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Ni hermanos, ni enemigos

La consolidación del proyecto Mercosur con participación argentina tendrá que esperar a que este país empiece a salir de la grave crisis económica, política, social, ética, moral y cultural que lo abruma; a que aparezca una alternativa clara a la decadencia absoluta que, a término, condena a la democracia. Nada pinta mejor este cuadro que cinco hechos ocurridos en solo dos semanas, las últimas de mayo: la crisis de Aerolíneas Argentinas, las críticas del cardenal Jorge Bergoglio a la dirigencia política al conmemorarse el Día de la Independencia, el documento presentado al gobierno por la Unión Industrial Argentina (UIA), el cobarde ataque a la hija de Hebe de Bonafini y el esperpéntico casamiento del ex presidente Carlos Menem, en un marco de creciente agitación social y con el súper ministro de Economía Domingo Cavallo intentando refinanciar en el exterior una deuda que ya se pagó y no se podrá pagar a tasas de interés altísimas en el tercer año y un trimestre -muy pronto dos- de fuerte recesión.

No es necesario describir estos hechos, porque la prensa diaria ya los ha divulgado, analizado, criticado, exprimido, satirizado, según los casos, hasta la extenuación. Pero se pueden establecer algunos puntos de contacto y, sobre todo, verificar que el clamor por un drástico cambio de orientación se generaliza, deviene de advertencia en exigencia. En el primer caso, por ejemplo, que el Presidente que concretó el corrupto e insensato proceso de desnacionalizaciones -del que "el caso Aerolíneas" se ha convertido en emblema- se ha quedado solo; que los mismos que lo pusieron por las nubes hace menos de una década, en particular los industriales, lo han abandonado ahora que se sufren en carne propia los efectos de su política y sus ejecutores deben rendir cuentas ante la justicia.

Pero conviene considerar el segundo aspecto de la cuestión. Después de autocriticarse por "haber callado" durante el proceso de salvajes privatizaciones y desregulaciones del tándem Menem-Cavallo, el presidente de la UIA, Ignacio de Mendiguren, volvió a la carga con un documento de la institución en el que se solicitan urgentes cambios en la política, la economía y la justicia. Sin autocrítica alguna mediante1, la Iglesia insistió por su parte en la responsabilidad de los políticos ante la gravísima y potencialemente explosiva situación social. El caso Aerolíneas se ha convertido en una causa nacional, ilustrada por esos más de cien pasajeros de Iberia que en el aeropuerto de Ezeiza, en pleno caos que los perjudicaba, abandonaron un avión de esa línea para trasladarse a uno de la ex compañía de bandera2. El 29 de mayo, aniversario del "cordobazo", encontró a medio país sitiado por cortes de ruta, huelgas o amenazas de huelga, cierres de empresa, conflictos por despidos y/o bajas de salario, caídas de las ventas, reclamos de docentes, jubilados, desocupados y hambrientos, aumento de la inseguridad. El atentado a Bonafini debe inscribirse en el contexto del provecho que las cada vez más activas excrecencias de la dictadura sacan de esta situación y de sus proyectos para cuando el caos sea absoluto.

¿Y qué hace el gobierno frente a todo esto? Salvo haber puesto al frente del "salvataje" al mismo individuo que creó y acentuó los problemas, nada. Un estólido marasmo lo caracteriza. La fuga hacia delante; el "más de lo mismo" consistente en plegarse a las directivas del FMI, las multinacionales y los países centrales -sabotaje al Mercosur (ver pág. 4); refinanciación usuraria de la deuda que absorbe el 22% del presupuesto3 ; quita de prerrogativas a la industria nacional4, entre otros "gestos"- es su única política.

Lo que equivale a decir que aumentarán los compromisos de la deuda en el mediano plazo, se profundizarán la recesión y los problemas sociales y que el oficialismo sufrirá una seria derrota en las próximas elecciones, haciendo casi inviable la gobernabilidad y poniendo en peligro a la democracia. Cuando, en cambio, resulta evidente que ya existen las condiciones sociales y políticas para un gran pacto nacional de emergencia, sobre la base, eso sí, de un cambio de orientación de 180 grados: nuevas reglas políticas, depuración de la justicia y las fuerzas de seguridad; combate a la corrupción; refinanciación de la deuda en condiciones impuestas desde el país (ver pág. 6); salida estudiada y consensuada de la convertibilidad5 ; reactivación del mercado interno; inversiones en educación, ciencias y tecnología y adhesión estratégica, sin cortapisas, al Mercosur.

Respecto a este último, se debe insistir en que a pesar de la enorme desventaja de un peso sobrevaluado, de su atraso tecnológico y falta de competitividad general6, entre 1995 y 1999 el comercio argentino con Brasil arrojó un superávit de 4.800 millones de dólares; con Estados Unidos y la Unión Europea, un déficit de 15.400 y 14.600 millones respectivamente7. En cuanto a calidad del intercambio, las exportaciones a Brasil son principalmente de manufacturas de origen industrial (51.3% entran en esa clasificación), mientras que EE.UU. compra principalmente productos primarios (productos alimenticios y combustible), al igual que la Unión Europea. Las cifras respecto al conjunto del Mercosur le son asimismo favorables. ¿Alguien cree verdaderamente que, además de las evidentes desventajas políticas, apartarse del Mercosur e ingresar al ALCA como un pez solitario en las fauces del tiburón va a mejorar el comercio exterior de Argentina; que se reactivará su mercado interno?

Luego de una década de intercambio fructífero para ambas partes y para el conjunto de sus socios, los dos principales actores del Mercosur afrontan una disyuntiva de hierro: avanzar y ampliar la integración o resignarse a su retroceso. La situación internacional -recesión en Estados Unidos y Japón, indicios de recesión en la Unión Europea; guerra comercial; retirada de capitales hacia "refugios" seguros por temor a una crisis financiera8 - indica claramente que el primer camino es el correcto, el único que les garantiza fuerte poder de negociación ante cualquier instancia mundial y un interland hacia el que orientar esfuerzos por varias décadas, pero sólo en Brasil la clase dirigente parece tener conciencia de ello.

Hoy por hoy, Argentina y Brasil no son ni hermanos ni enemigos, sino solo dos grandes países, con un enorme potencial, en medio de una crisis de cuya resolución depende su destino a lo largo del siglo XXI. Y Argentina es, a todas luces, el que lo tiene más complicado.

  1. Mario Wainfield, "Sobre piedras y manos chirleras", Página/12, Buenos Aires, 26-5-01.
  2. Horacio Aizpeolea, "Iberia canceló un vuelo…", Clarín, Buenos Aires, 30-5-01
  3. Daniel Muchnik, "La importancia de la deuda", Clarín, Buenos Aires, 29-4-01
  4. "Quitan ventajas a las constructoras de origen nacional", Clarín, Buenos Aires, 29-5-01.
  5. Rodolfo Terragno, "El fin de la convertibilidad", Noticias, Buenos Aires, 25-5-01.
  6. Jeffrey Sachs, "Diagnóstico sobre la economía argentina: falta estrategias para promover la innovación", La Nación, Buenos Aires, 29-5-01.
  7. Banco de datos de Comercio Exterior de CEPAL, Santiago de Chile.
  8. Suzanne Kapner, "U.S. Venture Capital Sees Treasure in Europe", The New York Times, 30-5-01.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 24 - Junio 2001
Páginas:3
Temas Desarrollo, Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Estado (Justicia), Geopolítica, Mercosur y ALCA, Políticas Locales
Países Estados Unidos, Argentina, Brasil, Chile, Japón