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La cacería del Otro

A pesar de haber sido perpetrados durante la era contemporánea en las más diversas sociedades y culturas, por gobiernos en legal ejercicio del poder y tras campañas cuidadosamente organizadas que presentaban a las futuras víctimas como "enemigos del pueblo", los genocidios son percibidos como hechos aislados e irracionales, sin vinculaciones mutuas, en un mundo sobreinformado y bajo vigilancia.

La percepción del Otro como una amenaza, como representante de fuerzas extranjeras y destructoras, es común a todos los regímenes nacionalistas, autoritarios y totalitarios de nuestra época. Se trata de un fenómeno culturalmente universal. Ninguna civilización fue capaz de resistir a la patología del odio, el desprecio y la destrucción, propagada por diversos regímenes en todas las latitudes. Llevada a su extremo, esta enfermedad adoptó la funesta forma de genocidios, que constituyen uno de los rasgos trágicos y recurrentes del mundo contemporáneo.

Hay quienes ceden a la tendencia, fácil y cómoda, de tratar los diferentes capítulos de la historia de los genocidios como otros tantos episodios "incomprensibles" y aislados. Y ven en cada uno de ellos una explosión de furia colectiva. Dado que, de acuerdo con la teoría de la culpa metafísica de Karl Jaspers, esos acontecimientos nos cubren a todos de infamia, tratamos de olvidarlos rápidamente y de delegar toda esa delicada y dolorosa problemática a los historiadores especializados.

Sin embargo, alcanza con analizar más atentamente ciertos genocidios para rechazar la teoría de la explosión irracional. En el origen de todo acto genocida se halla en efecto una ideología del odio, amplia y metódicamente propagada. Cada genocidio estuvo invariablemente precedido de largos preparativos técnicos por parte del aparato burocrático del Estado moderno. Lo cual permitió a politólogos y a filósofos tales como Zygmunt Bauman, Walter Laqueur o Hannah Arendt, formular una tesis inquietante: la civilización contemporánea comporta en su carácter, en su esencia y en su dinámica, rasgos capaces, en condiciones y en momentos dados, de engendrar un acto de genocidio. Conclusión pavorosa, advertencia ética alarmante.

Pero, ¿cuándo surge un peligro así? Justamente en el momento en que se produce una ruptura entre la cultura y el sacrum, es decir, cuando el componente espiritual de una cultura se halla debilitado o ha desaparecido, cuando un entumecimiento ético se apodera de una sociedad cuya sensibilidad al vacío y al mal se halla atrofiada, ahogada, adormecida

En última instancia, el precepto cristiano más ignorado y escarnecido actualmente es el que predica el amor al prójimo. La relación con el Otro ya debía ser problemática en tiempos inmemoriales, pues uno de los textos escritos más antiguos contiene ese mandato inequívoco: "¡Amarás a tu prójimo como a ti mismo!"¿Habrá que creer que el rechazo del Otro, y hasta la hostilidad hacia él, constituyen un rasgo inmanente de la naturaleza humana? El hecho es que todas las ideologías del odio contemporáneas -nacionalismo, fascismo, stalinismo, racismo- han explotado esa debilidad que representa la aptitud humana para rechazar al Otro y especialmente al Desconocido, sentimiento que algunos poderes logran transformar en hostilidad y aun en disposición criminal.

Las consecuencias de esta patología alcanzaron proporciones monstruosas en nuestra época, dado que en ella el poder se ve dotado de estructuras estatales eficaces, equipadas con las tecnologías más modernas, incluso en materia de homicidio. Así es como apareció el espantoso fenómeno del genocidio industrial.

El genocidio es un acto criminal premeditado, sistemáticamente organizado y puesto en práctica, cuyo objetivo es el exterminio de comunidades civiles elegidas según criterios de nacionalidad, raza o religión.

La historia del siglo XX cuenta al menos nueve episodios de genocidio (la palabra "episodio" no es sin embargo la más adecuada, pues esas matanzas generalmente duraron mucho tiempo): en orden cronológico, la matanza de armenios por parte de la Turquía moderna (1915-1916); el exterminio mediante hambrunas de millones de campesinos ucranianos por el régimen stalinista (1932-1933); el aniquilamiento de la población de Nankin y alrededores por los ocupantes japoneses (1937-1938); el Holocausto de la población judía de Europa perpetrado por los nazis (1941-1945); el asesinato de millones de musulmanes e hinduístas en la India durante la secesión (1947-1948); los millones de víctimas de la revolución, llamada cultural, desarrollada en China por el régimen de Mao Zedong en las décadas de 1950 y 1960; el aniquilamiento de la población camboyana (1975-1978); el exterminio de una parte importante de la población de Timor-Oriental a manos del ejército indonesio y de las milicias pro-indonesias a partir de 1975; la liquidación de la comunidad tutsi por parte del régimen de los hutus en Rwanda en 1994. Esta lista no es exhaustiva, pues el siglo XX fue además fértil en incidentes fronterizos difíciles de calificar de manera unívoca (fundamentalmente en Sudán, Sierra Leona y los Balcanes).

