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Los zoológicos humanos de la República colonial francesa

¿Cómo ha sido posible? ¿Los europeos son capaces de comprender lo que los "zoológicos humanos" revelan de su cultura, de su mentalidad, de su inconsciente y de su psiquismo colectivo? Por fin se inaugura en el Museo del Louvre de París -el templo de las artes- la primera gran muestra sobre las artes primeras. Los zoológicos humanos, las exposiciones etnológicas y los "pueblos de negros" siguen siendo temas de análisis complejos en países que ponen de relieve la igualdad de todos los seres humanos. De hecho, esos zoológicos, donde junto a animales salvajes, en jaulas o en recintos, se mostraba individuos "exóticos" como espectáculo para un público ávido de distracción, constituyen la prueba más evidente de la distancia existente entre discurso y práctica en los tiempos de la edificación de los imperios coloniales, cuyas trazas aún perduran.

"Caníbales australianos, machos y hembras. La sola y única colonia de esta raza salvaje, extraña, degenerada, y la más brutal jamás sacada del interior de los dominios salvajes. La más baja categoría de la humanidad"1.

La idea de crear un espectáculo zoológico poniendo en escena a pueblos exóticos aparece simultáneamente en varios países europeos en la década de 1870. En primer lugar en Alemania, donde en 1874 Karl Hagenbeck, revendedor de animales salvajes y futuro promotor de los principales zoológicos europeos, decide exponer ante visitantes deseosos de "sensaciones", individuos de Samoa y lapones como poblaciones "puramente naturales". El éxito de esas primeras exhibiciones lo llevó en 1876 a enviar a uno de sus colaboradores al Sudán egipcio para traer animales e individuos de Nubia a fin de renovar la "atracción". Los nubios tuvieron un éxito inmediato, ya que fueron presentados sucesivamente en diversas capitales, como París, Londres o Berlín.

Semejante acierto influenció sin dudas a Geoffroy de Saint-Hilaire, director del Jardín de Aclimatación de Francia, que buscaba alguna atracción capaz de mejorar la delicada situación financiera por la que atravesaba ese establecimiento. Así es que en 1877 decide organizar dos "espectáculos etnológicos" presentando en París nubios y esquimales. El éxito fue fulminante. La asistencia al Jardín se duplicó alcanzando ese año un millón de entradas vendidas… Los parisinos acuden a ver lo que la gran prensa califica entonces de "banda de animales exóticos, acompañados de individuos no menos singulares". Así, entre 1877 y 1912 unas treinta "exhibiciones etnológicas" de ese tipo se realizarán en el Jardín Zoológico de Aclimatación de París, con un éxito constante.

Poco después, muchos otros lugares presentarán esos mismos "espectáculos", o se los adaptará a fines más "políticos", como las exposiciones universales desarrolladas en París. En 1878; en 1889 (donde la vedette fue la torre Eiffel y una de las principales atracciones un "pueblo de negros" con cuatrocientos participantes "indígenas"); en 1900 (con 50 millones de visitantes y su célebre "cuadro viviente" sobre Madagascar), o posteriormente, las exposiciones coloniales de Marsella en 1906 y 1922, y en París en 1907 y 1931.

Algunos establecimientos se especializaban en lo "lúdico", como las representaciones programadas en el Campo de Marte, en el Folies-Bergère o en Magic City; o en la reconstitución colonial, como por ejemplo la realizada en el Teatro parisino de la Porte Saint-Martin de la derrota de los guerreros del rey Behanzin de Dahomey ante el ejército francés…

Para responder a una demanda más "comercial" y provincial, las ferias y exposiciones regionales se convirtieron rápidamente en lugares fundamentalmente dedicados a esas exhibiciones. En esa dinámica se formaron en poco tiempo las "compañías" itinerantes -que iban de una exposición a una feria regional- y se popularizaron los célebres "pueblos negros" (o "pueblos senegaleses"), como en la exposición de Lyon de 1894. Desde entonces no hubo ciudad ni francés que no presenciara en una tarde soleada, entre un concurso agrícola, la misa dominical y un paseo por el lago, una reconstrucción "idéntica" de esas comarcas salvajes, pobladas de hombres y animales exóticos.

