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Ante el riesgo de los ídolos

El autor de este artículo, director de una prestigiosa revista cristiana, señala que así como la experiencia del "socialismo real" no puede usarse como coartada para renunciar a concebir una sociedad donde el ser humano no esté enajenado en el dinero o marginado de ella, los estragos de los fundamentalismos religiosos no pueden usarse como coartada contra toda forma de búsqueda espiritual. De regreso de diversas idolatrías, la búsqueda de una sociedad más libre o el ejercicio de la espiritualidad entrañan la asunción de grandes riesgos. Pero quien ha partido para hallarse a sí mismo no pide garantías.

Siempre empezamos nuestra vida sobre un crepúsculo admirable"1

La "búsqueda del sentido" se ha convertido en un lugar común que revela más un malestar que un trabajo efectivo de reconstrucción de significaciones colectivas. El siglo pasado empezó liberándose del clericalismo que pesaba sobre la sociedad. Pero ahora asistimos al "agotamiento de los recursos intelectuales y espirituales del laicismo militante"2. Por otro lado, las ideologías que movilizaron a las multitudes también están agotadas y se manifiestan como la variante de un único dogma: "busquen primero el reino de lo económico, y todo lo demás les será dado por añadidura". Este fue un dogma común al Este y al Oeste. El conflicto residió en las maneras de practicar el dogma: en el Este mediante una planificación autoritaria, en el Oeste gracias a "la mano invisible del mercado". Estos dos modelos están en crisis. El del Este se ha derrumbado. Pero en Occidente sigue afirmándose el credo único.

Puesto que el socialismo planificador del bloque soviético generó el gulag, el fracaso económico y el desaliento de poblaciones enteras, toda voluntad política de colocar al hombre como regulador de la economía resulta a priori sospechosa de estar condenada al fracaso. La multiplicación de los dramas sociales y el aumento de la exclusión son banalizados y minimizados en nombre de "futuros felices", cantados con la melodía de los mercados financieros. Los trovadores de la modernidad nos aseguran que el liberalismo es el nuevo e insuperable horizonte de nuestro tiempo.

La era de la gestión

Pero la realidad desmiente esta versión idílica. A manera de modernidad, vemos resurgir en el mundo entero el espíritu de clan. Más aún, conflictos como los del Congo o Afganistán atestiguan una suerte de alianza objetiva entre los tribalismos, los fundamentalismos y las estrategias de las multinacionales. Jean Baudrillard analiza esta situación de la manera siguiente: "La mundialización triunfante arrasa con todas las diferencias y todos los valores, instaurando una (in)cultura absolutamente indiferente. Y una vez que desaparece lo universal, sólo queda la todopoderosa tecnoestructura mundial enfrentada a las singularidades libradas a sí mismas y que se han vuelto salvajes"3. En este punto del derrumbe de los discursos abarcadores colectivos, nos encontramos ante una sociedad "que se conoce incomparablemente en sus detalles sin entenderse en su conjunto"4.

Después de la era teológica, habríamos salido de la era de lo político para entrar en la era de la gestión. Aparece cuestionado el arduo trabajo de pensamiento, de lucha, de educación, de espiritualidad hacia el reconocimiento de la persona en tanto ciudadano responsable, irreductible a su clan, a su religión o a su corporación. La ruptura total entre lo económico y lo social, entre la mercancía y el vínculo humano, crea entonces situaciones "bárbaras". El vínculo social, disociado de todo desafío político, se torna errante para transformarse poco a poco en un "yacimiento de empleos". Como ya no se concibe la universalidad del bien común a través de su expresión política y por encima de los intereses particulares, estos intereses proliferan en estrategias de clan.

A falta de una visión colectiva de futuro, queda el espacio libre para todas las regresiones. En el plano político, los partidos nacionalistas prosperan en Europa, como quedó demostrado en las recientes elecciones en Austria y en Suiza. Los estragos son también evidentes en el plano religioso. Si bien son los mullahs iraníes y los talibanes afganos quienes suelen ocupar la primera plana de diarios y revistas, son pocas las religiones que escapan a los furores fundamentalistas5. El hinduismo, tan idealizado en Occidente, fue sin embargo ganado en la India por la fiebre de la intolerancia religiosa. ¿Y cómo no percibir los compromisos étnicos de líderes de las iglesias cristianas en Ruanda, o la entrega de ciertas jerarquías ortodoxas al más obtuso de los nacionalismos? Que uno de los dos grandes partidos de la democracia estadounidense se haya dejado instrumentalizar por la intolerancia religiosa de la Christian majority dice mucho sobre los peligros del fundamentalismo cristiano.

¿No nos queda entonces otra opción que sumirnos en una melancolía sin esperanza, aprovechando día a día (quienes puedan hacerlo) los consumos individuales inducidos por la publicidad? ¿Tenemos que unirnos tras el paradigma único del mercado, anestesiados de todo impulso generoso, pero con grandes momentos de emoción colectiva, en torno de Juan Pablo II, de Diana Spencer o de la Madre Teresa? ¿Estaremos definitivamente de vuelta de todo compromiso político y vacunados contra toda búsqueda espiritual porque la historia nos estafó? Que nos hayan pescado en flagrante delito de necedad idólatra no justifica que idolatremos la necedad liberal: sería darnos por vencidos. No porque hayamos abandonado precipitadamente a nuestros ídolos estamos dispensados de acechar "lo que sale desde el misterioso interior de nosotros mismos y no debe volver a perpetuidad sobre nosotros mismos en una preocupación groseramente digestiva", tal cómo lo expresa vigorosamente Antonin Artaud6. No alcanza con destruir ruidosamente a los ídolos para liberarse del exceso de inversión puesto en ellos, ni corresponde creernos liberados por habernos convertido en sus críticos.

