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Recuadros:

La Ciudad Santa, aglutinante del mundo árabe

El carácter polarizado y confesional que cobra el conflicto árabe-israelí se vincula con el lugar central que pasa a ocupar Jerusalén: en tanto sede de la mezquita de Al Aqsa, tercer lugar sagrado musulmán después de La Meca y la Medina, une al mundo árabe y musulmán, que ha superado la división ocurrida hace diez años entre los árabes, cuando Iraq invadió a Kuwait, y que fue aprovechada por Estados Unidos y Occidente para lanzar la guerra del Golfo.

La provocativa visita de Ariel Sharon a la explanada del Haram Esh Sharif, en Jerusalén, el 28 de septiembre pasado, rodeado de más de un millar de policías, desató una nueva intifada palestina que no dejó indiferente a ningún sector del mundo árabe, incluso del mundo musulmán. Inmensas manifestaciones de solidaridad invadieron las capitales árabes, incluidos Kuwait y los diferentes países del Golfo. Nunca se habían escuchado reacciones tan enérgicas de parte de los dirigentes árabes, aun de los más moderados. Así, el príncipe heredero Abdallah, dirigente de hecho de Arabia Saudita, declaró: "En estos momentos dramáticos, las naciones árabes e islámicas, representadas por la resistencia palestina, se hallan todas unidas. Ha llegado el momento para la parte israelí, al igual que para todos aquellos concernidos por el proceso de paz, de entender lo que significa para nosotros, árabes y musulmanes, la mezquita de Al Aqsa, tanto desde el punto de vista histórico como en los aspectos de identidad e ideológico. No cabe ninguna negociación sobre ese punto". Luego de la negativa de Ehud Barak a participar el 5 de octubre en una cumbre cuatripartita en Sharm El-Sheik, junto a Bill Clinton, Yasser Arafat y Hosni Mubarak, el presidente egipcio descartó cualquier idea de otra cumbre hasta que el primer ministro israelí no respondiera a las siguientes condiciones: retirada de las tropas israelíes de las nuevas posiciones que ocuparon en Cisjordania y Gaza; suspensión de los ultimátums israelíes; formación de una comisión investigadora internacional; garantías de que no se repetirán provocaciones como la visita de Sharon a la Explanada; búsqueda de una solución al problema de Jerusalén en el marco de la legalidad internacional.

El rais sólo aceptó flexibilizar su posición debido a la exacerbación de las tensiones consecutiva a los ataques israelíes contra los puestos policiales palestinos, el 12 de octubre. Puesto que esas acciones amenazaban con degenerar en francas hostilidades, el líder egipcio renunció entonces a esas exigencias y aceptó ser anfitrión de otra reunión internacional en Sharm El-Sheik el 16 y 17 de octubre, previa a la cumbre árabe de El Cairo del 21 y 22 de ese mismo mes.

Esta última señala un vuelco decisivo. Hace diez años, el 2-8-1990, Irak invadía Kuwait, provocando un terremoto que haría explotar el mundo árabe. En una reunión convocada a toda prisa, sus dirigentes fueron incapaces de unificar posiciones. El mundo árabe se dividió: unos Estados tomaron posición a favor de Kuwait, la víctima, mientras que otros se inclinaron por Irak. El secretario de Estado estadounidense de entonces, James Baker, aprovechó esa fractura sin precedentes para convencer a los Estados del Golfo de que su peor enemigo no era Israel, sino otro Estado árabe. Fue esa mutación la que permitió, luego de la victoria aliada de 1991 contra el presidente Saddam Hussein, organizar la conferencia de Madrid (octubre de 1991) y el "proceso de paz".

La mayoría de los Estados árabes esperaban "neutralizar" así a Israel y concentrarse contra aquel que Estados Unidos designaba como su peor enemigo: el presidente Saddam Hussein. Sin embargo, muchos de ellos acabaron pensando que el mantenimiento indefinido de las sanciones contra Irak, a pedido de Estados Unidos y de Gran Bretaña, representaba un castigo desproporcionado, que golpeaba antes que nada a inocentes. Los sufrimientos del pueblo iraquí se convirtieron en un tema de preocupación internacional. El aislamiento de Washington y Londres en el propio seno del Consejo de Seguridad se profundizó. Se vio que era cada vez más difícil convencer a la opinión pública internacional de que las duras medidas impuestas a Irak eran conformes a la "legalidad internacional".

