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En Europa: entre el radicalismo y la respetabilidad

La extrema derecha de Europa occidental encuentra su forma más "promisoria" en formaciones que aceptan la idea de cogobernar con el conservadurismo, son partidarias de un Estado mínimo y de políticas antiinmigratorias, pero rechazan la simbología y los métodos de la extrema derecha tradicional. En el marco de la crisis del Estado-nación y del sistema partidario, estas formaciones políticas han sabido ganarse el voto de un electorado ajeno a toda tradición fascista y aun nacionalista, compuesto mayormente por jóvenes y personas que sienten amenazada su situación social y laboral.

La derrota de las derechas extremas en las elecciones europeas del 13-6-99 y la escisión de una de sus expresiones, el Frente Nacional (FN) francés, hicieron creer que comenzaba su decadencia. Sin embargo, elecciones posteriores desmintieron ese pronóstico: el 3-10-99, el Partido de la Libertad de Austria (Freiheitliche Partei Österreichs-FPÖ) de Jörg Haider, se convertía en la segunda fuerza política austríaca, con el 26,91% de los votos (ver Pasteur, en pág. 6); el 24 de octubre, la Unión Democrática de Centro (UDC), partido agrario conservador suizo, dirigido por Christoph Blocher, obtenía el 22,5% de los sufragios, y pasaba a ser el primer partido del país, a la par de los socialistas1. A ello se añade la entrada de la Deutsche Volksunion (DVU) en varios landtag del Este de Alemania y la confirmación del lento ascenso del Partido del Progreso (PdP) en Noruega en las elecciones comunales del 14-9-99 (con el 13,4%, o sea, un crecimiento del 1,4%).

La persistencia y los éxitos electorales de los partidos xenófobos de Europa occidental están vinculados con el avance de una concepción ultraliberal de la economía y de la sociedad, que se caracteriza también por la clara voluntad de las elites políticas y económicas de considerar superado el marco de los Estados-nación. La extrema derecha europea adquirió así una base social y ahora se expresa más a través de las urnas que por medio del activismo violento, que sigue siendo preocupante en los países donde los partidos extremistas no hallan ninguna salida electoral, ya sea a causa del método de escrutinio que reduce al mínimo a los partidos "antisistema", como el del Reino Unido (escrutinio mayoritario uninominal de una sola vuelta, particularmente mortífero para las pequeñas formaciones) o, como en Suecia, a causa de la muy fuerte presión social que marginaliza las ideas no consensuales.

Así, dentro o fuera de los partidos legales (algunos militantes tienen una doble pertenencia), se manifiestan desde hace algunos años grupúsculos violentos que defienden una ideología abiertamente neonazi y racista. Los politólogos Jeffery Kaplan y Leonard Weinberg2, demostraron que esos grupos han imitado las ideas y los métodos de organización y de acción de los grupos terroristas estadounidenses (The Order, Aryan Nations) y han adquirido una cierta capacidad para cometer acciones de envergadura, como la campaña de atentados en Suecia.

Los movimientos como los "cabeza rapada", no han generado sin embargo ninguna dinámica política y social, salvo en la juventud de los länder de Alemania Oriental. Allí donde existen, esos grupos violentos tienen por referencia explícita la ideología del nacional socialismo o del fascismo y utilizan sus símbolos, desafiando las prohibiciones legales.

Esta familia de la extrema derecha es actualmente minoritaria, ya que los que más éxito tienen son los partidos populistas xenófobos. Es la extrema derecha electoralmente representativa -que desde 1945 hasta los años ´80 estuvo confinada a Italia y a las dictaduras del sur de Europa- la que actúa hoy en día en la mayoría de las democracias occidentales, confrontadas al aumento de la pobreza de masas y a la evolución hacia el "multiculturalismo". En efecto, la inmigración se caracteriza por oleadas de naturalizaciones y de regularizaciones administrativas y en muchos países entraña desvincular el otorgamiento de derechos políticos de la adquisición de la ciudadanía, al igual que de una política de reconocimiento legal de los derechos de lenguas y culturas minoritarias.

