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Recuadros:

Visiones cínicas de la globalización

Un desmovilizador consenso unió a los dos candidatos a la Casa Blanca: ambos reconocieron que William Clinton había tenido razón al no enviar tropas a Ruanda durante el genocidio. Tal confesión no despertó reacciones en la prensa estadounidense. Sin embargo esa "sagrada alianza del desinterés" ilumina con crudeza el futuro de la seguridad en el planeta, tanto o más que todos los discursos sobre el mundo unipolar y la supremacía de Estados Unidos.

Desde hace una década, luego de la desaparición de la Unión Soviética, el triunfalismo invadió el pensamiento teórico. Se fueron afirmando conceptos tales como "globalización"; "mundo unipolar contra mundo multipolar" o "el fin de la historia". Sin embargo, pocos investigadores se tomaron el trabajo de analizar el creciente aumento de las zonas "grises" que se extienden por todas partes1. Ese color insípido traduce bastante bien la incertidumbre teórica experimentada ante evoluciones que aún no se sabe cómo analizar: crisis que perduran, sin solución política o militar, en medio del educado desinterés de una impotente comunidad internacional. Esta fase sombría de la reciente evolución es tan importante como la reorganización unipolar del mundo.Un mapa de ese "mundo en gris" abarcaría numerosas regiones.

Toda la región norte y sur del Cáucaso hasta el Mar Negro (ex-Armenia soviética, Georgia…) ha entrado en una zona de tormenta, en la cual la guerra de Chechenia es sólo la fase más mediática. Ni Georgia, ni Armenia, ni Azerbeiyán resolvieron sus problemas. Colonizada por la Rusia zarista en el siglo XVIII, esta región ha recuperado todas sus características tradicionales.

En Medio Oriente, los disturbios que se extienden desde Tadjikistan hasta el norte de Pakistán y hasta la parte iraní de Baluchistán (al parecer, los puestos fronterizos de la república islámica fueron desplazados hacia el interior del país), pasando por Afganistán, parecen haber comenzado en 1979 con la intervención soviética en Kabul. En realidad la crisis es muy antigua, y basta con recordar las dificultades de los colonizadores británicos y rusos. El futuro de Pakistán, cuya corta vida se caracterizó por 25 años de régimen militar y 25 de régimen civil, es incierto; la crisis kurda, sigue latente; la parte iraquí del Kurdistán, santuario de los rebeldes turcos, está siempre de actualidad. El Kurdistán sirio e iraní se mantiene en calma.

La mayor parte de los Estados del Africa subsahariana, a excepción -posiblemente temporaria- del Africa austral, están en una lenta fase de descomposición. Costa de Marfil o Uganda, presentados durante mucho tiempo como los "buenos alumnos del continente", son tan frágiles como los otros países.

Las zonas bajo control de los narcotraficantes, en la América andina y amazónica (Colombia, Perú, Bolivia, Amazonia brasileña…), o en Asia (Triángulo de Oro), escapan al control de las autoridades gubernamentales.

En el sudeste asiático, el archipiélago indonesio (13.000 islas), rápidamente unificado por la colonización holandesa bajo la autoridad de los javaneses, se está desmembrando, y la independencia de Timor Oriental es apenas la premisa de ese proceso.

Desde hace una década la mirada occidental está focalizada en ciertas regiones de los Balcanes (Yugoslavia, Macedonia, Albania…), donde la crisis aún no terminó, pues se plantea el tema de la independencia de Kosovo. Pero la zona debería ser extendida hasta la Moldavia-Transnistria2.

Analogías entre conflictos

Sobre esos pocos millones de kilómetros cuadrados evocados viven entre 300 y 350 millones de personas. Más allá de su lejanía geográfica, esos conflictos presentan numerosos rasgos geopolíticos comunes, que se pueden clasificar en dos grandes categorías.

