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Rusia en busca de un "new deal"

¿Cuál es el verdadero rostro del hombre a quien todos los sondeos prometen la victoria en las próximas elecciones del 26 de marzo? ¿El "Putin de hierro" celebrando el año nuevo en las cercanías de Grozny en ruinas, descrito por Izvestia y los medios del régimen? O "Vladimir Vladimirovich Roosevelt", tal como escribiera ese mismo periódico, después de que hubiese firmado un texto para reactivar la economía? Este tema, más el de la criminalidad y la guerra chechena, serán los tests clave del nuevo gobierno.

Después de nueve años en el poder, Boris Yeltsin deja un país profundamente debilitado y lastimado. Ateniéndonos a las estadísticas, las cifras son abrumadoras: un PBI reducido en más del 40%; una industria en merma, más allá de algunos sectores primarios que proveen el 70% de las exportaciones del país; una economía desequilibrada, socavada por la reducción de inversiones y la huida de decenas de miles de millones de dólares, cuando casi el 40% de la población vive por debajo del umbral de pobreza.

Los rusos soportan con sumo dolor este derrumbe, dado que también -y hasta sobre todo- tienen el sentimiento de ser atacados en su orgullo patriótico. El país está aislado de la palestra internacional, así como es criticado y rechazado por sus vecinos más cercanos: ¡hasta los automovilistas enfrentan las chicanas administrativas de las autoridades ucranianas! Los rusos saben que los occidentales les hacen competencia en los sitios que consideraban su área de influencia natural -el Cáucaso y Asia central- por no mencionar a los Estados Bálticos, ya integrados a la Unión Europea (UE). La opinión pública se impresionó al ver cómo la ex-gran potencia era ignorada en la crisis de Kosovo (en Occidente se exageró la importancia de la "fraternidad eslava"; ver el artículo de Paul-Marie de La Gorçe, en pág. 14). Poco antes de su nombramiento como presidente interino, Vladimir Putin no dudó en escribir: "Por primera vez desde hace 300 años, Rusia podría convertirse en un Estado de segunda o tercera categoría"1.

Y sin embargo, limitarse a esta primera comprobación sería un error. Más allá de este caos, frecuentemente descrito con cierta complacencia, Rusia presenta múltiples facetas. Pese a las graves disfunciones y a la degradación imperantes desde hace diez años, el conjunto de las redes de transportes y de comunicaciones funcionan, así como los sistemas administrativos, educativos y culturales2. Después de la grave crisis financiera del verano de 1998, todos los observadores se vieron sorprendidos por la vitalidad económica del país: el producto bruto interno (PBI) se ha incrementado en un 2% en 1999 y la producción industrial en un 8%; el excedente comercial está evaluado en 32 mil millones de dólares, cifra importante aun cuando parte de esta recuperación se debe al incremento en las cotizaciones de los hidrocarburos, cuya caída había contribuido en gran medida a la crisis (ver artículo de Nicolas Sarkis, pág.18).

Para poder apreciar aún más a fondo el estado real del país, hay que tomar en cuenta las profundas mutaciones acaecidas en el curso de este período Yeltsin. De los doce Estados de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), Rusia es ciertamente el que avanzó más radicalmente, pese a los deslices y a las contradicciones, en la reforma de los mecanismos económicos, institucionales y políticos, en un lapso notablemente corto. Las prácticas y la mentalidad de gran parte de la población se han modificado, tal como atestiguan los múltiples sondeos que confirman hasta qué punto están afianzadas las nociones de libertad de empresa, movilidad y expresión. Más allá de las manipulaciones mediáticas y de la instrumentación del conflicto checheno, las últimas elecciones legislativas (pero asimismo las regionales) aportaron nuevamente la prueba del arraigo de los procedimientos electorales.

De tal manera, el balance de la presidencia Yeltsin parece desconcertante, paradójico. El hecho de que numerosos analistas occidentales hayan convertido a este país en un esperpento (es el mal alumno de la transición) refleja sobre todo, en muchos casos, su propia incapacidad para salir de un encuadre y una lectura preconcebidos y establecidos para los países de Europa Oriental que no tomaba en cuenta la especificidad rusa. De hecho, se subestimó la crisis de la economía y de la sociedad antes de 1991, la inercia de las estructuras y de las formas de pensamiento soviéticas, cuya herencia fue un sistema profundamente distinto del de los demás países socialistas, donde la memoria -y hasta la práctica- del mercado y de la democracia estaba aún vívida. Uno de los aspectos de esta herencia fue de hecho la coyuntura política que enfrentó a lo largo de estos nueve años a un poder ejecutivo reformador y a un parlamento conservador (los comunistas y sus aliados disponían en éste de una mayoría efectiva) en el marco de una cohabitación política "dura".

