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Recuadros:

Marcos marcha hacia Ciudad de México

El PRI ya no gobierna México y el presidente de derechas Vicente Fox no está cuestionado en su legitimidad. Es el momento que aprovecha el Ejército Zapatista de Liberación Nacional para ir a su encuentro en Ciudad de México desde la selva Lacandona, Chiapas, en una marcha que se inició el pasado 24 de febrero. El zapatismo no es un movimiento secesionista sino de inclusión. Saltó a la luz el 1-1-1994, primer día de vigencia del Tratado de Libre Comercio (TLC, Canadá-Estados Unidos-México). Su líder, el subcomandante Marcos, aparece como el primero en articular la lucha contra la globalización con la suerte de los pueblos indígenas de América Latina.

Unos días antes del comienzo de la marcha Marcos nos recibe flanqueado del comandante Tacho y del mayor Moisés, a mil kilómetros al sur de Ciudad de México, en la pequeña aldea de La Realidad (450 habitantes), encaramada a 1500 metros de altura sobre la lluviosa ladera de una montaña cubierta de un espeso manto de jungla y cerca de su cuartel general secreto.

Enmascarado por su eterna capucha, equipado de un auricular de teléfono satelital, cubierto con una gorra gastada de color indefinible y con su vieja ametralladora a la espalda, explica por qué los zapatistas marchan hacia la capital: "Esta no es la marcha de Marcos, ni del EZLN: es la marcha de todos los pueblos indígenas. Pretende mostrar que se acabó el tiempo del miedo. Nuestro principal objetivo es que los pueblos indígenas sean reconocidos por el Congreso mexicano como sujetos colectivos de derecho. La Constitución de México no reconoce al indio. Queremos que el Estado admita que México está constituido por diferentes pueblos; que esos pueblos indígenas poseen su propia organización política, social y económica y que mantienen una fuerte relación con la tierra, con su comunidad, con sus raíces y con su historia. No pedimos una autonomía excluyente. No pedimos ningún tipo de independencia. No queremos proclamar el nacimiento de la nación maya, ni fragmentar el país en múltiples pequeños países indígenas. Queremos que se reconozcan los derechos de una parte importante de la sociedad mexicana, que posee sus propias formas de organización y pide que éstas sean legitimadas. Nuestro objetivo es la paz. Una paz fundada sobre un diálogo que no sea un simulacro. Un diálogo que permita establecer las bases para una reconstrucción de Chiapas y que favorezca la reinserción del EZLN en la vida política corriente. La paz sólo se logrará si se reconoce la autonomía de los pueblos indígenas. Ese reconocimiento es una condición importante para que el EZLN abandone definitivamente las armas y la clandestinidad, participe abiertamente en la vida política y también pueda dedicarse a la lucha contra los peligrosos proyectos de la globalización".

Tomar la iniciativa

Al cabo de nueve meses de silencio, el anuncio de esta marcha a través de un comunicado de Marcos del 2-12-00, al día siguiente de la asunción del nuevo Presidente mexicano, tuvo el efecto de una bomba. La audaz iniciativa tomó de sorpresa a toda la clase política en un momento muy particular. Porque el 2-7-00 el Partido Revolucionario Institucional (PRI), en el poder durante más de 70 años, había perdido las elecciones presidenciales ante Vicente Fox, candidato del conservador Partido de Acción Nacional (PAN). Y contrariamente a las fuertes sospechas de fraude y de corrupción que habían planeado sobre la elección de los dos últimos presidentes -Carlos Salinas (1988-1994) y Ernesto Zedillo (1994-2000)- la de Vicente Fox fue unánimemente reconocida como el fiel reflejo de las urnas. Fox, que asumió su cargo el 1-12-00, es, por primera vez en mucho tiempo, un Presidente cuya legitimidad parece indiscutible.

En una carta abierta dirigida al nuevo Presidente, Marcos señala: "Señor Fox: A diferencia de su antecesor Zedillo (quien llegó al poder por la vía del magnicidio y con el apoyo de ese monstruo corrupto que es el sistema de partido de Estado), usted llega al Ejecutivo federal gracias al repudio que el PRI cultivó con esmero entre la población. Usted lo sabe bien, señor Fox: usted ganó la elección, pero no derrotó al PRI. Fueron los ciudadanos. Y no sólo los que votaron en contra del partido de Estado, también los de generaciones anteriores y actuales que, en una u otra forma, resistieron y combatieron la cultura de autoritarismo, impunidad y crimen que construyeron los gobiernos priístas a lo largo de 71 años"1.

