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La nueva Rusia vista desde abajo

La fábrica de cemento JBI, en la ciudad rusa de Astraján, sigue produciendo gracias a la tenacidad de los 200 obreros que le quedan y también merced a un sistema de "arreglos" que engloba desde los obreros hasta los directivos, dentro de un riguroso sistema de jerarquías que determina el nivel de los beneficios. Microcosmos de la sociedad rusa, da las claves para comprender el valor de resistencia de un sistema de valores condicionado por la necesidad de sobrevivir en medio del desastre y la corrupción.

Astraján. Una ciudad rusa como las demás, un poco más meridional y abigarrada, pero con el mismo espectáculo apocalíptico de gigantes industriales devastados y las mismas calles Lenin y Sovietski, donde conviven el imponente estilo soviético, los puestos de los vendedores callejeros y las modestas casitas de madera. Y también el Volga, justo antes de desembocar en el Mar Caspio. Remontándolo algunos kilómetros se llega a las ciudades industriales. De la fábrica JBI salen camiones cargados de bloques de cemento armado. Situada en la localidad de Streletski, llama la atención por el humo que despide la fundición, por los gritos y las maldiciones que el viento lleva hasta el río y por el rítmico estruendo de la apisonadora. Es la única fábrica que continúa funcionando en un radio de decenas de kilómetros. El complejo de celulosa fue abandonado y la fábrica de ladrillos se está derrumbando.

JBI resiste. Bien o mal, sigue produciendo cemento armado. Y no es por casualidad, sino por la tenacidad y la movilización de los trabajadores, al menos de los que quedaron (200 sobre los 500 empleados de 1997). Hace dos años, cuando hacía ya doce meses que trabajaban sin cobrar y la producción estaba prácticamente parada, se organizaron para dejar de asistir pasivamente al desmantelamiento y liquidación de la fábrica. Así fue que anunciaron el inicio de una huelga por tiempo indeterminado a partir del 1 de octubre de 1998, exigiendo el pago de los salarios atrasados y el envío de una comisión regional de control.

"La dirección creía que no éramos capaces de pasar a la acción, pero los dejamos con la boca abierta. El director sólo cambió de tono al cabo de una semana, cuando teníamos bloqueada la entrada a la fábrica", recuerda Dima, joven líder sindical. Pero una huelga no bastó. La comisión realizó efectivamente el control de cuentas, detectó una montaña de irregularidades y condenó al director a pagar una multa. La fiscalía le inició un proceso, que se cerró enseguida. En realidad, el director no salió muy perjudicado. Después de renunciar a la JBI, pasa tranquilamente sus días en la dirección de otra fábrica de la región. En cuanto a los trabajadores, recién lograron cobrar cuando bloquearon la autopista de Astraján y la sede de la Administración regional.

Desaliento y parálisis

Desde entonces, la producción se reactivó. Cabe preguntarse cómo, pues el equipamiento no se renueva desde los años "60. "Es verdaderamente duro ver cómo todo se derrumba a nuestro alrededor", exclama Volodia, miembro del equipo de mantenimiento. La dirección no se destaca ni por su honestidad ni por su capacidad. La producción está tan mal organizada que algunos empiezan a creer que existe una política intencional de los directivos, según sospechas manifestadas por los trabajadores. Un día tienen que esperar la llegada del cemento, al día siguiente, la arena. Los vagones llegan con varios días de retraso y al fin de la jornada laboral, lo que obliga a los obreros a hacer horas extras para descargar. A la cementería llegan órdenes incoherentes, que provocan errores en las fórmulas de preparación, mientras que el cemento previsto para un cliente es entregado a otro, y viceversa. En plena actividad se corta el agua repentinamente. Ana, jefa del taller de preparación del cemento, se sorprende, y trata de informarse con sus colegas: "El director dio la orden de abrir las compuertas para enviar agua a la fábrica de cerámica. Justo en medio de una jornada de trabajo. ¡Hay que parar toda la producción!".

Por último, y sobre todo, hay malversación de fondos o de mercancías, coimas y otras prácticas poco claras. Un día, Ana ve llegar a su oficina a uno de los directivos de la fábrica. Sin ninguna orden escrita le pide que haga cargar un camión entero de pedregullo y lo deje pasar sin ninguna factura, con la excusa de que semanas antes una firma le había prestado pedregullo a JBI y que hay que devolverlo. Ana mira en sus registros y no encuentra rastro de tales arreglos. Disputas, gritos, llamadas telefónicas: no hay nada que hacer, el camión partirá con el poco pedregullo que quedaba para terminar la semana.

