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Recuadros:

Estados Unidos y la “Nueva Europa”

El ingreso a la Unión Europea de diez países favorables a las posiciones estadounidenses es un nuevo capítulo de la ininterrumpida estrategia de Washington en su política hacia Europa Oriental desde la posguerra. Durante la Guerra Fría esa política había llegado a un considerable punto de distensión para volverse más agresiva en los años ‘80. En 1995, la intervención militar estadounidense en los Balcanes marcó su hegemonía en la OTAN. La invasión a Irak abrió una brecha entre la reticencia de las poblaciones y la adhesión de los gobiernos del Este.

Estados Unidos no ocupa una posición dominante en la Unión Europea (UE), pero espera beneficiarse con el ingreso -desde este 1 de mayo- de los diez nuevos miembros, a los que corteja desde hace mucho tiempo.

Los halcones del Pentágono, en particular Richard Perle, quien durante un largo período fue consejero de Donald Rumsfeld y que el 18 de febrero de 2004 renunció a su cargo en el Pentágono "para no obstaculizar la campaña electoral del presidente Bush" (sic), consideran que Estados Unidos debe defender su modelo de manera agresiva frente a la "Vieja Europa". Para ellos, el ingreso de nuevos países a la UE podría permitir a Estados Unidos nuclear a una mayoría de naciones para impedir que la Europa ampliada se convierta en un contrapeso de Washington 1. Otro "gurú" de la política exterior estadounidense, Zbigniew Brezinski, resume la paradoja de la siguiente manera: "En momentos en que el poderío estadounidense está en su cenit, su situación política en el mundo está en su nadir" 2.

Es por eso que Estados Unidos tratará de reforzar su posición en el Viejo Continente, particularmente en su zona Este, aprovechando el ingreso a la UE de la mayoría de los ex países comunistas de Europa Central y Oriental. Ello se debe a que, contrariamente a lo que se desprende de ciertos análisis, la región no perdió nada de su importancia estratégica, a pesar de la desaparición de sus regímenes totalitarios. Más bien asistimos a la apertura de un nuevo capítulo de la estrategia permanente que Washington desarrolla en esa región.

Esta estrategia fue implementada ininterrumpidamente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, tanto por presidentes demócratas como republicanos, aun cuando los sucesivos gobiernos le imprimieran orientaciones diferentes.

Una atenta lectura de los informes anuales de estrategia y seguridad nacional redactados a partir de 1947 alcanza para comprender perfectamente los objetivos de la política exterior estadounidense respecto del mundo comunista y para apreciar el abismo que existe entre la propaganda y la realidad. De hecho, mientras denunciaba la interpretación unilateral hecha por Moscú de los acuerdos de Yalta, Estados Unidos se adaptaba paulatinamente al control ejercido por los soviéticos sobre los países del Este.

Prueba de ello es la evolución del vocabulario utilizado en los sucesivos informes. En 1947 todavía se habla de "política de contención" (containment) del comunismo, al que a comienzos de la década de 1950 se espera "hacer retroceder" (rollback) financiando de manera más o menos oculta organizaciones de emigrantes anticomunistas creadas en Estados Unidos y también por medio del lanzamiento de Radio Free Europe, pieza clave de la guerra psicológica. Sin embargo, como lo prueban las memorias de los dirigentes estadounidenses, ni en 1956 (intervención soviética en Hungría), ni en 1968 (aniquilamiento de la "Primavera de Praga"), ni en 1981 (estado de sitio en Polonia), Estados Unidos se mostró resuelto a ir más allá de las protestas formales. A partir de 1956 el vocabulario diplomático estadounidense utiliza la expresión "compromiso pacífico" (peaceful engagement) y evoca la "construcción de puentes" (bridgebuilding) entre el Este y el Oeste 3.

En la década de 1960, Washington llega incluso a desalentar la actividad de ciertas organizaciones anticomunistas consideradas "demasiado agresivas". Ya no se habla más de "liberar a los países cautivos"; la nueva expresión a la moda es "diferenciación" entre países comunistas. A tal punto que Estados Unidos observa con cierto interés la política de "distensión, entendimiento y cooperación" del presidente Charles de Gaulle y se interesa aun más por la Ostpolitik lanzada por el alemán Willy Brandt.

