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El kibutz Gan Shmuel resiste

Los ancianos del kibutz Gan Shmuel, dividido entre sionistas y socialistas, juzgan sin complacencia a la actual sociedad israelí desde la perspectiva de los ideales originarios que hicieron de ese país un refugio contra el Holocausto para ellos, pero también el lugar donde cumplir el sueño de una sociedad igualitaria.

De repente, la embarga la emoción y susurra con la voz quebrada: "Nuestros ideales se mueren, los gobiernos han quebrado al país". Yael Paggy sabe de lo que habla. Esta judía vienesa llegada a Palestina el 1º de abril de 1941, arribó al kibutz Gan Shmuel después de una breve permanencia en las cárceles británicas de Atlit. A los 75 años, hace su balance. Su amargura es compartida por muchos ancianos en esta comunidad, que sin embargo no fue alcanzada por la crisis que padecen varios de sus homólogos1. Pero ese sentimiento no llega al punto de apagar la llama que guió a estos hombres y mujeres, en aquel entonces adolescentes. La vida nunca tiene tanto valor como cuando se ha corrido el riesgo de perderla, como fue el caso de millones en el transcurso del genocidio nazi.

Desde la carretera parece un centro comercial, con su estación de servicio, su supermercado, sus negocios y el inevitable Mc Donald´s. Pero detrás de esa fachada se descubre un kibutz. En primer lugar, la fábrica de jugos cítricos, luego el inmenso comedor y un poco más allá, la granja, el ganado y los cultivos. Alrededor, decenas de pequeños chalets que parecen depositados sobre el césped, bordeados por árboles verdes y engalanados con flores multicolores. Con la complicidad del sol de primavera, la calma, apenas alterada por los gritos de los niños, suscita un sentimiento de serenidad. No es de extrañar que en Gan Shmuel, este bastión de los kibutz Haartzi2 (los que se ubican más a la izquierda), hasta los que escaparon por poco del infierno lleven alegremente sus setenta, sus ochenta y hasta sus noventa años; la única centenaria falleció el año pasado.

En 1935, a los 15 años, Gertrud Pelleg se fue de Wertheim (en el Bade-Wurtemberg) para radicarse en Berlín y prepararse, en un campo de los alrededores, para ir a Palestina. Una experiencia feliz, pero dura, para esta joven que provenía de "un hogar confortable, con sirvientes y chofer. Mis padres me lo habían dado todo. Con la victoria de los nazis, de pronto me echaron de la escuela a mí, la única judía de la clase. Mis mejores amigas me decían: "Eres tan rubia. ¡Lástima que no seas aria!" Mi padre, que había obtenido la Cruz de Guerra de plata en la Guerra de 1914-18, juraba que no nos pasaría nada. Ilusorio: el 9 de noviembre de 1938, en la Noche de los Cristales, fue arrestado. Liberado, llevó a mi madre a Francia, donde, en 1940, se los confinó por un año en el siniestro campo de Gurs". En cuanto a Gertrud, cuatro años antes había viajado en el buque Jerusalem desde Trieste a Haifa.

"Fue el 14 de mayo de 1942. Los alemanes habían convocado a todos los judíos del schtetl (pequeña ciudad) frente a la iglesia, con el pretexto de verificar los certificados de trabajo. El Einsatzgruppe (grupo de intervención)3ejecutó a todos. Menos a mí: tenía entonces siete años y me había escondido". En la clandestinidad hasta el fin de la guerra, Miriam Raz fue recogida por un orfanato. Desde allí, en 1946, viajó de Polonia a Alemania, donde permaneció en un campo para personas desplazadas4. Primero por tren, luego a bordo del buque Champollion, logró llegar a Palestina. "Por presión de los estadounidenses, los británicos habían otorgado mil certificados de inmigración: ¡yo era el número 1000!" Tres décadas más tarde, Miriam volvió a Wewszcyn. El alcalde, aliviado de que ella no reclamara la restitución de los bienes pertenecientes a su familia, puso cara de pocos amigos cuando se enteró de que levantaría un pequeño monumento a la memoria de las víctimas. "Fíjese", dice mostrando una fotografía del memorial prudentemente rodeado por una reja. "Después de mi muerte, ¿quién se ocupará de él?".

