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El Tío Sam da clases de instrucción cívicaEl atasco en el escrutinio de votos en Estados Unidos, debido en primera instancia a lo reñido de la elección, puso al mismo tiempo en evidencia lo que se oculta tras las apariencias de una democracia modelo: sufragio indirecto, una alta proporción de habitantes excluidos de las elecciones o desalentados para participar en ellas; un sistema político que va perdiendo su autonomía a favor de los grupos económicos y los galimatías legales; dos grandes partidos que achican sus diferencias sin por eso favorecer el desarrollo de otras fuerzas, dado que los sectores progresistas son entusiastas difusores del criterio del "voto útil", que elimina otras opciones."Lo sano para la nación en este momento, es ver el desarrollo del proceso electoral. Millones de estadounidenses y millones de personas en todo el mundo están aprendiendo cómo manejamos nuestros asuntos en este país, están aprendiendo la democracia y cómo debe funcionar. Si hay algo positivo en todo esto, es la lección de instrucción cívica que nos brinda a todos" (Wolf Blitzer, presentador de CNN, 15-11-00) ¿La "lección de instrucción cívica" recién comienza? Cuando todos se harten de las recriminaciones de los acaudalados jubilados de Florida, inducidos al error por una boleta de votación mal diseñada o difícil de perforar; cuando los jueces se cansen de interpretar las tretas a las que recurrieron los Padres Fundadores en la minuciosa elaboración de un sistema electoral que los protegiera de la "tiranía de la mayoría"; cuando los periodistas fieles al sistema de mercado dejen de racionalizar que, en el fondo, las elecciones sin defectos no existen en ninguna parte ¿habrá llegado entonces el momento de examinar algo más que el árbol de las anomalías "ordinarias" de un escrutinio estadounidense, para ver finalmente el bosque de una democracia enferma? Porque de golpe se "descubren" cosas. ¿Una elección donde "cada voto cuenta"?, ¿una elección nacional?, ¿la decisión sagrada del votante? No. Un escrutinio fundamentalmente no igualitario; la soberanía de cada Estado (que decide quién participa en la votación) y de cada condado (que decide dónde, cuándo y cómo); el enfrentamiento entre los abogados y el alambicamiento de los tribunales; millones de estadounidenses que tienen prohibido votar; la preselección de los candidatos sobre la base del dinero; una publicidad política embrutecedora y vacía de todo contenido; "debates" televisados reservados sólo a los portavoces de un partido único y bicéfalo; medios enloquecidos por la ideología de la competencia; un senador electo veintidós días después de su fallecimiento y reemplazado por su viuda. Y el mundo entero mirando. Nada menos que en los primeros días de noviembre, el portavoz del Departamento de Estado, Richard Boucher, informó que las elecciones legislativas en Azerbaiyán "no habían respetado las normas internacionales"; que las elecciones locales de Zanzíbar estuvieron "marcadas por numerosas irregularidades"; que la elección presidencial en Kirghizistán estaba "viciada". Boucher precisó, sin embargo, que Estados Unidos no pensaba pedir a la Organización de Estados Americanos (OEA) que enviara observadores electorales a Florida1. Su predecesor, James Rubin, se ofuscó ante la idea de que alguien se atreviera a pensarlo: "No me sorprende que los enemigos aprovechen la ocasión para denigrar nuestra democracia (…) Pero nuestro país es tan libre que la presidencia depende de unos centenares de votos, de una millonésima de los sufragios emitidos. Por supuesto, los grandes medios desorientaron a Estados Unidos y al mundo. Eso es la prensa libre: el derecho a equivocarse. Y no es ella quien elige al presidente: de eso se ocupa el pueblo"2. Una prensa libre también permite precisar que la esposa del ex portavoz del Departamento de Estado figura entre los reporteros más notorios de CNN3. Rubin está menos solo de lo que teme. En todos los países hay todavía una legión de USAdólatras impenitentes, capaces de hacer la autopsia en medio del actual caos electoral y jurídico al fósil de una "democracia escrupulosa, meticulosa", de una "democracia prudente, artesanal", de una "lección de democracia"4. Es en Estados Unidos donde más se enfurecen los "antiestadounidenses". Un editorial del Wall Street Journal dio la alarma: "Lo que ocurre actualmente en Estados Unidos, en cualquier república bananera sería presentado como una tentativa de golpe de Estado de Gore"5. Más medido, Los Angeles Times evocó sin embargo "la sombra de ilegitimidad" que pesará sobre el próximo presidente. "Tres quintos de un hombre"Hace más de un siglo y medio, Alexis de Tocqueville descubría "la democracia