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En las pesadillas, Pol Pot aún vive

Concluidos en Camboya la guerra civil y el terror, se pone en evidencia la profundidad y perduración de sus consecuencias: una gran parte de los sobrevivientes afectados por perturbaciones mentales como el estrés postraumático y la depresión, ausencia de profesionales de la salud, una población mayormente joven sin puntos de referencia ni objetivos, un vacío educativo. Los adultos, atormentados por la memoria, tienden a transmitir su angustia a sus hijos.

Phnom Penh se asfixiaba, ahogada por un calor metálico, abrumada por las peleas de los dos partidos -el Frente Nacional para una Camboya Independiente (Funcinpec) y el Partido del Pueblo Camboyano (PPC), que ya no se soportaban dentro de la coalición gubernamental.

El 30 de mayo de 1997, la Agencia Nacional de Detección de Minas destruyó varias bombas pesadas haciéndolas explotar sin avisar a la población, contrariamente a la costumbre… "Estaba atendiendo en el hospital de Takhmau cuando entró temblando un individuo, para anunciarnos que había combates", relata Bhoomy Kumar, un psiquiatra infantil indio a cargo del pabellón de niños desequilibrados del hospital Chey Chum Neas de Takhmau. "Algunos se precipitaron sobre el teléfono para pedirles a sus familiares que fueran a buscar a sus hijos a las escuelas. En pocos minutos, el hospital quedó vacío. ¡Reinaba el pánico, como si se hubiese activado un gatillo, desencadenando un estado de estrés postraumático colectivo!"1.

Después de los últimos coletazos de treinta años de guerra civil, Camboya parece al fin respirar. En julio de 1998, las elecciones legislativas dieron la victoria a dos formaciones políticas que, luego de haber dirimido su enfrentamiento en un mar de sangre, habrían de reconciliarse para conformar juntas un nuevo gobierno. Más aún, los años 1998-1999 iban a ser los de la muerte de Pol Pot (15 de abril de 1998) y el desmantelamiento de su movimiento armado. En diciembre de 1998, Khieu Samphan y Nuon Chea, los dos últimos dirigentes políticos de la rebelión, salieron de la jungla y se rindieron. En los meses siguientes, les tocó el turno a los hombres encargados de las tareas sucias: el jefe militar Ta Mok fue detenido y encarcelado y pronto se le reunió Duch, el verdugo de Tuol Seng, el antiguo liceo de la capital, donde fueron torturadas unas 25.000 personas antes de ser enviadas a la muerte.

Amnesia liberadora

Entre esos miles de víctimas sólo queda un sobreviviente conocido. En varias oportunidades, Van Nath declaró que atestiguaría en el juicio de los responsables del genocidio. Pero cuando los periodistas acuden a su casa, vacila en recordar. Su mujer lo disculpa: "Lo afecta demasiado".

Muchos, si pudiesen, se hundirían en una amnesia liberadora. Decenas de miles de camboyanos pudieron emigrar hacia Europa, Estados Unidos o Australia. Pero no resulta lo bastante lejos: "Algunos de ellos, que creían haber olvidado, al envejecer empiezan de repente a recordar, mientras que otros se niegan aún a hablar de sus sufrimientos, para poder erradicarlos para siempre de su memoria", explica Sachiko Kamakura, una japonesa que pudo entrevistarse en Estados Unidos con algunos refugiados bajo tratamiento psiquiátrico.

Sus patologías se asemejan a las de los veteranos de la guerra de Vietnam y los sobrevivientes de los campos de concentración nazis: problemas de inserción social, envejecimiento prematuro, debilitamiento de las defensas inmunológicas, dolores de cabeza, cansancio, desórdenes gastrointestinales, depresión y estrés postraumático (PTSD). La universitaria recopiló testimonios impresionantes de personas que, en sus crisis, "escuchaban gritos y tiros imaginarios o respiraban el olor de cadáveres en estado de descomposición". Y observa que "la gravedad de estos síntomas rara vez se observó en otras poblaciones de pacientes". Reconoce sin embargo que los casos que ella había descrito eran a menudo más agudos debido al desarraigo cultural y a las dificultades de integración de estos pacientes en el nuevo país.

Las matanzas fueron tanto más traumáticas cuanto que fueron perpetradas por kmers contra otros kmers. Los hombres de "Hermano Nº 1" insistieron en forjar "un hombre nuevo" atacando la estructura familiar: "Cualquier manifestación de afecto estaba prohibida y cada individuo debía erradicar de sí mismo los sentimientos tradicionales de amor y afecto hacia sus prójimos. Hasta la amistad estaba prohibida"2.