Durante la campaña electoral, Fox había prometido solucionar "en un cuarto de hora" pacífica y políticamente el problema zapatista. La marcha del subcomandante Marcos lo sorprende en pleno "periodo de gracia" y lo obliga a abrir en caliente el espinoso expediente de la cuestión indígena. "La idea de la marcha es un golpe genial", nos dice el escritor Carlos Monsivais, que acaba de entrevistarse largamente con Marcos. "El gobierno está obligado a acomodarse a un calendario de negociaciones establecido ahora por Marcos, quien retoma así la iniciativa. Y Fox se ve forzado a aceptarlo, no sólo porque existe una presión nacional e internacional que lo impulsa en ese sentido, sino porque no ignora que Marcos, al venir a Ciudad de México a discutir con las nuevas autoridades, reconoce su legitimidad, mientras que no reconocía la legitimidad de Salinas ni de Zedillo, considerados por los zapatistas y por una gran parte de los mexicanos como fraudulentos, tramposos, usurpadores"2.

"Después de todo -agrega el antropólogo André Aubry, responsable de los archivos diocesanos en San Cristóbal de las Casas, y cercano al ex obispo monseñor Samuel Ruíz- lo que pide Marcos no es nada del otro mundo. Al organizar esta marcha conmina al nuevo presidente Fox a decir qué nación mexicana piensa construir. Marcos reclama simplemente que los indígenas formen parte de esa nación".

Una vez pasado el efecto sorpresa, el presidente Fox, buen jugador, reaccionó favorablemente al proyecto de la marcha zapatista. Luego de calmar algunas mentes exaltadas en el seno de su propio bando -como el gobernador del Estado de Querétaro- que habían tratado a los comandantes zapatistas de "traidores" y los habían amenazado de muerte, terminó por admitir que la marcha representaba "una esperanza para México". ¿Podía acaso ser menos que el presidente colombiano, Andrés Pastrana, que el 8-2-01 viajó a la zona controlada por la principal guerrilla de su país para entrevistarse personalmente con el mítico jefe de la rebelión, Manuel Marulanda, "Tirofijo"? Para tranquilizar eventuales inversionistas inquietos, Fox declaró el 26 de enero pasado en Davos: "Nadie debe temer por la marcha del EZLN hacia Ciudad de México. No debemos tener miedo de incluir a todos los mexicanos en un proyecto destinado a permitir el desarrollo de todos. La marcha será pacífica y deberíamos lograr un acuerdo de paz en Chiapas"3.

De allí en más, Fox hasta se transformó en un verdadero propagandista de la marcha: "Mi gobierno está a favor de la marcha. Tenemos que creer en el EZLN y le vamos a dar la oportunidad de demostrar si realmente quiere la paz. Está en juego nuestra naciente democracia y hay que demostrar que tiene la elasticidad suficiente para absorber en su seno todas las distintas formas de pensar en este país, así sean las posiciones más radicales"4. Por último, retomando los argumentos zapatistas, Fox no dudó en recordar el escandaloso destino de los indígenas: "¡Ya basta de esta infamia de cinco siglos! ¡Ya basta de un México sin sus indígenas y sin integrar a sus pobres y marginados! Los indígenas de México han sido sometidos a humillaciones racistas, a políticas públicas y privadas que implicaron su exclusión del desarrollo y la educación, impidiéndoles cualquier posibilidad de manifestarse como ciudadanos libres y con plenos derechos"5.

El entusiasmo de Fox a favor de la marcha terminó por irritar a Marcos: "El Presidente -nos dice el subcomandante- ahora trata de apropiarse de la marcha zapatista y hasta es capaz de presentarla como una marcha foxista. Esa estrategia apunta a presionar al EZLN, tratando de convencer a todo el mundo de que la paz ya se alcanzó, por así decirlo, y que si no llegara a firmarse sería únicamente por culpa de los zapatistas. Es una especie de extorsión. Él busca la rendición incondicional del EZLN. Pero sabe perfectamente que aun antes de iniciar las negociaciones propiamente dichas, reclamamos tres modestos signos de buena voluntad de su parte: liberación de todos los prisioneros zapatistas, retirada del ejército de siete posiciones militares y ratificación de los Acuerdos de San Andrés sobre los derechos de los indígenas, firmados por el gobierno en 1996, que siguen siendo letra muerta".