Es por entonces, entre 1877 y comienzos de los años 30, que millones de franceses van al encuentro del Otro. Un "otro" escenificado y enjaulado. Se trate de un pueblo "extraño" proveniente de los cuatro puntos cardinales del mundo, o de nativos de algún territorio del Imperio, para la gran mayoría de los habitantes de la metrópoli constituyen el primer contacto con la "alteridad". El impacto social de esos espectáculos en la construcción de la imagen del Otro es inmensa, más aún teniendo en cuenta que se complementaban con una propaganda colonial omnipresente (a través de la imagen y del texto) que impregnó profundamente el imaginario de los franceses. Sin embargo, esos zoológicos humanos siguen estando ausentes de la memoria colectiva.

La aparición de los zoológicos humanos, al igual que su auge y el entusiasmo que despertaron, resulta de la articulación de tres fenómenos concomitantes: en primer lugar, la construcción de un imaginario social sobre el Otro (colonizado o no); luego, la teorización científica de la "jerarquía de las razas" consecutiva a los avances de la antropología física; y, por último, la edificación de un imperio colonial por entonces en pleno crecimiento.

Mucho antes de la gran expansión colonial de la Tercera República francesa registrada entre 1870 y 1910, que culmina con la demarcación definitiva de las fronteras del Imperio de Ultramar, se afirma en la metrópoli una pasión por el exotismo, al mismo tiempo que la convergencia de varias ciencias construye un discurso sobre las "razas" llamadas inferiores. Ciertamente, la construcción de la identidad de toda civilización se efectúa siempre sobre representaciones del otro, las que permiten, por reflejo, elaborar una auto-representación y situarse en el mundo.

En lo que se refiere a Occidente, las primeras manifestaciones de ese proceso se pueden descubrir en la Antigüedad: la categorización del "bárbaro", del "extranjero" y del ciudadano. Idea que es retomada por la Europa de las Cruzadas y también durante la primera fase de exploraciones y de las conquistas coloniales de los siglos XVI y XVII. Pero hasta el siglo XIX esas representaciones de la alteridad son apenas incidentes, no necesariamente negativas y no parecen penetrar profundamente en el cuerpo social.

Con el establecimiento de los imperios coloniales, la fuerza de las representaciones del otro se impone en un contexto político muy diferente y en un movimiento de expansión histórico de una amplitud desconocida. El punto de inflexión sigue siendo la colonización, pues impone la necesidad de dominar al otro, de domesticarlo, o sea, de representarlo. A las imágenes ambivalentes del "salvaje", marcadas por una alteridad negativa pero también por las reminiscencias del mito del "buen salvaje" derivado de Rousseau, se substituye una visión netamente estigmatizante de los pueblos "exóticos". La mecánica colonial de inferiorización del indígena por la imagen comienza entonces a funcionar, y en semejante conquista de los imaginarios europeos los zoológicos humanos constituyen sin ninguna duda el engranaje más viciado en la construcción de prejuicios respecto de los pueblos colonizados. Las pruebas están a la vista: son salvajes, viven como salvajes y piensan como salvajes. Ironía de la historia: esas troupes de indígenas que atravesaban toda Europa (y hasta el Atlántico) pasaban a menudo diez o quince años fuera de sus países de origen, y aceptaban esa puesta en escena… a cambio de una remuneración. Para los organizadores de esas exhibiciones esa es la otra cara de la medalla del salvajismo integrado al zoológico: ¡a comienzos de siglo, el salvaje exige que le paguen un salario!2.

