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El nuevo sindicato Zachtchita

La región de Astraján es uno de los bastiones de una nueva organización gremial que ha logrado una amplia red de simpatizantes, unidos por la voluntad de oponerse al desconocimiento de sus derechos.

En Rusia, la resistencia al sistema de explotación y de deshumanización adopta formas múltiples y cambiantes, poco visibles. Todos esos trabajadores en situación precaria que constituyen la mayor parte de la población, y que parecen arrastrarse por los bajos fondos de lo social, se revelan totalmente diferentes si se los mira desde otro ángulo que el elevado y desdeñoso Olimpo del Kremlin. Pero esa distancia, que parece infranqueable para los simples ciudadanos, existe e impide que se realicen manifestaciones públicas de resistencia. El nudo del problema está allí, en esa mascarada de democracia que legitima a los nuevos capitalistas y a los poderosos, y evita que la palabra opositora pueda expresarse al desacreditarla, disimularla, cooptarla o reprimirla.

Sin embargo, de vez en cuando esa oposición logra ingresar a la esfera pública. A veces, los actores de la protesta hasta logran hacer retroceder al poder, dentro de la empresa, en la ciudad, en la región, y con menos frecuencia a nivel nacional. Desde ese punto de vista, la población de Astraján sorprende por su dinamismo y su combatividad. La región es uno de los principales bastiones del nuevo sindicato de izquierda Zachtchita (Defensa), con alta participación en las luchas sociales desde la segunda mitad de los años ´90. Actualmente está presente en más de cincuenta empresas y contribuye a la creación de numerosas asociaciones de jubilados, pequeños comerciantes, refugiados y habitantes de barrios pobres.

El año pasado, el asesinato de Oleg Maksakov, joven co-presidente del sindicato regional, causó conmoción. Hasta que fue muerto de un balazo por la espalda, Maksakov llevaba adelante una campaña para ser elegido diputado de la asamblea regional y desarrollaba una investigación sobre las maniobras financieras de varios directores de la región. La indignación que provocó su muerte, sumada a la multiplicación de las movilizaciones sociales, permitió que otro líder del sindicato, Oleg Shein, llegara a la Duma del Estado. Para tener una idea del coraje de esos hombres y mujeres que se atreven a desafiar a sus patrones y a los poderes locales, basta considerar la presión que deben soportar desde que se crea una célula sindical o desde que se inicia cualquier acción.

Así, en junio de 1998, 102 trabajadores de una empresa de la construcción fueron despedidos. Casualmente, eran todos miembros de Zachtchita. Esa provocación generó una importante movilización regional, que culminó en la fundación de una "aldea de carpas", un piquete de huelga permanente instalado frente a la sede de la administración regional. Sitiado por ese campamento plantado bajo sus ventanas, el gobernador se vio obligado a entrevistarse con los huelguistas.

Se crearon entonces comisiones de control, en las que participaron representantes del campamento, las que comprobaron una cantidad sorprendente de hechos ilegales cometidos por las direcciones de las empresas: edificación casi gratuita de residencias personales, transferencias de fondos de empresas a sociedades offshore, ventas o donaciones de material y de equipamiento a firmas pertenecientes a miembros de la dirección, malversación de dinero, gastos personales injustificados, salarios exorbitantes de los altos directivos, etc. El conflicto terminó bien para los insurgentes, que recibieron su pago y fueron reincorporados a sus puestos. El sindicato salió fortalecido y hasta logró la remoción del fiscal regional, que había ignorado las maniobras de las direcciones y ordenado en varias ocasiones que las fuerzas especiales reprimieran a los manifestantes.

Con recursos mínimos, el sindicato ha logrado una gran influencia en la región. La prensa nacional no lo menciona nunca, pero todos los habitantes lo conocen. El trabajo de movilización y de educación es cotidiano. Ante la aparición de nuevas agremiaciones, como la de los conductores de trolebuses, la gente de Zachtchita acude a presentarse, a explicar lo que pueden hacer por los afiliados y los riesgos que implica la adhesión a un sindicato reprobado por la dirección.

Ese tipo de militantes se cuentan por decenas, lo que da como resultado una vasta red de sindicalistas y simpatizantes, con orientaciones ideológicas variadas y poco definidas. Son personas extremadamente diversas por su situación, sus motivaciones y sus ideas, pero todas unidas por la misma voluntad de oponerse a las arbitrariedades, al desconocimiento de sus derechos y de su dignidad. Es el caso de Igor, un regordete comerciante georgiano, conversador y afable, que ayuda a Zachtchita porque él nació "bajo la bandera roja". O Irina, una joven madre soltera, seductora y dinámica, que tiene un puesto en uno de los mercados de la ciudad, y que un día decidió no soportar más "las complicaciones administrativas y los impuestos que estrangulan a los pequeños comerciantes". O la extravagante y novelesca Tania, que reactivó el antiguo sindicato de una escuela de las afueras para reivindicar el pago de salarios. O Alexandre, Serguei y los demás robustos muchachos de los "diez insurgentes de Vega"1 que desde hace dos años luchan contra el grupo Gazprom y contra el sistema judicial de todo el país para que se reconozca el perjuicio que sufrieron por trabajar diez años expuestos a radiaciones nucleares sin saberlo.

Hombres y sobre todo mujeres, todos ellos habitantes de ciudades obreras "en situaciones sanitarias excepcionales" de las afueras de Astraján, salen a las calles para exigir nuevas viviendas a los responsables del complejo gasífero que desde hace años los intoxica, y finge no recordar sus compromisos con la población local: en los años "80 los contrató para construir el complejo, y los alojó en barracas supuestamente "provisorias".

A fin de organizar la lucha, se crearon comités populares, en su mayoría dirigidos por mujeres. Su rabia contra la justicia corrupta y contra el cinismo de Gazprom es tal, que están dispuestas a todo. Hasta amenazaron con una insurrección al gobernador, que se negaba a recibir a los manifestantes: "Llegaron a despedir a todos los obreros antiguos para no tener que darles una nueva vivienda. ¿Y ahora, sin dinero y en casuchas que se caen a pedazos, deberíamos esperar pacientemente la muerte por intoxicación? No. Vamos a luchar hasta el final. La población está movilizada y se muestra solidaria, algunos, incluso vinieron a unirse a nosotros desde Astraján"2, explican Tamara y Elvira, dos de las dirigentes de los comités populares. Luego de varios días de reuniones y de cortes de rutas, lograron que las autoridades locales y los directivos de Gazprom-Astraján aceptaran establecer un plan de nuevas viviendas, ejecutado bajo el control de los comités populares.

  1. Le Monde, París, 14-9-00.
  2. Véase entrevista en el sitio http://www.left.ru
Autor/es Karine Clément
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 22 - Abril 2001
Páginas:26
Temas Deuda Externa, Derechos Humanos, Estado (Justicia), Movimientos Sociales, Clase obrera
Países Rusia