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Israel y Siria al borde de la pazLas negociaciones de paz reanudadas en diciembre de 1999 entre Israel y Siria han de sortear por lo menos dos núcleos problemáticos: las fronteras entre Israel y Siria, y la seguridad, tal como la entiende uno y otro país. De lograrse, el acuerdo abriría una nueva etapa en Medio Oriente, en que Israel tendría relaciones diplomáticas con los países arabes limítrofes, y Siria vería garantizadas la restitución del Golán y su hegemonía en el Líbano. Los que salen perdiendo con el acuerdo son los dispersos palestinos.Anunciada como inminente desde la victoria de Ehud Barak en las elecciones israelíes de mayo de 1999; preparada por los emisarios estadounidenses y por reiteradas mediaciones del presidente William Clinton; frecuentemente desmentida por quienes aseguraban que el presidente sirio Hafez El Assad no desea la paz, la reanudación en diciembre de 1999 de las negociaciones entre Siria e Israel podría marcar un vuelco en la historia de Medio Oriente y del confilcto -ya cincuentenario- que enfrenta al Estado judío y sus vecinos árabes. Claro que aún nada está resuelto. En esta agitada región nadie puede descartar un imprevisto: un atentado mortífero en Israel; una escalada fuera de control en el Sur del Líbano; un accidente de salud del presidente Assad; un fracaso de Ehud Barak ante su electorado. Además, los negociadores se enfrentan a numerosos obstáculos, y sortearlos requerirá de un arduo trabajo. Pero el camino ya fue trazado en la precedente ronda de conversaciones entre ambos países, desarrollada en Wye River, Estados Unidos, desde fines de 1995 hasta comienzos de 1996. Así lo explica Uri Savir, quien por entonces encabezaba la delegación israelí: "En marzo de 1996 habíamos superado el punto de no-retorno, el punto en el que uno siente que se avanza hacia un acuerdo. Hubiéramos podido lograrlo en ocho meses". No parece que se necesite más esta vez, dada la fuerte determinación de ambas partes, puesta de manifiesto por la participación del primer ministro israelí y del canciller sirio desde los primeros encuentros. Desde el inicio de la conferencia árabe-israelí de Madrid, el 30 de octubre de 1991, cuatro temas están sobre la mesa de negociaciones: la retirada israelí de las alturas del Golán; los medidas de seguridad; la normalización entre los dos países y su calendario de aplicación. A estos temas hay que agregar el del agua, vinculado a la vez a cuestiones fronterizas, de seguridad y de normalización. Evidentemente, el principal escollo era el futuro del Golán. Los sucesivos gobiernos israelíes siempre pusieron de relieve el carácter "vital" de esas alturas para la "seguridad" de su país; argumento que ya habían utilizado en los años 70 respecto del desierto del Sinaí. Por otra parte, determinar el alcance de cualquier retirada israelí es algo complicado, pues no existe una línea de separación clara entre Israel y Siria, sino tres: la frontera trazada en 1923 por Francia y Gran Bretaña1 ; los límites fijados por los acuerdos del armisticio de 1949, y la línea del frente el 4 de junio de 1967, víspera de la Guerra de los Seis Días (ver recuadro, en esta página). Siria siempre exigió que el ejército israelí se retirara hasta sus posiciones del 4 de junio de 1967, mientras que Tel Aviv se atiene a la frontera de 1923. Entre ambas existe una "pequeña" diferencia de apenas veinte kilómetros cuadrados, pero que determina el acceso al lago Tiberíades y al alto valle del Jordán. En 1993, un año después de asumir el cargo de primer ministro, Itzhak Rabín aceptó el principio de la retrocesión del Golán. Su consentimiento fue comunicado en agosto de ese año a los dirigentes sirios por el entonces secretario de Estado estadounidense, Warren Christopher. El presidente Asad pidió entonces una aclaración: ¿Hasta dónde se retirarían los israelíes? La respuesta la obtuvo un año más tarde, como lo relata Uri Savir: "Luego de hablar con Rabín en mayo de 1994, Christopher había explicado a los sirios que -según Estados Unidos- Israel estaría dispuesto, a condición de que todas sus necesidades fueran satisfechas, a efectuar una "retirada total", lo que implicaría un retroceso hasta la línea del 4 de junio de 1967"2. Las características de ese compromiso, secreto y condicionado -la retirada dependía de la firma de un tratado de paz, y por lo tanto de la solución de todos los otros problemas pendientes- fueron divulgadas en 1996, luego de la elección