Al iniciarse la marcha, el 24 de febrero, sobre un centenar de detenidos zapatistas las autoridades sólo habían liberado a 60, las fuerzas armadas se habían retirado sólo de cuatro de las siete posiciones reclamadas por Marcos y los Acuerdos de San Andrés no habían sido ratificados. "Si Fox no puede cumplir las tres condiciones que plantean los zapatistas -explica André Aubry- quiere decir que no tiene realmente el poder, que no es él quien manda, que no es el jefe y que el ejército está por encima de él. Después de todo, desde 1920 la tradición mexicana consiste en arreglar los problemas políticos de manera militar. Es lo que Salinas y Zedillo trataron de hacer con los zapatistas en su momento. Pero fracasaron. Si Fox quiere llegar a una solución y si verdaderamente desea la paz, como no se cansa de proclamar, debe demostrar que es realmente el Presidente, que manda al ejército y que, en signo de buena voluntad, acepta las tres condiciones de los zapatistas. Estos por su parte demuestran claramente su voluntad de paz al salir del monte y dirigirse desarmados a Ciudad de México. Marcos dijo que el Presidente tenía hasta el 11 de marzo y hasta el fin de la marcha para aceptar las tres condiciones. Lo que está en juego merece que el Presidente haga un esfuerzo, pues se trata de la condición de los indígenas. Y la deuda que México tiene con ellos es inmensa".

500 años de infamia

En efecto, durante los últimos 500 años los pueblos indígenas fueron parcialmente exterminados, expulsados, explotados, humillados, y tuvieron una existencia abominable. Son precisamente los sufrimientos de esos indígenas de Chiapas, sometidos a la opresión brutal de los conquistadores, los que evocaba el célebre dominicano Bartolomé de Las Casas, obispo de San Cristóbal, en su Brevísima relación de la destrucción de Indias (1522). Su abrumador testimonio permite imaginar lo que fue para los indígenas la pesadilla de la conquista.

Luego de la independencia de México en 1810, y aun después de la Revolución de 1911 -que sin embargo se hizo al grito de "¡Tierra y libertad!"- la suerte de los indígenas no mejoró. La relegación, la explotación y el desprecio prosiguieron, al igual que su lento exterminio, llevado a cabo desde entonces por los grandes propietarios rurales, productores de café o de cacao, con la ayuda de bandas de asesinos a sueldo y de milicias paramilitares. La Constitución sigue sin reconocer la existencia de los pueblos indígenas, que constituyen el 10% de la población. Con el pretexto de que la mayoría es mestiza, México exalta oficialmente la figura del mestizo pero ignora, y hasta desprecia, a sus indígenas.

"De todos los habitantes de México -explica el subcomandante Marcos- los indígenas son los más olvidados. Se los considera como ciudadanos de segunda clase, un estorbo para el país. Pero nosotros no somos las sobras. Formamos parte de esos pueblos que tienen una historia y una sabiduría milenarias. Pueblos que, aunque pisoteados y olvidados, aún no han muerto. Y aspiramos a convertirnos en ciudadanos como los demás; queremos formar parte de México sin perder nuestras particularidades, sin vernos obligados a renunciar a nuestra cultura; en fin, sin dejar de ser indígenas. México tiene una deuda con nosotros. Una deuda que ya tiene dos siglos, que sólo podrá saldar reconociendo nuestros derechos".

Los indígenas siguen siendo víctimas de un etnocidio silencioso. Olvidados de todos, "invisibles", están condenados a ver apagarse inexorablemente sus lenguas y sus valores más que milenarios. Es contra semejante fatalidad que se revelaron el EZLN y el subcomandante Marcos.