La primera reúne los conflictos que comenzaron a emerger antes de la caída de la URSS. Estos conciernen a Estados que fueron poco o nada colonizados, como Birmania, Yemen, Liberia, Sierra Leona, Afganistán, Sudán, Somalia… La resistencia a los occidentales fue allí muy fuerte, al punto que a veces la colonización resultó tardía y precaria (Afganistán, Somalia), cimentando un contrato social arcaico. El sentimiento de identidad es fuerte y está fundado en una especie de orgullo guerrero tradicional de base étnica o tribal, que fue confundido con un sentimiento nacionalista. En esos países no existe una voluntad política modernista capaz de servir de base a un Estado.

Esto se ve en Somalia, donde la perceptible identidad somalí, étnica y religiosamente homogénea, no se traduce en un proyecto común de los diferentes clanes, que siguen combatiéndose para impedir que se instaure un Estado. Este monopolizaría el poder en beneficio de uno de ellos y en detrimento de los otros, como ocurrió con el único Estado que conocieron, el de Siyad Barré (1969-1991). En Yemen, la reunificación de los Estados del Norte y del Sur -uno considerado pro occidental y el otro pro comunista- no permitió el restablecimiento de un poder central sobre todo el territorio. Desatendidas por los medios de comunicación, esas "crisis de baja intensidad" (así calificadas porque no amenazan la paz del mundo), continúan.

La segunda categoría, más reciente, reagrupa las crisis de "fin de imperios": ayer la colonización francesa, holandesa, portuguesa y británica; hoy en día el Imperio ruso y sus metástasis soviéticas en Europa del Este; o el Imperio etíope, cuyo apogeo fue la anexión de Eritrea. Las llagas dejadas por la muerte de los Imperios otomano y Austro-Húngaro a comienzos del siglo XX en los Balcanes y en Europa oriental o en Cercano Oriente, siguen infectadas. La caída de la URSS en 1989 y de algunos de sus fieles, reactivó los problemas que las conquistas soviéticas habían enterrado.

Varias características unen esas crisis: afectan a los bordes de Imperios, latitud extrema de las conquistas, en zonas de confines -en el sentido geopolítico del término- compuestas de un mosaico de poblaciones y de religiones, muchas veces refugiadas en regiones montañosas (el Cáucaso, en el caso de Rusia; el Kurdistán, los Balcanes y el Líbano, en el del Imperio Otomano ; las altiplanicies de Indochina, en el de los imperios de Siam y de Vietnam). Hay que señalar que la colonización rusa -por otra parte, igual que el imperio iraní- se hizo por continuidad territorial, con integración de las elites locales a la administración imperial. Esto explica que Rusia se niegue a ver la crisis del Cáucaso en términos de "descolonización", y que en cambio la sienta como un riesgo de amputación.

Las fronteras interiores de los Imperios, destinadas a manejar las culturas "nacionales", fueron diseñadas para dividir y reinar más fácilmente, llegándose a crear enclaves étnicos en el interior de ciertas repúblicas (Crimea ucraniana, de mayoría rusa; Alto Karabagh en Azerbeiyán, de mayoría armenia; región de Meghri en Azerbeiyán-Armenia; Sandjak de Novi Pazar musulmán en Serbia…). A veces se han creado nuevas identidades, como la de los musulmanes en la Yugoslavia de Tito, o la entidad de Birobidyán para los judíos de la URSS. La gestión de las nacionalidades a la manera de Stalin fue cínica. Hoy en día, las que se declaran independientes se encuentran con fronteras internacionales que son en realidad antiguas delimitaciones administrativas conflictivas (Bosnia, Croacia, el Cáucaso, Moldavia y Transnistria, Macedonia ex-yugoslava, antiguos territorios coloniales africanos divididos en Estados…). Eso hizo de Bosnia, del Africa saheliana o del Cáucaso, "zonas altamente inflamables".