Es en esas condiciones que Yeltsin y sus sucesivos primeros ministros implementaron una brutal estrategia de ruptura con el antiguo sistema. Si se intenta definir el método adoptado, parece excesivo hablar de un sistema político probado. Lo que hubo en su lugar bien podría ser caracterizado por la constante imbricación pragmática de un voluntarismo reformador y de una defensa obstinada del poder adquirido en las confusas circunstancias del fallido golpe de 1991. Todas las armas fueron utilizadas, desde el paciente trabajo legislativo -a menudo expuesto al bloqueo de la mayoría parlamentaria, tal como lo prueba la imposibilidad de hacer votar los nuevos códigos fiscales e hipotecarios- hasta las manipulaciones políticas que se sirven de los intereses divergentes de los partidos y los agrupamientos de la Duma, pasando por las derivaciones más sangrientas, como el asalto a la Casa Blanca en octubre de 1993 o la primera guerra chechena de fines de 1994.

Esta inestabilidad política congénita y la ausencia de un amplio consenso en cuanto al ritmo y a la amplitud de las reformas condujeron al poder a multiplicar, como en la época soviética, las excepciones y las derogaciones a las leyes apenas puestas en vigor para favorecer sectores, empresas, regiones enteras de los cuales se esperaba un apoyo político o financiero. Tales prácticas, más allá de que socavaban la autoridad de las nuevas leyes al organizar desde arriba las desregulaciones (se pudo hablar de federalismo a la carta o de arriendo de los sectores más rentables), solo podían incitar a ciertos dirigentes encargados de su implementación a cometer deslices que entremezclaban los intereses inmediatos del poder con los de las personas o los lobbies que representaban.

Se ha evocado con frecuencia el papel de los asesores extranjeros y de sus modelos. En cuanto a Putin, éste estima que para tener éxito, "la modernización de nuestra patria no puede ser el mero resultado de una simple transferencia en suelo ruso de modelos y esquemas abstractos, extraídos de manuales extranjeros". Pero, si bien el historiador Roy Medvedev3 destaca el papel de esos asesores occidentales llegados, a partir de noviembre de 1991, para formar una suerte de "estado mayor de la terapia de choque" para el gobierno de Egor Gaidar, sus críticas apuntan, en primer lugar, hacia los puntos de vista de los primeros reformadores liberales rusos, embargados de una ingenuidad dogmática ante la democracia y el mercado igual a la de los ideólogos soviéticos respecto a la planificación socialista.

Esos primeros pasos en la reforma provenían de una mezcla de ilusión y de cinismo. Ilusión, cuando se otorgaba a los mecanismos del mercado el poder de modificar rápidamente la economía y la sociedad, a la manera de una nueva NEP (la nueva política económica lanzada por Lenin en 1921), olvidando que ésta debió su relativo éxito a que el mercado aún estaba entonces presente en las prácticas sociales. De hecho, esta ilusión era ampliamente compartida por la opinión, tal como lo prueba el reiterado entusiasmo de muchos rusos por las "pirámides" financieras. Ilusión que asimismo consistió en considerar que las reglas del mercado podrían reemplazar rápidamente el papel regulador del Estado, incluso en la fase más delicada: aquella en la cual las prácticas precedentes ya estaban abolidas mientras las nuevas legislaciones estaban apenas esbozadas, creándose así en todas las áreas vacíos jurídicos y zonas de sombra que propiciaban cualquier desliz. Esta voluntad de deshacerse del cepo del Estado centralizador fue tanto más apoyada cuanto que coincidía con las campañas liberales radicales que prevalecían en Occidente.

En cuanto al cinismo, residía en la idea de que sólo una ruptura radical -sea cual fuese su costo social- podía garantizar el éxito de las reformas: ¿acaso en los grandes países industriales occidentales la fase de acumulación capitalista no se había visto en su momento acompañada por crisis sociales, escándalos financieros y diversas convulsiones? En este aspecto, los dirigentes que encauzaron a Rusia en el laberinto salvaje de la transición capitalista se han mostrado, tanto como sus predecesores revolucionarios, muy poco preocupados por preservar a su población. Esto se vería confirmado en ocasión de las sangrientas aventuras de Chechenia (ver artículo de Astigarraga en pág. 12).