Durante la presidencia de Richard Nixon (1969-1974) y el "reinado" de Henry Kissinger, Washington aceleró su política de "distensión" hacia el Este. En la década de 1970 se producirán a la vez los acuerdos soviético-estadounidenses SALT sobre la limitación de armas estratégicas y una sensible mejora en las relaciones bilaterales entre Estados Unidos y varios países miembros del Pacto de Varsovia. Además, Washington se preocupará mucho más por el estado de sus relaciones con Moscú que por la evolución de la política interna de sus futuros socios, en particular en lo que hace a los derechos humanos.

Al igual que el gobierno francés del general De Gaulle, la administración estadounidense de Richard Nixon se interesó en primer lugar por Rumania, dirigida por entonces por Nicolae Ceaucescu, cuyos esfuerzos en materia de política exterior independiente merecían su aprecio. En efecto, Bucarest había tomado cierta distancia de Moscú, reconociendo a la República Federal Alemana (RFA), declarando su neutralidad en el conflicto chino-soviético, manteniendo relaciones diplomáticas con Israel luego de la guerra de los Seis Días (1967), negándose a participar en la invasión a Checoslovaquia en 1968... Ese régimen era uno de los más represivos del mundo comunista, pero eso no impidió que Rumania se convirtiera, gracias al apoyo estadounidense, en el primer miembro del Pacto de Varsovia en ser admitido en el seno del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial (BM), y en gozar, a partir de 1975, del sistema de preferencias para sus exportaciones.

En Polonia y en Hungría ocurría lo contrario. Sus regímenes daban muchos signos de liberalización, pero su política exterior se alineaba tras la URSS. Muchos estudiantes e investigadores recibieron becas en el marco de los programas Ford y Fullbright para viajar a Estados Unidos, munidos de un pasaporte que la mayoría de los ciudadanos del Este -incluidos los rumanos- tardarían todavía mucho tiempo en obtener.

En agosto de 1975, una "cumbre" reunió en Helsinki a todos los países del continente europeo (excepto Albania), junto a Canadá y Estados Unidos. Pero Gerald Ford, que había sucedido a Richard Nixon -renunciante a raíz del caso Watergate- estaba ostensiblemente poco familiarizado con los problemas internacionales. Mientras que los europeos insistían en las cuestiones humanitarias, los estadounidenses parecían resignados al statu quo. En la campaña electoral de 1976, Gerald Ford llegó a calificar a Rumania y a Polonia de países "soberanos e independientes".

El presidente James Carter no seguiría en esa línea. Su principal consejero, Zbigniew Brezinski, de origen polaco, le recomienda una política "más dinámica". Sin proponer la desestabilización de los regímenes comunistas, le sugiere apoyar la acción de todos los opositores. Ese apoyo a los intelectuales disidentes puede verse reflejado en las numerosas invitaciones que reciben para visitar Estados Unidos y en la revalorización de la actividad de organizaciones como Helsinki Watch o Amnesty International. A partir de entonces, varias organizaciones no gubernamentales (ONG) -ampliamente financiadas por la administración estadounidense- se ocuparán de vigilar que se respeten los derechos humanos.

El gobierno estadounidense se apoya también en Radio Free Europe, a la que encomienda la tarea de reflejar su "nueva" política: contribuir a la transformación pacífica de los regímenes existentes en lugar de trabajar para su destrucción. Por entonces nadie en Estados Unidos cree en un derrumbe del Este: los expertos más optimistas sueñan con una especie de "finlandización" a la inversa: una autonomización progresiva de los países miembros del Pacto de Varsovia en el seno del mundo comunista.

Con la llegada de Ronald Reagan a la presidencia la guerra psicológica se acelera. En 1983, el vicepresidente George Bush (padre) visita Yugoslavia, Rumania y Hungría. En diciembre, Washington anuncia la creación de la Fundación Nacional para la Democracia (National Endowment for Democracy). Financiada por los partidos republicano y demócrata, pero también por el Departamento de Estado y por la CIA, esa organización apoya a los partidos, sindicatos, periódicos, editoriales y grupos que luchan en favor de los "ideales democráticos". Entre sus beneficiarios figuran el sindicato polaco Solidarnosc y los editores de samizdats húngaros.