Al mismo tiempo, un racismo popular se despliega en la gran prensa y en la opinión pública como telón de fondo de la conquista colonial. Todos los grandes medios, desde los más populares diarios ilustrados -como Le Petit Parisien o Le Petit Journal- hasta las publicaciones de carácter "científico" del tipo de La Nature o La Science amusante, pasando por las revistas de viajes y de exploración como Le Tour du Monde o Journal des Voyages, presentan a los pueblos exóticos -en particular los sometidos a conquista- como vestigios de las primeras etapas de la humanidad.

El vocabulario de estigmatización del salvajismo -bestialidad, tendencias sanguinarias, fetichismo oscurantista, necedad atávica- es reforzado por una producción iconográfica de una violencia inaudita, dando crédito a la idea de una sub-humanidad estancada, humanidad de los confines coloniales, en la frontera de la humanidad y de la animalidad3.

De manera simultánea, la inferiorización de los "exóticos" es afirmada por la triple articulación del positivismo, del evolucionismo y del racismo. Los miembros de la Sociedad de Antropología -creada en 1859, al mismo tiempo que el Jardín de Aclimatación de París- visitaron varias veces esas exposiciones populares para efectuar sus investigaciones, orientadas hacia la antropología física. Esta ciencia, obsesionada por las diferencias entre los pueblos y por el establecimiento de jerarquías, daba a la noción de "raza" un carácter predominante en los esquemas de explicación de la diversidad humana. Por medio de los zoológicos humanos se asiste a la puesta en escena de la construcción de una clasificación en "razas" humanas y de la elaboración de una escala unidireccional que permitía jerarquizarlas de arriba hacia abajo en la graduación evolucionista.

Así, Gobineau, en su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (1853-1855), había establecido la desigualdad original de las razas creando una tipología basada en criterios de jerarquización ampliamente subjetivos, como "belleza de las formas, fuerza física e inteligencia", consagrando de esa forma las nociones de "razas superiores" y "razas inferiores". Como muchos otros, postula entonces la superioridad original de la "raza blanca", que posee a su entender el monopolio de las tres características citadas y le sirve por lo tanto de norma para clasificar a los negros en una irremediable inferioridad, en lo más bajo de la escala humana, y situar a las otras razas en posiciones intermedias.

Pensadores de la desigualdad

Semejante clasificación se halla también en los programas de los zoológicos humanos parisinos, y condiciona ampliamente la ideología subyacente de esos espectáculos. Cuando, por ejemplo, los cosacos son invitados al Jardín Zoológico de Aclimatación, la embajada de Rusia interviene para que no sean confundidos con los "negros" traídos de África; y cuando Buffalo Bill llega con su troupe obtiene fácilmente un lugar en el Jardín, ¡gracias a la presencia de indígenas americanos en su espectáculo! Por último, cuando los liliputienses son presentados en público, éstos entran sin ningún problema en la misma terminología de la diferencia, de la monstruosidad y de la bestialidad que los pueblos exóticos.

El darwinismo social, difundido y reinterpretado por un Gustave Le Bon o por un Vacher de Lapouge a comienzos de siglo, halla en esas exhibiciones de carácter etnológico la traducción visual de su distinción entre "razas primitivas" y "razas civilizadas". Esos pensadores de la desigualdad descubren, a través de los zoológicos humanos, un fabuloso reservorio de especímenes hasta entonces impensable en la metrópoli.

La antropología física, como la antropometría naciente, que constituye entonces una gramática de los "caracteres somáticos" de los grupos raciales -sistematizada en 1867 por la Sociedad de Antropología con la creación de un laboratorio de craneometría- y el posterior desarrollo de la frenología, legitiman la difusión de esas exhibiciones. Esas disciplinas incitan a los científicos a apoyar activamente dichas muestras, por tres razones pragmáticas: permiten disponer de manera práctica de un "material" humano excepcional (variedad, cantidad y renovación de especímenes…); despiertan el interés del gran público por sus investigaciones y por lo tanto permiten promover sus trabajos en la gran prensa; finalmente, aportan la prueba más concluyente de lo bien fundado de sus enunciados racistas con la presencia física de esos "salvajes".

