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Cuerpos socialmente deseablesEl mundo del deporte mantiene estereotipos de femineidad y virilidad ya en desuso en otros ámbitos. Para no ser objeto de suspicacia y hacerse visibles, las mujeres deben confinarse en los deportes compatibles con lo que se considera socialmente un cuerpo estético. Las imágenes más difundidas de destacadas deportistas ocultan el esfuerzo y la penuria que es el precio de su gloria.A las mujeres ya no se las considera incapaces o inadecuadas para el deporte. Son cada vez más las que practican alguna actividad física regular (el 64% de las mujeres de 14 a 65 años; el 72% de los varones), y teóricamente tienen acceso a todos los deportes. Pero las prácticas deportivas siguen siendo territorios sexuados: varones y mujeres se distribuyen en ellos de modo desigual y las imágenes que proyectan no son idénticas y mucho menos intercambiables. Las modalidades predominantes de la práctica masculina del deporte son la técnica, el entrenamiento, el apego a valores de éxito tradicionalmente institucionalizados, el carácter colectivo y solidario. Las de la práctica femenina en cambio son el juego, el mantenimiento físico, el apego a finalidades personales o a aspectos relacionales, en una práctica individual y aun solitaria. Como si para ellos prevaleciera el deporte y para ellas el cuerpo. No se pueden dejar en el vestuario los atributos del propio sexo. Los modos de compromiso deportivo de varones y mujeres se traducen en la manera en que ocupan el espacio y el mundo. Las representaciones "permitidas" en el deporte son las mismas que los oficios "autorizados" a las mujeres. Mostrar o ejercer fuerza, entregarse a un combate, asestar o recibir golpes, asumir riesgos físicos, son otros tantos atributos que las mujeres parecen no poder hacer suyos, puesto que pertenecerían a la masculinidad. Si nos atenemos a lo que las mujeres hacen, a lo que se muestra de ellas, a lo que se dice de ellas (y a lo que no se dice ni se ve) vemos dibujarse normas de apariencia corporal: una prescripción de femineidad. A su pesar, las mujeres deportistas plantean la cuestión del cuerpo y la femineidad acordes con la deseabilidad social. Las mujeres están casi ausentes de la información1 y cuando están presentes de manera estereotipada: referidas a la esfera afectiva o sexual, la familia, los niños. En los medios el deporte sigue siendo masivamente masculino. Aunque la tercera parte del conjunto de los periodistas son mujeres, están casi ausentes del periodismo deportivo. En ocasión de los Juegos Olímpicos de Atlanta, en 1996, sólo el 10% de los periodistas franceses acreditados eran mujeres. Aunque en Francia éstas representan el 30% de los deportistas de alto nivel, son sólo el 10% de los atletas citados en los medios2. El deporte femenino representa un promedio del 16% del volumen que ocupan las páginas deportivas; el 1% de las páginas de la prensa "femenina". En 1997 la televisión francesa consagró los dos tercios de sus retransmisiones a los deportes más masculinos (fútbol, ciclismo, rugby, deportes mecánicos, boxeo). El tenis, el atletismo y el golf, donde figuran algunas mujeres, representaron sólo el 17% del tiempo total, aparte las 25 horas (el 1,2% del total) de patinaje, un deporte plenamente femenino. En efecto, aunque actualmente hay mujeres navegantes, ciclistas, pilotos de automóvil, alpinistas, etc., el patinaje artístico y la gimnástica deportiva siguen siendo los deportes donde son más visibles. Los deportes femeninos que concitan la atención del público son aquellos donde se trata de la gracia de los movimientos y las figuras, donde las apariencias se trabajan mediante la vestimenta y el maquillaje, donde el cuerpo productivo importa menos que el cuerpo estético. Escuchemos a los periodistas deportivos: el hombres es descripto por lo que hace; cuando se trata de una mujer, imposible eludir una apreciación estética: "la siempre hermosa y rápida Florence Griffith Joyner", o la alpinista Catherine Destivelle, que "tranquilamente temible tras de su linda sonrisa, siempre llega a la cima". L"Equipe Magazine3 no vaciló en oponer, en cuestión de femineidad, la ciclista Jeannie Longo a la nadadora Muriel Hermine. En el epígrafe de una fotografía de esta última, "bella y femenina", el periodista decía: "¿Quién tiene la culpa si Longo rima con macho y Hermine con femenina?". Una estaba de acuerdo con el referente normativo de la femineidad, la otra no. La nadadora sincronizada, la bailarina, la gimnasta o la patinadora representan el "modelo" de mujer deportista. Esto se percibe cuando las mujeres se dedican a deportes "tradicionalmente masculinos", o cuando su morfología es diferente de la de esa mujer "canon". El deporte se presenta a la vez como reservorio de una excelencia femenina estereotipada y de virtudes viriles. No se pretende que un saltador tenga la misma corpulencia que un lanzador de pesas. Pero a las deportistas las quisieran todas parecidas, delgadas y longilíneas, como si en ellas la eficacia técnica y de movimiento pudiera independizarse de