Descomposición acelerada

Ninguno de los regímenes objeto de esas "injerencias" llegó a prohibirlas. Esos sistemas ya habían entrado en una fase de descomposición que habría de acelerarse en 1989. Los estadounidenses seguían de cerca los acontecimientos. En julio, George Bush padre, convertido en presidente, viajó a Polonia y a Hungría. Posteriormente explicaría que "los soviéticos temían que ese viaje sirviera para estimular la sedición aunque fuera involuntariamente, pero muy al contrario yo compartía varias de sus preocupaciones" 4. Para el consejero en seguridad nacional Brent Scowcroft, Washington "cumplía el papel de la partera durante el proceso, pacífico pero tenso, que llevaba a Europa del Este de la autocracia al pluralismo" 5.

En ocasión del bicentenario de la Revolución Francesa, los "Grandes" realizaron su cumbre anual en París. Bush puso entonces el tema de Europa del Este en el centro de los debates, pronunciándose a favor de un importante programa de ayuda para los dos países que acababa de visitar. Pero evitó irritar a Moscú, donde Mijail Gorbachov sufría la presión de los partidarios de una línea dura, hostil a la liberalización iniciada en Polonia y Hungría.

Los estadounidenses de origen polaco o húngaro, algunos de los cuales ocupaban puestos clave en la administración o en los negocios, tenían una gran influencia en la acción de Bush. Estos lobbies polacos y húngaros contribuirían a que el 20 de septiembre la comisión senatorial aprobara una propuesta de ayuda de tres años por 1.200 millones de dólares para Varsovia y Budapest. A pesar de seguir siendo comunistas, ambos países se convirtieron en interlocutores privilegiados de Washington.

Por su parte, el lobby báltico no estaba conforme con la actitud prudente de Washington. Impaciente, no quería esperar la liberalización progresiva de los regímenes comunistas y exigía el inmediato restablecimiento de la independencia de Lituania, Letonia y Estonia. Al respecto, cabe recordar que Estados Unidos nunca reconoció la anexión de esos tres países por parte de la Unión Soviética en 1939 y que mantenía con ellos relaciones diplomáticas "virtuales". Sus representantes incluso ejercieron presiones sobre los treinta y cuatro países firmantes de los acuerdos de Helsinki para ser aceptados en carácter de Estados independientes en la "cumbre" convocada en París en noviembre de 1990 para enterrar la Guerra Fría. La intransigencia de París y la incomodidad de Washington acabarían con esa pretensión: la desaparición de la Unión Soviética no estaba aún programada. Y la atención internacional estaba dirigida hacia el Golfo Pérsico, donde se preparaba la liberación de Kuwait, invadido por Irak en agosto de 1990...

Hubo que esperar hasta junio de 1991, luego de que Eslovenia y Croacia proclamaran su independencia y de que Yugoslavia se hundiera en la guerra civil, para que Washington se interesara en los Balcanes. Estados Unidos observó sin disgusto el fracaso de los intentos de mediación franco-británicos, mientras preparaba su entrada en la escena militar y política, acción que el presidente William Clinton confió a Richard Holbrooke 6.

Paralelamente, la administración estadounidense adoptó respecto de la Europa Central y Oriental post-comunista una nueva política, destinada a "alentar la democracia". Washington se apoyó principalmente en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), a la que los países de la región deseaban ingresar más que a las instituciones europeas. Así se explica también el fracaso del proyecto francés para formar una Confederación Europea, presentado en Praga en junio de 1991: los polacos, los húngaros y los checos hablaban de Europa, pero soñaban con Estados Unidos...

Al levantar unilateralmente el embargo de armas a Bosnia-Herzegovina en julio de 1995, el Senado dio la primera señal de la participación estadounidense en el conflicto. En agosto se produjo la ofensiva croata, preparada y armada por "civiles" estadounidenses, seguida del bombardeo de posiciones serbias en torno de Sarajevo por la aviación de la OTAN. Por último, en noviembre, la base militar de Dayton, en Ohio, fue escenario de la conferencia de paz, donde Estados Unidos suplantó a los negociadores europeos, marcando así el comienzo de su presencia efectiva en Europa Central y Oriental y el fin del combate en los Balcanes.