En esas regiones, el orden imperial no se mantuvo únicamente por la coerción. El gobierno se ejerció a veces apoyándose en las elites surgidas de las minorías formadas a su imagen, que por lo tanto heredan el poder independiente (ex etnias africanas convertidas al cristianismo en Africa francesa; javaneses en Indonesia; jerarcas comunistas en el poder en Asia central). Los habitantes del Imperio eran sólo "sujetos", objeto de una misma sumisión. El desmembramiento del poder central y la afirmación de los nacionalismos hicieron de ellos "ciudadanos", rivales en derecho, cuando éste se construye sobre bases de identidad.

Los fines del Imperio se ven a veces acelerados por reivindicaciones de identidad, a las que las autoridades moribundas responden con la fuerza y la expulsión (persecución de maronitas o de armenios al fin del Imperio Otomano ; de croatas o de bosnios de las zonas serbias de Yugoslavia, etc.). Pero el final del Imperio también puede ser provocado por la caída del poder central (es el caso de la URSS o de la colonización portuguesa y francesa en Africa). Entonces aparecen Estados con fronteras inconsistentes, sin apoyo político, con poblaciones heteróclitas (Estados de Asia central ex soviética; Estados africanos emancipados por el colonizador).

Muchas de esas características vuelven a estar presentes en la crisis de la ex Yugoslavia, que al nacer, al fin de la Primera Guerra Mundial, heredó los restos del imperio de los Habsburgo y del Imperio Otomano. Mientras reinó la ideología "stalinista" de Tito, la política del régimen hacía como si los clivajes de clase fueran más importantes que las aspiraciones nacionales. Eso tornó más brutal el desmembramiento, muy marcado por los rechazos "racistas".

El continente africano se halla en la intersección de dos tipos de crisis. Crisis de fin de Imperio, dado que en su retirada la colonización occidental dejó instauradas organizaciones estatales agonizantes, confrontadas a la reminiscencia de los conflictos tradicionales. Así, las crisis que como una faja se extienden sobre toda la zona del Sahel (Malí, Níger, Chad, Sudán), oponen pueblos de antiguos traficantes de esclavos (tubus, tuaregs, etc.) arruinados por la colonización, a poblaciones que fueron reservorios de esclavos a las que la Metrópoli dejó el poder (Saras, etc.). Todos sufren la misma oposición entre el Norte y el Sur. Las crisis de estos No-Estados alcanzan tanto a regiones poco o superficialmente colonizadas, como al Africa Central o el Chad, en permanente crisis. En tales casos, ¿puede llamarse "crisis" lo que constituye un estado normal? Cuestión semántica no desprovista de sentido. El caso de Argelia, cuyo sentimiento nacional se edificó contra Francia, es complejo. Ese resorte nacionalista fue utilizado hasta el cansancio por el Estado nacido de la independencia, que trata de sobrevivir sin otro recurso de legitimidad.

Santuarios y tráfico de armas

Una parte de las crisis aquí evocadas perduran porque no existe lógica de solución política. De intensidad militar variable, los conflictos se alimentan de los gigantescos stocks de armas acumuladas en la época del conflicto Este-Oeste, sin aporte exterior significativo (Yugoslavia, Argelia, Somalia, el Cáucaso, Etiopía, etc.). A causa del embargo decretado por la ONU, las armas livianas llegan de contrabando, remitidas por traficantes. La débil intensidad militar de los conflictos no impide las masacres colectivas. La expulsión masiva de poblaciones enteras es a veces una forma de restablecer la hegemonía étnica (1 millón de refugiados en Ruanda; 800.000 en la ex Yugoslavia; 75.000 muertos y dos millones de refugiados en Sierra Leona; 30.000 muertos y casi 1.200.000 refugiados en el Alto Karabagh; expulsión de población del norte Kivu en el Congo, etc.). Las poblaciones reunidas en los campamentos del Alto Comisionado para los Refugiados de la ONU (ACR), parecen más la reserva para una reactivación de las hostilidades que un factor de desestabilización para los países que las albergan (existe el ejemplo de los refugiados tutsis y hutus en la zona africana de los Grandes Lagos).

