisis en su poderoso propio partido, el Justicialista, con la intención evidente de iniciar un proceso de transformaciones profundas que llevase al recambio de la mayor parte de sus dirigentes, el asesinato de Axel Blumberg fuese tomado como estandarte por el poderoso aparato de medios de comunicación de la derecha. Es evidente que el conjunto de la sociedad está harto de la situación y que el estallido social ante el problema de la inseguridad podría haberse producido de todos modos, en este momento o en cualquier otro. Hay de esto antecedentes importantes, como el caso de la joven María Soledad Morales en la provincia de Catamarca a mediados de los '90 (que condujo al desmoronamiento del sistema caudillesco de la familia Saadi) o, más recientemente, el de otras dos jóvenes asesinadas en Santiago del Estero como consecuencia de una orgía de la que habrían participado políticos y policías, que concluyó en la intervención de la provincia por el Ejecutivo nacional y el arresto de la esperpéntica gobernadora Nina Aragonés de Juárez y su esposo. Pero lo que interesa subrayar aquí es el momento elegido por la derecha política y mediática para poner sus recursos detrás del caso Axel Blumberg y tratar, sin decirlo abiertamente por ahora, de responsabilizar al gobierno actual ante la opinión pública por el problema de la inseguridad. Fuertemente golpeada por la debacle financiera, económica, social y finalmente política desde diciembre de 2001, cuando el presidente Fernando de la Rúa fue obligado a renunciar por una masiva movilización social provocada por el fracaso y las consecuencias sociales de las políticas neoliberales, la derecha argentina debió soportar en relativo silencio y quietud los primeros movimientos del gobierno Kirchner. El "plante" ante el Fondo Monetario Internacional y los bonistas; la destitución de varios miembros de la Corte Suprema de Justicia para reemplazarlos con métodos de la mayor transparencia por jueces calificados y honestos; la negativa a renovar algunos de los privilegios otorgados a las compañías transnacionales; el firme comando de las fuerzas armadas y la solicitud de perdón en nombre del Estado a las víctimas de la dictadura no son precisamente actitudes que la derecha tolera cuando se siente fuerte.
Pero el tema de la inseguridad
parece haberla estimulado a retomar la iniciativa, en el momento
preciso en que el gobierno ingresa en la etapa más difícil de su
gestión. En efecto, ha comenzado el otoño austral y pronto el
invierno hará que aumente exponencialmente la demanda de energía,
ya incrementada por el fuerte repunte de la economía. Las empresas
de petróleo, gas y electricidad (todas privatizadas) mantienen un
conflicto con el gobierno, vinculado con la negativa de éste a
permitirles aumentar las tarifas. Ya desde febrero pasado, y con la
excusa de que el congelamiento tarifario les ha impedido realizar inversiones, las empresas vienen anunciado cortes de energía para el invierno. Se han producido algunos incluso en pleno verano. Encolumnar a la ciudadanía
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| Autor/es | Carlos Gabetta |
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| Publicado en | Edición Cono Sur |
| Número de edición | Número 59 - Mayo 2004 |
| Páginas: | 3 |
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| Temas | Estado (Política) |
| Países | Argentina |