Los obreros observan eso, se indignan en secreto, pero casi no reaccionan abiertamente. Su manera de resistir es hacer que la fábrica funcione, a pesar de todo. Cada día, los miembros del equipo de mantenimiento se esmeran en reparar el material dañado o demasiado vetusto. Lo hacen rápidamente, con los pocos medios que tienen y en breves intervenciones, para no detener la producción. A veces cobran, a veces no. Casi todos los días, y a pesar de no ser una tarea a la que estén obligados, los obreros del equipo suben hasta el techo del silo donde se almacena el cemento. Allí proceden a lo que en su jerga llaman "el despegue de la capa": con una estaca atada a un cable liberan el cemento que quedó adherido a las paredes del silo, con lo que se recuperan algunos metros cúbicos cuando se atrasa el abastecimiento.

Nadie piensa siquiera en movilizaciones colectivas. Los obreros volvieron a caer en el fatalismo y en el derrotismo. Casi todos los de la brigada de mantenimiento así lo demuestran. Leonid no oculta su impotencia: "El director, el poder, son todos unos crápulas, de nada sirve luchar contra ellos". Y Vasili va aún más allá: "Yo no quiero participar de ningún tipo de acción. El poder controla todo. Puede hacer lo que quiere: reprimir a los manifestantes, detenerlos. Y además, si uno hace algo, si defiende sus derechos, la dirección te echa a la calle".

El poder, siempre presente, en todas las discusiones, en todas la mentes. El poder del dinero, de "los de arriba", de la policía, de la mafia. La única excepción en ese coro unánime de la impotencia es Evgueni, posiblemente por ser más joven y menos cínico. Su participación en la huelga de 1998 hizo evolucionar su criterio: "Vi cómo luchaba la gente, lo que pasaba en la fábrica, los chanchullos de la dirección. Entonces me dije que valía la pena hacer algo. De lo contrario no hubiéramos logrado absolutamente nada". Y agrega: "¿A quién deberíamos tenerle miedo? ¿A la policía? ¿Por qué deberíamos temerle? Es cierto que se produjeron casos de violencia. A uno del sindicato lo mataron en la ciudad. A algunos de los nuestros los apaleó la policía durante las concentraciones. Y no sólo a los hombres, también a las mujeres. Pero cuando somos muchos, la policía se frena".

Frente al poder conviene mantener un perfil bajo. Y hasta colaborar con él, o simular que se colabora. Cuando el director pasa por el taller la gente le da la mano, intercambia un par de frases, pero sin creer un solo segundo en su honestidad y en su sinceridad. La misma distancia desconfiada se pudo observar ante la llegada del gobernador de la región, a pedido del sindicato, el 22 de agosto de 2000. Se trata de discutir el futuro de la fábrica. Los más movilizados, sobre todo los cuadros, incitan a los demás a rechazar con firmeza la quiebra de la fábrica, propuesta por el interventor.

Pero los obreros se quedan callados, o hablan entre ellos en voz baja. Siempre con ese mismo sentimiento de no tener derecho a opinar. Todos están irritados por la forma en que se desarrolla la reunión: "¡Hace más de una hora que los estamos esperando; podrían tener un poco más de respeto! ¡Siempre somos los últimos en enterarnos de lo que pasa, en ser consultados!".

Cuando entran en la sala los participantes en las negociaciones (el gobernador, la dirección, un diputado, los sindicatos) se hace silencio. El gobernador, el primero en hablar, logra un magnífico ejercicio de demagogia: "La quiebra es inadmisible. Yo decidí personalmente comprometerme ante los acreedores. La región garantiza la viabilidad de la empresa". Aplausos. Luego, mirando a los ojos a la concurrencia, agrega: "Pero ustedes tienen que ser muy conscientes de que habrá que trabajar, respetar la disciplina, terminar con los robos". Poder benévolo y magnánimo, contra trabajadores haraganes y rateros. El cuento de siempre, ampliamente utilizado: si las fábricas cierran, si explotan las bombas, si los submarinos se van a pique, la culpa nunca es de ellos, sino de los obreros, de los chechenos o de los estadounidenses.

Prácticas semilegales

El problema es que la cosa funciona. Los obreros de JBI no aflojaron. Saben que podrían trabajar más y acabar con sus "negocitos". ¿Quién no participa en Rusia de algún sistema de "arreglo" o de la economía informal? Es justamente porque todo el mundo lo hace que esa práctica es aceptada: los dirigentes de "lo informal", que muchas veces son los mismos de la economía oficial, pueden dormir tranquilos. En la fábrica, los obreros no están más a cubierto de esa influencia que en otros lados. Uno saca un poco de combustible del tanque de los camiones para hacer funcionar su viejo Lada; otro deja pasar algunos metros cúbicos de cemento de más, a cambio de una propina del cliente, etc.