La diplomacia europea asiste impotente a esa "invasión" 7 orquestada por Zbigniew Brezinski y Richard Holbrooke, y luego por la secretaria de Estado Madeleine Albright. Especialistas de la "otra Europa", los tres trabajarán incansablemente para reforzar el liderazgo estadounidense en el Este.

En realidad, Washington ya había preparado unilateralmente la lista de los primeros países que se sumarían a la Alianza Atlántica: Polonia, Hungría y la República Checa. Y en julio de 1997 impuso sus candidatos en la cumbre de Madrid. La elección de esas naciones se explica por la existencia de poderosos lobbies polacos y húngaros y por el origen checo de Madeleine Albright. Pero esos tres países son además interesantes mercados para la industria de armamento estadounidense, sobre todo a la hora de reemplazar el obsoleto material soviético.

La voluntad hegemónica de Estados Unidos se manifiesta en el control absoluto que ejerce sobre la OTAN, como se vio durante las guerras de Bosnia y de Kosovo, pero también en el desarrollo de su implantación económica en los diferentes países de Europa Central y Oriental. Su presencia es aun más ostensible en los tres países bálticos: desde 1991 varios miles de estadounidenses de origen lituano, letón o estonio "regresan a sus países". Los más capaces ocupan rápidamente importantes posiciones en la administración, en las fuerzas armadas o en la economía, y forman parte de los "atlantistas incondicionales".

A raíz del 11 de septiembre de 2001, las ambiciones de la nación gobernada por George W. Bush se afirman espectacularmente 8. El 20 de septiembre de 2002 la "nueva estrategia de seguridad nacional" afirma: "A pesar de que Estados Unidos está dispuesto a desplegar todas sus fuerzas para obtener el apoyo de la comunidad internacional, no dudaremos en actuar solos si fuera necesario, para ejercer nuestro derecho a la autodefensa actuando de manera preventiva contra los terroristas". Ese texto apunta específicamente a la defensa nacional contra el terrorismo, pero también se aplica a la defensa de todos los intereses estratégicos, políticos y económicos de la "hiperpotencia" 9.

El bilateralismo reemplaza al multilateralismo en las relaciones con los aliados. La aceptación de tal o cual país en la Alianza Atlántica se transforma en un medio para estrechar aun más esas relaciones. Ese será particularmente el caso de la cumbre de Praga de noviembre de 2002, destinada a ratificar la segunda ampliación de la organización. Rumanos y búlgaros se regocijan por ingresar a la OTAN, mientras esperan ser admitidos en el seno de la UE. Los tres países bálticos ya habían firmado en 2001 importantes acuerdos de cooperación militar con Estados Unidos. Todos los países del Este sueñan con convertirse en aliados plenos de Washington, en los papeles, pero también en la realidad. A eso obedece el apoyo que brindaron a Estados Unidos durante la crisis iraquí, aun antes de que empezara la guerra.

El llamado de los Diez

Así fue como en medio del enfrentamiento entre Francia y Estados Unidos a propósito de la invasión a Irak, el 30 de enero de 2003 ocho países europeos -entre ellos los beneficiarios de la primera ampliación de la OTAN: Polonia, República Checa y Hungría- dieron a conocer una "Carta" favorable a Estados Unidos. El 5 de febrero, diez países de Europa Central y Oriental (Letonia, Lituania, Estonia, Eslovaquia, Eslovenia, Bulgaria, Rumania, Albania, Croacia y Macedonia) hacen lo propio: todos ellos son candidatos a ingresar en la OTAN 10. Ninguno de los firmantes ignora que ese "Llamado de los Diez" fue obra de un hábil lobbista estadounidense, Bruce Jackson, consejero del Pentágono. En síntesis, trece futuros miembros de la UE manifestaron su preferencia por Estados Unidos, poniendo así en evidencia la influencia lograda por Washington en Europa Central y Oriental durante la última década.

Sin embargo no hay que imaginar que el Este es un bloque homogéneo, incondicionalmente proestadounidense. Interrogado sobre su apoyo a Estados Unidos, el primer ministro húngaro Peter Medgyessy respondió: "Si yo no hubiera firmado esa famosa Carta, me hubieran reprochado mi falta de solidaridad transatlántica". Entonces el periodista le preguntó: "Dicho de otra manera, ¿esa Carta era una trampa?" Respuesta: "Exactamente" 11.