El centro de gravedad de la nebulosa extremista, que en los años ´60 y ´70 se situaba en los países en vías de industrialización, se ha desplazado hacia el centro y el norte de Europa. El Movimiento Social Italiano (MSI), partido faro de la extrema derecha de entonces, cedió ese lugar al FN francés en los años ´80 y ´90. Este ha inspirado a numerosas formaciones extranjeras que conocieron distinta suerte, al menos en Europa occidental: éxito real pero efímero del FN belga del doctor Daniel Féret; avance no despreciable pero insuficiente para lograr diputados del Sverigedemokraterna sueco y papel totalmente marginal de la Democracia Nacional en España y del FN en Italia. Pero a causa de su escisión y de su caída electoral, el partido de Jean-Marie Le Pen ya dejó de ser un modelo indiscutido para la extrema derecha.

Existe actualmente una tercera ola, más "promisoria", encarnada en los "populismos alpinos" (Haider y Blocher; la Liga del Norte (LN) de Umberto Bossi en el Piamonte; la Liga del Ticino en Suiza) y escandinavos: en Noruega, el PdP de Carl Hagen; o en Dinamarca, el Partido del Pueblo de Pia Kjaersgaard3. Desprovistos de todo vínculo con el fascismo y el nazismo (excepto el propio Haider), partidarios de un Estado mínimo, xenófobos que sin embargo rechazan -en sus discursos oficiales- el racismo jerarquizador y el antisemitismo, esos partidos desechan toda idea de cooperación con formaciones tales como el FN o el Vlaams Blok belga -a los que consideran "extremistas"- y aceptan la idea de gobernar en coalición con la derecha.

Dado que esos partidos no corresponden al fascismo tradicional, las explicaciones de su éxito por factores de tipo "esencialista" (desnazificación fallida de Austria; xenofobia enraizada desde hace mucho en Suiza) resultan insuficientes. Tampoco alcanzan para explicar el éxito de formaciones de tipo "mixto" (aprovechamiento del voto de protesta/filiación de extrema derecha) como el FN francés o el Vlaams Blok4. Este último, por ejemplo, es habitualmente descrito como el heredero de la franja pronazi del movimiento flamenco de preguerra. Sin embargo, el politólogo Marc Swyngedouw demostró que sólo el 4% a 5% de los electores blokkers había optado por esa tendencia como defensa del nacionalismo flamenco, contra el 17% de los electores de la Volksunie.

Así, lo mismo que en el FN francés, aparece una distinción fundamental entre dirigentes o cuadros aún marcados -en su convicción y en su trayectoria militante- por la extrema derecha tradicional y un electorado que está totalmente desligado de ella y que a veces hasta proviene de la izquierda. En Flandes, el 21% de los jóvenes que votaron al socialismo en 1991 se volcaron luego al Blok; el FPÖ austríaco ganó unos 213.000 votos a costa del Partido Socialdemócrata (SPÖ) en las legislativas de 1999; el 10% de los electores del Partido del Pueblo, en Dinamarca, (Dansk Folkeparti), provenían, en 1998, de las filas socialdemócratas.

Por otra parte, los dirigentes de esas formaciones no tienen en general ningún pasado extremista: Mogens Camre, dirigente del Dansk Folkeparti, era un diputado socialdemócrata; Thomas Prinzhorn, estrella ascendente del FPÖ, es, al igual que Blocher, un dirigente patronal sin pasado "ultra". Hay en ese aspecto una notable diferencia con el Movimiento Nacional Republicano (MNR) francés de Bruno Mégret, que explica parcialmente su fracaso en ampliar su audiencia entre los electores de la derecha clásica. No sólo su escisión del FN no le aportó ningún cambio ideológico, sino que el MNR -a la vez que se presenta como renovador y liberado de los desbordes y de los excesos de Le Pen- está de hecho dirigido por elementos impregnados de la ideología nacionalista revolucionaria (el movimiento "Tierra y Pueblo" de Pierre Vial) o de las tesis identitarias de la "nueva derecha" de los años ´70.

