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La educación superior, vampirizada por las empresas

La educación y la salud suscitan la codicia de las empresas privadas, precisamente por depender del dominio público. La lógica del lucro se despliega con particular agresividad en la universidad. Bajo la envoltura de "mercado de las ideas", la competencia por las disciplinas "que atraen dinero" multiplicó en Estados Unidos los conflictos entre la docencia, la investigación y el mundo de los negocios.

En noviembre de 1998, la Universidad de California, Berkeley, firmaba un acuerdo con la sociedad suiza Novartis, que hizo una donación de 25 millones de dólares al departamento de microbiología (Plant and Microbial Biology). En contrapartida, la universidad pública concedía al gigante suizo de farmacia y biotecnología el derecho de apropiarse de más de una tercera parte de los descubrimientos generados por los investigadores del departamento (incluidos los financiados por el Estado de California o por el Gobierno Federal), así como de negociar las patentes de invención derivadas de ellos. Además, la universidad concedía a Novartis el control de dos de las cinco sedes del comité de investigación del departamento, encargado de recaudar fondos para la investigación.

El acuerdo Berkeley-Novartis levantó un clamor de indignación. Más de la mitad de los profesores del departamento en cuestión manifestaron su inquietud porque se amenazaba tanto el principio de "investigación para el bien público" como el libre intercambio de ideas en el seno de la comunidad científica1. Tom Hayden, senador por el Estado de California, se preguntaba "si la investigación biotecnológica va a estar de ahora en más dominada por el interés de las empresas, y si los eventuales críticos de tales prácticas en el seno del mundo universitario serían silenciados".

Este es, sin embargo, el nuevo modelo de cooperación entre las universidades y el sector privado. Desde el comienzo de la "revuelta fiscal", desencadenada en California en 1978 con la "Propuesta 13" -que congelaba el impuesto territorial- los Estados, privados de impuestos, no han dejado de reducir sus presupuestos de educación. En 1980, con el objetivo de restaurar la competitividad de la industria estadounidense, la ley Bayh-Dole (por el nombre de sus dos promotores, uno demócrata y el otro republicano), autorizó por primera vez a las universidades a patentar los inventos financiados por el gobierno. Vinieron después otras leyes que animaron a las universidades a comercializar sus patentes y a conceder exenciones fiscales a las empresas que financiaran la investigación universitaria.

Por otra parte, el final de la guerra fría tuvo como consecuencia una nueva reducción de los fondos dedicados por el gobierno federal a la investigación. La Universidad de Berkeley, antes financiada casi totalmente por el Estado de California, asistió a la reducción de su financiación pública en un 50% en 1987 y en un 34% en 1999. Todas las grandes inversiones efectuadas en los diez últimos años han sido donaciones privadas. Así, para construir su nueva business school, la universidad se dedicó a una frenética recaudación de fondos. La familia Haas (heredera del fabricante de pantalones Levi Strauss), que efectuó la donación más importante, consiguió que la escuela llevara su nombre. Grandes empresas financiaron las cátedras. El decanato de la institución, por ejemplo, lleva el título de "Bank of America dean". Los nuevos edificios están sembrados de logotipos de empresas. Todas las habitaciones -incluso las mesas y las sillas- están adornadas con placas que homenajean a su benefactor (empresa, individuo o promoción de antiguos alumnos).

La credibilidad de la ciencia

Es lo que James Engell y Anthony Dangerfield, profesores en Harvard, han denominado el mundo de "la universidad mercantil" ("market-model university"): los grandes beneficiarios son los departamentos que "ganan dinero", "estudian el dinero" o "atraen dinero"2. Los demás resultan postergados, cuando no abandonados.

Los partidarios de estas alianzas entre universidades y empresas, como el Business-Higher Education Forum, lobby que agrupa a empresarios y universitarios, transmiten las ventajas del nuevo sistema: la financiación de las empresas favorecería, en el momento en que se produzca una separación del sector público, la construcción de laboratorios modernos y la financiación de las investigaciones más avanzadas; la asociación permitiría que los descubrimientos científicos, por ejemplo en el campo biotecnológico, fueran comercializados inmediatamente; el público, e incluso el Estado, se beneficiarían de la prosperidad inducida por las nuevas tecnologías en forma de crecimiento económico, de descubrimientos útiles para la sociedad, de aumento de los beneficios fiscales o de donaciones filantrópicas.