El 17 de febrero de 2003, en medio de la cumbre extraordinaria del Consejo Europeo, en Bruselas, el presidente francés Jacques Chirac dijo que esos países "se perdieron una buena oportunidad de callarse la boca", lo que levantó una tormenta de protestas en el Este. Según estiman incluso sus amigos, el inquilino del Elíseo hubiera debido expresarse de otra manera para no herir legítimas sensibilidades. Evidentemente, la declaración de Chirac estaba dirigida en primer lugar a Polonia, que acababa de elegir -para modernizar su aviación- aparatos F-16 estadounidenses en lugar de aviones europeos. Pero el Presidente francés deseaba además hacer notar la total contradicción entre ese respaldo a la posición de Washington y el proyecto de Convención europea, cuyo artículo 15 estipula que "los Estados miembros apoyan activamente y sin reservas la política exterior y de seguridad comunes de la Unión (Europea) en un espíritu de lealtad y de solidaridad mutua, y se abstienen de toda acción contraria a los intereses de la Unión o susceptibles de perjudicar su eficacia" 12...

Pocas semanas después estalló la guerra en Irak. Desde el comienzo, la opinión pública de los países del Este se mostró reservada, cuando no hostil a cualquier tipo de intervención militar 13. A la vez, los gobiernos "requeridos" por Estados Unidos decidieron -luego de debates internos- enviar sólo contingentes reducidos, formados en general por no-combatientes. La excepción es Polonia, que emerge como potencia regional y aliado estratégico privilegiado de Estados Unidos en esa parte del continente europeo 14. Varios miles de soldados polacos fueron enviados a Irak, donde Varsovia logró que se le asignara el mando de una zona de ocupación. Es una gran revancha para esa nación tantas veces humillada durante su historia milenaria, tanto por sus vecinos del Este como del Oeste. Esta vez los polacos no son los invadidos, sino los invasores...

En principio, los Estados del Este europeo que participan en la aventura se alegran pensando en los beneficios de su presencia en Irak. Cada cual espera obtener una parte en la reconstrucción del país, y también sacar ventaja de la transferencia al Este de las bases estadounidenses instaladas en Alemania. ¿Acaso Bulgaria y Rumania no embolsaron decenas de millones de dólares por alquilar sus bases militares a la aviación estadounidense en la primavera de 2003? Algunos países esperan la próxima instalación en su territorio de un gran número de soldados estadounidenses con sus familias, posiblemente en torno de ciudades polacas, rumanas o búlgaras, lo que genera esperanzas de seguridad y de prosperidad...

Pero los que soñaban se desengañaron. Washington piensa transferir hacia el Este algunas de las bases que posee en Alemania, pero con menos efectivos, debido a su modernización 15. De los 120.000 soldados acantonados en Europa, cerca de un tercio será repatriado. Esa reestructuración, que llevará varios años, apunta a permitir un despliegue más rápido de las fuerzas provenientes del otro lado del Atlántico, en caso de crisis. Así es como Estados Unidos planea acercarse a las zonas críticas de Medio Oriente y Asia Central, y también del Cáucaso, comenzando por Georgia, su nuevo socio privilegiado.

Colin Powell confirmó la intención de Washington de establecer algunas instalaciones temporarias. Del lado ruso se produjo una reacción moderada: el ministro de Defensa Sergei Ivanov afirmó que "podría llegar a comprender que se instalen bases en Bulgaria o en Rumania, en las rutas de eventuales terroristas, pero en Polonia y en los países bálticos es incomprensible" 16. Hay una certeza: la visita a los países de Europa Central y Oriental de personalidades civiles y militares estadounidenses que explican los beneficios de mantener estrechas relaciones con Washington. De hecho, millones de dólares llueven sobre los "aliados" decididos a modernizar sus fuerzas armadas, a condición de que compren los equipos necesarios en Estados Unidos. Sin olvidar el estímulo que la administración Bush da a las empresas de su país que participan en la construcción de las autopistas "estratégicas" que atraviesan la región de los Balcanes.