Varios Estados árabes, incluidos los del Golfo, desafiaron entonces el bloqueo -y por consiguiente el presupuesto según el cual Irak era su peor enemigo- enviando a Bagdad aviones con material médico y donaciones. Simultáneamente, la brutal represión de los palestinos por las autoridades de ocupación israelíes mostró lo absurdo de los argumentos que trataban de justificar la imposibilidad de realizar una cumbre por el antagonismo respecto de otro país árabe.

Ahora es Jerusalén -y ya no Irak- el punto central que determina la política árabe. Al contrario de lo que ocurre con otras dimensiones de la cuestión palestina, Jerusalén parece un campo minado. Afecta las sensibilidades religiosas y supera las prerrogativas de la Autoridad Palestina. La situación se ha envenenado a tal punto que ya nada es posible fuera de una solución definitiva del problema. Hasta ahora se pudieron diferir los plazos, a la espera de que se resolvieran los otros puntos en negociación. Pero la visita desafiante de Sharon cambió la dinámica. La espiral de violencia generada mostró que un acuerdo definitivo sobre la ciudad santa condiciona cualquier solución final del conflicto árabe-israelí.

Hasta la cumbre de Camp David, en julio de 2000, las partes habían evitado caer en esa trampa. Durante la primera cumbre de Camp David (septiembre de 1977) entre James Carter, Anuar El Sadat y Menahem Begin, los protagonistas habían aceptado postergar el diferendo sobre Jerusalén a una etapa ulterior. En dos cartas separadas dirigidas al presidente estadounidense, Sadat y Begin expresaron sus respectivas posiciones y esos textos se convirtieron en parte integrante de los acuerdos de Camp David.

Cabe recordar que Israel ocupó la parte oriental de Jerusalén en junio de 1967. Extendió las fronteras de la municipalidad, prosiguió su campaña de judaización de Jerusalén-Este, donde destruyó barrios enteros, expulsando progresivamente a la población árabe y aumentando el número de las colonias judías. En 1980 el parlamento israelí adoptó una ley que confirmaba la anexión de la parte oriental de la ciudad y declaraba a "Jerusalén unificada, capital eterna del Estado". Por supuesto, se trataba de algo inadmisible para los árabes, que no pueden aceptar una solución definitiva que otorgue soberanía a Israel sobre los lugares santos musulmanes de la ciudad. Por otra parte ningún Estado, ni siquiera Estados Unidos, acepta la idea de una soberanía israelí total sobre Jerusalén. A pesar de que durante las campañas presidenciales los candidatos estadounidenses regularmente se comprometen a transferir la embajada de su país a Jerusalén, ninguno ha respetado su promesa luego de su victoria: semejante decisión sería acogida favorablemente por el poderoso lobby judío, pero deterioraría de manera irreversible las relaciones de Estados Unidos con los árabes.

Sin embargo, en Camp David II los negociadores abordaron por primera vez el tema de Jerusalén de manera sobria, sin recurrir a los consabidos lugares comunes. También por primera vez, el primer ministro israelí no se escudó tras las consignas tradicionales ("Jerusalén unificada, capital eterna" del Estado judío) para evitar cualquier discusión seria. Aceptó incluso abrir un diálogo realista con los palestinos. Esa apertura fue presentada como una concesión a la cual Arafat no habría respondido. El presidente Clinton atribuyó la responsabilidad del fracaso de la cumbre a Arafat, que no habría tenido el valor de "dar el último paso", al tiempo que celebraba la "flexibilidad" de Barak.

Se trata de una manera errónea de presentar las cosas: el presidente de la Autoridad palestina había mostrado al menos tanta flexibilidad como su interlocutor. Había aceptado renunciar a la soberanía palestina sobre ciertos sitios de Jerusalén-Este, fundamentalmente sobre el Muro de los Lamentos y sobre el barrio judío de la Ciudad Vieja. Pero la autoridad de Arafat es temporal y no puede extenderse a lugares que tienen un significado espiritual para el conjunto del mundo musulmán, fundamentalmente el Haram Esh Sharif (que los judíos llaman la colina del Templo).