Esas crisis tienen una sociología que garantiza su duración. El hombre desarmado es una víctima señalada, pues las autoridades públicas no existen, o jamás desarmaron a la población (Afganistán, Yemen, Colombia). La vendetta clánica, modo normal de liquidar las diferencias, habitualmente refinado (códigos de honor yemenita o somalí), mantiene los fundamentos étnicos del conflicto. Generaciones enteras no conocieron otra cosa que la guerra y el problema de los niños-soldados de algunos conflictos africanos o camboyanos, hipoteca el futuro. Por último, la rendición no siempre garantiza la protección de los ex combatientes (ejemplo del M-19 en Colombia o de los arrepentidos del IRA). La opción de la violencia en Argelia parece explicarse más por la geografía de las masacres de la post independencia, por la brutalidad de la reforma agraria y por expoliaciones públicas, que por una lógica militar.

La existencia de un santuario constituye un factor importante (por ejemplo Turquía para el Cáucaso), aunque menos que la ayuda de las diásporas emigradas a los países ricos (diáspora armenia en el caso del Alto Karabagh; croatas de Alemania; albanesa en muchos países; eritrea en Italia; tamiles instalados en países occidentales; chechenos de Jordania, etc.). A veces es posible hallar recursos locales que, por ello mismo, condicionan la estrategia de los beligerantes (tráfico de diamantes, de madera en bruto, de droga, de la ayuda humanitaria, toma de rehenes como en Yemen o en la isla filipina de Jolo)3. En una década, Afganistán se convirtió en el primer productor de opiáceos del mundo. La lógica del conflicto ya no es la toma de la capital, sino el control de los recursos mineros o humanitarios…

Sin embargo, el riesgo de extensión de la crisis sigue siendo limitado, pues prevalecen sus características étnicas locales, que no son exportables. No hay "efecto dominó". Las micro sociedades caucásicas, muy celosas de su especificidad, solo manifiestan una solidaridad de circunstancia. Los conflictos del Chad, de Chechenia o de Afganistán no tuvieron otra consecuencia sobre el entorno regional que los flujos de refugiados. Marruecos y Túnez sólo sufren efectos menores de la crisis argelina.

La "depreciación estratégica" que sufren ciertas regiones del mundo a posteriori del conflicto Este-Oeste, se manifiesta en una "desvalorización conceptual". Jonas Savimbi, "combatiente de la libertad" contra el régimen comunista de Luanda, ha vuelto a ser lo que siempre fue: un jefe étnico cuya estrategia ya no es la toma del poder en Angola, sino el control de las áreas diamantíferas de su región.

La vuelta a los largos plazos se manifiesta tanto en las lógicas políticas internas como en las ramificaciones regionales de las crisis. La crisis de los Estados da nueva vida a organizaciones políticas y sociales más tradicionales, como lo muestran los estudios de Jean-François Bayart sobre Camerún4; la poderosa cofradía de los Murides en Senegal5; o el islamismo de las cofradías de Asia central estudiadas por Olivier Roy6. En esos países, las primeras manifestaciones de la crisis son el acaparamiento de los recursos públicos por parte de los dirigentes; la descomposición de los Estados (funcionarios que no reciben sus salarios, soldados que cortan las rutas…); la reminiscencia de las identidades étnicas o tribales (por ejemplo, en Costa de Marfil) y la guerra por la tierra (en la Casamance senegalesa, Ruanda, Burundi…). Cuando las elites en el poder naufragan, no dudan en hacer un "llamado de Imperio" -según la fórmula del politólogo Ghassan Salamé- a la antigua potencia colonial (Africa francófona, Asia central ex-soviética) para restablecer un orden que se desintegra.

