Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

República Federal de Alemania: ¿Imperial o pragmática?

La participación militar de Alemania en Kosovo ilustra su voluntad de asumir nuevas responsabilidades en el seno de Europa, la OTAN y la ONU. En el exterior esta innovación hace resurgir las suspicacias acerca de un presunto sueño imperial alemán. Pero los intereses nacionales alemanes son hoy por hoy indisociables de los de sus socios comerciales y su prioridad en política exterior es favorecer la estabilidad y la paz en Europa.

Por primera vez desde la segunda guerra mundial, Alemania participó, en Kosovo, en un operativo militar que, además, tuvo lugar fuera de la zona de influencia de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Este acontecimiento corresponde al espíritu de su política exterior desde la unificación: volver la página sobre un período durante el cual su seguridad dependía de sus "protectores" occidentales, para asumir en lo sucesivo nuevas responsabilidades en el seno de las organizaciones que integra.

Muchos observadores vieron en ello una prueba de "normalidad" . Ya en 1995, el entonces presidente federal Roman Herzog formulaba sus votos por una política exterior "sin crispaciones" : la RFA sólo lograría acreditar su apego a los valores occidentales si no excluía de antemano su defensa armada. El destino quiso que un ex pacifista, Joschka Fischer, tuviera que hacerse cargo desde el ministerio de relaciones exteriores de esta primera misión de combate.

Esta innovación actualizó las inquietudes, recurrentes en el exterior, sobre el aumento del poderío alemán después de la unificación. Basando sus argumentos en las posiciones conquistadas por sus grupos industriales, como ayer en la importancia de sus fuerzas armadas, hay quienes no vacilan en blandir como espantajo un supuesto "deseo imperial"1 por parte de Alemania. Los argumentos invocados suenan a veces tan excesivos que parecen extraídos de esa vieja retórica antialemana característica de las corrientes ultranacionalistas de pre-guerra (las mismas que se comprometerían frecuentemente en la colaboración con el ocupante…).

Se comprende que el pasado alimente un temor irracional por el futuro, pero resulta más racional la verificación de los grandes triunfos de la RFA, tanto económicos como estratégicos, que le dan los medios para eventuales tentativas hegemónicas. Para medir las misiones que Berlín está objetivamente llamado a cumplir, hace falta reubicar esos datos en la realidad de un continente en plena conmoción. Seguramente no es fácil aprender a manejar una voluntad alemana más definida que antaño, en la que se expresan ciertas nociones tabúes desde hace medio siglo, como "potencia" , "nación" o "interés" . Pero en lugar de exorcizar verbalmente su fuerza, sería mejor evaluar políticamente si Alemania la emplea de una manera responsable y actuar en consecuencia.

Para el historiador Hans-Peter Schwartz2, la Alemania unificada debe garantizar -por su posición geográfica, su capacidad económica y su irradiación cultural- las tareas que incumben a una "potencia central" . Esta situación entraña el ejercicio de un rol más importante en materia de mediación y de estabilización, tanto en razón de su interés como en el de Europa, convertida en la estructura donde se inscribe de modo duradero la visión de sus dirigentes.

Empezando por su política hacia el Este: hasta 1990, la Ostopolitik apuntaba en primer lugar a normalizar las relaciones con los vecinos orientales. Desde la unificación, procede según otra lógica. Siendo hoy el principal socio comercial de los países de Europa Central y Oriental y el abogado de su admisión en la Unión Europea (UE) y la OTAN, al tiempo que el mediador privilegiado entre Rusia y una OTAN ampliada, el objetivo central de la RFA es mantener un orden pacífico global en el continente. Nada le resulta tan temible como los factores de desestabilización, empezando por la afluencia de refugiados. Prevenir, encauzar y resolver conflictos: esa es su prioridad. Esta búsqueda de estabilidad reintroduce fuertemente la geoeconomía en desmedro de la geopolítica: Berlín quiere ser en el Este un instrumento para el desarrollo de la prosperidad, es decir para la consolidación de las "democracias de mercado" . Junto al seguidismo en relación con Estados Unidos, esta concepción está en el origen de la participación alemana en Kosovo.

Estrechamente imbricada con el exterior, la economía alemana es naturalmente sensible a los trastornos del comercio mundial, del que dependen sus inversiones, sus beneficios y sus empleos, ya que casi un tercio de la población activa trabaja en exportaciones. Las crisis asiática y rusa hicieron caer los intercambios alrededor de un 3,4% en 1998 y el gobierno de Schroeder se debate en la persistencia de las dificultades económicas: de 2,8% en 1998, el crecimiento debería caer a 1,7% en 1999; el costo salarial es un 20% más alto que en Francia y un 55% más alto que en el Reino Unido; el precio de la unificación (más de 1 billón de marcos alemanes en ocho años) sigue debilitando el "modelo alemán".