Sara Kain también llegó en 1946. Pero entre su ciudad natal de Kosice, pasando por Eslovaquia hasta Gan Shmuel, estuvo en Auschwitz de 1943 a 1945, incluyendo la "marcha de la muerte", en la que sucumbió la mitad de los pocos supervivientes del campo. "Cuando me liberaron, pesaba treinta y siete kilos". Es lo único que reveló de esta dura experiencia. ¿Acaso eligió a Palestina por una convicción sionista? Se encoge de hombros. "¿Adónde quería que fuera? Estaba sola. Como única familia, sólo me quedaban un hermano y una hermana, que ya se habían instalado aquí desde antes de la guerra".

Salió de Austria en noviembre de 1939 y llegó a Palestina para la Pascua de 1941: a sus 75 años cumplidos, Joseph Kohn recuerda la odisea del "transporte de Kladovo". Llegado a esa ciudad yugoslava, el grupo penetró en Bulgaria para llegar al Mar Rojo, ¡pero no había ningún barco! Vuelta a Kladovo, luego a Sabac, por un período de quince interminables meses de espera. En marzo de 1941, provistos de valiosos certificados, los niños pudieron al fin embarcarse hacia Palestina: "Justo a tiempo: en el otoño de 1941, y luego en la primavera de 1942, nuestros padres murieron en los camiones de gas"

La edad, el origen, la espera en Yugoslavia, la llegada en la primavera de 1941: todo une a Yael Paggy y Joseph Kohn. Pero en cuanto a ella, sus recuerdos más traumáticos datan de antes del viaje. "Después del Anschluss, en 1938, los judíos fueron obligados a limpiar, de rodillas, las calles de Viena. ¡Semejante horror no podría suceder aquí! exclamó una tía alemana judía al enterarse. En Austria, la represión antisemita se desarrolló demasiado rápidamente como para dejar lugar a tales ilusiones". El hermano de Yael, Joseph, responsable del movimiento de juventud sionista socialista Hashomer Hatzair, debió encontrarse regularmente con Adolf Eichmann, quien impulsaba a los judíos a emigrar, antes de organizar su deportación. Llegó la Noche de los Cristales: sinagogas incendiadas, negocios destruidos, detenciones; entre otras la del hermano, quien permanecerá en Dachau seis meses… Cuando se declaró la guerra, Joseph pudo por fin reunirse con Yael, quien había permanecido escondida en casa de unos campesinos, para viajar hacia la "tierra prometida".

Un refugio y los sueños

¿Cómo olvidar semejantes itinerarios? El tiempo transcurrido no mitigó en nada la crueldad de este pasado. Pero resurge, tan embriagadora como entonces, aquella felicidad que llenaba el pecho de los pioneros que desembarcaron aquí para dar vida a los ideales de los que Gan Shmuel, desde su fundación, en 1921, se considera uno de los florones.

"Fue Hitler quien hizo de mí un sionista", reconoce honestamente Joseph Kohn. "Nacido en una familia asimilada, hijo de un militante socialista comprometido en la lucha clandestina contra el fascismo austríaco, nunca había pensado siquiera en Palestina. Hasta 1938". Su caso no es excepcional: en 1933, menos de 200.000 judíos residían en Palestina; en 1939, eran 430.000 y en 1947, 600.000. Denunciando a los partidarios árabes de Roger Garaudy, el intelectual estadounidense-palestino Edward Saíd habría de arremeter, llegado el momento, contra "esa visión simplista de intelectuales "bien pensantes", que se niegan a ver el vínculo que existe entre el Holocausto e Israel"5. Indiscutiblemente, el genocidio transformó la idea de Estado judío, marginada por largo tiempo, en una solución para los problemas de cientos de miles de sobrevivientes y le confirió, a pesar de sus injusticias para con los árabes palestinos, una legitimidad que convencería a una mayoría de Estados miembros de la joven Organización de las Naciones Unidas6.