Por otra parte, reaparecen ciertas rivalidades geopolíticas tradicionales que la tutela imperial había acallado (invasión vietnamita a Camboya, avance chino sobre los vietnamitas en el Mar de la China…). Más cerca de Europa, y después del derrumbe de la URSS, Turquía vuelve a encontrar viejos intereses en el Cáucaso (Azerbeiyán y Cáucaso del Norte) puesto que, hasta el siglo XVIII, el Mar Negro era un lago otomano. En 1991, el presidente turco Turgut Ozal evocó públicamente la atribución a Irak, en 1925, por parte de la Sociedad de Naciones (SDN) y bajo la influencia de Gran Bretaña, del distrito de Mosul. Por último, en Asia central, el caso de los uzbekos, el pueblo más numeroso de la región, preocupa a todos los responsables regionales.

Pero esta lectura histórica sólo explica una parte de los hechos contemporáneos. Turquía observó una evidente prudencia respecto de las crisis balcánicas, desdeñando sus tradicionales intereses en la región. Por su parte, Hungría no buscó reactivar las reivindicaciones de los magiares de los países vecinos.

Dejar hacer

Todo el mundo conoce resoluciones de la ONU o comunicados oficiales de las grandes potencias que expresan una "viva preocupación" sobre el estado de alguno de los países evocados en este artículo. Una vez concluido el ejercicio estilístico cada cual vuelve a sus asuntos. De manera sorprendente, la globalización tiene efectos geopolíticos diferenciados. A causa de la rivalidad Este-Oeste, toda región gozaba de una ventaja estratégica relativa, aunque más no fuera por correr el riesgo de ser ocupada por la potencia rival. De esa forma, la guerra fría dio sus frutos en Corea, Angola, Cuba, Nicaragua, Mozambique, etc… Actualmente las potencias se sienten más libres de mirar de lejos la degradación del mundo. Las intervenciones militares ya no son determinadas únicamente en función de los intereses, sino también en función del riesgo. El tipo de eficacia militar occidental que logró la victoria en Bosnia y en Kosovo, resulta inútil en esos otros conflictos. La pregunta previa a la intervención militar pasa a ser: "¿nuestras tropas correrán algún riesgo?", visión pragmática y operativa del concepto "muerte cero". En las zonas de desinterés internacional se impone la "diplomacia del riesgo".

Esa es la principal lección de la intervención estadounidense en Somalia. Muy mediatizada y asentada en la superioridad tecnológica victoriosa en el Golfo, apuntaba a permitir que la ayuda humanitaria llegara a la población a la que estaba destinada. La muerte de algunos infantes de marina hizo desaparecer definitivamente la noción de responsabilidad mundial de Estados Unidos. Pocas crisis valen la muerte de un soldado estadounidense, ni siquiera el genocidio ruandés.

Sin embargo no se puede concluir que las grandes potencias no intervendrán en ningún lugar. Pero conviene leer sus motivaciones entre líneas. Generalmente, los recursos locales son la primera justificación. Es el caso del Golfo para Estados Unidos. Las crisis africanas materializan esa política: Angola y Nigeria pesan tanto como el volumen de sus reservas petrolíferas; Africa austral, "milagro geológico", tanto como sus diversos recursos. En cambio, ¿qué valen la República Centroafricana o Burkina Faso? La República Democrática del Congo plantea un problema complicado: zona de inmensos recursos, padece una división territorial heredada del Congreso de Berlín, que la hace ingobernable.

A recursos iguales, la ubicación de la zona en crisis es también importante. La ex Yugoslavia pesa más sobre la seguridad de Europa que el Cáucaso y Corea cuenta más para Estados Unidos que Indonesia. Se puede agregar a esta lista el interés de las potencias por las regiones donde está en peligro la paz mundial (India-Pakistán o Corea).

Otro factor es la intensificación de las actividades terroristas, riesgo indirecto y compartido por los occidentales. Los responsables tienen serios problemas para ocuparse de esos desafíos: ¿se trata de una función de policía interior o de policía internacional? ¿Quién pagará el desarrollo de cultivos de sustitución en los países productores de opiáceos? ¿Uno mismo debe hacer el trabajo, o respetar el principio de soberanía de los Estados? La cosa puede llevar hasta la intervención armada estadounidense, como en Colombia7, pero México, gangrenado por el narcotráfico, está demasiado cerca para ser tratado de la misma forma por EE.UU. En tanto que, por el momento, el único tratamiento posible contra el islamismo militante (antaño estimulado por Washington en Afganistán) es el disparo de algún que otro misil de crucero (Sudán, Afganistán).