Jean Pierre Hiegel, un médico psiquiatra francés que trabajó quince años en los campos de refugiados de Tailandia, señala que para sobrevivir y adaptarse a su rol, muchos de ellos desarrollaron un "falso yo", autoprotector. Alarde esquizofrénico al que recurren aún muchos camboyanos para liberase de lo que algunos dan en llamar el "autogenocidio"3.

En mayo de 2000, la Transcultural Psychological Organisation (TPO) publicó los primeros resultados de una encuesta llevada a cabo en 1996 y 1997 sobre una muestra representativa de 6.100 adultos distribuidos en tres zonas muy distintas, que sin embargo presentan el rasgo común de haber sido especialmente afectadas por los sucesivos conflictos4… De hecho, el 40% de las personas interrogadas declaró haber sufrido hambruna, el 34% se quejó de haber sido separado de los suyos, el 22% estuvo gravemente enfermo sin haber podido atenderse y el 18% dijo haber presenciado la tortura o la ejecución de un allegado. De manera más generalizada, el 81% de los camboyanos perdió al menos una persona de su familia durante los años de conflicto. Más de la mitad de la población fue desplazada y el 18% de las mujeres son viudas, divorciadas o separadas. TPO señala además que muchos hombres, convertidos en alcohólicos, ejercen violencia contra sus esposas. Una mujer de cada cinco sería golpeada por su marido.

Las consecuencias psicológicas son asimismo importantes: el 20% de los encuestados parecía extremadamente estresado, el 17% de gravedad. El 19% habría manifestado fallas de memoria, dificultades para pensar o para concentrarse. Pero sobre todo, el 28% sufría de estrés postraumático y el 13% de depresión aguda; el 9% hasta padecía de una cosa y otra. Sin embargo, sólo el 14% de estos casos de estrés postraumático ya había sido tratado por un médico….

Un páramo de especialistas

En 1979, cuando el régimen kmer rojo se derrumbó frente a la intervención vietnamita, los psiquiatras camboyanos habían desaparecido -muertos o exilados- y las necesidades en el área de medicina clínica eran de tal envergadura que el único establecimiento especializado (en Takhmau, en los suburbios más alejados de Phnom Penh) fue transformado en hospital general. El país ya no contaba con los medios para formar especialistas y la enseñanza desapareció de la facultad de Ciencias de la Salud. Hasta el punto de que aún hoy muchos profesionales, tanto en el campo como en la ciudad, experimentan dificultades para identificar perturbaciones mentales.

El informe anual proporcionado en 1997 por los hospitales provinciales no mencionaba ninguna consulta por desórdenes de comportamiento. "Sin embargo, de acuerdo a las estadísticas, se estima que en el Sudeste de Asia, en promedio, tres personas de cada diez que acuden al hospital presentan patologías de orden psíquico. Como no podíamos imaginarnos que no hubiera desequilibrados en Camboya, dedujimos que los médicos no sabían identificar esos casos con claridad", observa Bhoomy Kumar.

La confusión sería pues moneda corriente, alentada en parte por las tradiciones. De hecho, en kmer, la epilepsia, patología del cerebro, llamada Chkut Chruk (la locura del cerdo) se asimila comunmente a un trastorno mental. "Los camboyanos tienen su propia categorización de las enfermedades mentales para reconocerlas y tratarlas", señala Didier Bertrand, doctor en psicología intercultural. "Se considera a algunos locos como poseídos por espíritus malignos y en consecuencia se los lleva a los Kru Khmer (magos-curanderos), los mediums, los Achar (celebrantes laicos que asisten a los monjes) o los bonzos".

Después de haber sido tratados por médicos tradicionales, algunos de los cuales tienen una excelente práctica en materia de escucha de los pacientes, los enfermos mejoran. Y la situación tiende a mejorar poco a poco gracias a la difusión de manuales explicativos en kmer a todos los clínicos y enfermeros, así como a la formación de profesionales camboyanos por profesionales extranjeros. El Cambodian Mental Health Training Program (CMHTP), fruto de una colaboración entre el Ministerio de Salud, la Organización Internacional de Migraciones y las universidades de Oslo y de Phnom Penh, formó a los diez primeros psiquiatras camboyanos desde la llegada al poder de Pol Pot. Desde 1998, atienden todas las mañanas en el pabellón correspondiente del Hospital Preah Sihanuk.

