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"El techo de vidrio" sindical

Estudios sobre la presencia femenina en los sindicatos revelan un sistemático desfasaje entre la cantidad de población activa femenina y la proporción de mujeres sindicalizadas, así como la proporción entre éstas y las que ejercen cargos de responsabilidad en la estructura sindical. La desigualdad entre los sexos en el ámbito laboral no se limita a la brecha salarial y, como ésta, necesita de medidas específicas para ser superada.

¿Cuántas mujeres hay entre los delegados sindicales, los delegados de personal y otros que hayan sido electos en un comité de empresa? Nadie puede decirlo. Ni el Ministerio del Empleo, ni los demás organismos oficiales, ni los sindicatos. Puede imaginarse el escándalo si esta ignorancia se extendiera al terreno político. Saber que hay sólo un 10% de mujeres en la Asamblea nacional no modificó de modo fundamental la condición femenina en el Parlamento y en el país. Pero la revelación de esta marginación terminó por sacudir Francia, al punto de imponer una revisión de su Constitución.

Aunque se desarrollen estadísticas e investigaciones, a nivel de la empresa no se ha llegado ni siquiera ahí1. Aunque el gobierno exigió que se establezcan datos sexuales, nada se ha modificado a nivel sindical2. Hasta ahora, sólo un estudio reciente sobre el Consejo económico y social, compuesto esencialmente por delegados nombrados por las direcciones sindicales, puede dar una idea del estado de situación en Francia. Las mujeres representan el 19% de los 231 miembros, contra el 12%, cinco años atrás. Le debemos este empujón al gobierno de Jospin, que en el otoño de 1999 nombró personalidades calificadas. Francamente, los sindicatos no tienen vena feminista. La CFTC (Confederation Française de Travailleurs Chrétiens, Confederación Francesa de Trabajadores Cristianos) no designó ninguna mujer. La CGC (Confederation Générale de Cadres, Confederación general de Cuadros) designó solamente una sobre siete delegados; FO (Force Ouvrière, Fuerza Obrera) también solamente una sobre diecisiete, la CGT (Confederation Générale de Travailleurs) cuatro, y la CFDT (Confederation Française Democratique du Travail Confederación Francesa Democrática del Trabajo) cinco sobre diecisiete. Sólo hay una mujer en la oficina de esta docta asamblea. Y no ejerce ninguna responsabilidad.3

Sin embargo, el consejo no implica un gran poder: su rol es de alerta y consulta. Es de imaginar el resultado cuando se trata de compartir el poder de negociación. De hecho, en el terreno económico y social las mujeres siguen siendo ciudadanas de segunda.

Sería exagerado pretender que nada cambió. Sin embargo las evoluciones son lentas, más lentas que la feminización de los empleos. Más lentas de lo que podríamos creer viendo que las mujeres ejercen responsabilidades de primer nivel en el seno de sus organizaciones. Hace años que Nicole Notat lleva las riendas de la CFDT; Monique Vuiallat las de la FSU (Federation Syndical Unitaire, Federación Sindical Unitaria), y ahora Josette Charuel está a la cabeza de SUD (Solidaires Unitaires Democratiques, Solidarias Unitarias Democráticas). Por detrás del escaparate, la situación es menos brillante. Primero, todos saben que no basta con una mujer a la cabeza de una empresa, de un servicio… o de un sindicato para que el lugar de las mujeres en la empresa, en un servicio o en el sindicato cambie. Al contrario.

Para lograrlo, estas pioneras tuvieron que adecuarse al molde masculino de integración. Esta especie de "negación de femineidad", según la expresión de una militante, repercute a veces en su forma de dirigir, así como en la imagen que transmiten: las nuevas generaciones quieren compartir el poder sin negar lo que son en tanto mujeres. Además, los efectos de publicidad pueden esconder el vacío de acción y reflexión. Lydia Brovelli, secretaria confederal de la CGT, lo traduce así: " Nos podemos tranquilizar creyendo haber dado un paso decisivo, cuando en realidad casi nada se mueve". En su sindicato, la Oficina Confederal y la Comisión ejecutiva (el Parlamento en cierta forma) tienen tantos varones como mujeres. Una novedad.