Arraigados en las verdes montañas de Chiapas y en los bosques húmedos del extremo sur de México, cerca de la frontera con Guatemala, los zapatistas denuncian desde hace siete años la dramática condición de las comunidades indígenas. "Ser indio en México no es simplemente tener cierta apariencia física", nos explica el escritor y ensayista Carlos Montemayor, autor de un libro indispensable para entender los orígenes de la revuelta zapatista6; "es hablar una lengua indígena, ocupar un territorio ancestral, practicar las costumbres tradicionales y adherir a los valores milenarios de la comunidad en el seno de la cual se vive. En Chiapas, un tercio de la población es indígena, es decir, más de un millón de personas. Exceptuando a los zoques, emparentados con los popolucas y con los mixes, la mayoría de los grupos que viven en Chiapas pertenecen a la familia maya de México: tzotziles, tzeltales, choles, tojolabales, lacandones, mames, mochos, kakchikeles, con un total de doce grupos lingüísticos. Pero las importantes migraciones recientes modificaron profundamente la composición social, ideológica y política de las diferentes subregiones de lo que se da en llamar la selva lacandona, principal base social del EZLN. Se puede estimar que al menos 200.000 indígenas de etnias diferentes sostienen de una manera o de otra al EZLN en Chiapas".

Estado muy rico, Chiapas posee los más importantes yacimientos de petróleo y las mayores reservas de gas y suministra al resto del país el 40% de la energía hidroeléctrica, lo que por otra parte permitió a México brindarle a Estados Unidos la electricidad que le faltó de modo espectacular en California en diciembre pasado… "A pesar de la enorme riqueza de Chiapas -comprueba el sociólogo Herman Bellinghausen, uno de los mejores conocedores de la insurrección zapatista- un tercio de sus niños sigue sin escolarización y apenas un alumno de cada cien llega a la universidad. El analfabetismo supera el 50% entre los indígenas, cuya tasa de mortalidad es superior en un 40% a la de los habitantes de la capital…"

Pueblos indígenas y globalización

El subcomandante Marcos y el EZLN se rebelaron el 1-1-1994 para protestar contra la suerte de los indígenas y llamar dramáticamente la atención internacional sobre el destino de esas comunidades humanas, que se cuentan entre las más desfavorecidas del mundo. Luego de combates que dejaron como saldo decenas de muertos, los zapatistas ocuparon ese día cuatro importantes ciudades de Chiapas, entre ellas San Cristóbal de las Casas, con 50.000 habitantes.

"Pero al mismo tiempo, y ésa es la gran originalidad de ese movimiento -comenta Bellinghausen- Marcos comprende que ya está superado el tiempo de las guerrillas tradicionales como las que hubo en América Latina a lo largo de toda la segunda mitad del siglo XX. Que el fin de la guerra fría, la caída del muro de Berlín en 1989, la desaparición de la Unión Soviética en 1991 y la ofensiva de la globalización modificaron radicalmente la realidad geopolítica y cambiaron completamente las estructuras del poder. Que ya no son únicamente las fuerzas políticas las que dirigen el destino de los Estados, sino también otras, en primer lugar los mercados financieros y las lógicas librecambistas, una de cuyas expresiones es el Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte".

Es por eso que los zapatistas eligieron la fecha del 1-1-1994, día de entrada en vigor del TLC entre México, Estados Unidos y Canadá, para hacer irrupción en la vida política mexicana. Al tiempo que levanta la bandera de la causa indígena, ese mismo día Marcos firma de alguna manera la primera revuelta simbólica contra la mundialización. Habrá que esperar a la movilización internacional contra el Acuerdo Multilateral sobre las Inversiones (AMI) en 1998; luego a las manifestaciones de Seattle contra la cumbre de la OMC en 1999 y a las de Davos contra los "dueños del mundo" en 2000, para ver multiplicarse las nuevas rebeliones contra la globalización. Marcos es el primero en haber intentado teorizar la articulación entre la lógica de la mundialización y la marginalización de los pobres del Sur.

"A partir de la caída del muro de Berlín -analiza Marcos- apareció y se desarrolló un nuevo superpoder, estimulado por las políticas neoliberales. El gran triunfador de la guerra fría -que se puede calificar de Tercera guerra mundial- fue Estados Unidos, pero por encima de esa potencia hegemónica inmediatamente comienza a aparecer lo que podríamos llamar un superpoder financiero, que empieza a dar directivas a todo el mundo. Eso produce lo que, a grandes rasgos, llamamos la globalización. El ideal de la globalización es un mundo transformado en una gran empresa y manejado por un consejo de administración constituido por el FMI, el Banco Mundial, la OCDE, la OMC y el presidente de Estados Unidos. En ese contexto, los gobernantes de cada Estado son apenas los representantes de ese consejo de administración, especie de gerentes locales. Y lo que ustedes definieron perfectamente en Le Monde diplomatique como "el pensamiento único" tiene como función suministrar la argamasa ideológica para convencer a todo el mundo de que la globalización es irremediable y de que cualquier otra propuesta sería quimérica, utópica, irrealista. A escala mundial, la gran batalla que se libra actualmente -y que podríamos llamar la Cuarta guerra mundial- enfrenta a los partidarios de la mundialización con todos aquellos que, de una manera o de otra, tratan de frenarla. Todo lo que impida que la globalización se extienda, desde ahora está amenazado de destrucción".