Rol germano en Europa

Interrogado sobre la coincidencia entre la participación alemana en la guerra de Kosovo y la transición hacia la "Républica de Berlín" , Fischer respondió que esta última "es sólo un nuevo capítulo de un mismo y único libro, el de la democracia alemana. Sus fundamentos seguirán siempre vinculados al nombre de Bonn"3. De hecho, la transferencia de la cancillería, el gobierno y del Parlamento a Berlín no simboliza en modo alguno la transición de una república a otra4. La Ley fundamental promulgada en 1949 rige, cincuenta años después, a la nación reunificada. La nueva capital nada tiene que ver con la antigua pequeña ciudad provincial, pero las orientaciones fundamentales de la política alemana no cambiarán por eso y la RFA deberá completar ante todo su unificación y enfrentar los mismos problemas que sus vecinos: reestructuraciones económicas dolorosas, cuestionamiento del Estado benefactor, envejecimiento de la población… Al mismo tiempo, tendrá que asumir la peculiar responsabilidad histórica que incumbe a Alemania en razón de su pasado.

Tercer prestamista financiero de Naciones Unidas, Bonn solicitó oficialmente en 1992 un escaño permanente en el Consejo de Seguridad, a falta de un representante permanente de Europa5. ¿Sed de poder? El pedido expresa más bien la voluntad de una mejor integración en las estructuras de la ONU y de apartar al mismo tiempo el espectro de una "renacionalización" de la política exterior del país. El impacto que la guerra de Kosovo provocó en la opinión pública alemana reside menos en la participación de soldados alemanes en las operaciones militares que en la iniciativa de la ONU, bajo presión estadounidense. De allí el activismo de la diplomacia de Berlín a favor de soluciones políticas en el marco de las organizaciones internacionales, desde la preparación de una resolución a someter al Consejo de Seguridad a la elaboración de un pacto de estabilidad para los Balcanes, bajo la égida de Europa.

Alemania no tiene tras de sí un pasado colonial, tampoco un arsenal nuclear. Sin embargo, no le faltan socios ni intereses. Todo conflicto planetario le concierne. ¿Es entonces ese exemplary global citizen (ciudadano ejemplar del mundo) descrito en 1996 por Boutros Boutros-Ghali en ocasión del debate sobre la reforma del Consejo de Seguridad? Serlo equivaldría a descuidar su lugar de Handelsmacht (potencia comercial) europea de interés mundial, lugar que obviamente defiende. Primera potencia exportadora de Europa, Alemania se apoya sobre una fuerte base industrial nacional -gracias al nuevo despliegue de sus grandes grupos- para la plena utilización del "espacio de acumulación" que Europa le ofrece6.

Según la línea instaurada por el ex ministro de relaciones exteriores Hans-Dietrich Genscher a partir de los años 70, el gran éxito de la política exterior de Bonn consistió en tener en cuenta los intereses nacionales, incorporándolos al mismo tiempo en acciones multilaterales. La RFA extrae gran parte de su fuerza de la estrecha coordinación de su política extranjera con sus socios de la UE, así como de su participación activa en las organizaciones internacionales. Esto le permite identificar a la política europea con la defensa de sus intereses nacionales y no le impide, de todos modos, promover su propia visión de las instituciones europeas.

Así, sus dirigentes proyectan gustosamente su modelo sobre una Europa (con) federal sui generis. Los documentos del Partido Demócrata Cristiano (CDU/CSU) de septiembre de 1994, septiembre de 1997 y mayo de 1999, verdaderos programas para la Europa de los inicios del siglo XXI, pretendían imponer un marco a los socios de Alemania7. En cuanto al gobierno de Schroeder, sacó partido de la presidencia alemana del Consejo Europeo, durante los seis primeros meses de 1999, para defender los intereses nacionales alemanes en la negociación de la Agenda 2000 y por ende en la contribución de la RFA al presupuesto de la UE. ¿Estrategia "imperial" o gestión pragmática? Tampoco se debe perder de vista que a la hora de la aceleración y de la expansión de la construcción europea, cada uno busca, más que nunca, extraer de la mundialización la mayor cantidad posible de frutos, evitando al mismo tiempo las repercusiones negativas.

Consideradas durante mucho tiempo como valiosas en sí mismas, las relaciones franco-alemanas también se adaptan a las nuevas realidades, ya que los parámetros del bilateralismo vigentes hasta 1990 sufrieron cambios fundamentales. Para Francia, la división de Alemania era una de las bases del buen funcionamiento de las relaciones franco-alemanas, implícitamente asentadas en el estatuto internacional específico de la RFA y en el rango de Francia en tanto potencia protectora, garante de Alemania y responsable del equilibrio europeo. De ahora en más, las cosas cambiaron, como señalaba en 1998 el ministro de relaciones exteriores Hubert Védrine: "Las relaciones personales con Alemania son buenas, pero la situación y por ende la relación ya no son las mismas de antes. Sin que nadie se lo haya propuesto, los intereses franceses y alemanes a menudo se distanciaron durante este período. Alemania reunificada defiende sus posiciones sin complejos. No digo que Alemania se haya vuelto menos europea, sino que es tan europea como Francia, ni más ni menos"8. Haciéndose eco de estas palabras, el consejero diplómatico del nuevo canciller, Michael Steiner, declaró: "Antes de la reunificación, la relación franco-alemana era un dato impuesto. De ahí en más, es un proceso voluntario"9.