Existen por lo tanto zonas de desinterés internacional donde las crisis pueden desarrollarse en medio de la más total indiferencia: Sud-Sudán, Norte de Uganda, crisis tuareg… La intervención de las grandes potencias es en general indirecta y la ONU se encuentra con una tarea residual. Es el caso de las numerosas fuerzas de paz impotentes, como la Ecomog para Liberia, compuesta de tropas exclusivamente africanas. Durante mucho tiempo esos contingentes proporcionaron una buena conciencia a la comunidad internacional, hasta que la toma como rehenes de varias decenas de soldados proyectó una cruda luz sobre la realidad de la presencia de la ONU. Las grandes potencias, cuando actúan directamente, pueden así buscar el aval de la ONU, como Francia en Ruanda o Gran Bretaña en Sierra Leona.

Autónomos, ya no más guiados por una lógica política unificada sino por micro estrategias, los actores de esas crisis se entregan a alianzas circunstanciales tan volátiles como imprevisibles. El uso de las urnas es a veces inútil (las elecciones en Angola no detuvieron la guerra). Los actores centrales de las crisis son los jefes guerreros, las empresas legales o ilegales (traficantes) de talla mundial que tienen intereses en la región (De Beers en los diamantes, compañías petroleras, etc.) y los mercenarios que pueden intervenir en favor de unos u otros. El "nuevo mercenariado" se ha vuelto una realidad, y no faltan candidatos. Compañías militares privadas, como Executives Outcome hasta 1998, o SandLine International, operan en esos países. Algunos de los trust mundiales interesados se hacen cargo de la seguridad y a veces de funciones de Estado (como la paga de los funcionarios por la petrolera Elf en el Congo). También las organizaciones criminales pueden jugar un papel de esa índole -ayudas sociales, escuelas, servicios comunitarios- como por ejemplo en Colombia (en la década de 1980) o en el Líbano.

Preocupados por sus objetivos económicos, más que intervenir, los Estados occidentales dejan hacer. De esa forma, a la capital de Liberia, puerto de salida normal de los diamantes de Sierra Leona, solo llegan las compañías aéreas de países que tienen importantes actividades diamantíferas.

Mundo útil-Mundo inútil

Se puede desarrollar la hipótesis de una extensión de las zonas grises. Los actuales son tiempos de turbulencia en los grandes Estados multiétnicos. Consecuentemente, es posible imaginar una crisis imperial china. Las dificultades en el Tibet muestran que la aparición de una resistencia armada sigue siendo posible, en particular en los límite de Asia central (Xinjiang). La muerte del Imperio soviético aún no dio todos sus frutos. El Asia central ex-soviética, poblada por etnias heteróclitas, es también la zona donde confinan los mundos ruso, persa y chino: sólo en Uzbekistán existen 128 nacionalidades. Beneficiarios de una independencia no solicitada, esos países son objetos de una historia que ocurre fuera de ellos: retirada de los rusos y de otros eslavos, fuerzas armadas extranjeras, actual liberación del enclave y apertura de sus fronteras, hasta entonces cerradas, etc. Finalmente, no hay que olvidarse de los bordes del imperio, como Moldavia o Transnistria, donde los conflictos más que solucionados están congelados, o ciertas regiones del Extremo Oriente siberiano.