Pero la tarea de esos "misioneros" no será fácil. Un año después del comienzo de la guerra en Irak la decepción se apodera hasta de los más fervientes partidarios de la política estadounidense. Y no faltan motivos: los contingentes de Europa del Este comienzan a ser víctimas de ataques de la resistencia iraquí; las mentiras sobre la existencia de armas de destrucción masiva saltan a la vista; el fracaso de la pacificación reduce la credibilidad de los estadounidenses entre la gente y dentro del aparato estatal. Es cierto que los neoconservadores se alegraron de la inesperada adhesión de los serbios, dispuestos a enviar entre 700 y 800 soldados... pero eso era antes de los atentados de Madrid. Durante su última visita a Belgrado, la subsecretaria de Estado Cathleen Stevens evocó el "interés" de Estados Unidos por la reforma del ejército serbio.

A medida que la posguerra en Irak se complica, algunos miembros de los medios políticos de Europa del Este comienzan a reflexionar sobre la función que debería desempeñar Europa. Poco a poco los nuevos miembros de la UE, al igual que los candidatos a ingresar, comienzan a evaluar la importancia de la "Vieja Europa" para su propio futuro 17. Si Estados Unidos continúa manteniéndose como aliado y amigo de ellos, se volverá nuestro competidor.

  1. Esto se desprende de su libro de reciente aparición coescrito con David Frum, asesor de George W. Bush, citado en Marianne, París, 19-1-04.
  2. "Pour une nouvelle stratégie américaine de paix et de sécurité", Politique étrangère, Nº 3/4, París, 2003.
  3. Bennet Kovrig, Of Walls and Bridges; the United States and Europe, New York University Press, Nueva York, 1991, citado por Ignac Romsics, Volt egyszer egy rendszervaltas, Rubicon Könyvek, Budapest, 2003.
  4. George Bush et Brent Scowcroft, Quatre ans pour changer le monde, Editions Odile Jacob, París, 1999.
  5. Ibidem.
  6. Entrevista en Politique internationale, Nº 72, París, 1996.
  7. Memorias de Madeleine Albright, Madame le sécretaire d'Etat, Albin Michel, París, 1993.
  8. Pascal Boniface, La France contre l'Empire, Robert Laffont, París, 2003.
  9. Christian Saint-Etienne (prólogo de Hubert Védrine), La puissance ou la mort, Seuil, París, 2003.
  10. Wall Street Journal, Nueva York, 30-1-03; Le Monde, París, 7, 8 y 27-2-03; y Pascale Boniface y Christian Saint-Etienne, op. cit.
  11. Libération, París, 19-2-03.
  12. Le Monde, París, 19-2-03.
  13. Catherine Samary, "Fracturas y esperanzas en la ‘Nueva Europa'", Le Monde diplomatique edición Cono Sur, noviembre de 2003.
  14. Marcin Zaborowski and Kerry Longhurst, "America's protegé in the East? The emergence of Poland as a regional leader", Informations Affairs, Nº 79, diciembre 2003.
  15. "All Ready on the Eastern Front", Time Magazine, Nueva York, 19-1-04.
  16. Le Figaro, París, 7-3-04.
  17. Catherine Samary, op. cit.

Los conversos del atlantismo

Schreiber, Thomas

¿Cómo justifican los principales dirigentes de Europa Central y Oriental su aceptación del liderazgo estadounidense? Según dicen, la alianza con Estados Unidos les da un mayor peso en la Unión Europea, frente a Alemania y Francia.
En realidad, los más acérrimos atlantistas de Europa del Este son en su mayoría ex apparatchiks comunistas que rompieron con su pasado. Entre los más evidentes figuran el presidente polaco Aleksander Kwasniewski (ex-ministro de la Juventud y del Deporte en la década de 1980), el rumano Ion Iliescu (ex miembro del Comité Central del PC) y el búlgaro Georgi Parvanov (también ex jerarca del PC). Y se podría hacer una larga lista con los ex-primer ministros, ministros y parlamentarios que pasaron sin escalas de la nomenklatura al apoyo irrestricto de las posiciones estadounidenses. Otras personalidades que habían ocupado puestos importantes en los últimos tiempos del pasado régimen –como el primer ministro húngaro Peter Medgyessy y su canciller Laszlo Kovacs– adoptaron una actitud menos categórica durante la tensión transatlántica generada por la guerra contra Irak.
Paradójicamente, si bien hace tiempo que existen tendencias pro-atlantistas en sectores de la izquierda, es en la derecha –tanto en el gobierno como en la oposición– donde se registra la impugnación a las posiciones estadounidenses. En Budapest y en otras capitales, se alzan voces que reclaman el retorno al país de los soldados enviados a Irak. Esas protestas adoptan a veces el aspecto de un antiamericanismo primario, mechado de expresiones racistas y antisemitas. Los más viejos se acuerdan de que durante la Segunda Guerra Mundial manifestaciones similares fustigaban a los “judeo-bolcheviques” aliados a los “capitalistas cosmopolitas”...