Si se buscan puntos de referencia, denominadores comunes en ese laberinto de crímenes, mentiras y odio, se desprenden algunos rasgos.

Todos ellos fueron organizados por gobiernos oficiales, en ejercicio legal del poder en el país, que se beneficiaron con la pasividad de la opinión pública mundial, lo que confirma la crisis de sensibilidad ética de las civilizaciones contemporáneas.

El genocidio no es el producto de una sola cultura, ya que lo cometieron países pertenecientes a círculos culturales muy diversos. Esto muestra cuán ridícula es la idea de que una cultura particular estaría genéticamente predispuesta al genocidio.

Existe una vinculación evidente entre genocidio y guerra. Todos los casos mencionados se produjeron en un clima de guerra o de amenaza de guerra.

Ningún genocidio del siglo XX fue perpetrado en países donde reinaba la democracia. Esta aparece, hasta ahora, como la única barrera eficaz contra las tentaciones genocidas.

Todos los gobiernos que planificaron genocidios siempre comenzaron por destruir, a los ojos de sus fieles, la imagen del enemigo, futura víctima. Cuanto más inserto en el corazón de la sociedad se hallaba ese enemigo -en la familia, en la aldea, en la ciudad, en la comunidad- más peligroso parecía: viviendo bajo el mismo techo, podía incendiar la casa y envenenar a los habitantes. Un enemigo lejano, abstracto, no hubiera tenido características suficientemente marcadas y fáciles de imaginar, lo bastante atemorizadoras como para impulsar a los sujetos a la matanza.

Crímenes análogos

El enemigo podía ser de un origen diferente -otra clase social, otra religión, otra etnia- pero, en términos de propaganda, siempre recibía la misma etiqueta: "enemigo del pueblo" (Nationfeind en alemán, vrag narodu en ruso, etc.). A lo largo de todo el siglo XX la amenaza a la existencia nacional siempre se percibió como el peligro supremo.

Como lo comprueba el profesor Zygmunt Bauman en su libro Modernity and the Holocaust1, la voluntad genocida se benefició con la ayuda de los avances tecnológicos: estos permitieron, de alguna manera, matar a distancia, no personalmente, lo que libraba a los instigadores de eventuales remordimientos. Pero ese caso típico no se puede generalizar. Por ejemplo, los organizadores del genocidio de Rwanda, en 1994, intencionalmente ordenaron a sus milicianos que no mataran con armas automáticas sino con machetes: obligándolos a masacrar con sus propias manos se proponían reforzar simbólicamente la cohesión en sus propias filas.

En todos los casos, el desenlace de la matanza y el exterminio de la comunidad perseguida estuvo precedido de un periodo de sufrimientos, de hambruna, de humillación, de terror, a fin de que, de alguna manera, la muerte pudiera ser experimentada por las víctimas como un gesto de misericordia, como una liberación.

En fin, en todos los casos, el genocidio fue preparado y realizado en un contexto social de profunda crisis económica, política y moral, en un momento en que la conciencia religiosa se hallaba eclipsada, los sentimientos atrofiados, y anulada la capacidad de distinguir el bien del mal.

El tema de la patología del poder contemporáneo que en casos extremos degenera en genocidio, suscitó la publicación de centenares de libros, miles de ensayos y una multitud de documentos. En esos textos, cada acto genocida es ciertamente percibido, examinado y descripto de manera objetiva, pero por separado, como un elemento aparte, sin vinculación con otros crímenes análogos. Sin embargo, aunque cada uno de esos vergonzosos episodios se distingue por su especificidad -pensamos fundamentalmente en el carácter excepcional del Holocausto- sus móviles y sus mecanismos criminales comportan rasgos análogos. Más aún en la medida en que cada uno de ellos no concierne únicamente a un grupo de personas dado -religioso, étnico, social o ético- sino que constituye una catástrofe colectiva que afecta a toda la sociedad, una gran derrota del humanismo, una culpa que indirectamente abruma a todos quienes viven sobre esta Tierra.

Generalmente evaluado en términos sintéticos y globales, el siglo XX es analizado como el siglo de dos totalitarismos -el fascismo y el comunismo- y de dos guerras mundiales. Es el siglo de Auschwitz y de Hiroshima. En cambio, en ninguna parte hallamos la afirmación de que fue un siglo de genocidios (independientemente del continente, el período y la cultura donde tuvieron lugar) repetitivos, premeditados, organizados por gobiernos en ejercicio y que dejaron cantidades monstruosas de víctimas, la mayoría de las veces completamente inocentes. En efecto, los actos genocidas del siglo XX causaron más muertos que las guerras mundiales. En cuanto a las destrucciones materiales que produjeron, son en general difíciles de evaluar.