Pero, en su base, la CGT no supera un 30 o 33% de afiliadas, pese a que las mujeres representan casi la mitad de la población activa4. En los escalafones intermedios, el mismo desfasaje. En la CFDT las adherentes son el 42 por ciento, proporción que corresponde más o menos a la realidad de los asalariados, pero su presencia es menor en las direcciones (dos sobre siete en la comisión ejecutiva, menos de un tercio en la oficina nacional) y están casi marginadas al nivel de las organizaciones profesionales y departamentales. SUD logra un resultado casi idéntico en la base (40 por ciento de adherentes) en el nivel de su estado mayor nacional (35 por ciento), pero constata el mismo vacío en los departamentos. En la FO las mujeres son todavía menos en las direcciones (12 por ciento en la comisión ejecutiva) y el sindicato ni siquiera conoce la cantidad de sus adherentes mujeres.

Todos los sindicatos se enfrentaron a las mismas dificultades, a pesar de historias y prácticas muy diferentes. ¿Tendríamos que concluir que hay datos objetivos, lamentables, pero inevitables en última instancia? Evidentemente, ya nadie se anima a pretender que las mujeres carecen de "aptitud para el sindicato" como otros carecen de "aptitud para las matemáticas". Sin embargo es común escuchar que son "más individualistas que los varones", y que "son un freno para la acción colectiva". Es cierto que dado que a menudo ocupan empleos precarios, son más sensibles a la extorsión de las direcciones; las tradicionales jornadas de acciones y las grandes reuniones sindicales no les resultan necesariamente muy adecuadas.

Pero desde las acciones de las enfermeras, en estos últimos años, a las de las agentes de impuestos, a principio de año, es larga la lista de los conflictos sociales mayoritariamente femeninos y finalmente muy feministas5. Menos espectaculares pero igualmente importantes, las luchas actuales por la aplicación de las 35 horas movilizan a menudo a las mujeres, primeras víctimas de la flexiblidad patronal de moda. Luchan, a veces se unen a un sindicato, pero no franquean los escalones jerárquicos en el seno de las organizaciones. El famoso "techo de vidrio", ese muro invisible que impide a las mujeres acceder a las responsabilidades, no es exclusividad de las empresas.

A veces se supone que el obstáculo se originaría en las dificultades de empleo del tiempo. Absorbidas por el trabajo profesional y las tareas domésticas, las mujeres no podrían padecer una "triple jornada" militando en un sindicato. La observación no es totalmente falsa y "el tiempo de las mujeres no es el de los varones" según la expresión de Irène Théry. Sería más valioso llevar a cabo esfuerzos reales para aflojar la tensión. Sobre todo, esta realidad es parcial: todos los estudios muestran un continuo aumento de mujeres en la vida asociativa6.

Para explicar este desfasaje, cabe sumergirse en el pasado del movimiento sindical. Los militantes obreros fueron durante mucho tiempo hostiles al trabajo femenino, y la historia abunda en declaraciones a cual más machistas. Esto marca las conciencias. En un congreso en 1898, un dirigente de la CGT observa que la "mujer es un ser débil, no destinado a vivir en los talleres y negocios, es inhumano exigir de ellas (…) que se mantengan de pie". O " el trabajo de la mujer es anti social…el lugar de la mujer es el hogar7". Mucho más tarde, en los años 60, la llegada de las mujeres militantes al seno de la CFTC les valió el apodo de "vírgenes rojas"…

Sin embargo, contrariamente a lo que se escucha a veces, las mujeres no son recién llegadas al mundo de los sindicatos. Según la historiadora Michèle Perrot, la tasa de sindicalización de las mujeres asalariadas era del 10% a principio de siglo (en 1906)8.

En las manufacturas de tabaco, por ejemplo, había 90% de obreras y 75% de sindicadas. Y aunque muchas trabajaban mientras esperaban casarse, sus combates por la emancipación comenzaron ya desde esa época. Así fue como conquistaron el derecho de voto en los consejos de magistratura del trabajo en 1907, y el de poder ser elegidas un año más tarde. Feministas y sindicalistas se respaldan. Lo atestigua el caso Emma Couriau, nombre de una obrera de la tipografía. En 1913, al ingresar en una imprenta de Lyon, es excluida del sindicato igual que su marido, culpable de no haber convencido a su dulcinea de que se quedara en casa. Después de una formidable campaña en todo el país, la dirección nacional de la CGT desautoriza a los obreros gráficos y los obliga a rever su decisión.