Por lo tanto, se trata de dos concepciones opuestas del combate político: el testimonio para la historia, generalmente a partir de posiciones contrarrevolucionarias y religiosamente integristas o de tipo nostálgico; y la aceptación de una modernización programática y organizativa para alcanzar el poder. Los partidos que no se recentraron se marginalizan y se vuelven grupúsculos: el MSI-Flamma tricolore de Italia -que nuclea a los opositores de la modernización impuesta por Gianfranco Fini en 1995- no supera actualmente el 1,6% de votos. Las formaciones que sólo tienen por programa la defensa y la celebración de los regímenes autoritarios (España, Portugal, Grecia) prácticamente han desaparecido5.

Presión socioeconómica

El ascenso de los "populismos"6 xenófobos es particularmente fuerte entre la población más amenazada en su situación social y laboral. Al respecto, la situación en Francia -donde el FN obtuvo en algunas circunscripciones hasta el 30% de los votos en las legislativas de 1997- no es una excepción. Ese ascenso es también muy perceptible entre los jóvenes (33% de menos de 35 años en Francia, 35% de austríacos de menos de 30 años), entre las personas desligadas de toda práctica religiosa y entre los abstencionistas.

Esa comprobación puede explicarse por las llamadas teorías de los "intereses económicos amenazados" y de los "intereses simbólicos": los sectores amenazados por la crisis, que perciben a la mano de obra extranjera como una competencia, tienden a votar por formaciones xenófobas que prometen garantizarles la exclusividad del derecho al trabajo y de otros derechos fundamentales. Es así que los obreros y empleados menos especializados conforman lo esencial del electorado del Vlaams Blok belga y que -en 1999- el 48% de los obreros austríacos votaron por el FPÖ, convirtiéndolo, de lejos, en el principal partido representativo de los trabajadores manuales. En cuanto a los Republikaner alemanes, el politólogo Patrick Moreau evaluó en un 17% su base obrera durante las elecciones regionales de 1996. Y señaló la correlación existente entre el voto extremista y "un bajo nivel de sindicalización, la experiencia del desempleo, la pertenencia a una familia numerosa, la dependencia de la ayuda social y un escaso nivel escolar".

En cambio en Dinamarca y en Noruega, donde el extremismo de derecha obtuvo respectivamente el 9,8% y el 15,3%, no se ha encontrado ninguna correlación entre ese voto y el desempleo. Sin embargo, el electorado de esos partidos está compuesto a la vez por empresarios independientes y, en proporción creciente, por obreros: en ambos países los Partidos del Progreso son incluso los principales partidos obreros, por encima de los socialdemócratas. Una de las explicaciones posibles sería que en países donde el "Estado-providencia" ha progresado tanto durante los gobiernos "burgueses" como durante los gobiernos socialdemócratas, la fidelidad de la clase obrera a la izquierda tiende a erosionarse. Predominaría entonces el componente autoritario de una fracción de la cultura obrera, que sólo logra encarnarse en la "nueva derecha".

Por lo tanto hay una paradoja que necesita explicación: ese electorado fundamentalmente popular vota por formaciones que por pertenecer a la extrema derecha "postindustrial" tienen en común la inclusión en sus programas -en distintas proporciones- del factor "nacional" y de elementos neoliberales y hasta libertarios. El programa económico del FPÖ austríaco estipula la necesidad de una "completa desregulación de la economía, que garantice la competitividad y la prosperidad de la economía austríaca y que genere empleos". El programa de la UDC suiza condena "el recurso abusivo a las obras sociales", exige "horarios de trabajo y sistemas salariales flexibles" y la "supresión de ciertas prestaciones brindadas por el Estado", todo ello, por supuesto, acompañado de un "marco fiscal ventajoso para todas las empresas". Igualmente, los partidos escandinavos nacieron de la protesta antifiscal y del deseo de limitar las atribuciones del Estado providencia, temas que se hallan también en el programa del ala liberal minoritaria del Vlaams Blok belga, liderado por la diputada Alexandra Colen.

La Liga del Norte piamontesa constituye un fenómeno más complejo. Puede interpretarse como la respuesta dada por las clases medias emergentes y los pequeños empresarios del norte de Italia a la modernización del capitalismo local -caracterizada por la explosión de las microempresas- que no se vio acompañada por una modernización igualmente rápida y equivalente del marco institucional y político. Es en ese contexto -y sobre todo debido a que la descomposición de la Democracia Cristiana liberó un espacio en la derecha- donde pudo surgir la Liga, combinando xenofobia respecto de los extranjeros y de los italianos del sur, protesta antifiscal y reivindicaciones independentistas apoyadas en una historia y en una identidad mitificadas (en realidad, la Padania y el "pueblo padano" jamás existieron).

