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Recuadros:

Chile, ingenuidad e ideología

El gobierno chileno dio un viraje a favor del ALCA y contra la perspectiva de integración al Mercosur, pese a las crudas razones económicas que muestran la inconveniencia de admitir las imposiciones de Estados Unidos, a cambio de una dudosa promesa de tratamiento diferencial para su incorporación al TLC.

Para la dirigencia política chilena el logro máximo de sus aspiraciones en materia de política económica internacional ha sido alcanzar un Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos. Sin embargo, sucesivos gobiernos habían llevado a cabo una política de inserción internacional mediante tres vías complementarias: una apertura unilateral y no discriminatoria con el exterior, a través de la significativa reducción de las tarifas arancelarias; la firma de acuerdos de complementación económica y tratados de libre comercio con diversos países, en los años ´90; finalmente, en el ámbito multilateral, la participación activa en la Ronda Uruguay del GATT-OMC, así como el APEC y el ALCA.

Aquel objetivo central, aparentemente descartado por el gobierno del presidente Ricardo Lagos, se coloca nuevamente en la prioridad de la agenda nacional a partir de fines de noviembre del año pasado: Chile reinició confidencialmente conversaciones con la Casa Blanca, hasta lograr la formalización de negociaciones para avanzar en un TLC con Estados Unidos.

Los dos intentos anteriores terminaron en un rotundo fracaso, con costos significativos en recursos humanos y financieros. Parece curioso que las autoridades chilenas, con el mismo equipo técnico en lo esencial, se embarquen nuevamente en una compleja negociación sin evaluar las razones de aquel fracaso. Más significativo aún es que el nuevo intento negociador se realice sin el famoso fast track y que su anuncio haya sido en la víspera de un cambio de gobierno en Estados Unidos.

Las conversaciones de principios de la década pasada se insertaban en el marco de las negociaciones de la Ronda Uruguay del GATT (General Agreement on Trade and Taxes, Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio). Todo indica que Estados Unidos, en esa oportunidad, tentó a las autoridades chilenas con la posible incorporación al TLC con el propósito de fortalecer su posición negociadora en la Ronda Uruguay. De esta manera, un Chile encandilado con acceder al TLC hizo concesiones injustificadamente generosas en propiedad intelectual, servicios y especialmente con la consolidación arancelaria, favoreciendo así la posición estadounidense.

Después de casi 10 años, con la elección de un presidente socialdemócrata, se esperaba que cambiaran las líneas de política internacional chilena. De hecho, en junio del 2000 el presidente Lagos manifestó su compromiso de adhesión plena al Mercosur. Pero al poco tiempo el nuevo ofrecimiento de Estados Unidos para iniciar negociaciones formales fue irresistible para las autoridades chilenas. El entusiasmo hizo olvidar a la Cancillería que debía explicaciones a sus vecinos por haber retrocedido en el Mercosur en favor de Estados Unidos, lo que produjo un deterioro -que aún persiste- en las relaciones políticas, especialmente con Brasil. Tampoco fue casual que Estados Unidos realizara su propuesta semanas antes del encuentro de Florianópolis, en un evidente intento de debilitar el Mercosur y así cerrar toda posibilidad de que se constituyera un bloque sudamericano para negociar con Estados Unidos en el marco del ALCA.

Así como en el pasado Estados Unidos ejercía su hegemonía para reafirmar su posición negociadora frente a Europa en el marco de la Ronda Uruguay, ahora es indudable que el inicio de conversaciones de un TLC con Chile busca fortalecer su posición en las negociaciones del ALCA para debilitar una eventual postura común de los países del Sur. La política de Chile sólo se puede explicar como una mezcla entre ingenuidad e ideología, característica de la política comercial chilena de los últimos años.

Por lo demás, no están nada claros los beneficios concretos de una negociación bilateral con Estados Unidos. Mientras Chile tendrá que reducir sus aranceles del promedio de 8% con el cual ingresan los productos de Estados Unidos, éste tendrá que reducir su arancel promedio con el cual ingresan los productos chilenos aproximadamente un 1%. Es improbable que la rebaja en el escalonamiento arancelario de algunos productos manufacturados genere un incremento sustantivo en las exportaciones a Estados Unidos.

Parece difícil que Washington desmantele el sistema antidumping estadounidense -el mayor instrumento de protección comercial de ese país- a instancias de Chile o que Estados Unidos se comprometa con un sistema de solución de controversia bilateral que limite su soberanía. En lo que respecta al tema agrícola, mientras los negociadores estadounidenses exigirán la eliminación de las bandas de precios1, es improbable que accedan a disminuir los cuantiosos subsidios que Estados Unidos otorga a su sector agrícola. Es ingenuo pensar que el reducido poder de negociación de Chile pueda modificar el marcado proteccionismo de la política comercial estadounidense.

A cambio de ello, Chile deberá reducir sus aranceles, desmontar sus bandas de precio, proteger los derechos de propiedad estadounidenses y comprometerse a abrir la cuenta de capitales. Probablemente se le pedirá eliminar el encaje2 y por tanto renunciar a mantener instrumentos de política que permitan reducir su vulnerabilidad externa. Además Estados Unidos exigirá sin duda el compromiso de no gravar transacciones de comercio electrónico, protegiendo por lo tanto la competitividad internacional de su industria. Todo lo cual se parece mucho al intercambio de oro por collares de vidrio, del cual hay larga experiencia desde la Conquista.