Pero no todo el mundo comparte esta manera de ver las cosas…3. Para Ronald Collins, director del proyecto de integridad científica en el Center for Science and the Public Interest, "la ciencia pierde su credibilidad (…) Los estudios sesgados y el secreto comprometen la reputación de la ciencia así como su objetivo de búsqueda de la verdad. Los profesores universitarios remunerados por la industria actúan como expertos en el Congreso y en los organismos de regulación, sin revelar sus relaciones con el mundo de los negocios. Los departamentos científicos de las universidades públicas tejen, en el mayor de los secretos, relaciones con las empresas. Las revistas médicas no ponen de manifiesto los conflictos de intereses de sus autores"4.

Asimismo Robert Reich, ministro de Trabajo durante el primer mandato del presidente William Clinton, deplora en su última obra el impacto de "la era de los buenos negocios" en el mundo de la docencia5. Búsqueda del saber, investigación desinteresada, curiosidad intelectual, quedan relegadas a un segundo plano. Los rectores universitarios, cuyo rol se asimila hoy al de viajantes de comercio, son evaluados ante todo por su capacidad para reunir fondos. Los estudiantes de las escuelas más prestigiosas consideran sus estudios como una inversión con perspectivas de "networking" y salarios siderales.

Por otra parte, mientras que en otros tiempos se daba por supuesto que las donaciones se efectuaban sin restricciones ni obligaciones, en el presente los solicitantes de ayudas deben -parafraseando una fórmula célebre- manipular simultáneamente la escudilla y el incensario6. La lógica de la "universidad mercantil" impone a las empresas que sus donaciones sean consideradas como inversiones: publicidad gratuita, elogios, respetabilidad, forman parte, lo mismo que los descubrimientos comercializables, de los beneficios que justifican el gasto7. Y toda infracción merece sanciones: recientemente, Nike suspendió su apoyo financiero a tres universidades (Michigan, Oregón y Brown) con el pretexto de que sus estudiantes habían criticado algunas de sus prácticas en determinados países pobres, especialmente en materia de empleo de niños.

Veinte años después de la aprobación de la ley Bayh-Dole, las sumas dedicadas por el sector privado a la investigación universitaria se han multiplicado por ocho y por veinte el número de patentes registradas por las universidades. Todas las universidades donde se realiza investigación poseen su "centro de gestión de patentes", destinado a maximizar sus royalties. Varios grandes establecimientos han creado filiales de capital-riesgo cuyo objetivo es invertir en jugosos proyectos. Y en momentos en que la enseñanza tradicional se encuentra convulsionada por las nuevas técnicas de "e-ducación" (educación a distancia, on line, etc.), las universidades se precipitan a firmar alianzas con el sector privado. Como subraya David Kirp, profesor de función pública en la universidad de Berkeley, "el viejo ideal de un mercado de ideas (marketplace of ideas) se ha transformado en un grotesco juego de palabras"8.

En los campus aparecen nuevos personajes: los profesores-empresarios para quienes el anclaje en la universidad ofrece la promesa de un rápido enriquecimiento. Estos universitarios dedican lo mejor de su tiempo a sus empresas comerciales. La afiliación universitaria les procura credibilidad científica, un refugio en caso de fracaso y, sobre todo, la posibilidad de privatizar los beneficios socializando los gastos (los servicios administrativos de la institución les hacen de secretariado; los que hacen el doctorado o los investigadores les sirven de "negros"). Esta práctica, muy extendida, es raramente criticada porque estos empresarios son también, muy a menudo, reputados superstars que pueden hacer que la universidad se beneficie, al menos indirectamente (en forma de legados o donaciones) de los resultados de sus iniciativas.

Pantalla de grupos industriales

Más allá de consideraciones éticas, el modelo de universidad mercantil plantea preguntas de orden político. La reflexión sobre la cosa pública se forma (y deforma), cada vez más en función de los intereses financieros de los "expertos". Organismos de investigación no lucrativos sirven a menudo de pantalla necesaria a los grupos industriales. Por ejemplo, durante el proceso Microsoft, institutos de investigación "independientes", pero en realidad financiados por el gigante digital, produjeron un montón de "estudios" destinados a influir tanto en el público como en los jueces9. Y ya se trate de la nocividad del tabaco, del efecto invernadero, de prótesis mamarias o de las virtudes de tal o cual medicamento, siempre habrá un experto capaz de "torturar las cifras" hasta arrancarles una conclusión capaz de satisfacer a los comanditarios10.