De manera que Arafat no podía sino rechazar la propuesta de Clinton de dividir verticalmente la soberanía sobre ese sitio, con lo que se dejaba a los palestinos el ejercicio de la misma "sobre" el suelo del Haram, y a los israelíes por "debajo" de aquél. La insistente voluntad de los israelíes de conservar el control sobre la zona situada bajo la mezquita de Al-Aqsa se funda en el hecho de que allí se encontrarían las ruinas del segundo templo, el del rey Salomón, afirmación que ninguna excavación pudo confirmar.

Unanimidad árabe

Antes de la actual intifada se hubiera podido considerar la posibilidad de algún tipo de acuerdo que permitiera a las partes proseguir las negociaciones sin sumergirse en la pesadilla de Jerusalén. Israelíes y palestinos hubieran podido, por ejemplo, elegir un procedimiento que, eludiendo las posiciones de principios de ambas partes, permitiera aplazar una decisión final. Una propuesta en tal sentido, formulada por el Vaticano, consistía en hacer de Jerusalén una ciudad internacional, según el espíritu del plan de reparto de la ONU del 29-11-1947, que preveía que la ciudad fuera un "corpus separatum". Una fórmula así hubiera podido ser aceptable como solución provisoria, con la condición de que se aplicara al conjunto de la ciudad, oeste y este.

Luego de la provocadora visita del jefe del Likud, ya no parece posible un acuerdo temporario sobre Jerusalén. Menos aún en la medida en que cabe preguntarse si Sharon actuó solo o en connivencia con Barak. Si buscaba únicamente complicar al primer ministro luego del fracaso de la cumbre de Camp David, ¿por qué, en lugar de reprenderlo, Barak le concedió la protección de 1.000 policías? ¿Por qué evalúan sin embargo formar juntos un gobierno de "urgencia nacional"? ¿Es el miedo de ser acusado de capitulación frente los árabes lo que lleva al general Barak a capitular ante el Likud?, se pregunta acertadamente Uri Avnery, un partidario israelí de la paz.

La intifada desatada por Sharon (¿o por Barak y Sharon?) volvió a polarizar el conflicto. Ya no es posible utilizar las contradicciones existentes en las filas árabes (ni siquiera las diferencias de apreciación sobre Irak), al tratar el tema de Jerusalén. Es lo que demostró la cumbre árabe de El Cairo, al exigir de manera unánime la creación de un Estado palestino, con Jerusalén-Este como capital, junto al Estado de Israel con Jerusalén-Oeste como capital. Si hay que garantizar a los israelíes el acceso al Muro de los lamentos, también hay que garantizar a los palestinos la soberanía sobre el Haram Esh Sharif

Diez años de negociaciones

1991

Enero-julio. Serie de atentados que reivindican la Jihad y el Hamas. Detenciones de simpatizantes del Hamas ordenadas por Arafat. Israel impone el cerco total de Gaza y Cisjordania.

Febrero-marzo. Ola de atentados sangrientos organizados por el Hamas en Jerusalén, Tel-Aviv y Ashkelon, en represalia contra el asesinato del ingeniero Yehia Ayache el 5 de enero.

Abril. Operativo Viñas de Ira: Israel bombardea masivamente el Líbano. Matanza de Cana.

Marzo. El fracaso de la cumbre en Ginebra entre el presidente de Estados Unidos William Clinton y su homólogo sirio Hafez Al-Assad termina con las esperanzas de paz entre Israel y Siria.


Autor/es Mohamed Sid-Ahmed
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 17 - Noviembre 2000
Páginas:5, 6
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Conflictos Armados, Geopolítica, Islamismo
Países Estados Unidos, Irak, Egipto, Vaticano, Arabia Saudita, Cisjordania (ver Autoridades Palestinas), Gaza (ver Autonomías Palestinas), Israel, Jordania, Kuwait, Líbano, Palestina, Siria, Islas Salomón