¿Por qué nos negamos entonces a ver nuestro tiempo como una época que, regularmente, de una manera sistemática difícil de entender, engendra tales crímenes de masa? ¿Por qué no buscamos vinculaciones, sin embargo evidentes, entre el genocidio de la revolución cultural de Mao Zedong, el exterminio de millones de habitantes en Camboya y los cientos de miles de rwandeses asesinados? Todo ello, no obstante, se produjo en el mismo período en nuestra aldea global, un universo de comunicaciones eficaces, sofisticado y sobreinformado, un planeta bajo vigilancia de una red de satélites y de una multitud de funcionarios de las organizaciones internacionales…

Negación e impunidad

Ese reduccionismo que consiste en describir cada genocidio por separado, como si estuviera desvinculado de nuestra cruel historia y más particularmente de las desviaciones del poder en otras partes del planeta, ¿no es una manera de evitar las preguntas demasiado frontales y fundamentales sobre nuestro mundo y sobre las amenazas que sobre él se ciernen? Descriptos y situados al margen de la historia y de la memoria, los episodios genocidas no son vividos como una experiencia colectiva, como un infortunio común que nos une a todos.

Otra desgraciada consecuencia: habitualmente, los seres humanos de una civilización y de un continente, ignoran que en otro continente, en la esfera de otra cultura o etnia, una comunidad o un pueblo fue exterminado. Incluso un crimen como el Holocausto es prácticamente desconocido en África o en India. La matanza perpetrada en un país sólo concierne a la conciencia de ese país: pocas veces sus ecos se propagan hacia otras culturas.

El poder -sobre todo el poder estatal que comete un genocidio- goza de una gran impunidad. El tribunal de Nuremberg representa una excepción, que además sólo juzgó a una ínfima parte de los criminales nazis. A veces ocurre que un funcionario estatal ocupa el banquillo de los acusados. En general, cuanto más alto en la jerarquía se sitúa el criminal, mayor es su impunidad. Un verdugo de menor cuantía tiene muchas posibilidades de acabar en la horca, mientras que el de gran envergadura generalmente es intocable. Ese es el punto débil del sistema judicial internacional, que se distingue por su fragilidad, su inconsecuencia, su oportunismo.

Son raros los casos en que un Estado cuyos dirigentes organizaron un genocidio reconozca su falta. Los alemanes son la excepción que confirma la regla. En la mayoría de los otros casos, el poder o bien rechaza cualquier sospecha de genocidio, o bien guarda un silencio obstinado. El gobierno turco continúa negando que en ese país un millón y medio de armenios hayan sido asesinados bajo el régimen otomano; el gobierno ruso silencia la matanza de diez millones de campesinos ucranianos; el gobierno de China rechaza las sospechas de la masacre de veinte millones de ciudadanos en los años 1960…

Lo más agobiante es el desconcierto general de la opinión pública, la indiferencia moral, la incapacidad para reaccionar ante el mal. Estamos tan acostumbrados a él, que ya perdió para nosotros todo valor de advertencia. Antaño demonizado, hace tiempo que el mal se ha banalizado, adoptando una apariencia trivial y engañosamente corriente, al punto de fundirse completamente en nuestra vida cotidiana.

Si hace tiempo el mal se vinculaba con fenómenos tales como un estallido de irracionalidad, una erupción incomprensible de instintos ciegos, una sed irrefrenable de venganza, ahora aparece cada vez más bajo la forma de una organización fría y astuta: se habla de "delincuencia organizada", de "clandestinidad organizada", de "crimen organizado", etc.

Y como no existe ningún mecanismo ni ninguna barrera legal, institucional o técnica susceptible de impedir eficazmente los futuros actos de genocidio, la única defensa contra ellos reside en la moral elevada de los individuos y de las sociedades: una conciencia espiritual viva, una fuerte voluntad de hacer el bien, una escucha permanente y atenta del mandamiento: "¡Amarás a tu prójimo como a ti mismo!".

  1. Zygmunt Bauman, Modernity and the Holocaust, Polity Press, Londres, 1991.
Autor/es Ryszard Kapuscinski
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 21 - Marzo 2001
Páginas:30, 31
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Historia, Tecnologías, Conflictos Armados, Genocidio, Minorías, Ultraderecha, Derechos Humanos, Estado (Justicia), Justicia Internacional
Países Sudán, Camboya, China, India, Timor Oriental, Rusia, Turquía