Un rompecabezas

Después de nueve años de reformas llevadas a cabo en estas condiciones, el paisaje económico y político de Rusia, profundamente transformado, es eminentemente paradójico; un rompecabezas compuesto de elementos de mecanismos democráticos y de economía liberal en los cuales subsisten jirones de prácticas y de estructuras típicamente soviéticas. Desde este punto de vista, el balance de las privatizaciones es edificante y mucho más contrastado que lo que se admite habitualmente.

Por un lado, hay el puñado de oligarcas que el Kremlin ha favorecido para intentar alcanzar a los grupos monopólicos occidentales, que controla a los grandes polos financieros, industriales y mediáticos. Concebidos como estructuras casi puramente rusas, se da la paradoja de que han colaborado en el debilitamiento del país al dedicarse de lleno a la especulación internacional antes que a desarrollar su base productiva más allá de los sectores tradicionalmente predominantes de los cuales procedían (hidrocarburos, complejo militar-industrial, metalurgia…). Pero también se debe tomar en cuenta a la multitud de empresas más modestas, cuya privatización fue controlada por las regiones. No es que este nivel haya estado exento de favoritismo y de vínculos poco transparentes entre políticos locales e industriales (algunos gobernadores están notoriamente involucrados en hechos criminales), pero la lógica concreta del funcionamiento de este nivel regional es mucho más sensible a los problemas reales de la población.

La elección directa de estos dirigentes fue, desde 1999, un acicate poderoso para incitarlos a preocuparse en mayor medida por los intereses económicos locales. En los últimos años, las regiones ocuparon un lugar más importante en el mantenimiento de cierta coherencia rusa, a tal punto que gobernadores y presidentes de repúblicas creyeron por un momento, a principios de 1999, que podían jugar un papel político decisivo, tal como lo hiciera el alcalde de Moscú, Yuri Lujkov. Señalaban con el dedo lo que habría de ser ciertamente uno de los fracasos más patentes de Boris Yeltsin: su incapacidad para preservar la confianza de los rusos en su destino, corolario de la pérdida de autoridad internacional del país.

Los comentarios sobre las posibilidades de que Putin se comprometa en un cambio significativo en Rusia si ganara las elecciones, son de una singular prudencia. La coincidencia entre su nombramiento como Primer Ministro y el inicio del nuevo conflicto checheno provocó cierto desagrado en la opinión occidental, sobre todo por el aprovechamiento electoral del asunto. Las distintas etapas de la carrera de Putin (funcionario subalterno de la KGB en la República Democrática Alemana, luego asesor principal de uno de los reformadores más objetados, el alcalde de San Petersburgo Anatoli Sobtchak, y finalmente hombre adicto al aparato del Kremlin), ciertamente le han permitido adquirir una experiencia multiforme y serios apoyos, pero no aclaran nada sobre sus propias convicciones.

En Rusia, muchos estiman que posee un conjunto de condiciones altamente favorable para lanzar lo que algunos no vacilan en llamar el new deal que necesitaría el país. Se trataría de movilizar ampliamente la opinión en torno a un proyecto de restablecimiento económico y nacional fundado en una renovada confianza en las capacidades rusas. El mantenimiento de cotizaciones del petróleo elevadas, el leve repunte del crecimiento en 1999 y su innegable popularidad (que no fue adquirida exclusivamente en Chechenia), lo apartan de una demasiado pronunciada dependencia hacia los oligarcas y sus medios de comunicación. También puede aprovechar la neutralidad de los principales dirigentes occidentales. De acuerdo a sus declaraciones, ya no se trata de alcanzar al capitalismo en veinte años, como afirmaba, en otros tiempos, Nikita Kruschov. Putin se quiere realista: "Serán necesarios quince años para alcanzar a España o a Portugal con un crecimiento sostenido anual del 8% (el porcentaje de 1999 para la industria)", dice. Es tiempo de pequeños pasos.

La mayoría de los observadores están de acuerdo en cuanto a las condiciones sobre cuya base cabe aceptar este desafío: debe ser fortalecido el papel regulador del Estado -afirmación que coincide por otra parte con muchas de las reflexiones occidentales- a la vez que tienen que ser coherentes los grandes elementos de la reforma económica y política y los objetivos para salir de la crisis. A tales fines, conviene atacar de frente la criminalidad y aún más las zonas grises que caracterizan en la actualidad las relaciones entre los círculos financieros y políticos. Más que acciones judiciales (aunque algunas sean sin duda necesarias), o las renacionalizaciones propuestas por algunos, se trata ante todo de recuperar la confianza de los inversores y, en primer lugar, de establecer una corriente de retorno de los capitales rusos hacia la economía real, de "legalizar" la economía paralela.