A los 42 años, Rithy Vong se cuenta entre quienes se decidieron a consultar a un especialista del "hospital de los locos", como lo llaman los habitantes de Phnom Penh. Para él, todo empezó en 1976: "Una noche, volví a mi casa y descubrí que el Angkar se había llevado a mi hermana, mi prima y mi sobrina. Sentí entonces un dolor espantoso. Sabía que las ejecutarían. Estaba indignado, pero paralizado por el miedo. Callé… y salvé mi pellejo". Es la carga que todos llevan consigo: si bien Rithy Vong "enterró esos sufrimientos dentro de su corazón", sus noches con somníferos están pobladas por escenas de matanzas. Y durante el día, este funcionario cuya carrera es irreprochable no dispone de remedio alguno para aliviar sus angustias. No es poco frecuente que desahogue su nerviosismo a flor de piel sobre su mujer o sus hijos. "Cuando siento que sube la furia, trato de calmarme. Corro hasta la pagoda para escuchar plegarias. Me ayuda. Pero temo que si mi estado se agrava, este método ya no servirá de nada."

La pesadilla, transmitida como una maldición, comunicada por adultos traumatizados, se perpetúa. "En la época de Pol Pot, muchos murieron y la sociedad camboyana es muy joven"5, resume Bhoomy Kumar. "En este país, convertirse en padre o madre significa para muchos descubrir una nueva disciplina. Antes, educábamos a nuestros hijos tal como lo habían hecho nuestro padres con nosotros. Los huérfanos o los que fueron separados de su familia en esos años negros no saben hoy cómo actuar con sus propios hijos".

En el régimen de Kampuchea democrática, los que tenían más de cinco o seis años fueron arrancados a sus madres, mandados a campos de trabajo para mineros o alentados a renegar de todo vínculo familiar. Los maltrataron tanto que cuando a su vez fueron padres, tendieron a sobreproteger a sus hijos, corriendo el riesgo de asfixiarlos y transmitirles su propio estrés o, al contrario, a no responsabilizarse de ellos. En la actualidad, muy pocos niños poseen libros y los valores morales que les son inculcados están calcados demasiado a menudo sobre relaciones de dinero, dado que la sociedad es cada vez más individualista y ultraliberal.

En Phnom Penh es común actualmente ver a un padre que abandona momentáneamente a sus hijos para ir a trabajar y compensarlos por eso con algunos billetes. "Temo que los valores que se transmiten a los más jóvenes no sean demasiado sanos. Conocimos a un chico de 13 años que llevó esta lógica demasiado lejos: cada vez que su padre le pedía algo, le reclamaba 500 riels (unos 15 centavos de dólar). En un año, había ahorrado 400 dólares (el ingreso per cápita es inferior a los 300 dólares anuales)".

Para TPO, "si bien se acabó la guerra, sus consecuencias para la comunidad, las familias y los individuos amenazan el desarrollo del país". Muchos jóvenes, desorientados por la falta de puntos de referencia morales, probablemente ya no sepan diferenciar el bien del mal. El presupuesto destinado a la Educación Nacional es aún insuficiente, como asimismo son irrisorios los medios puestos a disposición de la psiquiatría. Para el Doctor Ka Sunbaunat, presidente del subcomité de salud mental del Ministerio de Salud, "es cierto que la salud mental no es una de las primeras prioridades. Pero no debe ser la última, puesto que necesitamos personas con la mente clara. Si queremos invertir a futuro, hay que educar adecuadamente a las jóvenes generaciones…"

  1. El PTSD o estado de estrés postraumático, es unsíntoma que presenta una persona que fue testigo o víctima de violencias o de un accidente y que vuelve a experimentar ese acontecimiento con el miedo, y en pesadillas o evocaciones del pasado provocados por un estímulo externo.
  2. Jean Pierre Hiegel y Colette Hiegel-Landrac, Vivre et revivre au camp de Khao I Dang. Une Psychiatrie humanitaire, Ed. Fayard, París, octubre de 1996.
  3. Elizabeth Becker, Les larmes du Cambodge, L´histoire d´un autogénocide, París, Presses de laCité, 1988.
  4. Transcultural Psychological Organisation, Psychological and Psychiatric Consequences of War and Conflict in Cambodia, Results of the Epidemiological Study conducted by TPO in 1996-1997, Phnom Penh, mayo de 2000.
  5. De acuerdo con el último censo de 1998, casi lamitad de la población tiene menos de dieciocho años.
Autor/es Grégoire Rochigneux
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 21 - Marzo 2001
Páginas:18, 19
Traducción Dominique Guthmann
Temas Historia, Armamentismo, Conflictos Armados, Genocidio, Deuda Externa, Derechos Humanos, Políticas Locales, Educación, Salud
Países Estados Unidos, Australia, Camboya, Tailandia, Vietnam