En su libro La idolatría de mercado, Hugo Assmann y Franz J. Hinkelammert señalan que asociaciones de directivos de empresas, como el American Entreprise Institute, poseen departamentos de teología y sacan a la luz los desafíos teológicos de la economía. "Quien no hace el análisis de su idolatría no entiende nada del capitalismo"7. En efecto, la fascinación del dinero que produce dinero, concebida como un paradigma universal, no es otra cosa que la reedición del proceso idólatra contra el cual siempre se erigieron las resistencias espirituales. "En el fondo, la economía consiste en la naturalización de la historia. Se trata de presentar como algo natural lo que es el producto histórico del accionar humano. Los dioses que revisten un carácter evidente son en general ídolos, aun en el seno del cristianismo. Los teólogos de la liberación dicen que el Dios liberador no es objeto de posesión. Es trascendencia que lleva a la búsqueda, horizonte que llama"8.

Si damos crédito a Hegel, Abraham sigue siendo la figura de mayor relevancia a nivel religioso, tanto como a nivel filosófico. Abandona su país, su familia y sus dioses, para ir hacia lo desconocido. En la traducción más cercana al hebreo que nos entrega Marie Balmary9, la orden "Deja tu país" está acompañada por otra: "Ve hacia ti". La aventura del desposeimiento constituye el camino hacia el otro y hacia sí. El poeta místico español Juan de la Cruz dirá de ese itinerario que reclama la liviandad del peregrino: "y apetece un no sé qué / que se alcanza por ventura"10.

En la tradición judeocristiana la relación con Dios se vive no en la posesión de aquel cuyo nombre es impronunciable, sino en la relación con otro que supone la crítica concreta de los ídolos. La Biblia los presenta como construcciones hechas por la mano del hombre que retornan como un boomerang, como un destino. El ídolo puede definirse como "tonto y malo". Tonto, porque invalida toda posibilidad de imaginar al mundo fuera del pensamiento único: lo "ineludible" tan caro a los tecnócratas. Malo, porque tiende a hacernos ver la desdicha de los demás como un destino contra el cual nada se puede.

Uno de los principales espacios de lucha contra estos ídolos es el laicismo. Al reaccionar contra las tentaciones de poder, de riquezas y de intolerancia de las religiones, contribuye a afianzarlas en su vocación fundamental: el despertar de los hombres a la espiritualidad y al compromiso en lo universal concreto de la fraternidad. Un pastor protestante del siglo pasado escribía que si Dios existe es el de todos los hombres: en consecuencia, es laico. Es el hombre quien nace dentro de las religiones, lenguas maternas del sentido que tocan lo que es más sensible en el hombre: la angustia, la culpabilidad, el vínculo humano, la explicación del mundo, la vida, la muerte. En este punto, se puede caer en un fanatismo desenfrenado tanto como arriesgarse al éxodo, fuera de las seguridades primarias. "Llegamos demasiado tarde para los dioses y demasiado temprano para el Ser. El hombre es un poema que ha iniciado el Ser", señala Heidegger11. Se trata de un tema central en el pensamiento del Maestro Eckhart: la única manera de ir hacia la totalidad concreta que el místico denomina Dios "es asirlo en la consumación del nacimiento"12.

Ninguna institución, ningún partido político, ninguna iglesia, ningún personaje emblemático podría eximir a cada individuo de la prueba personal de los valores que vale la pena arriesgar, de militancias que encarnan nuevos nacimientos. Creer que simples pertenencias podrían eximirnos de eso conduce a las peores aberraciones. El porvenir no se hará ni de la repetición del pasado ni de la instalación satisfecha en la crítica de nuestras idolatrías. El porvenir es lo que vamos a empezar juntos. Entonces experimentaremos lo que el poeta y resistente René Char llama "la aventura personal, la aventura prodigada, comunidades de nuestras auroras"13.

  1. René Char, "Fureur et Mystère", Oeuvres complètes, La Pleîade, Ed. Gallimard 1988.
  2. Marcel Gauchet, La Religion dans la Démocratie. Parcours de la laîcité, Ed. Gallimard, París, 1998.
  3. Jean Baudrillard, El paroxista indiferente, Anagrama, Barcelona, 1998.
  4. Marcel Gauchet, op.cit.
  5. Ver "L´offensive des religions", Manière de voir, nº48, París, noviembre-diciembre de 1999.
  6. Antonin Artaud, El teatro y su doble, Edhasa, Barcelona, 1998.
  7. Hugo Assmann y Franz J. Hinkelammert: L´idolâtrie de marché. Critique théologique de l´ économie de marché, Editions du Cerf, París, 1993.
  8. Ibidem.
  9. Marie Balmaray, Abraham ou le sacrifice interdit, Editions Grasset, París.
  10. Juan de la Cruz, "Glosa a lo divino", en Vida y Obras completas de San Juan de la Cruz, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1964.
  11. Martin Heidegger, "L´expérience de la pensée" en Questions III, Editions Gallimard, París, 1984.
  12. Maître Eckhart, Sermons II, Editions du Seuil, París, 1978.
  13. René Char, "Les matinaux", op.cit.
Autor/es Bernard Ginisty
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 8 - Febrero 2000
Páginas:33
Traducción Dominique Guthmann
Temas Filosofía, Tecnologías, Conflictos Armados, Minorías
Países Afganistán, Congo, Ruanda, India, Austria, Suiza