Lo más curioso, sin embargo, es que en general existe acuerdo con los demás países de Sudamérica -el Mercosur en particular- respecto a los temas de negociación con Estados Unidos: los subsidios agrícolas, el sistema antidumping, el escalonamiento arancelario y un sistema de controversia más equilibrado, son todas concesiones a lograr; mientras que un mayor control nacional sobre la cuenta de capitales, el comercio electrónico y propiedad intelectual son concesiones a evitar. Por lo tanto una negociación en bloque del Mercosur con Estados Unidos al interior del ALCA tendría, sin duda alguna, mayor peso que una negociación bilateral con el país del Norte.

La insistencia en un TLC con Estados Unidos demuestra su sesgo ideológico. Un TLC con Estados Unidos reafirma una estrategia de desarrollo basada en la sobreexplotación de los recursos naturales, la contaminación ambiental, la concentración económica en unos pocos grupos y la distribución desigual de los beneficios del crecimiento, todas características del desarrollo económico reciente de Chile.

Un alto porcentaje de la canasta exportadora está constituida por recursos naturales, estructura que se ha mantenido básicamente constante en la década de los noventa. El principal destino de las exportaciones chilenas es Estados Unidos: 3.183 millones de dólares exportados en el 2000, el 17% del total de las exportaciones. De éstas, más del 30% son recursos naturales sin ningún tipo de procesamiento. Pero Chile exporta 1.709 millones de dólares a los países de Mercosur, de los cuales sólo el 19% son recursos naturales y el resto productos industriales y recursos naturales procesados. Chile exporta 630 millones de dólares de productos manufacturados al año a los países de Mercosur, más del doble que a Estados Unidos. Por otra parte, las dos terceras partes de las inversiones de Chile en el exterior se dirigen al Mercosur.

  1. Una sobretasa a la importación de algunos productosagrícolas para corregir el efecto de subsidios en el mercado deorigen.
  2. Impuesto al capital especulativo, hoy día en cero, pero que llegó hasta el 30% en los ´90.

Estados unidos y la Unión Europea confrontan en Sudamérica

Bilbao, Luis

¿ALCA o Mercosur? ¿Estados Unidos o Unión Europea? ¿Librecambio o proteccionismo? Un debate paradojal confunde a técnicos y dirigentes políticos mientras los acontecimientos avanzan a mayor velocidad que la interpretación de las fuerzas que los ponen en movimiento. Una paradoja consiste en que las propuestas de diferentes áreas de libre comercio en realidad son formas de proteccionismo ampliado: Estados Unidos quiere alambrar Sudamérica y la UE pretende impedirlo para tender su propio cerco. Otra paradoja no menos dolorosa es que personas progresistas se dejan a menudo atrapar en la imposible opción de alinearse con Estados Unidos contra los más elementales derechos de sus pueblos, o ir contra aquél sumándose a fuerzas retrógradas que proclaman abiertamente o tienden sin sutilezas hacia un nacionalismo de inequívoca filiación ultrista.

Lo cierto es que el 20 de abril el presidente estadounidense George W. Bush tiene en la reunión de Quebec el cometido de sellar la vigencia del ALCA para el año próximo, tres años antes de lo previsto en los planes más ambiciosos. Era previsible esta aceleración por parte de las autoridades de Washington1. Y ahora está a la vista el reacomodamiento de los actores en todos los escenarios del mercado mundial. Mientras la economía global estuvo signada por una dinámica de crecimiento en Estados Unidos, la respuesta ante la opción entre un área de mercado libre de Alaska a la Patagonia con obvia predominancia de Washington, o un reducto de circulación mercantil sin trabas a escala suregional, pudo resolverse con el simple recurso de tildar de improcedente la contradicción y explicar a la instancia menor como palanca efectiva e imprescindible para negociar en el ámbito mayor. Pero la lógica formal es insuficiente para aprehender el complejo juego de fuerzas internacionales, y las fórmulas eclécticas se deshacen cuando llega la hora de la verdad. Pues bien, de la mano de la crisis económica estadounidense, esa hora ha llegado.

En pocas semanas o meses, se ha trabado y amenaza con estallar un mecanismo armado y aceitado durante 16 años desde que en 1986 dieran el primer impulso los presidentes Raúl Alfonsín de Argentina y José Sarney de Brasil, al que pronto se integrarían Uruguay y Paraguay. Con el Tratado de Asunción, en 1991, se establece formalmente el Mercosur. En 1994 el Protocolo de Ouro Preto dio forma institucional al acuerdo y dejó sentada la voluntad de los gobiernos de entonces de arribar a una unidad aduanera. Dos años más tarde se sumarían como asociados Chile y Bolivia. Esa dinámica se ha invertido y el Mercosur oscila entre un salto muy audaz hacia adelante, o la inexorable extinción.