en Estados Unidos" y saboreaba inteligentemente lo que desde entonces constituye la trama de nuestros parloteos políticos sobre la "modernidad": menos Estado, más "espíritu empresarial", una "sociedad civil", estructuras administrativas descentralizadas. La "verdadera opción" consistente en Bush o Gore no podía dejar de revelarnos nuestros últimos "atrasos": la "sociedad multicultural", las "redes", el voto por Internet, la privatización de la seguridad social, otra baja de impuestos. Tanto más cuanto que desde hace varios años los partidos socialistas y socialdemócratas europeos, en particular en el Reino Unido y en Alemania, ya habían imitado la estrategia de "recentramiento" ideológico de Clinton y sus técnicas de marketing político más manipuladoras6. La derecha contaba con la victoria de Bush para proclamar que la rueda de la "tercera vía" ya había completado su ciclo. El estratega del partido conservador británico, Daniel Finkelstein, incluso decía: "Los badges de las campañas estadounidenses cubren mis paredes". Por su parte, al pasar por Estados Unidos la semana previa a la reciente elección presidencial, el líder de la derecha italiana, Silvio Berlusconi, estaba todavía más deseoso de perfeccionar su conocimiento de la "hiperdemocracia", en la medida en que su rival en las legislativas de abril próximo, Francesco Rutelli, ya eligió como estratega a uno de los principales consejeros de Albert Gore7. Por eso fueron, y vieron… todas las apariencias de una democracia modelo, pero sólo las apariencias. El dominio del dinero es tan aplastante que los triunfadores en las primarias fueron, como estaba previsto, los dos candidatos que lograron reunir más cantidad de fondos que sus competidores. El acceso a los medios (a través del dinero) y al espacio público (a través de los medios) está tan circunscripto que excluye de hecho a quienes no sean miembros del partido único con dos cabezas, antes de someter a los recalcitrantes a la intimidación del "voto útil". En cuanto a la preocupación por garantizar que todos puedan votar, parece tan secundaria que, en un país donde ya la elección se desarrolla un día de semana, la apertura de los lugares de voto varía de un condado a otro según la opulencia del aparato estatal local: en los suburbios ricos y blancos no hay filas de espera, pero en los barrios pobres y de color de las ciudades se ven largas colas. Y uno casi olvida el carácter antidemocrático de la elección por sufragio indirecto. Contrariamente a la leyenda nacional, el colegio electoral (cuya existencia y función fueron descubiertas por muchos estadounidenses el mes pasado) jamás tuvo por objeto asegurar el equilibrio geográfico en el marco del federalismo. Fue instaurado para proteger la hegemonía política de los Estados del Sur y garantizar así la perennidad de la institución básica de su economía de plantaciones: la esclavitud de los negros8. Eso explica la vieja cláusula de la Constitución según la cual, al calcularse el reparto de los grandes electores, un esclavo equivalía a "tres quintos de un hombre"9. Inventado para permitir que los hombres blancos "bloquearan" el sistema político a su favor10, ese dispositivo produce los mismos resultados dos siglos más tarde, al otorgar un peso desproporcionado al voto de los habitantes de los pequeños Estados rurales con mayoría blanca y conservadora. Según los datos del censo del año 2000, un "gran elector" corresponde a 609.200 residentes en Florida, 602.000 en California, y 549.900 en el Estado de Nueva York; pero sólo a 175.000 en Wyoming, 205.700 en Vermont y 220.700 en Dakota del Norte. Es decir, "cada voto cuenta", pero se necesitan 3,44 californianos para contar tanto como un habitante de Wyoming. O sea, menos de los tres quintos… "Cada voto cuenta", salvo si es para el candidato derrotado en ese Estado, pues en virtud del escrutinio mayoritario a una sola vuelta, el candidato que tiene más votos se lleva todos los "grandes electores" en juego. Así es como los 4.371.000 sufragios obtenidos por Bush en California no le darán ningún "gran elector", mientras que los 375 votos de ventaja logrados por Gore en Nuevo México alcanzan para darle cinco. Los políticos y los comentaristas juramentados no dejan de repetir al unísono que en Estados Unidos es "la voluntad del pueblo" la que decide el curso de las cosas. De hecho, votar en Estados Unidos es un trabajo (cívico) hercúleo, pues el elector promedio está llamado a pronunciarse sobre varias decenas de opciones a la vez. Aparentemente, nada más democrático. En realidad, algo totalmente demagógico. En un país donde prevalece la incultura histórica y la apatía política; donde un adulto de cada tres es incapaz de citar uno solo de los países contra