La xenofobia en auge

El politólogo Herbert Kitschelt7 explica esa adhesión de ciertas capas populares al neoliberalismo por la globalización económica: al impedir la aplicación de políticas de reducción de las desigualdades propias del Estado, ésta impulsaría a los electores más modestos a creer que la justicia social podría alcanzarse mediante la reducción del Estado y el libre juego del mercado, presentado por los populistas y por los ultraliberales como liberador de las energías creadoras y de la iniciativa individual, que favorecerían entonces el ascenso social. Ese análisis puede incluso explicar parcialmente el componente xenófobo del voto populista. En efecto, los que se sienten en competencia con los extranjeros en el mercado laboral, sólo aceptan el programa liberal de los partidos populistas porque prevé la exclusión de los inmigrantes de las prestaciones sociales y hasta del empleo. En términos de análisis costos/beneficios, el ultraliberalismo les parece entonces soportable si se ve "atemperado" por la prioridad acordada a los nacionales. En Francia, sin embargo, el FN -mucho más que los otros partidos extremistas- dio la espalda a su liberalismo a partir del "vuelco social" del otoño de 1995, dejando coexistir con el mismo cierta defensa de los servicios públicos y de las conquistas sociales, aunque reservados a los franceses. El dúo políticos-funcionarios, por ejemplo, se asocia en ese mismo discurso con la corrupción y el desorden. Simbolizaría el fracaso de las funciones bienhechoras del Estado -de donde nace la omnipresencia de la exigencia de orden y de seguridad- y una presión fiscal aplastante, vinculada con el peso creciente de los "improductivos" opuestos a los "creadores de riqueza": pequeños empresarios, profesionales liberales, artesanos, agricultores y hasta obreros.

Si bien no existe una correlación sistemática entre presencia extranjera y voto extremista, la oposición al inmigrante es indiscutiblemente un elemento decisivo de ese voto. La encuesta Eurobaromètre de 1997 demuestra que los electores del FN francés, del Vlaams Blok y de los Republikaner, han sido ganados por la idea de una discriminación anti inmigrantes y rechazan toda forma de "multiculturalismo". Se trata en este caso de partidos cuyo racismo jerarquizante se funda en el temor al mestizaje. Los partidarios de otros movimientos, como los populismos escandinavos, la Alianza Nacional, la Liga del Norte o el FPÖ, están menos marcados por el racismo y motivan su oposición a la inmigración en un diferencialismo cultural claramente expresado en el programa de Haider: "La conciencia que uno tiene de las cualidades específicas de su pueblo es inseparable de la voluntad de respetar lo que es específico a los otros pueblos", fórmula ampliamente tomada del etnodiferencialismo de la "nueva derecha".

Otro signo de la correlación entre mundialización ultraliberal y crecimiento de los extremismos: según la misma encuesta, el 87,5% de los partidarios de los Republikaner, el 68,4% de los del FN, y el 45,7% de los del FPÖ, consideran que la Unión Europea es algo negativo. Pero esa proporción cae a 40,8% entre los partidarios del Vlaams Blok (apenas superior al 38,9% registrado entre los socialistas), sin duda debido a la popularidad dentro del movimiento flamenco de la noción de una Europa de etnias, principal medio de quebrar el Estado nación al que se aferran los populistas alemanes, austríacos y franceses. Esa dimensión antieuropea es también perceptible en Escandinavia (donde el Partido del Progreso de Noruega hizo campaña contra la adhesión de su país a la comunidad continental), y en Suiza, donde la UDC es neutralista.

De hecho, las extremas derechas profesan una suerte de "liberalismo autárquico", sin libre comercio, que se detendría en las fronteras y se traduciría en el desmantelamiento de las conquistas sociales y del Estado. Sin embargo se han dado algunas evoluciones: el FN francés hizo campaña, como muchas otras formaciones similares, contra la Organización Mundial del Comercio (OMC). Pero Blocher por su parte no cuestiona ese organismo. Haider, en tanto, apoyó la adhesión de Austria a la OTAN.