A través de esa percepción lineal de la evolución socio-cultural y de esa puesta en escena cercana al mundo animal, las civilizaciones extra-europeas son evidentemente consideradas como retardadas, pero civilizables, es decir, colonizables. Esto permite redondear la operación. La coherencia de tales espectáculos se convierte en una evidencia científica, al mismo tiempo que en una perfecta demostración de las nacientes teorías sobre la jerarquías de las razas, y en una precisa ilustración in situ de la misión civilizadora que por entonces estaba en marcha en ultramar. Científicos, miembros del lobby colonial u organizadores de espectáculos resultan así gananciosos.

La puesta en práctica de los fundamentos antropológicos "darwinianos" de la ciencia política, ilustrada y popularizada por tales exhibiciones, dará rápida resonancia al proyecto "eugenésico" de Georges Vacher de Lapouge y compañía, cuyo programa consistía en el mejoramiento de las cualidades hereditarias de tal o cual pueblo, por medio de una selección sistemática y voluntaria. De manera muy significativa, las exhibiciones de "monstruos" (enanos o liliputienses, como en el Jardín Zoológico de Aclimatación en 1909; jorobados o gigantes en numerosas ferias itinerantes; macrocefálicos o "negros" albinos, como en 1912 en París) alcanzan a comienzos de siglo una enorme popularidad, acompañando e interpenetrando el fulminante éxito de los zoológicos humanos. Sin duda, el eugenismo, el darwinismo social y la jerarquización racial se corresponden dialécticamente. Participan de una misma angustia ante la alteridad; angustia que halla entonces su exutorio en una racionalización no igualitaria de las "razas", en una estigmatización común del "cretino" y del "indígena".

Así, los zoológicos humanos se hallan en la confluencia de un racismo popular y de la objetivación científica de la jerarquía racial, impulsados ambos por la expansión colonial. Notable indicio de esa confluencia es la ya mencionada legitimación por parte de la Sociedad de Antropología -y por la casi totalidad de la comunidad científica francesa- de las "exhibiciones etnológicas" del Jardín de Aclimatación. Aun cuando entre 1890 y 1900 la Sociedad de Antropología se hace claramente más circunspecta respecto del carácter "científico" de tales espectáculos, la afluencia de esas poblaciones le resulta beneficiosa para profundizar sus investigaciones sobre la diversidad de las "especies". La ruptura se producirá finalmente por la creciente importancia dada a esa diversión tan apreciada por el público y sobre todo por su carácter cada vez más popular y teatral.

Hay que señalar que esos espectáculos -al igual que las exhibiciones en el Campo de Marte y en el Folies-Bergère- se estructuran sobre una puesta en escena del "salvajismo" cada vez más elaborada: atavío ridículamente sobrecargado, danzas frenéticas, simulación de "combates sanguinarios" o de "ritos caníbales", insistencia de los programas publicitarios sobre la "crueldad", la "barbarie" y las "costumbres inhumanas" (sacrificios humanos, incisiones sobre la piel…).

Todo converge para que entre 1890 y la Primera Guerra Mundial se imponga una imagen particularmente sanguinaria del salvaje. Esos "espectáculos" (preparados, casi no hace falta decirlo, sin ningún cuidado por respetar la verdad etnológica) reflejan, desarrollan, actualizan y legitiman los estereotipos racistas más malsanos que forman el imaginario sobre el "otro" en momentos de la conquista colonial. Efectivamente, resulta esencial subrayar que el "abastecimiento de esos indígenas" estaba en relación estrecha con las conquistas de la República en ultramar, que gozaba del acuerdo (y del apoyo) de la administración colonial, y que contribuía a respaldar explícitamente la empresa colonial de Francia.