de Benjamin Netanyahu. Desde entonces, la propuesta fue objetada por los diferentes responsables israelíes y dio lugar a una abundante bibliografía3, pero no hay dudas de su autenticidad. A partir de entonces la posición de Damasco se mantendría sin cambios: las negociaciones entre ambos países, suspendidas desde marzo de 1996, debían reiniciarse en el punto en que se habían interrumpido, e Israel debía comprometerse a retirarse hasta las líneas del 4 de junio de 1967. A comienzos de noviembre de 1999, ciertas informaciones dejaron entrever que Ehud Barak estaba dispuesto a encarar esa retirada, bajo reserva de "modificaciones muy marginales de la frontera"4 por razones de seguridad o de acceso a fuentes de agua. Convencido de que existe una ocasión histórica para poner fin al conflicto entre ambos países, y de que el tiempo disponible no es mucho -teniendo en cuenta que la campaña electoral estadounidense comenzará a mediados del 2000- el presidente Asad anunció a la secretaria de Estado estadounidense, Madeleine Albright, de visita en Damasco el 7 de diciembre de 1999, que su país reanudaría "las negociaciones en el punto en que se habían interrumpido". Esa formulación fue retomada por el presidente Clinton al día siguiente para anunciar el reinicio de las conversaciones entre los dos enemigos. El presidente sirio renunció así a exigir una referencia directa a la frontera del 4 de junio de 1967, persuadido de que la mención de las negociaciones precedentes -en las cuales Estados Unidos había participado activamente y conocía en detalle- era suficientemente explícita. Sin embargo, las negociaciones sobre ese punto se prevén dolorosas. Israel desea fundamentalmente conservar el control sobre las orillas del Kinneret (lago Tiberíades), pero aceptaría dejar a los sirios la zona de Hamat Grader (El-Hamma). Según el periodista británico Patrick Seale, biógrafo de Hafez El Asad y cercano al mismo, Israel exigiría además el control de las fuentes del Banyas, en territorio sirio5. Es que el agua sigue siendo uno de los temas más difíciles, dada su escasez en Medio Oriente, castigado desde hace dos años por una terrible sequía. Pero en un contexto de paz, el problema no sería insoluble, pues Damasco está dispuesto a garantizar que no cortará el flujo de agua del Golán hacia el lago Tiberíades y el río Jordán. Por otra parte, podrían concretarse algunos de los proyectos existentes para el aprovechamiento de la inmensa riqueza hídrica de la vecina Turquía.6. ¿Podrán esos veinte kilómetros cuadrados de terreno, hacer fracasar las negociaciones? Es poco probable. Como explicó el canciller sirio Faruk El-Chareh durante su discurso en Washington, el 15 de diciembre de 1999, los que se niegan a entregar los territorios ocupados hacen del enfrentamiento entre árabes e israelíes "un conflicto existencial (…) y no un conflicto de fronteras que puede terminarse en cuanto los protagonistas hagan valer sus derechos". Otro tema candente es el de la seguridad. Entre 1993 y 1995 Rabín había formulado dos grandes exigencias: la reestructuración y la reubicación de las fuerzas armadas sirias -disminución de efectivos, control de armamentos, etc.- y el mantenimiento bajo control israelí de la estación de escucha instalada en el macizo de Monte Hermón, que permite captar hasta las conversaciones telefónicas en Damasco. Esas reivindicaciones -que implicaban, por ejemplo, desmilitarizar todo el territorio sirio entre la capital y la frontera con Israel- resultaban inaceptables para Damasco, pues las consideraba atentatorias a su soberanía. Fueron necesarios varios meses para lograr, el 22 de mayo de 1995, un documento titulado "Aims and Principles of Security Arrangements" ("Objetivos y principios de las medidas de seguridad"), único texto sobre el cual las dos delegaciones lograron ponerse de acuerdo. Hecho público a partir de una filtración, el texto se fija como objetivo evitar cualquier ataque por sorpresa, pero prevé que "las medidas de seguridad serán idénticas, mutuas y recíprocas" y que las legítimas necesidades de cada parte "no pueden ser satisfechas en detrimento de la otra". El tratado reconoce, sin embargo, que medidas específicas podrán compensar las diferencias geográficas7. Por último, esas medidas de seguridad deben ser compatibles "con la soberanía de cada una de las partes y con su integridad territorial", a la vez que deben "limitarse a las zonas en cuestión a ambos lados de la frontera". Ese texto, ampliamente favorable a la posición