Los que advierten sobre el peligro "hegemónico" alemán omiten la complejidad de su estatuto a partir de la unificación y el contexto de una competencia internacional feroz. Lo mismo que sus socios, la RFA no sólo no dispone de un poder exclusivo para imponer su autoridad o voluntad, sino que sus intereses no son disociables de los de ellos. Hoy como ayer, Alemania necesita a la UE como garante de su bienestar económico, pero también como polo estabilizador en una Europa conmocionada por la desaparición del comunismo.

De ahí el debate de fondo, relanzado por la guerra de Kosovo, sobre la necesidad de transformar la relación existencial que une a la RFA con EE.UU., a fin de lanzar las bases de una auténtica identidad de defensa europea. El asunto en cuestión es el marco de la seguridad: si la gestión de los conflictos europeos se confía a la nueva OTAN, nacida el 25 de abril de 1999 ¿puede seguir siendo una máquina dirigida desde EE.UU., destinada a controlar el mundo sin un mandato explicito de la ONU? Y también los medios de la seguridad: la Comisión para el futuro de la Bundeswehr (fuerzas armadas), que inició su labor en abril de 1999, fue designada para proponer, antes del otoño del 2000, una reforma estructural basada en un anclaje en la sociedad, el mantenimiento de la paz y la prevención de los conflictos.

El hecho de que los europeos y los estadounidenses declaren valores similares no garantiza que tengan los mismos intereses y sigan las mismas políticas. El padre espiritual de la Ostpolitik, Egon Bahr, aboga, y con justicia, por una "emancipación" real de Berlín respecto de Washington: considera que es la condición sine qua non de una auténtica "normalización de la política exterior alemana" y de la construcción real de una política de seguridad europea fundada sobre un acuerdo prioritario con Francia10.

La historia pesa y, felizmente, seguirá pesando. Fue en su nombre que la RFA restringió sus ambiciones desde la segunda guerra mundial. La recuperación de la normalidad, en cuyo nombre actúa la "nueva generación" encarnada por los dirigentes de la coalición actual, no vuelve de ningún modo obsoleto el mensaje del ex canciller Kohl: en su política europea, Alemania debe tomar en cuenta cómo la perciben sus vecinos. Lejos de vaya uno a saber qué sueño de dominación continental, el principal desafío que enfrenta la RFA no ha cambiado desde 1990: lograr su unificación sin sacrificar su "modelo".

Indudablemente, es esto lo que lleva a Schroeder a subrayar con frecuencia que su país necesita más realismo que visión. ¿Pero un tímido germanocentrismo no es tan perjudicial como un "apetito" europeo excesivo? Para evitar un repliegue egoísta sobre los problemas internos, el canciller también debe afianzar un liderazgo visionario. Ninguno de sus predecesores, de Adenauer a Kohl, habrían podido concretar sin visión el proyecto Europa, acordado con sus socios. Entre la obsesión y el olvido del poder, Alemania debe encontrar finalmente un justo término medio: asumir su rol de fuerza moderadora a escala continental.

  1. Yvonne Bollmann, La tentation allemande, Editions Michalon, París, 1998.
  2. Hans-Peter Schwartz, Die Zentralmacht Europas (La potencia central de Europa), Siedler, Berlín, 1994.
  3. Der Spiegel, Berlín, 21-6-99.
  4. Stephan Martens, "La République de Berlin. Un slogan abusif à géométrie variable" , Allemagne d´aujourd'hui, Nº 149, julio-septiembre 1999.
  5. El gobierno actual otorga menos importancia a este objetivo: véase Yves Boyer (dir.), Allemagne(s). Certitudes et incertitudes de la politique de sécurité, París, Ellipses, 1999.
  6. Laurent Carroué, "L'Allemagne et son espace d'accumulation" , Recherches internationales, Nº 45, verano de 1996.
  7. Norman Birnbaum, "Les ambitions de l'Allemagne unifiée" , Le Monde diplomatique, julio de 1996.
  8. Conferencia de los embajadores en París, 27-8-98.
  9. Michael Steiner, "Le Mur n'est pas tombé à Berlin, mais à Prague" , Le Monde, 28-10-98.
  10. Egon Bahr, "Die 'Normalisierung' der deutschen Ausenpolitik. Mündige Partnerschaft statt bequemer Vormundschaft" , Internationale Politik, Nº1, enero de 1999.
Autor/es Stephan Martens
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 4 - Octubre 1999
Páginas:4, 5
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Conflictos Armados, Geopolítica, Políticas Locales, Unión Europea
Países Estados Unidos, Alemania (ex RDA y RFA), Francia, Rusia