El futuro del Kurdistán depende de la solidez de los Estados que lo rodean. Es posible interrogarse razonablemente sobre el futuro de Irak, pueblo mayoritariamente compuesto por kurdos y por árabes chiitas, y gobernado por una minoría sunita; y también sobre Siria, con una minoría alauita en el poder…

En temas geopolíticos, el mundo unipolar tuvo por efecto hacer aparecer una geografía del "mundo útil" y -en negativo- otra del "mundo inútil". Esas crisis perdurarán a causa de su escaso potencial de desestabilización o de la poca importancia de los temas en juego. Mas que de la búsqueda de la paz universal, se trata del mantenimiento del statu quo: a las grandes potencias les basta con mirar para otro lado, sin que eso les impida tener un discurso muy moralizador.

Ciertas reglas diplomáticas usuales, que han regido el funcionamiento de la vida internacional desde 1945, han llegado a su límite. La fría lectura de las relaciones internacionales en la última década muestra la aparición de muchas prácticas nuevas, sin que el debate haya tratado de teorizarlas. La intangibilidad de las fronteras, aun en Africa, es desde hace mucho tiempo un simple principio teórico, gravemente afectado por la anexión del Sahara occidental por parte de Marruecos, o la independencia de Eritrea. El método occidental aplicado en Kosovo, muestra que la acción guerrera ha vuelto a ser legítima, aun entre los miembros fundadores de las Naciones Unidas, que habían establecido el principio de la solución pacífica de los conflictos. Algunas destrucciones y masacres quizás podrán evitarse gracias a los nuevos métodos: desplazamientos de poblaciones dirigidos más que padecidos; renegociación de las líneas fronterizas (cerca de 12.000 kilómetros de nuevas fronteras surgieron en Europa, en general de forma no conflictiva); intercambio de territorios, etc. La iniciativa senatorial estadounidense para un intercambio de territorios entre el Alto Karabagh y la región de Meghri fue rechazada con espanto por la comunidad internacional. Sin abrir la "caja de Pandora" quizás ya sea tiempo de discutir el tema.

  1. Véase Arnaud de la Grange, Mondes Rebelles, Michalon, París, 1999.
  2. Transnistria: región rusófona separatista, ubicada en el este de la República de Moldavia. Hizo secesión en 1992.
  3. Jean-Christophe Rufin, Economies des guerres civiles, Hachette, París, 1996.
  4. Jean-François Bayart, L"Etat en Afrique: la politique du ventre, Fayard, París, 1989.
  5. La secta musulmana de los murides tiene un enorme poder en Senegal y es considerada un verdadero Estado dentro delEstado.
  6. Olivier Roy, La nouvelle Asie centrale, Seuil, París, 1997.
  7. Maurice Lemoine, "La muerte que viene del cielo", Le Monde diplomatique ed. Cono Sur, febrero de 2001.

Sombras de "fin de siglo"

Achcar, Gilbert

¿Será el famoso síndrome "fin de siglo"? En todo caso, el tono de los informes estratégicos publicados en el año 2000 contrasta fuertemente con la euforia manifestada en 1999, tras la guerra de la OTAN en Kosovo. El Strategic Survey del International Institute for Strategic Studies (IISS) de Londres1-complemento del balance militar anual producido por el mismo instituto2- constata que el "júbilo" pos Kosovo, cedió lugar a la desilusión. Señalando las situaciones del sudeste asiático, de Medio Oriente, de Irlanda del Norte, de los Balcanes y de Taiwan, el Strategic Survey constata que "ninguna de las esperanzas provocadas por estas situaciones duró más allá de la fase inicial, y todas se resolvieron en fracaso".

Al elaborar un balance sin complacencia de la era Clinton, llega incluso a preguntar, en la introducción, si todavía existe una "superpotencia" -defendiendo la opinión contraria al neologismo sobre "la hiperpotencia estadounidense" pronunciado por Hubert Védrine, el canciller francés. El informe enumera las multiples vejaciones que enfrenta de hecho la política exterior estadounidense: más allá de los conflictos mencionados, recuerda que Sadam Hussein sigue burlándose de Washington y evoca las inquietudes de Estados Unidos respecto de la defensa europea, la reprobación general del proyecto estadounidense de defensa nacional antimisil (NMD) y el aumento de los movimientos de protesta contra la mundialización neoliberal.