siria sobre medidas de desarme "equilibradas", debería facilitar un acuerdo sobre la seguridad, más aún teniendo en cuenta que el ejército sirio -que prácticamente no adquirió material convencional en los últimos quince años- es muy inferior al de Israel, tanto en armamento como en entrenamiento y preparación para el combate. En cuanto a la estación de escucha de Monte Hermón, el presidente Asad se ha negado siempre a aceptar la presencia ni siquiera de un solo soldado israelí en el Golán. La propuesta de Rabín de entregar a Siria, a cambio de la estación, una base en la ciudad israelí de Safed, fue rechazada. Para Damasco, los satélites alcanzan ampliamente para prevenir cualquier ataque sorpresivo. Cabe preguntarse, sin embargo, si el presidente Asad no ha cambiado de posición durante las conversaciones indirectas mantenidas por ambos países en 1997, a través del hombre de negocios Ron Lauder. Según Uzi Arad, ex consejero de Netanyahu, Israel habría obtenido entonces "el acceso libre" (unimpeded) a la citada estación de escucha.8 Pero hasta esta formulación resulta ambigua. ¿Alude al acceso a las informaciones o al control físico del lugar? En todo caso, el presidente sirio parece dispuesto a aceptar la presencia de expertos estadounidenses en la estación. Esto -teniendo en cuenta las relaciones de Israel con Estados Unidos- permitiría a Tel Aviv acceder a las informaciones evitando a la vez su permanencia en el lugar, inaceptable para Damasco. La presencia de fuerzas estadounidenses y europeas en el Golán -y, quizás, también en el sur del Líbano- debería igualmente contribuir a la solución de los problemas de seguridad. Los otros dos temas pendientes -normalización y calendario de aplicación- no presentan complicaciones particulares. El actual gobierno israelí, contrariamente al de Shimon Peres, ya no sueña con un "nuevo Medio Oriente". Sabe que la "paz caliente" no se decreta, y que no se puede forzar la normalización. Veinte años después del tratado entre Israel y Egipto, el comercio entre ambos países sigue siendo limitado, y la gran mayoría de los intelectuales egipcios -como sus homólogos jordanos- boicotean al Estado judío. En cambio, entre Siria y el Líbano se ha logrado un intercambio de embajadas, fronteras abiertas, una circulación más fácil, etc. Por lo demás, habrá que darle tiempo al tiempo. ¿Cuánto tiempo será necesario, una vez firmado el tratado de paz, para ponerlo en práctica, y, sobre todo, para la evacuación del Golán? Al principio, el gobierno israelí reclamaba un plazo de cinco años, con un mecanismo de aplicación elástico. Asad rechazó tal prórroga y el hecho de que cada etapa pueda estar supeditada a la voluntad de la otra parte. Su negativa se funda en el desastroso antecedente de los acuerdos de Oslo, seis años después de los cuales decenas de medidas previstas siguen sin ser aplicadas: "ninguna fecha es sagrada", había advertido Rabín. Luego de haber exigido una retirada israelí -y el desmantelamiento de las colonias- en no más de seis meses, Asad terminó aceptando en octubre de 1994, durante una visita del presidente Clinton a Damasco, la extensión del plazo a dieciséis meses, y hasta admitió la apertura de una especie de representación israelí en Damasco tres meses antes del fin de la retirada. En cuanto al calendario inicialmente previsto para el Líbano, puede verse perturbado. En 1994 Israel y Siria habían decidido que el Estado judío y el Líbano firmarían un tratado de paz dentro de los nueve meses siguientes. Los puntos de fricción son pocos. Sin embargo, habrá que decidir el futuro de los miembros del Ejército del Líbano-Sur (milicia auxiliar del ejército israelí) y -a pedido de Beirut- también la suerte de los 400.000 refugiados palestinos. El Hezbollah no se opondría a una decisión estratégica siria, y continuará sin dudas su transformación en partido político. Dado que Barak se comprometió a someter a referéndum todo tratado con Damasco, deberá proponer -y conseguir- que el tratamiento del caso libanés sea paralelo al del caso sirio. Más aún teniendo en cuenta que al ser electo, Barak ya había anunciado la retirada del sur del Líbano para antes del 7 de julio del 2000. De esta manera, los israelíes deberán votar sobre la paz con sus dos vecinos del Norte. Los 17.000 colonos israelíes del Golán, repartidos en 33 implantaciones, ya comenzaron a movilizarse en favor del "no", pero su influencia disminuye y es dudoso que logren su objetivo, dado que las ventajas de un tratado de paz con