¿Qué relación tiene eso con la dramática situación de los indígenas? "En su furor hegemónico -prosigue Marcos- la globalización apela a elementos de la cultura y aspira a homogeneizar culturalmente el mundo. En cierta medida, globalización económica significa globalización del modo de vida de Estados Unidos. Los valores del mercado se imponen en todos lados. Actualmente no sólo dirigen el funcionamiento de los gobiernos, sino también el de los medios, el de la escuela, e incluso el de la familia. El individuo sólo puede ocupar un lugar en la sociedad en la medida que tenga capacidad de producir y de comprar. Por lo tanto, los criterios del mercado eliminan toda una parte de la humanidad, que resultaría no rentable. Esto concierne a todos los indígenas de América Latina. La globalización exige su eliminación. Por medio de una guerra abierta, si hace falta, o de una guerra silenciosa, si es necesario. El pretexto es que los indígenas no son útiles a la dinámica de la globalización, que no pueden integrarse y que hasta podrían convertirse en un grave problema debido a su potencial de rebelión".

Como conductor de una lucha concreta en el seno de las comunidades indígenas de Chiapas, Marcos analiza su propia práctica de combate, reubicándola en el contexto geopolítico internacional y en el marco de la actual mundialización7. Es una especie de idealista práctico, de estratega mediático que se vale de Internet como de un arma, cubriendo el planeta de comunicados, textos, análisis, cuentos, parábolas y poesías. Anuda relaciones solidarias con cientos de asociaciones cívicas y decenas de personalidades comprometidas en la defensa de los derechos de las minorías. Su fuerza disuasiva mediática se revela más original y en definitiva más eficaz que la del Estado mexicano. Ya el 12-1-1994, es decir apenas once días después del inicio de la insurrección, Marcos abandonaba la opción armada. Los zapatistas no dispararían ni un solo tiro más, adoptarían desde entonces una estrategia no violenta, para conquistar el corazón y la mente de la opinión pública internacional.

El arma de la palabra

Jefe carismático y promotor de un nuevo estilo de acción política, desprovisto de arrogancia y de suficiencia, Marcos aparece además como un escritor talentoso, lleno de humor y de gracia, que cita frecuentemente a sus autores preferidos. Estos, como Gramsci, se caracterizan por el pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad: Cervantes, Lewis Carrol, Bertolt Brecht, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges…

Se entiende por qué, aunque marche hacia Ciudad de México, Marcos no va a en busca de poder. "El problema no es conquistar el poder -afirma sonriendo- porque sabemos que actualmente el lugar del poder está vacío y que la lucha por el poder es una lucha por la mentira. A la hora de la globalización lo que se necesita es construir una nueva relación entre el poder y los ciudadanos. Si se firma la paz, el EZLN dejará de hacer política como la hizo hasta ahora. La hará de otra manera, sin pasamontañas, sin armas, pero al servicio de las mismas ideas. Pues hemos aprendido que somos como un espejo y que, a nuestra manera, reflejamos otros movimientos de resistencia de todo el mundo. Por ello nos sentimos solidarios con otras luchas. Por ejemplo, con la de los homosexuales y lesbianas, víctimas de todo tipo de persecuciones y discriminaciones. O con la lucha de los emigrantes, contra los cuales en todo el mundo se instalan dispositivos racistas. Se quiere que las personas renieguen de sus particularidades, del color de su piel, de su origen o de su país de nacimiento. Se les quiere hacer sentir que haber nacido así, con ese color o en ese lugar, es un crimen. Y que por ello deben ser castigados".

¿Cuándo se quitará su pasamontañas? "El día en que un indígena pueda gozar de los mismos derechos que un blanco en cualquier punto de la República; el día en que el sistema del partido-Estado se haya acabado y en el que las elecciones no sean más sinónimo de fraude", había respondido Marcos a Régis Debray, que le hizo la pregunta en 19968. La segunda condición, por increíble que parezca, ya se cumplió, y la primera, si la marcha logra su objetivo (y según lo dicho por Fox), deberá cumplirse dentro de poco.

