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Fin de época

"Nada de lo que actualmente sucede tiene la menor importancia". Pensando en la Argentina de hoy, no se puede resistir la tentación de evocar la boutade de Oscar Wilde, formulada cuando agonizaba la época victoriana. Aunque al escritor irlandés le costó mucho todo lo que entonces sucedía, su percepción de intelectual y artista le hizo ver más profundo y más allá de su circunstancia personal. Nada de lo que sucede tiene importancia cuando en una sociedad muere una época, una manera de percibirse a sí misma, un estilo de vida y de estar en el mundo.

Pero la Inglaterra de finales del XIX era una potencia colonial atiborrada de riquezas que sólo debía tomar conciencia de sus verdaderas dimensiones y de la nueva correlación de fuerzas mundial, replegarse en orden y desprenderse de su hipócrita carcasa moral para adaptarse a los tiempos. El fin de época argentino se parece en cambio a una desbandada, a una lenta agonía de casi un siglo con previsible final de tragedia.

Tragedia sería en efecto que este gran país cristalizase como factoría neocolonial parasitaria aferrada a los espasmos de una sociedad empobrecida, caótica e ingobernable en democracia. Hacia allí vamos como vacas al matadero, inconscientes o resignados, en manos de una casta de ineptos e inescrupulosos prebendistas o, en el mejor de los casos -aunque el resultado es el mismo- de timoratos.

Alguien dijo con justicia, hace ya varias décadas, que Argentina es el único país grande con política de país chico. De mano tendida, de mirada implorante. ¿Significa acaso otra cosa la insistencia perruna en el capital extranjero, los lamentables esfuerzos -que por cierto no hacen quienes los pregonan- por acotar el "riesgo país"? Como si los capitales se resistiesen a instalarse allí donde existe un mercado dinámico, instituciones sólidas y proyectos de largo plazo. China, ese país "diabólico, comunista y antidemocrático" atiborrado de regulaciones y exigencias, es uno de los grandes receptores de capital e ingresará a fin de año en la Organización Mundial de Comercio (OMC), no sin haber anunciado que reforzará los dispositivos para proteger su industria de la competencia extranjera1. Desde el siglo XVIII hasta nuestros días los grandes países desarrollados, con Estados Unidos, Alemania y Francia a la cabeza, protegen su producción industrial y agropecuaria regulando o desregulando según las épocas y sectores, pero siempre de acuerdo con sus intereses2.

Argentina lleva al menos tres décadas desindustrializándose (hasta ha dejado de fabricar bulones…)3 y cediendo sus reservas estratégicas al capital extranjero en condiciones propias del siglo XVIII. Las compañías petroleras están amparadas por decretos presidenciales que les garantizan absoluta libertad de precios, importar y exportar sin pagar impuestos e instalar libremente estaciones de servicio. El gobierno acaba de vender por una bicoca, 300 millones de dólares, la explotación hasta el año 2027 de un riquísimo yacimiento, Loma de la Lata, cuyo rendimiento estimado a la fecha es de entre 2.000 y 4.000 millones de dólares por año4. ¿Puede el lector imaginarse cual será el rendimiento del gas y el petróleo, materias extinguibles, en los próximos años? Debería analizarse también si semejante trueque de material precioso por baratijas no constituye delito.

La sociedad asiste entre impávida e impotente a esta inútil, descarada feria americana. El Presidente de la República, su ministro de Economía y el jefe del partido en el gobierno hacen cola para sacarse una foto junto a Domingo Cavallo, el gran rematador del gobierno anterior, para legitimarse ante los "organismos de crédito e inversores internacionales", mientras se apagan los ecos del escándalo en el Senado de la Nación, uno de los eslabones de la cadena que amarra los negociados.

Patético, indignante, trágico. Argentina se comporta como un barco de lujo desmantelado y con sus potentes motores apagados, al garete por la desidia o borrachera del capitán y la tripulación, destinado a encallar quién sabe dónde. Porque un país no se hunde; vegeta, se pudre o florece según la sociedad que lo habite y los dirigentes que lo encaminen. Siempre se puede ir peor, o cambiar el rumbo.

El fin de una época es eso. Una turbia sensación de déjà vu, una nostálgica impotencia, el momento de decidir si se morirá con lo viejo o renacerá con lo nuevo. Nunca se dirá lo suficiente que Argentina reúne todas las condiciones para insertarse con éxito en la globalización en curso, siempre que sea capaz de definir un proyecto propio y aplicarlo.

Tres poderes determinan actualmente la decadencia argentina: el financiero internacional, su representación local y las compañías multinacionales apoyadas por los centros de poder mundial. Mientras ellos cosechan y exportan rendimientos de capital inimaginables en los países desarrollados, Argentina se empobrece y degrada. No se trata, como se dice, de expulsarlos, sino de fijarles las condiciones de una República que ha decidido su destino.

Se quedarían, aunque hubiese que batallar mucho, porque este país sería en ese caso más negocio que nunca.

  1. Frédéric Bobin, "La Chine protègeses industries pour neutraliser l'impact de son entrée dans l"OMC", Le Monde, Paris, 25-10-00.
  2. En 1999 EE.UU. y la Unión Europea destinaron 28.000y 150.000 millones de dólares a subsidios agropecuarios. Andrés Oppenheimer, "La gran hipocresía…", La Nación, Buenos Aires, 24-10-00.
  3. Claudio Scaletta, "Había una vez un país…", entrevista a Jorge Schvarzer y Eduardo Basualdo, Página 12, Buenos Aires, 26-10-00.
  4. Ana Ale, "Por 300 millones…", Clarín, Buenos Aires, 27-10-00.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 17 - Noviembre 2000
Páginas:3
Temas Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Privatizaciones, Estado (Política), Políticas Locales
Países Estados Unidos, Argentina, China, Alemania (ex RDA y RFA), Francia, Inglaterra