"¿Quién quiere -y quién puede- garantizar que lo que nos ocurrió en Europa no volverá a ocurrir? ¿Puede la conciencia humana liberarse de toda la responsabilidad en esta catástrofe? Queda una sola solución: una patria, un Estado"7, argumentaba David Ben Gurión, entonces jefe de la Agencia Judía ante la Comisión de averiguaciones de la ONU. Propaganda sin dudas, pero una propaganda fundada en la realidad que encarnan los ancianos de Gan Shmuel. Cuando se cerraron todas las fronteras, ¿dónde podían refugiarse? ¿Dónde debían reconstruir su vida?8.

Como Sara Kain, Miriam Raz confiesa sin rodeos que "El kibutz fue mi primer hogar después de siete años de angustia y de miseria". Lo mismo que ellas, la gran mayoría de los inmigrantes de entonces -y muchos de los que siguieron- consideran al Estado judío primero como un refugio y sólo en segundo término como el lugar donde realizar el "sionismo socialista". De hecho, si bien aquí casi todos invocan al socialismo, todos matizan, haciendo hincapié unos en el sionismo, otros en el socialismo.

Gertrud Pelleg, hija de burgueses, deseaba "Palestina, no el comunismo". Joseph Kohn, hijo de militantes obreros, soñaba con "el socialismo, y no con el sionismo, con una patria para los judíos, pero dentro de un marco socialista inspirado en la Unión Soviética, con el kibutz como laboratorio de una sociedad fundada en el trabajo, la educación, y por supuesto, la igualdad". Se observa el mismo radicalismo en la posición de Alexandre Altyzer, un suizo de origen ucraniano llegado directamente en 1948, a los 18 años: "Mi ideal era socialista, no judío. Quería vivir de manera distinta, una vida colectiva, de trabajo y de participación".

La cuestión árabe

Iamima Eshed, una sabra9 de origen ruso nacida en Jerusalén, confiesa: "No me sentía en armonía con el Hashomer Hatzair, que me parecía estalinista. Pero mi marido pertenecía a él, y lo seguí…". En cuanto a Yael Paggy, hizo una elección: lo mismo que su hermano, quería "cambiar el mundo… y a los judíos. Después de siglos de discriminaciones, la estructura judía formaba una pirámide invertida que la actividad agrícola debía volver a poner al derecho". Más prosaicamente, Naomi Levy, la primera niña nacida en el kibutz, recuerda haber crecido en una atmósfera de grupo, "donde los niños decían "nosotros", y no "yo".

Para el checo Zeev Hadar, llegado en 1936, sionismo no rima con comunismo. "Los soviéticos pretendían que su revolución resolvería el problema judío: era innecesario un Estado en Palestina. Yo nunca creí eso. Frente a las amenazas, tanto hitleristas como estalinistas, solamente un movimiento judío específico podía arrancar a nuestro pueblo a su destino trágico y permitirle regenerarse en su propio Estado. El kibutz nutrió a Israel, pero también nos enseñó a vivir juntos del trabajo productivo, así como a compartir sus frutos". A la inversa, Jaim Margalit y su mujer Shoshana, ambos sabras, tenían "el sentimiento de construir una sociedad liberada de las taras del capitalismo. Y la esperanza de dar vida a un hombre nuevo". Expresión característica: "Nos guiamos por el ejemplo de la Unión Soviética, donde Stalin hacía realidad nuestros sueños". Comentario de su mujer: "Todo estaba tan claro. Pensábamos mediante consignas. Teníamos una misión superior".