los que Estados Unidos luchó durante la segunda guerra mundial11; donde los dos tercios ignora el nombre de su diputado en la Cámara de representantes (la mitad no sabe siquiera si ese diputado es demócrata o republicano); donde el 40% no conoce el nombre del Vicepresidente en ejercicio; donde cuesta que la tasa de participación en las elecciones presidenciales alcance el 50%, cabe preguntarse si es democrático o demagógico hacer votar a los electores varias decenas de veces por partidos cuyos programas no conocen (suponiendo que los tengan), por funciones cuya misión ignoran y por medidas que no pueden evaluar. En California, por ejemplo, el elector concienzudo de Berkeley o de Oakland debe perforar su tarjeta de voto veintisiete veces: para elegir Presidente; senador y diputado a nivel federal; senador y diputado para la asamblea de California; pero también para los puestos de juez de la corte suprema; miembro del directorio del Peralta Community College District; director del liceo público de la ciudad (con cinco postulantes que se presentan como sigue: "escritor", "profesor-director de escuela", "consultora-ama de casa", "contador" y "educador"); comisionado ante la oficina de control de alquileres; director del séptimo distrito de transportes públicos… Y eso no es todo. También deben aprobar ocho medidas de Estado, cuatro a nivel del condado, tres a nivel de los distritos escolares y universitarios y once presentadas por la ciudad de Berkeley, a cual más bizantina12. La "guía de información" oficial del elector consiste, sólo para los referéndum de Estado, en un folleto de 74 páginas en letra chica, que contiene los textos de ley sometidos a aprobación (con los pasajes suprimidos cruzados por una raya y los agregados puestos en bastardilla). La proposición 34, que sugería limitar el financiamiento privado de las campañas electorales, se extendía a lo largo de diez páginas, cuya lectura exigía a la vez un doctorado en derecho y el conocimiento de los secretos de la legislación existente. Mientras que dos páginas alcanzaban a los siete postulantes a la Casa Blanca para presentar la síntesis de su programa bajo la forma de consignas, los electores de Oregon recibieron dos tomos de 400 páginas a manera de instrucciones para votar. A causa de la descentralización, las elecciones fueron puestas bajo la órbita y la responsabilidad de los condados. Por lo tanto, no existe un sistema electoral, sino más de tres mil. Y las formas de votar varían en consecuencia: 37% de los estadounidenses utilizaron tarjetas perforadas, 25% casilleros a marcar, 22% máquinas a palanca, 7% votos electrónicos, 3% boletas de papel…13. Esta variedad, y los consecuentes reclamos, alimentan a los tribunales: al ahora célebre condado de Palm Beach, Florida, llegaron unos quinientos juristas por cada bando. ¿Cuánto va a costar todo eso? En el solo fin de semana del 11 y 12 de noviembre los demócratas "levantaron" 3 millones de dólares para financiar sus gastos de abogados14. La furia pleitista de Gore y Bush no debe ocultar que no existen entre ellos puntos importantes que los diferencien. Lejos de estar "profundamente dividido", el país está separado en dos partes iguales y apáticas. La abstención del 49,3% de los estadounidenses en edad de votar, la calma casi general que acompañó a las interminables operaciones de recuento de votos, mostraron el poco entusiasmo generado por ambos candidatos "oficiales". Lo que se perfila actualmente no es una crisis de gobierno. Las diferencias entre Gore y Bush pueden desembocar fácilmente en un arreglo que permitirá prolongar algunos años la política conjunta de la administración Clinton-Gore, del Congreso republicano saliente y de los lobbies que financiaron su elección: liberalización de los intercambios (ALENA, OMC), privatización del Estado (abolición de la ayuda social federal a los pobres), reducción del número de funcionarios, afectación prioritaria del excedente presupuestario a la baja de impuestos, encarcelamiento masivo y aceleración del ritmo de las ejecuciones. Las divergencias entre los dos partidos son tan fáciles de salvar que el 7 de noviembre pasado, en veintiún circunscripciones del país, siete de ellas en Florida, el parlamentario saliente fue candidato único a su sucesión. Informados de los deseos del electorado flotante (el menos politizado) por las propias encuestas de opinión, los candidatos oficiales desarrollaron una campaña en definitiva más rica en imágenes que en substancia, y pusieron la mira en el centro-derecha. Entre dos ejecuciones en Texas, Bush evocaba su "conservadurismo compasivo" y su interés por los temas de educación y de salud. Por su parte Gore, también partidario de la pena capital, se comprometía como