La redistribución de las riquezas constituye uno de los temas mayores de la campaña. La diferencia entre nuevos ricos y nuevos pobres, como se los llama en Rusia, es demasiado pronunciada. Putin no sólo se comprometió a compensar los retrasos en los salarios y las pensiones, sino que anunció una revalorización del 40% en las jubilaciones para marzo. ¿Simple propuesta electoral? Sí y no. Es también con la recuperación de los salarios de los funcionarios que Evgueni Primakov se garantizó en su momento un amplio apoyo político. Y la estabilización económica no concitará la adhesión de la población sin que estas categorías decisivas del electorado recojan algunos efectos de ello.

¿Puede Putin promover semejante cambio? Su tratamiento de los asuntos regionales -fuera del caso checheno- a partir de julio de 1999 impresionó a los observadores. Presente en el terreno, demostró una capacidad de escucha y de real apoyo, a la vez que ponía en su lugar a quienes seguían jugando la carta de la división y de los intereses particulares. Gran parte de la población y de los actores económicos esperan señales igualmente claras en lo que concierne a los grandes oligarcas o a los sectores monopolizadores (energía, transportes), cuya desregulación favorecida por la administración precedente acentuó fuertemente todas las derivaciones financieras y políticas.

Putin no tendrá a su disposición una mayoría reformadora en el seno de la nueva Duma, donde ni la derecha liberal ni la izquierda conservadora son mayoritarias. Pero podrá sin duda apoyarse en fuerzas sociales externas que podrían tener un peso decisivo. Se trata en primer lugar de los actores regionales, tanto políticos como económicos, que no dejaron de formular votos por una aclaración de las reglas del juego. Sin duda, este movimiento conlleva un riesgo potencial de debilitamiento de la autoridad federal.

Pero el sucesor de Yeltsin posee una carta nada despreciable para intentar definir un nuevo equilibrio funcional entre Moscú y el país real: él mismo es un provinciano y, a tal título, se ve favorecido por el (pre)juicio favorable de gran parte de gobernadores y presidentes, quienes siempre han desconfiado de la elite moscovita. También podrá contar con esa clase media cuya desaparición se anunció un poco demasiado precipitadamente, después de la catástrofe del verano de 1998. Estos sectores muy diversos fueron tanto más afectados cuanto se creían por fin al amparo, después de haber experimentado los primeros efectos dinámicos de las reformas. Si por un lado comparten con la mayoría de los rusos una profunda aversión hacia los oligarcas y sus prácticas, por otro están ciertamente dispuestos a apoyar la reactivación de las reformas, inclusive dentro del espíritu de una vuelta al orden, siempre que no se vuelva atrás en lo que se refiere a los principios adquiridos en el terreno de los derechos individuales.

La sorpresiva alianza táctica entre el Oso (el nuevo "partido del poder") y el Partido Comunista de la Duma, mientras Anatoli Chubaîs anunciaba el triunfal retorno de una derecha liberal radical, demuestra esa voluntad de utilizar todos los meandros de la complejidad política rusa. Putin lo justificó afirmando su deseo de concitar un amplio consenso con vistas a la adopción de los elementos faltantes en la reforma institucional. Por otra parte, encargó a un Centro de Estudios Estratégicos que proponga un programa de acción que debía ser presentado para fines de febrero. Se sabría para entonces un poco más sobre el programa de reformas de Putin.

Pero en lo inmediato, la atención de los observadores, tanto en Rusia como en el exterior, se enfocará sin duda alguna sobre tres tests clave de esta voluntad de un nuevo curso: la solución de la cuestión chechena, la capacidad de reactivar la economía y el control de los circuitos paralelos y criminales.

  1. Vladimir Putin, "La Russie à la limite du millénaire", diciembre de 1999, http://www.government.gov.ru
  2. Ver Carlos Gabetta, "Rusia, de la revolución a lo desconocido", en revista trespuntos Nº 83, Buenos Aires, 3-2-99.
  3. "L´ économie du bon sens, dix conseils pour le gouvernement de l´an 2000" ("La economía del buen sentido, diez consejos para el gobierno del año 2000"), Rossiiskaîa Gazeta, 21-7-99.
Autor/es Jean Radvanyi
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 9 - Marzo 2000
Páginas:10, 11
Traducción Dominique Guthmann
Temas Políticas Locales
Países España, Portugal, Rusia