Pero existe al menos un anciano en Gan Shmuel que no se deja impresionar en absoluto por este discurso. De hecho, nadie menciona su nombre allí. Y con razón. Ilan Halevi, ya influido por la extrema izquierda a fines de la década de los ´60, llevó sus convicciones hasta sus últimas consecuencias: desde hace más de veinte años trabaja en la dirección de la Organización por la Liberación de Palestina (OLP). Entrevistado en París, resume así su concepto: "¿El kibutz? Un falansterio colonial, fundado en una mentira constitutiva".

A los ancianos, por lo general locuaces, no les gusta abordar "la cuestión árabe". En el plano teórico, pertenencia al Hashomer Hatzair mediante, todos habían preconizado en algún momento una Palestina binacional donde judíos y árabes cohabitarían. Pero esta generosidad, ya olvidada, se desvaneció por completo con la guerra de 1948. Si bien los combates no afectaron a Gan Shmuel, no fue éste el caso del pueblo contiguo de Cherkass. Según el historiador Benny Morris10, confirmado por varios testimonios, el kibutz ayudó a la Haganah a echar a los habitantes árabes que no habían huido, luego confiscó sus tierras y, tres años más tarde, arrasó con topadoras lo que quedaba de sus casas…

¿Quién lo recuerda? Para Yael Paggy, "los árabes se fueron, no los echamos". Naomi Levy, totalmente de acuerdo, agrega que la restitución de las tierras era imposible, dado que "no les pertenecían. De todos modos, esto hubiera planteado demasiados problemas". En cambio, Gertrud Pelleg se acuerda de aquella "sensación desagradable" frente a esa partida que "le recordaba la deportación de los judíos". Ningún estado de ánimo particular al respecto en el caso de Joseph Kohn. "El que dispara el primer tiro debe afrontar las consecuencias". Jaim Margalit, el único en acordarse de todos los detalles, defiende, con una vehemencia sospechosa… la tesis de la partida voluntaria. "Lo niegan, pero saben", reconoce Rafi Askenazi, uno de los responsables del kibutz.

1963: una joven pareja desea integrarse a Gan Shmuel. Pero Silvia es judía y Rashid árabe; además originario… del pueblo "olvidado". "Después de varios meses de arduos debates, la mayoría se negó; especialmente aquella vieja generación cuyo proyecto supuestamente binacional excluía de hecho al otro pueblo de Palestina. Peor aún: los líderes del Mapam, que proclamaban la fraternidad de los pueblos a todos los vientos, actuaron con todo su peso en contra de la aceptación", cuenta el sociólogo "bourdieusiano" Reuven Shapira.

Contrariamente a los acontecimientos de 1948, este traumatismo no fue relegado a lo más profundo del inconsciente: aún alimenta las pasiones. Si bien la gran mayoría lamenta la decisión adoptada (para Rafi Ashkenazi tanto como para numerosos jóvenes que tenían por aquel entonces veinte años, "ese día Gan Shmuel traicionó su ideal de coexistencia entre judíos y árabes…"), algunos no dan su brazo a torcer. Jaim Margalit minimiza sin embargo su negativa, motivada por consideraciones estrictamente "personales", ya que "no tiene ninguna simpatía" por Rashid… Shoshana lo interrumpe: "El problema no era personal, sino ideológico. Rechazar a Rashid era ceder a la paranoia de gente dispuesta a todo, so pretexto de supervivencia del pueblo judío". Así lo prueba la posición de Sara Kair, quien insiste: "Estaba en contra y sigo estando en contra, por miedo a sentar un precedente". Curiosamente, Sara se alegra del éxito de las parejas mixtas formadas con los voluntarios goy (no judíos), ¡pero escandinavos!