También en los años 1910-1920, otro sindicato, la CFTC, contará con casi la mitad de mujeres entre sus afiliados. Esas mujeres cristianas, que militan especialmente para proteger a las mujeres encintas y los derechos de las madres al trabajo, ocuparán entre un cuarto y un tercio de los puestos en la oficina nacional del sindicato9. Su número declinará hasta reducirse a cero, a imagen de lo que sucede en el conjunto de las centrales sindicales después de la segunda guerra mundial. Algunas organizaciones denuncian "el feminismo burgués" que prioriza la "lucha de los sexos en desmedro de la lucha de clases".

Habrá que esperar a fines de los años sesenta para que el sindicalismo se conjugue de nuevo en femenino. La CFDT capta muy rápido la importancia de la lucha de las mujeres por la interrupción voluntaria del embarazo y por la contracepción. Nacida de una escisión de la CFTC, con un rico pasado feminista, recluta principalmente en los servicios y en otros empleos donde las mujeres son mayoría. La CGT, que se desarrolla más bien a partir de oficios calificados de la industria, con mayoría masculina, desperdicia la oportunidad, al estimar que se trata de cuestiones estrictamente privadas. Las dos centrales se reúnen recién en 1974. Firman entonces, por primera vez, un texto común sobre la emancipación de las mujeres. Pero, después de un período de apertura, la CGT se aísla, cierra su diario Antoinette, símbolo entre otros del combate feminista, la lucha de clases no transa. También la CDFT abandona poco a poco el terreno, y excluye a las militantes, parte de las cuales dará nacimiento a SUD.

Indiscutiblemente, los años 80 y 90 figuran como décadas de plomo. Porque más allá del balance cuantitativo, esta ausencia de mujeres en el seno de las direcciones sindicales tiene consecuencia en el contenido mismo de las reivindicaciones. Al decretar que la lucha contra el desempleo era prioritaria en desmedro de la de igualdad profesional, los sindicatos (y la población) aceptaron el trabajo a tiempo parcial impuesto, que fabrica guetos para las mujeres. Además subestimaron gravemente el acoso sexual y moral. Al despreciar todo combate feminista, aceptaron que sólo el 30% de las empresas de más de cincuenta asalariados cumplan la ley Roudy, que desde 1982 las obliga a presentar ante el Comité de Empresa un informe comparado de varones/mujeres, salarios, contrataciones, formación.

Sin embargo, una batalla de los sindicatos a favor de medidas correctoras de las desigualdades entre los varones y las mujeres tendría serios impactos. Comenzando por la cuestión de los salarios, inferiores en un promedio del 25 por ciento respecto del de los varones. La ley que proclama formalmente "a igual trabajo igual salario" está jaqueada. A menudo, por costumbre, se admite la diferencia. Y la prueba de la discriminación es difícil de presentar, ya que hay profesiones ejercidas mayoritariamente por mujeres: la comparación es casi imposible. Además, basta con cambiar en una palabra la definición de un puesto para que ya no sea "igual" al ocupado por un varón. Más valdría trabajar en el establecimiento de "equivalencias", como en Canadá.

Bajo el impulso de los sindicatos, se llevaron a cabo acciones ante la justicia y se definieron algunos criterios (diplomas, responsabilidades, esfuerzos, condiciones de trabajo…) aplicados a todas las profesiones10. Con este método, una enfermera a partir de ahora tiene una calificación reconocida equivalente a la de un policía federal, hasta entonces mejor pagado. Los empleos de cajera en los supermercados fueron juzgados de igual valor que los de "encargados de stocks", y después de años de batalla judicial algunas obtuvieron cerca de 1 500 dólares de aumento por año.¿Por qué los sindicatos franceses dejarían de embarcarse en esa aventura? Se podría también reclamar medidas de recuperación para la formación de las mujeres: a los treinta y cinco años, tienen dos veces menos posibilidades que un varón de beneficiarse con una pasantía de capacitación. En fin, hay toda una serie de reivindicaciones a replantear que cambian las condiciones de trabajo del sexo femenino y por consiguiente sus condiciones de vida sindical (y también asociativa, cívica o personal).