Siria y el Líbano son notorias para Israel. Ese acuerdo terminaría con los mortíferos enfrentamientos en el Líbano, y sobre todo completaría el círculo de paz en torno del Estado judío, que pasaría entonces a mantener relaciones diplomáticas con todos sus vecinos. El tratado contribuiría además a la normalización con el resto del mundo árabe, previéndose la rápida apertura en Tel Aviv de embajadas de Argelia, Arabia Saudita o Qatar. Por último, la paz aumentaría aún más la colosal ayuda económica y militar de Estados Unidos y reforzaría las relaciones con la Unión Europea. El presidente Asad también sacaría enormes ventajas de un acuerdo, empezando por la restitución del Golán -su principal objetivo desde hace 30 años- y la confirmación de la hegemonía siria en el Líbano. Estados Unidos borraría a Siria de la lista de "países que apoyan al terrorismo", y le acordaría, conjuntamente con la Unión Europea, una importante ayuda, vital para permitir la modernización del país, para sacarlo de la grave crisis económica que padece, y para reinstalar a los 500.000 sirios originarios del Golán. La paz permitiría también al líder sirio ocuparse de preparar su sucesión, tarea fundamental si desea que su país continúe desempeñando un papel central en Medio Oriente. Está llegando a su fin el capítulo abierto por la primera guerra árabe-israelí de 1948-1949. El 15 de diciembre de 1999, Faruk El-Chareh explicaba que la paz "significará el fin de una historia de guerras y de conflictos, y podría abrir un diálogo entre civilizaciones y una interacción en diversos terrenos: político, cultural, científico y económico". No hay obligación de compartir esta evocación idílica, pero es cierto que durante cincuenta años el conflicto árabe-israelí ha estructurado la región y las alianzas, definido las identidades y las lealtades, separado amigos y enemigos. Recorriendo ese medio siglo, prosiguió el canciller sirio, los árabes deberán preguntarse "si el conflicto árabe-israelí permitió definir la unidad árabe, o si por el contrario la impidió". El fin del conflicto, al menos bajo la forma de un choque entre Estados, no significa ni la desaparición de otros antagonistas -iraquíes, kurdos, etc- ni el fin de los apetitos de las potencias exteriores, que desean fundamentalmente tener acceso "libre" a un petróleo barato. Por otra parte, ya se están registrando realineamientos estratégicos, con el eje creado entre Israel y Turquía por una parte, y con el triángulo Egipto-Siria-Arabia Saudita9 por otra. La alianza entre Damasco y Teherán, que en sus veinte años ha resistido a todos los desafíos, ¿resistirá a la paz con Israel? Pero los desequilibrios internos son los que darán forma al futuro. La era de las sucesiones políticas ya se inició con la llegada al trono del rey Abdallah II en Jordania. Una nueva generación de dirigentes se apresta a asumir el poder en Arabia Saudita, Palestina, Siria y Egipto. Se verán confrontados a formidables desafíos económicos, sociales y democráticos: el Medio Oriente árabe es la única región del mundo que no ha conocido ninguna alternancia política en los últimos 30 años. En cuanto a Israel, privado de enemigo exterior y ahora ceñido por las fronteras de Palestina bajo mandato británico, cabe preguntarse cómo redefinirá su identidad, entre el integrismo religioso y el nacionalismo judío. Los grandes perdedores de la larga batalla árabe-israelí son los palestinos. Madeleine Albright trató de tranquilizarlos proclamando, la víspera de la reanudación de las negociaciones israelo-sirias, que "los problemas de Palestina son centrales, si se quiere alcanzar una paz global". Barak parece decidido a firmar rápidamente un acuerdo con la dirigencia palestina, para lograr una solución definitiva. Pero es poco probable que "la mitad del Estado de la mitad de Palestina" -según la frase del periodista palestino Marwan Bichara- responda a las aspiraciones de ese pueblo dispersado. En ese territorio, que fuera el de la Palestina bajo mandato británico, se puede repetir el conflicto de los años 30, cuando dos comunidades luchaban por el control de la tierra. Y en el exterior habrá que tener en cuenta a los millones de refugiados, algunos de los cuales viven en campamentos desde hace cincuenta años. Su destino seguirá obsesionando a los dirigentes árabes e israelíes -ya que no obsesiona a la conciencia occidental- y planteando un desafío imposible a los frágiles Estados de Medio Oriente.
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