Un incidente sirve para ilustrar la deriva de la investigación esponsorizada. Charles Thomas, profesor de criminología en la Universidad de Florida, había logrado una reputación de gran especialista de la privatización de las cárceles. Testimoniando ante las comisiones senatoriales y a través de editoriales en la prensa, defendió ardientemente ese principio y sus recomendaciones fueron adoptadas a menudo, tanto en Florida como en otras partes11. Después se supo que este eminente experto estaba pagado por las principales empresas penales privadas y que él mismo era accionista de unas cuantas de ellas. Su actividad consultora le permitió embolsarse, en enero de 1999, la nada despreciable suma de 3 millones de dólares de la Corrections Corporation of America. La comisión de ética de Florida abrió una investigación. El criminólogo ofreció pagar una multa de… 2.000 dólares.

Quienes en el seno del mundo universitario hubieran debido en teoría interesarse por estas cuestiones, tienen otras preocupaciones y, por otra parte, se niegan a morder la mano que les da de comer, por tacaña que sea. En las facultades de educación tiene lugar una carrera frenética tras las últimas modas pedagógicas. Las de humanidades están sumidas en el "multiculturalismo" o la búsqueda "de identidad". Y la pasión "desconstructivista" implica que el principio mismo de una búsqueda desinteresada de la verdad ya no tiene derecho de ciudadanía. En las ciencias sociales sólo parecen contar la cuantificación, las grandes abstracciones o los debates metodológicos. En cuanto a las business schools, el principio mismo de la universidad mercantil no puede suscitar sino adhesiones.

De manera que es sobre todo en el seno de la comunidad científica y médica -en revistas como Lancet o el New England Journal of Medicine (NEJM)- donde se plantea el debate sobre las cuestiones que suscitan las relaciones entre industria e investigación. Una encuesta de Los Angeles Times revela que 19 de los 40 artículos publicados durante los tres últimos años en la rúbrica "drug therapy" de la prestigiosa revista médica New England Journal of Medicine, fueron redactados por médicos pagados por los fabricantes de los medicamentos que tenían que evaluar. Algunos subrayaron entonces la casi imposibilidad de encontrar especialistas que no estén, de una manera u otra, "mantenidos" por la industria farmacéutica. La jefa de redacción saliente del New England Journal of Medicine atacó sin embargo esta epidemia de conflictos de intereses12.

Cabe destacar el paralelismo existente entre el actual interés de la comunidad científica por los debates éticos y el "boom ético" por el que pasaron las escuelas de gestión hace quince años. Un profesor de la business school de Stanford recuerda: "Al comienzo de los años ochenta soportamos el sarcasmo de los colegas de otros departamentos, que nos reprochaban contribuir a la rapacidad de Wall Street y formar piratas y bucaneros modernos. Llegó un momento en que no podíamos seguir ignorando esas críticas. Entonces, los profesores de la business school, dijeron: "Añadamos cursos de ética a la carrera. Eso les cerrará a todos la boca". Aparecieron los códigos de deontología, los seminarios y cursos de ética. No impidieron las prácticas más dudosas, pero garantizaron la supervivencia de una indispensable buena conciencia…

  1. Eyal Press y Jennifer Washburn, "The Kept University", The Atlantic Monthly, Boston, marzo de 2000.
  2. James Engell y Anthony Dangerfield, "The Market-Model University: Humanities in the Age of Money", Harvard Review, mayo-junio de 1998.
  3. David Weatherall, "Academia and industry: increasingly uneasy bedfellows", The Lancet, Londres,6-5-2000.
  4. Ronald Collins, "Assuring truth in science a must", The Baltimore Sun, 29-8-2000.
  5. Robert Reich, The Future of Success, Alfred A. Knopf, Nueva York, 2001.
  6. El 3-5-1973, el académico francés Maurice Druon, a la sazón ministro de Cultura, declaraba que los que piden subvenciones "con una escudilla en una mano y un cóctel Mólotov en la otra, tendrán que elegir".
  7. Ver "Les riches entre philanthropie et repentance", Le Monde diplomatique, París, diciembre de 1997.
  8. David L. Kirp, "The New U", The Nation, NuevaYork, 17-4-2000.
  9. The New York Times, 18-9-1999.
  10. Marcia Angell, Science on Trial: The Clash of Medical Evidence and the Law in the Breast Implant Case, W.W. Norton, 1997; Ross Gelbspan, The Heat Is On; The Climate Crisis, the Cover-up, the Prescription, Perseus Press, 1998.
  11. Loïc Wacquant, "Aux Etats Unis, boom des penitenciers privés", Le Monde diplomatique, París, julio de 1998.
  12. The New England Journal of Medicine, Boston, 24-2-2000, 22-6-2000, 13-7-2000.
Autor/es Ibrahim Warde
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 22 - Abril 2001
Páginas:28, 29
Temas Neoliberalismo, Educación
Países Estados Unidos, España