En el propio seno de los sindicatos, como en la política, la paridad no es forzosamente la panacea, pero tiene el mérito de fijar reglas y de obligar a crear las condiciones para una participación activa de las sindicadas, en todos los niveles. Esto puede significar, como preconiza Georgette Ximenès, de la CFDT, reuniones más cortas, menos tardías y más eficaces, y también el pago de los gastos de guardería de los niños (existe una línea presupuestaria en la CFDT para eso). Así como sus homólogas de otras centrales, insiste también en la formación tanto de mujeres como de varones, tanto en su base como en los escalafones intermedios.

Más radical, Lydia Brovelli estima urgente poner sobre el tapete sindical la cuestión de la distribución de las tareas en las parejas para contribuir a la evolución de las mentalidades. Esto remite a la vida personal, dice la dirigente cegetista, pero señala que "en su tiempo el aborto y la contracepción también se adjudicaban al territorio privado y todavía somos melindrosos frente a las cuestiones delicadas en la sociedad". Es indispensable crear las condiciones materiales para esta emancipación (con la creación de nuevos servicios, calificados y reconocidos) y las condiciones culturales para el cambio (sobre todo mediante el debate).

Así como el universalismo de la República es sexuado (lo prueba el largo período durante el cual las mujeres fueron privadas del derecho de voto), la separación entre la esfera pública y la esfera privada, que es el segundo fundamento de la República, es segregacionista. Para los varones, el territorio público; para las mujeres, el privado. Para los primeros la política (sagrada) y el movimiento social, para las segundas, los hijos y el hogar. El esquema perdió sus rigideces de origen pero perdura en las cabezas. Urge hacerlo estallar.

  1. Margaret Maruani, Travail et emploi des femmes, La Découverte. París. 2000; Hélène Meynaud, Les sciences sociales et l´entreprise, La Découverte, París,1996.
  2. La Dirección de animación de investigación, estudios y estadística (DARES) elaborócuestionarios sobre los elegidos en las empresas distinguiendo a varones de mujeres, y debiera dar a conocer sus resultados de aquí a septiembre de 2000. Van a ser una primicia.
  3. Regine Saint-Criq, La représentation des femmes dans les conseils economiques, y Marlène Rouet, Femmes et hommes au Conseil économique et social. Rapports au conseil économique et social, París, 12-99.
  4. Las mujeres representan el 47,9 por ciento de la población activa, según la investigación Emploi de INSEE de 1998. En 1960 eran sólo el 28 por ciento.
  5. Sobre los movimientos sociales y las mujeres leer Danièle Kergoat, Les infirmières et leur coordination, Editions Lamarre, París, 1992.
  6. Etudes du Crédoc, 7-99.
  7. III Congreso de la CGT de 1898, mencionado por Gérard Montant, secretario de la CGT, Le Mouvement syndical et les femmes 1895-1918, Imprimerie des Arts et Manufacture (Rennes). La cita siguiente está sacada de un coloquio de la CGT sobre las mujeres en diciembre de 1999.
  8. Michèle Perrot, Les femmes ou les silences del"histoire, Flammarion, París, 1998. Es preciso destacar que actualmente la tasa de sindicalización de las mujeres es del 7 por ciento, pero la noción de "mujer activa" evidentemente es mucho más amplia que la de comienzos del siglo XX.
  9. Stéphanie Batailler, La commission féminine de la CFDT (CFTC) dans les années 60, Les Cahiers de l"ISERES, Montreuil, de próxima publicación.
  10. El gobierno de Quebec adoptó en noviembre de 1996 una"ley proactiva sobre equidad salarial", preparada por una Comisión que presidió Marie Thérèse Chicha, investigadora en la Ecole des relations industrielles de la Universidad de Montreal. Publicó "L"equité salariale", Les Cahiers du Mage, nº 3, París, 1997, y "Le programme d"équité salariale; une démarche complexe à plusieurs volets", en la revista Gestion, vol. 23, número 1, Montreal, primavera de 1998.
Autor/es Martine Bulard
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 15 - Septiembre 2000
Páginas:28, 29
Traducción Yanina Guthmann
Temas Sexismo, Discriminación, Política, Trabajo, Clase obrera
Países Canadá, Francia