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OMC: la Organización Mundial de Cesantes

¡Cuarenta millones de desocupados más! Una cifra digna de China: desmesurada, incomprobable, incontrolable, que sin embargo circula, apoyada en datos de diversas investigaciones y en la simple observación. A falta de estadísticas oficiales, esa estimación da una idea del precio que deberá pagar China para entrar a la Organización Mundial de Comercio (OMC).

Un precio alto, que desde ya conviene relativizar. Si bien las autoridades de Pekín admiten una tasa de desempleo de la población del 3,6%, China sólo brinda trabajo a 750 millones de sus ciudadanos. Es decir, que a los 27 millones de desocupados oficiales, habría que agregar ya unos 150 millones de excluidos de la apertura económica: trabajadores golondrina o que viven traficando en la economía informal. Zhu Lukuan, profesor de la People´s University de Pékin1 estima que teniendo en cuenta los efectivos excedentes en la administración, en las empresas estatales y en las cooperativas, la tasa real de desempleo en 1998 debía situarse en torno del 20%, es decir, 150 millones de personas. Desde entonces, la situación no hizo más que empeorar.

En febrero pasado Liu Hong, comisario de la Oficina Nacional de Estadísticas (NBS), estimaba que el número de cesantías en la administración pública en 1999 había sido de 5,64 millones de personas, y de 6,1 millones en 1998. Ese año, entre cinco y seis millones de funcionarios perderían todavía su empleo. Cifras muy inferiores a las difundidas en agosto de 1999 por el entorno del ministro de Trabajo y Seguridad Social -7,42 millones de despidos sólo en el primer semestre de 1999- o a las igualmente oficiales brindadas por la Agencia France Presse (AFP): 8,9 millones de cesantías en 1998 y 11,5 millones en 19972.

Hasta entonces, el deterioro del empleo se limitaba a las cuencas industriales y por lo tanto a zonas urbanas. El espectro del desempleo, que se tradujo en una drástica contracción de los gastos de consumo de los hogares, arrastró por sí mismo a China a una peligrosa espiral de desaceleración de la actividad y de deflación. Desde 1998 las autoridades aumentan las primas incitadoras del consumo, ofreciendo incluso una semana extra de vacaciones para la fecha de la fiesta nacional, a fin de estimular la demanda. Sin éxito: el consumo se mantiene débil.

En ese contexto, el anuncio de un espectacular aumento de las exportaciones (+37 % en los primeros siete meses de 2000), parece obedecer más a la propaganda que a la realidad económica. Pero aun en el caso de que esa cifra resultara real, la balanza comercial sufrirá por el aumento del precio del petróleo. En un documento fechado a fines de marzo de 2000, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) estimaba que desde ahora y hasta el 2020, las importaciones chinas de petróleo crecerían un 26 % anual, para llegar a los 400 millones de toneladas anuales (8 millones de barriles diarios)

El grupo dirigente del Partido Comunista espera aprovechar la entrada en la OMC para concluir la reforma de las empresas estatales, congelada ante la crisis política que hubieran provocado los despidos masivos. Así, llegado el momento, el Partido podrá cargar sobre los "bárbaros" extranjeros la responsabilidad del caos social y apelar al nacionalismo para frenar la erosión de su influencia sobre el gobierno.

Sin embargo, el control de una parte de la industria por capitales extranjeros debería tranquilizar a los inversores locales e incitarlos a participar en el desarrollo de su país. Actualmente se muestran reticentes por al menos dos razones. Por un lado, la historia les enseñó a desconfiar de las invitaciones que les hacen sus dirigentes. Por otro, la administración nunca dio pruebas de una eficacia capaz de hacerles vislumbrar aunque más no fuera un mínimo de beneficios.

La revolución del mercado

En cambio, habría que evitar que la confianza se transforme en euforia. En un país donde nadie resiste a la tentación del juego, y en particular a la del juego por dinero, la perspectiva de una buena inversión provoca inmediatamente multitudinarios desplazamientos, tanto en el sentido figurado como real. Gangrenados por créditos dudosos cuya realidad cuesta apreciar3, los bancos estatales chinos no podrán hacer frente a retiros masivos de ahorros, cuyo volumen total representa más del 40% del PBI. Los bancos tendrán muchas dificultades para reembolsar esa suma (más de 600.000 millones de dólares) dado que supera en mucho sus propios haberes, dilapidados en menos de dos décadas en malversaciones diversas (antes de las reformas de 1978, el volumen del ahorro representaba apenas el 1% del PBI).

El riesgo de quiebra de sus instituciones bancarias coloca a las autoridades chinas ante la siguiente contradicción: ¿cómo mantener el ahorro y a la vez estimular el crecimiento? Ese es desde hace tres años el rompecabezas del primer ministro Zhu Rongji. Ante el riesgo que un consumo desbocado implica para la estabilidad financiera, todo descansa en el aumento de las exportaciones. Para ello, los chinos están dispuestos a cualquier cosa, incluso a devaluar su moneda.

La ola de desempleo que se espera con la entrada de China a la OMC será dolorosa para el campo. La competencia de los productos occidentales causará la desaparición de unos 15 millones de pequeñas explotaciones. Una cifra conservadora, si se piensa que una tonelada de cereal producido y almacenado en China cuesta 35 dólares más que si se la importara. Como ocurrió en la industria en los últimos diez años, las autoridades anticipan la caída para evitar un impacto demasiado brutal.

El Estado ya suprimió las ayudas a las explotaciones cuya producción no responde a los criterios de calidad definidos por Pekín. Los efectos no se hicieron esperar. La mayoría de los indicadores de producción fueron corregidos a la baja. En lo que hace al trigo, las superficies sembradas fueron reducidas en un 5%. Y ello sin que aumentara el nivel de productividad, que por el contrario cae oficialmente a 3,64 toneladas por hectárea, contra 3,8 toneladas en 19994. En el caso del maíz, la producción desciende un 16%. En cuanto al arroz, la cosecha de verano (un quinto del total anual) registra una baja del 7%.

Una vez más, el campo está llamado a jugar un papel determinante. Al sacrificar la independencia alimentaria por su ingreso a la escena del comercio internacional, China reconoce de facto el fracaso de la política que practica desde hace cincuenta años. Al ingresar a la OMC, China entra al Tercer Mundo. Penetra en un universo donde las leyes del mercado proyectan una luz cruda sobre la miseria. Esta revolución podría hacer tambalear, si no al Partido mismo, al menos la naturaleza patriarcal de un poder que siempre se consideró de inspiración celestial y por eso mismo no toleró nunca ser cuestionado.

  1. Ver "Chine", Nord-Sud Export, col. "Perspectives". París, enero de 2000.
  2. Ver el capítulo sobre China de Nord-Sud export, Nº 394, 10-3-00.
  3. Según las fuentes, los créditos dudosos alcanzarían entre 860.000 millones y 1,2 billones de yuans. Ver Nicholas Lardy, China´s Unfinished Economic Revolution, Brookings Institution Press, Washington DC, 1998.
  4. En 1999, los agrónomos extranjeros situaban la productividad china en 3,5 toneladas por hectárea, contra 7 toneladas para los productores franceses.
Autor/es Marc Mangin
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 18 - Diciembre 2000
Páginas:22
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Desarrollo, Mundialización (Economía)
Países China