la capacidad física y de los requisitos morfológicos. "¿El deporte amenaza su belleza?", es una pregunta recurrente que sólo se conjuga en femenino. "Nada hay más hermoso en el mundo que Mary Decker corriendo. Sus piernas adorables, que merecieron el homenaje de una revista estadounidense, dan pasos que conservan la elegancia aun en lo más profundo del esfuerzo"4. Se exige a las deportistas que demuestren su identidad utilizando los artificios propios de una mujer: cabellos peinados de cierta manera, alhajas, maquillaje o uñas pintadas, como ocurrió con todas las participantes del Tour de France femenino de 1999. Mediante esos signos de superficie, que se suponen constitutivos de la femineidad, las deportistas pueden esperar que se las perciba por lo que son y por lo que hacen. Si esos signos faltan, se desatan muy fácilmente la suspicacia, la inquietud y una apenas contenida violencia verbal. La virilidad tiene dos territorios de expresión: uno hecho de conocimientos y habilidad, otro más "personal", hecho de usos e imágenes del cuerpo; uno y otro caracterizan al hombre en su relación con los otros, con los objetos, con el mundo exterior. Las mujeres pueden apropiarse algunas prerrogativas del primero sin degradarse, pero violan un tabú si se arrogan algún aspectos del segundo: boxeadoras, luchadoras, jugadoras de rugby, permanecen invisibles en los medios. Padecen un proceso de virilización, que sigue vigente en el deporte aunque fuera de él haya caído en desuso. Si rompen con el rol asignado a las mujeres no pueden sino haberse masculinizado. ¿Son mujeres de veras?Las dudas en cuanto al sexo real de las atletas son antiguas. En la primera mitad del siglo XX era habitual creer que el deporte virilizaba a las mujeres. Ese "exceso de virilidad" llevará a implementar la prueba de femineidad y en los años ´60 a sospechar que las deportistas consumían hormonas masculinas. Con el correr del tiempo, los morfotipos de las mujeres deportistas se acercaron de hecho a los de los varones: movimientos y eficacia técnica se aproximan, lo mismo que los cuerpos, tanto en su apariencia como en el plano funcional. La virilización "natural" o "artificial" de las deportistas y las sospechas sobre su femineidad, se confunden de modo duradero en la historia. Como se pudo observar a propósito de la tenista francesa Amélie Mauresmo, la homosexualidad declarada o presunta lleva a la misma pregunta: ¿son mujeres de veras? El deporte exige "verdaderas" mujeres y "verdaderos" hombres en el sentido clásico. Ahora bien, la práctica deportiva suscita la cuestión del parecido y aun de la confusión entre varones y mujeres. El cuerpo nunca desaparece. Es el vector primordial donde se inscribe la identidad de cada cual. El cuerpo deportista actúa, se entrega a la mirada ajena. Mediante esta representación de los cuerpos, el deporte se convierte en el lugar donde se juega el imaginario del Otro. Allí se manifiestan y se ponen en escena una masculinidad y una femineidad trazadas mediante sus más marcadas diferencias. El deporte quiere y forja mujeres ideales, hermosas para seducir(lo), así como hombres idealmente viriles, es decir, fuertes y valerosos para conquistar(la). Las prácticas, imágenes y discursos del deporte tienen este denominador común: lo que hace a la mujer es la imagen que da de sí misma, lo que hace al hombre es la acción. Las imágenes de deportistas captadas en el momento culminante de su esfuerzo siguen siendo minoritarias, cuando no se las muestra como contraejemplos. En ocasión de la primera maratón olímpica femenina, en Los Angeles 1984, las cámaras se demoraron durante mucho tiempo en la llegada de una competidora que titubeaba y hacía muecas… La imagen de Florence Griffith Joyner que ganó los 100 metros olímpicos en Seúl en 1988, difundida infinidad de veces, no fue la de su último esfuerzo ante la línea de llegada, sino la de su sonrisa una vez que la hubo franqueado. A través de una deportista que sólo es mujer en tanto sonriente, graciosa y arreglada, las prescripciones se dirigen a una sola mujer que es siempre la misma: aquella a la que no hay más remedio que querer poseer físicamente aunque sea en la fantasía, la que debe reservar algunas expresiones (la de dolor, por ejemplo), a la intimidad y a un solo hombrte, dado que las máscaras del sufrimiento y del goce se confunden. La deportista sonriente cuya femineidad se exalta, y la deportista a la que se califica de demasiado musculosa, angulosa, "masculina", son las dos caras del mismo ícono. No es de extrañar entonces que las representaciones tradicionales se reproduzcan sobre los terrenos del deporte, en los lugares y a la edad del descubrimiento del cuerpo en transformación, cuando se dibujan los contornos de la masculinidad y la femineidad. Desde la primera infancia, se distribuye a niñas y varones en territorios diferentes. Habría que revisar las prácticas que se les propone (o impone) en la escuela o en el club: ¿qué van a hacer las niñas al club si no se reconocen en las modalidades de competencia vigentes?5
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