Por lo tanto, vuelvo a hacerle la misma pregunta, cuando la noche y la lluvia comienzan a caer y mientras La Realidad -que aún ignora la electricidad- se cubre poco a poco de penumbras: "Lo que es seguro -responde Marcos- es que nosotros queremos deshacernos rápidamente del pasamontañas y de las armas. Porque queremos hacer política a cara descubierta. Pero no nos quitaremos el pasamontañas a cambio de simples promesas. Los derechos de los indígenas tienen que ser reconocidos. Si el gobierno no lo hace, no sólo nosotros retomaremos las armas, sino que lo harán otros movimientos mucho más radicales, mucho más intolerantes, mucho más desesperados y mucho más violentos que nosotros. Pues la cuestión étnica, aquí como en otros lados, puede generar movimientos fundamentalistas dispuestos a todo tipo de locuras asesinas. En cambio, si todo se desarrolla como deseamos, y los derechos de los indígenas son finalmente reconocidos, Marcos dejará de ser el subcomandante o el líder, o el mito. Se entenderá entonces que el arma principal del EZLN no fue el fusil, sino el discurso, la palabra. Y cuando la polvareda levantada por nuestra insurrección se disipe, la gente descubrirá una verdad fundamental: en toda esta lucha, esta resistencia y esta reflexión, Marcos habrá sido un combatiente más. Por eso digo siempre: si quieres saber quién es Marcos, quién se esconde tras su pasamontañas, toma un espejo y mírate. El rostro que allí veas será el de Marcos. Pues todos somos Marcos".

Ya se hizo de noche en La Realidad. Galaxias de luciérnagas titilan en la oscuridad. Agobiados por la organización de la marcha, Marcos y sus dos amigos zapatistas se pierden en la jungla, rápidamente devorados por la vegetación y las sombras. Del éxito de esta marcha depende en gran medida el destino de los pueblos indígenas de México. Pero, ¿tendrá éxito? Recordamos una frase del escritor José Saramago, que devuelve la esperanza a todo el mundo: "Los zapatistas se cubrieron el rostro para hacerse visibles, y efectivamente los hemos visto por fin. Ahora marchan hacia la capital mexicana. Cuando entren en ella, el 11 de marzo, Ciudad de México será la capital del mundo".

  1. Carta del subcomandante Marcos al nuevo presidente de México", en http://www.ezln.org
  2. La Jornada, México DF, 8-1-01.
  3. Proceso, México DF, 4-2-01.
  4. Excelsior, México DF, 18-2-01.
  5. La Jornada, México DF, 15-2-01.
  6. Carlos Montemayor, Chiapas, la rebelión indígena de México, Editorial Joaquín Mortiz, México DF,1997.
  7. Subcomandante Marcos, Desde las montañas del Surestemexicano, Plaza y Janés, México DF, 1999.
  8. Régis Debray, "La guérilla autrement", Le Monde, París, 14-5-1996.

Seis años de zapatismo

(1994)

Enero: El EZLN rechaza las contrapropuestas del gobierno a los acuerdos de San Andrés Larrainzar y rompe el diálogo.

4 de noviembre: Hombres armados abren fuego contra un vehículo que transporta al obispo Samuel Ruiz. 22 de diciembre: Matanza en Acteal de 45 supuestos simpatizantes de la guerrilla zapatista por paramilitares vinculados con el PRI.

7 de junio: Monseñor Samuel Ruiz renuncia a la presidencia de la CONAI y el organismo se autodisuelve.

4 de agosto: El ejército mexicano refuerza los 15 campamentos y barreras que mantiene en la selva lacandona. Treinta comunidades indígenas se encuentran virtualmente en estado de sitio.

20 de agosto: Triunfo de Pablo Salazar Mendiguchia, del Partido de la Revolución Democrática (PRD) en las elecciones para el puesto de gobernador del Estado de Chiapas.


Autor/es Ignacio Ramonet
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 21 - Marzo 2001
Páginas:20, 21
Temas Historia, Conflictos Armados, Militares, Movimientos de Liberación, Colonialismo, Genocidio, Minorías, Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Derechos Humanos, Estado (Justicia), Estado (Política), Movimientos Sociales, Políticas Locales
Países Canadá, Estados Unidos, México, Guatemala