Más sobrio, porque más "neutro" por vocación, el informe anual del Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI) establece sin embargo un balance también crítico3. Abogando por un sistema internacional cuyas reglas sean reconocidas y aplicadas, el director del SIPRI, Adam Rotfeld, constata que "los intentos para implantar de manera mecánica las soluciones transatlánticas y europeas en otras regiones no funcionaron; imponerlas desde el exterior, contra la voluntad de los Estados directamente implicados, puede causar los efectos más indeseables". En la sección "seguridad y conflictos", se consagra un capítulo notable a la defensa europea en sus relaciones con Estados Unidos y la OTAN. Sobre esta cuestión, como sobre el conjunto de los problemas de armamento, desarme y de proliferación, el informe del SIPRI es muy completo.

La defensa europea también se encuentra en el núcleo de L"Année stratégique 2001, el informe anual del Institut de Relations Internationales et Stratégiques (IRIS) de París, realizado este año en cooperación con France Info4. Allí, el tono de la introducción es más decidido: el director del IRIS, Pascal Boniface, se pronuncia "por un orden mundial multipolar". Viendo como una buena señal la unanimidad europea contra el proyecto NMD, desea que se afirme una "Europa potencia" que reequilibraría y sanearía las relaciones mundiales. Este optimismo es sin embargo moderado por los numerosos obstáculos que se encuentran en el camino y que describe André Dumoulin en el mismo informe, mostrando toda la distancia que separa la ambición de una Europa independiente de la realidad de una Europa bajo tutela.

El director del Institut Français des Relations Internationales (IFRI), Thierry de Montbrial, comparte el sueño europeo. En su introducción a la última entrega del Rapport annuel mondial sur le système económique et les stratégies5toma nota de que "Estados Unidos tenía la posibilidad de cambiar el mundo" y no la aprovechó, para concluir: "Visto desde Europa, no hay por qué quejarse, sino que hay que extraer las lecciones para proseguir levantando cabeza, la obra de nuestra unificación". Para ello sería necesario que Europa no reproduzca el comportamiento de Estados Unidos: el capítulo consagrado por Philippe Moreau Defarges a la cuestión de la "injerencia" es oportuno para recordar principios comprobados.

  1. IISS, Strategic Survey 1999-2000, Oxford University Press, Londres, 2000.
  2. IISS, The Military Balance 2000-2001, Oxford University Press, Londres, 2000.
  3. SIPRI, SIPRI Yearbook 2000, Oxford University Press, Londres, 2000.
  4. Pascal Boniface (dir.), L"année stratégique 2001, Michalon, París, 2000.
  5. Thierry de Montbrial y Pierre Jacquet (dir.), RAMSES 2001: Les grandes tendances du monde, Dunod, París, 2000.


Autor/es Pierre Conesa
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 21 - Marzo 2001
Páginas:26, 27, 28
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Conflictos Armados, Movimientos de Liberación, Mundialización (Economía), Narcotráfico, Estado (Política), Geopolítica
Países Estados Unidos, México, Irak, Afganistán, Albania, Serbia (ver Yugoslavia), Túnez, Cuba, Angola, Argelia, Burundi, Camerún, Chad, Congo, Eritrea, Etiopía, Liberia, Malí, Marruecos, Mozambique, Níger, Nigeria, Ruanda, Senegal, Somalia, Sudán, Uganda, Nicaragua, Bolivia, Colombia, Perú, Birmania (ver Myanmar), Camboya, China, India, Indonesia, Pakistán, Timor Oriental, Uzbekistán, Vietnam, Armenia, Croacia (ex Yugoslavia), Francia, Georgia, Hungría, Irlanda, Irlanda del Norte, Macedonia (ex Yugoslavia), Moldavia, Rusia, Turquía, Yugoslavia, Jordania, Líbano, Siria, Yemen