Tras estos dos movimientos de sentido contrario hay fuerzas objetivas. Pero también lineamientos políticos. La tendencia hacia la integración económica no ya hemisférica, sino planetaria (algo emparentado aunque diferente de lo que vulgarmente se conoció como globalización) resulta de la lógica del sistema, es inexorable y, en un sentido histórico, progresiva. Ya hace dos siglos quien le diera carácter de ciencia a la Economía Política, Adam Smith, observaba que la existencia de monedas nacionales era un signo de barbarie vigente y promovido por los países más avanzados. Más recientemente, el presidente cubano Fidel Castro afirmaba que "oponerse a la globalización es como oponerse a la ley de gravedad".

La incógnita, por tanto, no está entre ALCA o Mercosur, sino en las causas y los objetivos por los cuales Estados Unidos intenta acelerar la consumación del ALCA. Para observarlas, basta ver por un lado el curso de sus relaciones económicas y políticas con la Unión Europea y recalar por un instante en la reunión de presidentes convocada por Brasil a mediados del año pasado, en el preciso momento en que el entonces presidente de Estados Unidos desembarcaba en Bogotá para implantar su estrategia sudamericana con siderales inversiones militares y el marbete de Plan Colombia.

Al día siguiente, el 1 de septiembre de 2000, con silencios y estridencias, los presidentes sudamericanos firmaron una declaración en la cual se reivindicaba "el espacio ampliado" constituido por la confluencia del Mercosur y la Comunidad Andina de Naciones (CAN), encaminada a la constitución de un ALCSA (Área de Libre Comercio Sud Americana), propósito que, si bien de palabra se esgrimía como instrumento para mejor negociar el ingreso al ALCA, de hecho constituía una estrategia alternativa a la diseñada por el Departamento de Estado. En este plan gravitaron sobre todo los presidentes de Brasil, Fernando Henrique Cardoso y de Venezuela, Hugo Chávez. Pero basta observar la presencia y los gestos de varios de los restantes protagonistas, y compararla con su suerte desde entonces, para concluir cuánto hay en juego en este cruce de caminos.

Hay otros protagonistas clave, sin embargo. Imposible aquí señalar el papel de China y Japón (dos potencias de considerable penetración en el mercado latinoamericano). Basta con observar la conducta de la Unión Europea. Desde que apareció la perspectiva del ALCA la UE aceleró sus propios pasos, por cierto adelantados a Washington con la instancia de reunión anual de presidentes iberoamericanos desde 1992. En 1996 la UE formó con el Mercosur una Comisión Mixta, encargada de monitorear los intercambios y proyectar la profundización y extensión de los acuerdos de intercambio entre ambos bloques. Sin circunloquios, en la cumbre Europa-América realizada en Río de Janeiro en 1999, el vicepresidente de la Comisión Europea, Manuel Marín, "expresó oficialmente el deseo de este bloque de firmar un acuerdo de libre comercio con el Mercosur y criticó las presiones de Estados Unidos para avanzar con su propuesta interamericana de integración, en detrimento de la consolidación del Mercosur"2.

Desde que estuvo a la vista el ingreso de la economía estadounidense a una fase recesiva de temible pronóstico, Washington y la Unión Europea no han cesado de sumar puntos conflictivos ni de aumentar grado y carácter de la confrontación. Pero también en la UE hay signos de alarma: "La producción industrial en la zona del euro cayó el 1,9% en enero frente a diciembre"3. Una nota de opinión del New York Times saca conclusiones y las resume en un título sin ambigüedad: "Nubes de tormenta entre las relaciones Estados Unidos-Europa"4. Se entiende la alarma del portavoz de los centros de poder estadounidense: reunidos en Estocolmo los jefes de Estado o Gobierno de los 15 países de la Unión Europea aseguraron que ésta "soportará los efectos negativos de la desaceleración económica de Estados Unidos y Japón y podrá asumir el liderazgo de la economía mundial"5.

Eso, nada menos, está en juego en esta coyuntura: el liderazgo de la economía mundial. Imposible abstraer los turbulentos cambios en la cúpula argentina, el colapso del bloque gobernante en Brasil, el agravamiento de la crisis política en Paraguay y otros tantos signos elocuentes de esta creciente rivalidad, de la inminencia de la reunión en Quebec. En el Norte muestran los colmillos; en el Sur se dan las dentelladas. Los países más avanzados son portadores del atraso y la barbarie, diría Adam Smith.

  1. 1
  2. Jorge Carrera y Federico Sturzenegger, Coordinación de políticas macroeconómicas en el Mercosur. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, septiembre de 2000.
  3. Tom Buerkle, "Signs of weakness increase in Europe" International Herald Tribune, París, 22-3-01
  4. Roger Cohen, "Storm clouds over US-Europe relations", The New York Times, NY, 26-3-01.
  5. Prensa Latina, Estocolmo, 24-03-01.


Autor/es Rodrigo Pizarro Gariazzo
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 22 - Abril 2001
Páginas:12, 13
Temas Mundialización (Economía), Geopolítica, Mercosur y ALCA, Políticas Locales
Países Estados Unidos, Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Colombia, Paraguay, Uruguay, Venezuela, China, Japón