No se puede dejar de señalar, finalmente, que el bloqueo de los sistemas partidistas juega un papel determinante en la emergencia de las extremas derechas en Europa. En Escandinavia, en Suiza o -hasta las elecciones de 1999- en Austria y en Bélgica, la vida política se caracterizaba, ya sea por una coalición permanente (SPÖ/ÖVP, socialdemócratas/conservadores, "fórmula mágica" suiza que garantiza una distribución estable de las bancas del Consejo Nacional entre los grandes partidos), o por una alternancia regular entre la socialdemocracia y la derecha liberal, actualmente sin diferencias en sus programas, salvo las fórmulas que preconizan para regular o liberar el mercado.

La "clientelización" de los grandes partidos y su interpenetración con el aparato del Estado, causa de su escisión y de su caída electoral, congelan el sistema de representación. Se produce entonces el rechazo de la clase política, que aparece como uno de los determinantes esenciales del voto por el FN en Francia, del Vlaams Blok, del FPÖ y de la Liga. Unicos ejemplos en contrario: Luxemburgo y Holanda, países de muy fuerte consenso, donde, sin embargo, el Nationalbewegong y el Centrumdemokraten fracasaron.

Además de su innegable componente autoritario y xenófobo, las derechas radicales se beneficiaron con la dilución de las diferencias entre izquierda y derecha y con el amplio consenso que envuelve el acercamiento de la socialdemocracia al "nuevo centro". En ese sentido, el hecho de que encarnen la principal fuerza de disenso -en sociedades donde el debate de ideas se reduce a una discusión sobre los métodos de gestión del modelo liberal- remite a la izquierda a sus insuficiencias y abandonos y a la derecha conservadora a su ceguera y sus cobardías.

Es difícil prever lo que ocurrirá con esos partidos, o lo que ocurriría si llegaran al poder. El ejemplo italiano sugiere cierta "plasticidad" de los movimientos extremistas y también el oportunismo de algunos de sus dirigentes, como Haider. Una vez fuera de su función acusadora, podrían deslizarse entre los marcos móviles de la democracia liberal. Por ahora, en todo caso, habrá que contar con formaciones que ejercen una presión autoritaria sobre los poderes públicos y reintroducen en el discurso político valores ajenos a la democracia, validando potencialmente cierta violencia xenófoba.

  1. Ver Peter Niggli, "El avance de la derecha radical suiza", Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, diciembre de 1999.
  2. Jeffrey Kaplan, Leonard Weinberg, Fade to black: the emergence of a euro-american radical right, Rutgers University Press, Piscataway (New Jersey), 1998.
  3. Sobre el neo-nazismo sueco, ver Démokratins förgörare (obra colectiva), Statens Offentliga Utredningar, Estocolmo, 1999; sobre la "nueva derecha" danesa, ver Johannes Andersen, Valelgere med omtanke. En analyse af folketingsvalget 1998, Forlaget Systime, Arhus, 1999.
  4. Ver Serge Govaert, "Bruxelles convoitée par l´extrême droite flamande", Le Monde diplomatique, París, enero de 1998.
  5. Los cinco partidos falangistas o radicalizados que participaron en las elecciones europeas de junio de 1999, lograron 61.522 votos; en Portugal, l´Aliança Nacional neosalazarista no se presentó; en Grecia, Proti Grammi y Enosis Kentroon, dos formaciones antisemitas, obtuvieron juntas el 1,57% de los votos.
  6. Sobre la utilización ideológica de ese término, ver Serge Halimi, "Le populisme, voilà l´ennemi!", Le Monde diplomatique, París, abril de 1996.
  7. Herbert Kitschelt, The Radical Right in Western Europe, University of Michigan Press, 1995.
Autor/es Jean-Yves Camus
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 9 - Marzo 2000
Páginas:1, 4, 5
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Ultraderecha, Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Derechos Humanos, Estado (Justicia), Migraciones
Países Alemania (ex RDA y RFA), Austria, Bélgica, Dinamarca, España, Francia, Grecia, Holanda (Países Bajos), Italia, Luxemburgo, Noruega, Portugal, Suecia, Suiza