En 1972, Udi Adiv, hijo de uno de los fundadores del kibutz, fue arrestado cuando volvía de Damasco y condenado por "espionaje a favor de Siria" a 17 años de prisión, de los cuales cumplió doce y medio. "Para mí, lo mismo que para muchos jóvenes, la guerra de 1967 y sus consecuencias habían representado un verdadero impacto. Había descubierto la hipocresía del Mapam, su nacionalismo, su negativa a cualquier solidaridad con los palestinos. Cuando era estudiante, quise por ende entrar en contacto directo con ellos. Y fue así como de encuentros secretos en reuniones clandestinas, me hallé -estúpidamente- en Damasco. Es inútil decir que no suministré ninguna información a los sirios". Con la distancia, lamenta su amateurismo y su candidez, pero no así su compromiso: "¿acaso el diálogo israelí-palestino no derivó en 1993 en los acuerdos de Oslo?" En el kibutz, algunos todavía comparan su "traición" con el "heroísmo" de Uri Ilan, un hijo de la comunidad que habiendo caído en manos de los sirios en 1954, prefirió suicidarse antes que hablar. Sin embargo, la mayoría de los miembros del kibutz reciben "amistosa o cortésmente" al ex apestoso, devenido precursor.

Desestalinización

La historia de Gan Shmuel está llena de escándalos, tanto del lado sionista como del lado socialista. 1952: entre los acusados del juicio Slansky, en Praga, figura Mordejai Oren, un dirigente del Hashomer Hatzair quien coordinara con los dirigentes checos, en la guerra de 1948, la ayuda militar masiva del campo comunista a las fuerzas judías. En el seno del kibutz, dividido, "unos, ciegamente prosoviéticos, querían creer que Oren era en verdad un espía, otros, sionistas ante todo, no podían tragarse ese sapo", recuerda Yael Paggy. Según Shoshana Margalit, este enfrentamiento provocó -cuatro años antes del vigésimo Congreso del Partido Comunista soviético- la "desestalinización" de los pioneros, al costo de una "terrible humillación de gente aferrada a su causa". Una reciente revelación del diario Haaretz11 reflejó la dimensión de este amor desmedido por la URSS: el descubrimiento de cartas a los jóvenes de un pueblo soviético que hiciera famoso el pedagogo Anton Makarenko, que el profesor Benjamín Greeboim, el verdadero ideólogo del kibutz, había hecho escribir en 1951 a sus alumnos: "Pertenecemos a uno de los más antiguos kibutz en Israel", escribía por ejemplo Nadav Mermelstein.; "seguimos a Rusia en casi todo, pero nuestro gobierno quiere seguir a Estados Unidos".

Nueva crisis en 1995: en las elecciones legislativas, el Partido Comunista consigue seis votos en Gan Shmuel. "Un verdadero terremoto", recuerda Jaim Margalit. En la Federación de los Kibutz Haartzi, grandes preparativos de combate: el "patrón", Yacov Hazan, se desplaza para excomulgar a los culpables y logra, después de un debate tormentoso, dos exclusiones. "En esa época, yo no era comunista, sino cercano al Moshe Sneh, que habría de unirse más adelante al PC", explica una de las "víctimas", Matityahu Mintz, devenido etnólogo renombrado de la Universidad de Tel Aviv. "Además, ejercía influencia sobre una docena de miembros del kibutz". Para explicar la agresividad de los responsables, el profesor invoca "el anticomunismo específico del Mapam, que se consideraba como un partido revolucionario y temía cualquier competencia a su izquierda". Yael Paggy confirma que "los seis votos de 1955, tuvieron un efecto de "trapo rojo" para los ancianos que tenían un complejo en lo referido al partido comunista, en pleno desarrollo "ilegal" en el kibutz". Hace una pausa. "Ahora nos reímos, pero no puedo olvidar que mi marido y mis amigos votaron a favor de las exclusiones".

¿Arcaísmo o fuente de futuro?

Pero el ideal de los ancianos de Gan Shmuel, afectado, mancillado, quebrantado, sigue sin embargo clavado en sus corazones. En relación con ese ideal juzgan a la sociedad israelí contemporánea. Sin la menor complacencia. A este cuadro negro común, del que ciertamente no renegarían los virulentos antisionistas, cada cual agrega su propio toque.