El respeto por la jerarquía es estricto: mientras que los obreros pueden esperar redondear su sueldo con 100 o 200 rublos extra (1 dólar = 28 rublos), los jefes de taller pueden duplicar su salario colaborando, por ejemplo, con otras firmas, mientras los dirigentes de empresa evolucionan en la esfera de los negocios más o menos legales entre los clanes industriales-financieros de la región. Ese sistema de astucias no es por lo tanto un medio mágico e ideal, exento de toda desigualdad o explotación. Muy al contrario. Pero no es reductible a la mafia, ni totalmente movido por la ambición de dinero o de poder. A veces, la dirección recurre a prácticas semilegales para garantizar la supervivencia de la empresa. En el caso de los trabajadores, el sistema informal va desde la pequeña sustracción hasta el cultivo de un terrenito, pasando por la venta clandestina de materiales, la ayuda mutua, las horas extra, la recuperación de cosas viejas o el clientelismo.

Por otra parte, ¿cómo pudieron vivir un año sin cobrar salario? "Vendíamos chatarra, ganando aquí o allá 10, 30, o 50 rublos como máximo; eso es todo", asegura Evgueni. Los más jóvenes siguen viviendo en casa de sus padres, a quienes entregan la casi totalidad del sueldo, "fuera de algunos rublos para cigarrillos o para tomar una copa". Los de más edad cuentan sobre todo con la datcha (una casa en las afueras con un terreno), donde van varias veces por semana después de la fábrica, prolongando así algunas horas más su jornada laboral. Cuando están en sus departamentos pasan el tiempo reparando, emparchando y restaurando objetos. "Es imposible comprar nada; hay que arreglárselas para que las cosas duren lo más posible". Los obreros de la JBI no tienen un segundo empleo en otra empresa: "Ganamos bastante". ¿Cuánto es "bastante"para ellos? Los salarios medios van de 1000 a 1200 rublos (35 a 43 dólares), o sea, el mínimo vital en esa región. Eso implica limitar lo más posible los gastos: "Es simple, yo no compro nada en el bazar. Hay que elegir: comer, o el resto", admite Volodia.

Esas prácticas de supervivencia y de arreglos tejen una compleja red de relaciones. Muchas veces implican una dependencia de los obreros respecto de sus jefes, ya sea por que éstos hacen la vista gorda, o por que son quienes dirigen las actividades informales. A veces implican cierta solidaridad o ayuda mutua, a veces obligan al secreto, al aislamiento y a la competencia. Contribuyen también a desdibujar los límites morales, al punto que el cinismo o las artimañas pueden pasar por valores esenciales, según el principio que proclama: "Para que no te embromen, trata de embromar a los otros". ¿Qué humanidad puede quedar en esos hombres y mujeres confrontados cada día a la necesidad de sobrevivir? La pobreza está allí, con toda su atrocidad, con toda su inhumanidad. Vasili cuenta cómo dejó de ver a sus amigos: "Ya no nos invitamos más a la casa unos a otros. No tenemos con qué. Sólo nos reunimos con el círculo de la familia cercana, con mi mujer y mis hijas". ¿La evasión por medio del alcohol? "¡Pero si ya no tenemos siquiera los medios para comprar una botella de vodka! ¡Hay que conformarse con el samagon!". Ese alcohol destilado artesanalmente a partir de cualquier cosa (caramelo, productos químicos…) cuesta 20 rublos (menos de un dólar) la botella, la mitad que el vodka.

Solidaridad defensiva

Muchos intelectuales rusos liberales describen al pueblo miserable como una masa casi animal de gente degradada, sin moral, sin principios, sin ningún sentido de la responsabilidad. Elitismo intelectual por un lado, y miedo del pueblo por otro, esos calificativos pueden parecer corresponder a la realidad superficial. Basta tomar el metro en Moscú para descubrirse detestando a esas bandas de salvajes que se empujan, se golpean la cara con los bolsos y se pisan los pies para bajar antes que los demás. ¿Y qué queda en la memoria después de algunas horas pasadas entre las paredes de la JBI? Una atmósfera de brutalidad, permisividad y desmoralización; los gritos, los insultos y las groserías por medio de los cuales la gente se comunica. Pero más allá de las apariencias, la realidad cotidiana es mucho más contrastada.

Un día cualquiera del equipo de mantenimiento: palmadas en la espalda y comentarios irónicos. Vasia llega embebido en alcohol. Los otros están acostumbrados y ya no le hacen ninguna observación. Pero toda la jornada tratan de "cubrirlo", como dicen, para que no quede demasiado a la vista de los jefes. Cuando llega la hora del almuerzo, alrededor de la mesa comparten lo que cada uno trajo de la casa (frutas, sopa, tomates, papas, pan y, menos frecuentemente, carne) sirviéndose en los mismos platos y bebiendo de los mismos vasos. A veces aprovechan la pausa para ir a pescar al Volga, que está muy cerca.