El lobby polaco

Schreiber, Thomas

En 1920, los polacos constituían la tercera comunidad entre los estadounidenses nacidos fuera del territorio nacional, delante de los canadienses, los británicos y los irlandeses. Pero los cambios registrados posteriormente en la composición étnica de la población, en favor de inmigrantes no europeos, redujeron considerablemente la proporción. Actualmente, los polacos  son 10,5 millones, de lejos la comunidad más numerosa e influyente de las que componían el ex bloque soviético.
Muchos de ellos se agrupan en grupos de presión (lobbies) y en asociaciones locales, con la intención de obtener decisiones políticas favorables al interés –real o supuesto– de su país de origen. El Polish American Congress (PAC) nuclea unas 3.000 organizaciones 1. Desde su creación, hace unos sesenta años, el PAC se ocupó de todos los problemas directa o indirectamente vinculados con Polonia, y organiza regularmente campañas de apoyo o de protesta sobre tal o cual proyecto o designación oficial, además de realizar todo tipo de gestiones.
Durante las reuniones de reflexión que organiza en todo el país, se adoptan resoluciones que son luego enviadas, por correo oficial, a los miembros del gobierno federal y a los parlamentarios, en particular a los “compatriotas”. Luego del derrumbe del imperio soviético, el PAC, en cuyo seno los neoconservadores ocupan importantes posiciones, desempeñó una función primordial en la campaña para que Polonia fuera admitida en el seno de la Alianza Atlántica. La actividad del PAC para sostener el ingreso de ese país a la Unión Europea, fue más discreta...
Pero la luna de miel entre los Estados Unidos de George W. Bush y Polonia parece llegar a su fin. Desde febrero de 2004 se habla de una futura reducción del número de soldados polacos en Irak. Varsovia propondría incluso transferir el comando de “su” zona de ocupación a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), porque el país se ve amenazado de quiebra 2. Más preocupados por los problemas económicos y sociales que por la condición de potencia regional que su país obtendría gracias a su participación en la aventura iraquí, la mayoría de los polacos se interroga sobre las relaciones con Estados Unidos.
Muchos se manifiestan frustrados por otro motivo. A pesar de estar comprometidos militarmente al lado de Washington, los polacos siguen necesitando una visa para viajar a Estados Unidos, “como los ciudadanos de un Estado hostil” 3. El presidente, Aleksander Kwasniewski, que en febrero visitó Washington, sólo pudo lograr una vaga promesa: “dentro de unos meses” funcionarios estadounidenses del servicio de migraciones se instalarán en el aeropuerto de Varsovia para controlar a los polacos que viajen a Estados Unidos... munidos de visa. Ese procedimiento –se dice con involuntaria ironía– simplificará las formalidades de los otros controles que esperan al viajero al llegar a suelo estadounidense.
Los polacos lamentan además que las inversiones de Estados Unidos sean aún sensiblemente inferiores a los compromisos adoptados en ocasión de la guerra de Irak. Tanto es así que el lobby, siempre atento, no deja de recordarle al presidente Bush que el voto de la comunidad polaca podría resultar determinante para su eventual reelección.

  1. www.polamcon.org
  2. Le Monde, París, 13-2-04.
  3. Le Nouvel Observateur, París, 5-2-04.


Autor/es Thomas Schreiber
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 59 - Mayo 2004
Páginas:20,21,22
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Conflictos Armados, Unión Europea
Países Estados Unidos