cualquier buen republicano a aumentar los gastos militares y a reducir el nivel de la deuda pública. Por lo tanto, Ralph Nader apenas si exageraba al observar: "Lo que los diferencia, es la velocidad con que sus rodillas chocan contra el piso cuando las grandes empresas los convocan". Cinco días antes del escrutinio, uno de los más viejos e influyentes partidarios del Vicepresidente estadounidense tranquilizaba a quienes temían que alimentara alguna veleidad progresista con las siguiente palabras: "Gore propone el tipo de programa que antaño gustaba a la gente prudente y conservadora, en fin, a los republicanos (…) Nunca confundió subvención pública con bien público. Fue uno de los más encarnizados defensores de la reforma a la ayuda social decidida por la administración Clinton: comprendió que la ayuda a los pobres sólo sirve para esclavizarlos, a la vez que despierta resentimiento en quienes deben trabajar para vivir (…) Gore fue uno de los diez senadores demócratas que votó para proteger Kuwait. Y hubiera proseguido la guerra del Golfo hasta el fin, para no dejar a Saddam Hussein en el poder (…) Hemos admirado el vigoroso anticomunismo de Ronald Reagan. Ese compromiso está ausente en Bush"15. Un "chivo emisario" verdeEs evidente: la "verdadera opción" entre ambos candidatos tuvo en general aires de parodia democrática. No sólo se copiaron mutuamente sus temas de campaña, no sólo lobbies industriales, muchas veces los mismos, financiaron sus publicidades y sus consejeros ("Recibiremos con entusiasmo la victoria de uno u otro partido", explicó John Browne, patrón de Amoco), sino que además se pusieron de acuerdo para impedir que los otros candidatos (en particular Nader y Patrick Buchanan) participaran en cualquiera de los cuatro debates televisivos difundidos por los medios. Ya de por sí el sistema electoral de una sola vuelta perjudica enormemente a quienes no pertenecen a los dos partidos mayoritarios; ya de por sí les faltan los colosales medios financieros de sus adversarios. Pero se creyó necesario agregar a esa imponente serie de obstáculos la exclusión de hecho del debate público. Luego, una vez concluido ese trabajo de destrucción de la competencia, sólo faltó proclamar la absoluta necesidad del "voto útil". En este registro -infinitamente más dañino para la democracia que el mal recuento de votos de unos cientos de militares acantonados fuera del país- la más ferviente fue la izquierda institucional (sindicatos obreros, organizaciones negras, ecologistas y feministas). Ralph Nader no había dejado de luchar contra el librecambismo, la baja del salario real, el embargo comercial contra Cuba e Irak, los monopolios industriales, los "conglomedios", la pena de muerte, el encarcelamiento masivo, la venalidad del sistema político. Sin embargo se lo intimó a renunciar a su candidatura, a no hacer campaña, a callarse la boca. Y eso para dejar lugar a un candidato, Gore, que había adoptado la posición opuesta en cada una de esas cuestiones, pero que podía "ganar". La captación por parte del partido demócrata del trabajo militante de los movimientos progresistas que aceptan subordinar la estrategia al arreglo16 puede servir de lección fuera de Estados Unidos. En lugar de intentar un desplazamiento hacia la izquierda del partido de Clinton y Gore (una tarea cuya inutilidad ya está comprobada), las organizaciones de izquierda hicieron nolens volens de intermediarios entre los candidatos demócratas cada vez más ubicados a la derecha17y sus propios militantes. Invocando el sempiterno "voto útil", esas organizaciones se convirtieron en la coartada, y luego en los rehenes, de una operación de "centramiento" que inventa sin cesar nuevos motivos para renegar de tal o cual punto. La derrota de Gore le será atribuida al candidato de los Verdes. Ya el director de la organización ecologista Sierra Club y el presidente de la AFL-CIO, sermonearon a Ralph Nader. Sin embargo, en 1994 fueron Clinton y Gore quienes, a fuerza de desmovilizar a los electores demócratas, le regalaron el control del Congreso a los republicanos, por primera vez en cuarenta años. En noviembre pasado, Nader no le "robó" votos a Gore. Fue Gore quien los perdió. De manera que el carácter casi pintoresco de esta elección no debe disimular lo esencial: presentada como modelo de la práctica democrática en el mundo entero, la política estadounidense perdió hasta la apariencia de autonomía. Fagocitada por el campo económico, vive bajo el rígido poder de los medios y el derecho, sometidos a su vez a la férrea ley de la precipitación y el dinero. Sin dudas, Estados Unidos brindó una lección al resto del mundo. Pero no un curso de instrucción cívica.
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