Y hablan de todo, de los precios, evidentemente, pero también del auto que Volodia trata de arreglar, de la mezcladora de cemento doméstica que no funciona, de la mafia, de Putin, de fútbol, y por supuesto de mujeres (la brigada está compuesta mayoritariamente de hombres). Por la tarde, poco antes del fin de la jornada, se enteran de que acaban de llegar los vagones de arena. Aliocha, encargado de esa actividad, debe quedarse para descargarlos. Se lamenta: "Tenía pensado ir a ver a un amigo al hospital". Faltaría más. Lionka le propone reemplazarlo. Algunas tardes el equipo se encuentra para beber y comer algo junto al Volga. Y no falta nadie: "El grupo es sagrado. Tomamos las decisiones en conjunto, y todos las acatamos".

Evidentemente, no todos los grupos son tan unidos y cómplices. Habitualmente, bajo la influencia de la inestabilidad en la atribución de los puestos y empleos, de la lucha por sobrevivir y por lograr los mejores trabajos en las redes informales o formales, los obreros desconfían unos de otros, y hasta compiten entre ellos. Los grupos pequeños resisten más a la desagregación de los vínculos de solidaridad. Eso no implica que el equipo de mantenimiento sea un bastión revolucionario. Entre ellos, la solidaridad es un recurso mucho menos ofensivo que defensivo. Les permite a los obreros vivir mejor, en un ambiente amistoso y relajado. Sobre todo les sirve de defensa contra la sobrexplotación. Además, cada cual debe comprometerse, demostrar su independencia de carácter y su capacidad para integrarse a la vida colectiva. "Yo me siento bien allí, porque conseguí ganar cierta autoridad", explica Lionka.

Conservar una camaradería así bajo condiciones de vida tan humillantes, representa de por sí un acto de resistencia, de afirmación de la dignidad. Los obreros se esfuerzan por mantenerse firmes, en particular en su relación con los jefes, por respeto a su propia imagen. Sabiendo que la dirección tiene más poder que ellos, no se oponen a ella frontalmente, pero no ocultan el desprecio que sienten por su incompetencia, por sus chanchullos. Las promesas y la condescendencia de los directivos sólo les produce desconfianza. Creer en ellas sería un error. "Dicen que no tolerarán la quiebra, pero son sólo palabras", exclama Vova.

A la inversa, cuando un jefe les manifiesta respeto, la opinión que los obreros tienen de él cambia. Ana, la jefa de taller, se ganó su estima. Sin embargo, los saluda sin darles la mano, pasa el día gritando, dirigiéndose a ellos con términos duros y hasta maltratándolos. Pero en caso de problemas, les pide su opinión y los protege frente a ordenes arbitrarias de la dirección. Al mismo tiempo que se enoja contra los alcohólicos del taller, hace todo lo posible para cubrirlos, por considerarlos especialistas valiosos. Los obreros consideran sincera esa conducta y aunque tampoco se privan de insultar a su jefa, la estiman. "Pelea como loca para que el taller funcione, para que se nos pague regularmente. Piensa primero en nosotros y después en ella", dice Volodia.

Finalmente, después de las protestas de rigor, los obreros ceden y ejecutan el trabajo que ella les indica, aun cuando no forme parte de sus tareas habituales. Pero también en esos casos conservan cierta distancia, para poner a cubierto su dignidad. "Hacemos lo que nos pide, pero no más. Y nos tomamos nuestro tiempo. Por los salarios que recibimos, no nos vamos a matar. Ella no hace mucho que está en la fábrica y todavía no domina bien el proceso de producción. Es fácil engañarla y hacerle creer que determinado trabajo es muy complicado", admite Aliocha. No trabajar ni demasiado ni demasiado poco. Todos están de acuerdo en respetar esa regla esencial: "Hacemos apenas el trabajo por el que se nos paga".

Así que hay que analizar con lupa los comportamientos y las palabras, ajustándose estrictamente al sentido que le dan los propios individuos. Se podría cuestionar incluso la supuesta apatía de los rusos. Muchos obreros proclaman abiertamente su pasividad y su apoliticismo para afirmar su negativa a participar del sistema, a convertirse en cómplice del mismo, a legitimar la corrupción y la arbitrariedad. La falta de movilización no expresa solamente miedo, impotencia, e irresponsabilidad civil. Es también, a veces, un modo de defender la propia dignidad, de preservar la esfera privada y hasta la vida.

Autor/es Karine Clément
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 22 - Abril 2001
Páginas:24, 25, 26
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Corrupción, Deuda Externa, Políticas Locales, Clase obrera
Países Rusia