De esta forma, en París se exhibieron aborígenes tuareg en los meses siguientes a la conquista francesa de Tombuctú, en 1894; los malgaches aparecieron un año después de la ocupación de Madagascar; mientras que el éxito de las célebres amazonas del reino de Abomey se produjo luego de la muy mediatizada derrota del rey Behanzin frente al ejército francés en Dahomey. La voluntad de degradar, humillar, animalizar al otro -pero también de glorificar la Francia de ultramar por medio de un ultranacionalismo que estaba en su apogeo luego de la derrota de 1870- es en este caso plenamente asumida y retomada por la gran prensa, que muestra, frente a los colonizadores, "indígenas" desenfrenados, crueles, enceguecidos por el fetichismo y sedientos de sangre. De esa forma, los diferentes pueblos exóticos tienden a ser mostrados en su totalidad bajo esa luz poco favorable, comprobándose un fenómeno de uniformización por medio de la caricatura del conjunto de "razas" presentadas, tendiente a hacerlas casi idénticas. Entre "ellos" y "nosotros" se ha alzado una barrera desde ahora infranqueable.

Los "salvajes" traídos a Occidente son sin duda atractivos, pero despiertan no obstante un sentimiento de temor. Sus actos y sus movimientos deben ser estrictamente controlados. Se los presenta como absolutamente diferentes y la puesta en escena europea los obliga a comportarse como tales, puesto que les está prohibido manifestar cualquier signo de asimilación o de occidentalización durante todo el tiempo en que se los exhibe. Así, en la mayoría de las presentaciones resulta impensable que se mezclen con los visitantes. Maquillados según los estereotipos en vigor, su atavío es pensado para que resulte lo más singular posible. Los exhibidos deben además mantenerse dentro de un sector estrictamente circunscripto del local de exposición (bajo pena de multas deducidas de sus escasos salarios), que delimita la frontera intangible entre su mundo y el de los ciudadanos que los visitan, los inspeccionan. Una frontera separa escrupulosamente el salvajismo de la civilización, la naturaleza de la cultura.

Lo más impresionante en esa brutal animalización del otro es la reacción del público. Durante esos años de exhibiciones diarias, muy pocos periodistas, políticos o científicos se conmueven por las malas condiciones sanitarias o de alojamiento -a menudo catastróficas- que padecen los "indígenas"; sin hablar de las numerosas muertes de individuos, como durante la presencia en 1892 de los indios Kaliña (Galibi) en París4, poco habituados al clima francés.

Sin embargo, algunos relatos subrayan el espanto ante tales espectáculos. La actitud del público no es la cosa menos chocante: muchos visitantes arrojan alimentos o baratijas a los grupos expuestos, comentan sus fisonomías y los comparan con los primates (retomando de esa forma una de las muletillas de la antropología física, ávida de descubrir los "caracteres simiescos" de los indígenas), o ríen abiertamente ante una africana enferma que tiembla en su choza. Esas descripciones, aunque parciales, alcanzan a demostrar el éxito de la "racialización latente en las mentes" de la gente de la época. En tal contexto, el Imperio podía desplegarse con la conciencia tranquila e instituir en su seno la desigualdad jurídica, política y económica entre europeos e "indígenas" sobre un fondo de racismo endémico, pues en la metrópoli se había presentado la prueba de que allá sólo existían salvajes apenas salidos de las tinieblas.

El otro a domesticar

Los zoológicos humanos evidentemente no nos revelan nada sobre los "pueblos exóticos". En cambio, son un extraordinario instrumento de análisis de las mentalidades europeas desde fines del siglo XIX hasta los años ´30. En efecto, zoológicos, exposiciones y jardines tenían esencialmente por función mostrar lo raro, lo curioso, lo extraño, todas las expresiones de lo no habitual y de lo diferente, por oposición a una construcción racional del mundo elaborada según las normas europeas5.

¿Esas violentas pantomimas, no son finalmente la imagen invertida de la ferocidad de la propia conquista colonial? ¿No existe allí la voluntad -deliberada o inconsciente- de legitimar la brutalidad de los conquistadores animalizando a los conquistados? La transgresión de valores y de normas de lo que -para Europa- constituye la civilización, es un elemento motor de esa animalización.