En este "Estado totalmente loco", Yael Paggy ya no encuentra nada de aquella vida humilde pero solidaria y cálida de los primeros años. Deplora la desaparición de "las relaciones humanas, la ayuda mutua, el recibimiento a los inmigrantes". Sara Kain se queja especialmente de la violencia: "Hay tantos asesinatos y robos que esto se parece a Chicago". Curiosamente, en este punto, ella tampoco mencionará el asesinato de Itzhak Rabín… Gertrud Pelleg, que visita con regularidad a su hermana en Estados Unidos, está sobre todo impresionada por la "americanización", que ella caracteriza como un "incremento del individualismo, insoportable en una sociedad que siempre pretendió estar fundada en el interés común".

Materialismo contra ideología. Esta es la clave, según Miriam Raz: "Antaño, formábamos una sociedad selectiva de hombres y mujeres que compartían un mismo sueño, que no ponían mala cara frente el sacrificio y que daban prioridad a la dignidad de la vida por encima del confort". De tal manera que la niña del shtetl salvada por milagro se siente a veces como una "extraña" en este Israel "donde sólo importa llegar a rico". Zeev Hadar tampoco entiende esta lógica. "La auténtica riqueza no está en el dinero, sino en la literatura, la música, el teatro y por ende en la educación, los que lamentablemente son víctimas de esta carrera hacia el dinero".

A la cabeza de las taras actuales, ubican la explosión de las desigualdades. Todos los ancianos sin excepción así lo denuncian. Como Alexandre Altyzer, que pone en guardia contra las estadísticas oficiales: "Cuando se habla de salario promedio, sepa que incluye la remuneración del director, que gana 100.000 shekels (unos 24.000 dólares) por mes, y la de sus obreros o empleados, que ganan 2.000 shekels (unos 500 dólares). Sin olvidar el dinero para gastos menudos entregado a los inmigrantes no judíos, en general 20 shekels (5 dólares) por mes…"

Esta polarización entre ricos y pobres, contraria a la ética misma de una sociedad tradicionalmente igualitaria, alimenta otra dimensión, unánimamente deplorada, de la evolución israelí: sus crecientes divisiones. Signo de los tiempos, el conflicto más frecuentemente citado opone a laicos y religiosos. "Ya no es Israel, sino Irán", expresa Jaim Margalit, quien ve en el Rabino Ovadia Yosef a un Ayatola Jomeini clonado. Y que acusa a su partido, el SHAS, de uno de los tres crímenes que, de acuerdo a la tradición judía, merecen la muerte: el paganismo "¿Cómo calificar si no el sistemático recurso a las medallas y los amuletos?". Pero este ex periodista explica ante todo el ascenso de los ultraortodoxos sefardíes por los estragos cometidos por el "capitalismo cruel" (que ejemplifica en George Soros) entre los judíos árabes. En Gan Shmuel, este tema no tiene eco alguno. Cuando evocan las discriminaciones que castigan a los judíos orientales, los ancianos precisan a menudo que son "supuestas". Es cierto que provienen de Alemania, de Austria y de Checoslovaquia…

"Supercapitalismo": éste es el diagnóstico de Joseph Kohn, que ve en ello una amenaza mortal para Israel. Elisha Eshed califica de "hielo candente" el proyecto sionista mismo que pretendía entremezclar armoniosamente socialismo y capitalismo. Naomi Levy ubica este viraje en 1967 y explica que "la Guerra de los Seis Días nos embriagó. Hasta el movimiento kibutziano se convenció de que en adelante todo era posible. Arabes y judíos iban a convivir: para los primeros, el trabajo, para los segundos, el dinero fácil. De hecho, los judíos se enriquecieron a costa de esa mano de obra barata, pero también gracias al flujo de capitales estadounidenses. Israel se convierte de esta manera en un "milagro" realizado por Dios para nosotros, prueba de nuestros derechos sobre esta tierra. Hecho anteriormente impensable, el "Gran Israel" justificó nuestra negativa a restituir los territorios. Pero la ocupación tiene un precio para el ocupante: lo corrompe".