En el terreno de lo sagrado, la norma sexual es, evidentemente, primordial. Así, la poligamia afecta uno de los fundamentos socio-religiosos de la familia cristiana. El hecho de que los zoológicos humanos mostraran familias enteras -con las diferentes esposas del jefe de familia- resulta significativo. En el mejor de los casos, la gente viene a contemplar una incomprensible rareza; en el peor, la manifestación de una lujuria animal. Y ello, llevando en la mirada un interrogante en suspenso: el deseo insatisfecho de un fantasma que -en Occidente- es el reverso de lo prohibido.

El tema de la sexualidad está particularmente desarrollado. En el caso de los "negros" toma cuerpo el mito de una sexualidad bestial, plural. En ese mito -en el que entran en juego consideraciones físicas: una gran vitalidad, al igual que la idea de órganos genitales, masculinos y femeninos, superdesarrollados- se cristaliza esa ambivalencia fascinada por seres fronterizos entre la animalidad y la humanidad. Esa vitalidad sexual remite en sí misma a una vitalidad corporal de conjunto -visible por ejemplo en numerosos grabados de los grandes diarios ilustrados de la época que evocan el combate vigoroso de "tribus" casi desnudas frente a las tropas coloniales- provocando una fascinación por el cuerpo del "salvaje". Esa fascinación es el producto de la inquietud, fuerte a fines del siglo XIX, por la "degeneración biológica" de Occidente6.

En el registro de la transgresión de lo sagrado, la recurrencia del tema de la antropofagia es reveladora. Mientras que a fines del siglo XIX no se sabe casi nada de una práctica social muy ritualizada y de todas maneras extremadamente limitada en África subsahariana, las imágenes de "salvajes antropófagos" invaden todos los medios y son uno de los argumentos más vendedores de los zoológicos humanos (hasta la Exposición colonial internacional de 1931 y la presencia periférica de los kanaks)7. El canibalismo, en efecto, rompe un tabú mayor: el acercamiento al mundo animal se impone evidentemente. Las puestas en escena, muy evocadoras al respecto, realizadas en las exhibiciones o en el marco de salas de espectáculo, demuestran la fuerza del tema.

A partir de la exposición universal de 1889 y hasta el fin de la entreguerra, las exposiciones se suceden, particularmente las coloniales. En la casi totalidad de ellas se presenta a la curiosidad de los visitantes un "pueblo negro", "indochino", "árabe" o "kanak". Simultáneamente, esos pueblos "de negros", luego llamados pueblos "negros" o "senegaleses" -signo de una evolución semántica muy interesante ocurrida inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial- se convierten en atracciones autónomas, itinerantes y perfectamente instrumentalizadas, en las comarcas del interior de Francia, aunque también en toda Europa y en Estados Unidos.

Las presentaciones se sucedieron año tras año, por medio de cuatro o cinco "troupes" diferentes que recorrían las grandes exposiciones regionales, como las de Amiens, Angers, Nantes, Reims, Le Mans, Niza, Clermont-Ferrand, Lyon, Lille, Nogent, Orleans… y las grandes ciudades (y zoológicos) europeos como Hamburgo, Amberes, Barcelona, Londres, Berlín o Milán, sitios en los que convergieron 200.000 a 300.000 visitantes por exposición. En estos casos las puestas en escenas son mucho más "etnográficas" y los "poblados" semejan decorados de cartón dignos de producciones holliwoodenses de la época sobre el "Africa misteriosa"8. Allí se expone la producción local y la "artesanía" comercializada (¡sin duda, una de las primeras "artes negras" destinada al gran público!). En ese ámbito, progresivamente, se otorga reconocimiento a formas particulares de organización social, aunque generalmente se las muestra como vestigios de un pasado que la colonización debe imperativamente abolir. Las reconstituciones fantasiosas de "danzas indígenas" o de famosos episodios históricos se hacen cada vez menos frecuentes, hasta desaparecer.

Otra coyuntura se perfila: el "salvaje" se vuelve (nuevamente) manso, cooperativo, a imagen y semejanza de un Imperio al que se quiere presentar como definitivamente pacificado en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Por entonces, los limites territoriales del Imperio están en efecto demarcados. A la conquista sucede la "misión civilizadora", discurso del cual las exposiciones coloniales se harán fervientes defensoras. Al militar sucede el administrador. Bajo la influencia "benéfica" de la Francia de las Luces, de la República colonizadora, los "indígenas" son nuevamente ubicados en lo bajo de la escala de las civilizaciones, mientras que la temática propiamente racial tiende a esfumarse. Los "pueblos negros" reemplazan a los zoológicos humanos. El indígena sigue siendo un ser inferior, por supuesto, pero se lo amansa, se lo domestica, y se le descubren potencialidades de evolución que justifican la gesta imperial.

Esta nueva percepción del "otro-indígena" alcanzará su mayor intensidad durante la Exposición Colonial Internacional realizada en Vincennes, periferia de París, en 1931. Desplegada sobre centenares de hectáreas, esa muestra es la más lograda mutación de zoológico humano bajo la apariencia de misión civilizadora, de buena conciencia colonial y de apostolado republicano.

Los zoológicos humanos constituyen de esta manera un fenómeno cultural fundamental -y hasta ahora totalmente ocultado- por su amplitud, pero también porque permite entender cómo se estructura la relación con el "otro" que por entonces elabora la Francia colonial, y también Europa. De hecho, la mayoría de los arquetipos puestos en escena por los zoológicos humanos, ¿no diseñan acaso la raíz de un inconsciente colectivo -que a lo largo del siglo adoptará diversos rostros- cuya deconstrucción resulta indispensable9 teniendo en cuenta, aunque más no sea, una reciente encuesta10 según la cual más de dos tercios de los franceses se dicen racistas?

  1. Plakate, 1880-1914, Historiches Museum, Francfort.
  2. No todos los grupos "importados" estabansujetos a las mismas condiciones. Los aborígenes fueguinos, por ejemplos, llevados desde Tierra del Fuego, al parecer fueron "transportados"como especímenes zoológicos propiamente dichos; mientras que los "gauchos", especie de artistas con contrato, eran plenamen teconscientes de la bufonada que ejecutaban ante el público.
  3. Nicolas Bancel, Pascal Blanchard y Laurent Gervereau, Images et Colonies, Achac-BDIC, París, 1993.
  4. Gérard Collomb, "La photographie et sondouble. Les Kaliña et "le droit de regard" del"Occident", in L"Autre et Nous, Syros-Achac,1995.
  5. Anne McClintock, Imperial Leather. Race, Gender and Sexuality in the Colonial Context, Routledge, 1994.
  6. Christian Pociellot y Daniel Denis (dir.), A l"école de l´aventure, PUS, 2000.
  7. Didier Dæninckx, Cannibale, Gallimard(colección Folio), reedición Verdier, 1998. Kanaks, o canacas, es el nombre de los nativos de Nueva Caledonia.
  8. Nombre de una troupe itinerante presentada en el Jardín Zoológico de Aclimatación.
  9. Nicolas Bancel y Pascal Blanchard, De l'indigène à l'immigré, Découverte Gallimard, 1998.
  10. Sylvia Zappi, "Un sondage révèle une progression du racisme et de l"antisémitisme", Le Monde, 16-3-00.
Autor/es Nicolas Bancel, Pascal Blanchard, Sandrine Lemaire
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 14 - Agosto 2000
Páginas:22, 23, 24
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Historia, Colonialismo, Minorías, Deuda Externa, Derechos Humanos, Geopolítica
Países Estados Unidos, Madagascar, Sudán, Alemania (ex RDA y RFA), Francia, Rusia, Nueva Caledonia, Islas Samoa