A veces el periodista, aun decidido a acorralar a sus interlocutores, duda. Interrogar a los ancianos de un kibutz sobre la evolución de la sociedad israelí equivale a confrontarlos con el fracaso de su propia vida. La crisis misma de los kibutz los afecta personalmente. Por cierto, la prosperidad de Gan Shmuel protege a sus miembros de esa miseria donde vegetan otras colectividades y permite una reflexión más serena. Pero nadie, ni siquiera aquí, puede excluir la eventualidad de la desaparición de estas fortalezas "sionistas socialistas".

Ofer Kol, vocero de los primeros, resume: "Los 83 kibutz Haartzi y los 160 del movimiento prolaborista Takam han acumulado aproximadamente unos 714 millones de dólares en deudas, una buena parte de ellos como consecuencia de las operaciones especulativas de los años "80. Pero agrupan aún a 300.000 miembros y asociados, o sea el 5% de la población del país, proveen el 50% de la producción agrícola y un alto porcentaje de los oficiales del ejército. Lo cual muestra cuál es la apuesta en este debate". Píldoras amargas, que los ancianos ya han tenido que tragarse: el desarrollo de las actividades industriales provocó el recurso a mano de obra extranjera, la irrupción del individuo dentro del colectivo se tradujo en un retorno de los hijos a la casa de sus padres y en el desembarco del automóvil tanto como de la televisión. "Esta vez, cada kibutz sabe que su supervivencia dependerá de sus decisiones. Unos están aferrados a las reglas colectivistas, otros consideran renunciar completamente a ellas. Algunos se quedan a medio camino, negándole por ejemplo a sus miembros el derecho de trabajar en el exterior, pero implementando salarios en el interior".

No hace falta ser sabio para adivinar hacia qué solución se inclina Gavril Bar Guil, el presidente de los kibutz Haartzi. Entrevistado por su teléfono celular, en su automóvil de funcionario, maneja con soltura un lenguaje estereotipado: "Debemos ubicar al individuo en el centro, preservando nuestros valores colectivos, y mantener la igualdad, pero relacionar el salario con el trabajo", en resumen "seguir siendo un kibutz, pero integrándose a la "aldea global"… En Gan Shmuel, los ancianos piensan distinto. Admiten que no se puede, so pena de muerte, cerrar los ojos ante los cambios acaecidos en Israel y en el mundo. Pero aspiran a preservar la identidad fundamental del kibutz.

Otro objetivo, otro método. La mayoría de las comunidades en dificultades se garantizaron los servicios de asesores económicos, que por supuesto les sugirieron privatizar los bienes del kibutz, suprimir los servicios brindados gratuitamente a sus miembros, introducir salarios y jerarquizarlos, etc. En cuanto a Rafi Ashkenazi, para acompañar a los miembros de Gan Shmuel en su introspección, acudió a un filósofo, Assa Kasher, quien explica: "No estaba allí para decirles lo que les convenía hacer, sino para ayudarlos a encontrar un equilibrio entre continuidad y cambio, con el fin de que su modelo siga siendo atractivo para sus nietos. Gracias al cuestionario y a las entrevistas que llevamos a cabo, se desprende una nueva aproximación, en torno a tres temas: necesidad, responsabilidad, libertad. Al primero, le corresponde la base económica. ¿Pero el bienestar de las personas de edad avanzada, la educación, el hacerse cargo de las necesidades de los jóvenes, compete a la colectividad o a cada cual?¿ Y hasta dónde debe llegar la libertad de los miembros? De ello deriva la perspectiva de adoptar una Carta de Derechos de los miembros, pero asimismo de tornar más transparente y consesuada la administración del kibutz. En resumen, el futuro pasa no por la propiedad privada, sino por la libertad".

Suponiendo que los kibutz tengan un futuro. En el linde del siglo XXI, ¿acaso se puede -se debe- preservar estos "islotes del socialismo en un océano capitalista", evocados por Yacov Hazan en los años 50? "Es un error creer que el capitalismo, por ser hegemónico, va a eliminar al kibutz", contesta Assa Kasher. "Una sociedad como la nuestra genera tantas injusticias que lleva a sus víctimas a pelear por la justicia. Un vivero para el mañana. ¿Por qué capitular? El kibutz constituye más que nunca una alternativa creíble, si se renueva en el marco de la fidelidad a sus propios principios.¿Una isla? Más bien una fuente de valores para el mañana".

Rafi Ashkenazi opina que esta batalla está bien encarada en Gan Shmuel. "Quizás soy el último responsable en el mundo que piensa que los seres humanos no son malos y que todavía pueden vivir juntos y en igualdad", afirma, medio en broma, medio en serio. "Para el capitalismo, la educación, la cultura, la salud y la jubilación representan dinero perdido: cada uno debe asumir sus propias responsabilidades y mala suerte para quien no tiene los medios para tenerlos. Nosotros nos negamos a abandonar a la gente a su suerte. ¿Arcaico? Al contrario, la sociedad que defendemos aquí, a nuestra manera, es la del futuro".

Aquí y ¿quién sabe?, en otras partes. Porque muchas miradas, en Israel, están fijadas en esta versión local de la aldea de Asterix. Queda por determinar si resulta verdaderamente posible, tal como lo sugería Joseph Kohn, el "rojo", "separar el kibutz del país, para evitar que degenere como él"…

  1. Amnon Kapeliuk, "La décadence des kibboutzisraéliens", Le Monde diplomatique, agosto de 1995.
  2. Los kibutz Haartzi, fundados por el movimiento de juventud sionista socialista Hashomer Hatzair (El joven guardián), estaban al principio vinculados con el partido Manam, creado en 1948, que se fusionó en 1992 con otras dos formaciones de izquierda, para dar origen al partido Meretz.
  3. Los "grupos de intervención", encargados a partir del verano de 1941 de la masacre de civiles en los territorios ocupados por la Wehrmacht, exterminaron a más de un millón de judíos.
  4. Estos campos, instalados en las zonas occidentales de Alemania y en Austria, reagrupaban en 1946 a más de 250.000 judíos que no podían -o no querían- volver a su país de origen.
  5. Edward Said, "Israel-Palestine, une troisième voie", Le Monde diplomatique, París, agosto de 1998.
  6. El 29-11-1947, la Asamblea General de las Naciones Unidas decidió, por 33 votos contra 13 y 10 abstenciones, la creación de un Estado judío, de un Estado árabe y de una zona internacional para Jerusalén y los Lugares Santos
  7. UNSCOP, Report to the General Assembly, vol.III, Annex A, UN Lake Succes, 1947, p. 21.
  8. De 1940 a 1948, Estados Unidos sólo concedió 57.000 visas para los judíos europeos.
  9. Este término, sobrenombre dado a los israelíes nacidos en Israel, señala en hebreo el fruto del cactus: punzante por fuera y suave por dentro…
  10. Leer de Benny Morris, The Birth of the Palestinian refugee problem, Cambridge University Press, Cambridge, 1987.
  11. Tel Aviv, 25-4-00.
Autor/es Dominique Vidal
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 14 - Agosto 2000
Páginas:25, 26, 27
Traducción Dominique Guthmann
Temas Conflictos Armados, Genocidio, Políticas Locales, Judaísmo
Países Estados Unidos, Alemania (ex RDA y RFA), Austria, Bulgaria, Eslovaquia (ex Checoslovaquia), Francia, Polonia, Rusia, Yugoslavia, Israel, Palestina