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¿Para qué sirve la literatura?

En esta conversación inédita, que tuvo lugar en el Círculo de Lectores de Madrid el 6 de noviembre de 1997, los escritores Günter Grass y Juan Goytisolo reflexionaron sobre asuntos geopolíticos y la situación en sus dos países, la misión del escritor y, por supuesto, literatura. Grass, que sería Premio Nobel de Literatura en 1999, prefigura con relativo acierto desarrollos de la situación política alemana, en tanto que Goytisolo subraya similitudes y diferencias con la española.

Juan Goytisolo (JG): Quisiera comenzar citando un artículo de Günter Grass, donde dice: "¿Para qué sirve la literatura cuando el futuro se nos presenta como una catástrofe anunciada, profetizada por horribles estadísticas? ¿Qué queda para contar, cuando a través de múltiples ejemplos diarios, vemos confirmada y certificada la capacidad de la especie humana para destruirse a sí misma y destruir a todos los seres vivos, de las formas más diversas? Lo único que se puede medir después de Auschwitz es la permanente amenaza de autoexterminio colectivo mediante la energía nuclear, que de ahora en más confiere a la "solución final" una dimensión global. El futuro aparece mayormente agotado, o si se prefiere arruinado. No es más que un simple proyecto, que muy probablemente haya que abandonar".

Los vencedores de la guerra fría están por lograr algo inédito en la historia: descerebrar a la especie humana por medio de una astuta combinación de tecnociencia y tecnomercado. Nos acercamos a las utopías negativas por caminos absolutamente imprevisibles. Así que la primera pregunta puede parecer absurda: ¿qué puede hacer la literatura para defender al ser humano de esa catástrofe programada?

Günter Grass (GG): Yo era todavía un joven escritor de lengua alemana cuando tuve que enfrentarme por primera vez a esa terrible pregunta. Al término de la segunda guerra mundial tenía apenas 17 años. Tenía proyectos artísticos personales, pero rápidamente sentí que para mi generación y para los autores de la literatura alemana que renacía, los temas centrales ya estaban fijados: la guerra criminal desatada por Alemania; la capitulación total; los crímenes y su sombra trágica. Al mismo tiempo, a comienzos de los años ´50, conocí en la república soberana de Alemania Occidental (también fue el caso en Alemania Oriental) la imposición de la censura sobre el pasado. Algunos dirigentes políticos y hasta algunos intelectuales, construían leyendas. Hablaban de un pobre pueblo engañado, manipulado por los "flautistas de Hamelin". Cuando me acuerdo muy bien, ya que era un adolescente durante ese nefasto período, de que todo ocurrió a la luz del día. Las mentiras eran evidentes, pero después de 1945 la mayoría de los alemanes adoptaron una consigna: no hablar del tema, cubrir todo con un manto de olvido y dejar las cosas como estaban.

La joven literatura quería hallar una respuesta para esa situación. Desde el comienzo estábamos contra esos silencios y esos olvidos. Y esa misma actitud la mantuve ante las tentativas oficiales de apaciguamiento, contra el statu quo y contra una historiografía obstinada en ocultar el pasado y a veces en transformarlo, alejando de la verdad a las nuevas generaciones. Impedir eso, es una de las misiones de la literatura.

Heinrich Böll1 y yo nos negamos siempre a que se nos llame "la conciencia de la nación". Es una estupidez, el escritor en tanto tal no puede ser la conciencia de la nación, para aliviar a la nación de sus propias responsabilidades; para que la nación se sienta irresponsable respecto de su propia conciencia. A pesar de todo, varios escritores alemanes desvelaron lo que estaba oculto y cubierto de mentiras, haciendo un trabajo de memoria indispensable. Esa era su misión histórica, aun sabiendo que es una misión sin fin.

JG: En España se vive un fenómeno idéntico de amnesia y de olvido, negociado por el conjunto de las fuerzas políticas durante la transición democrática, entre 1975 y 1978. Pero me gustaría abordar otro tema. Desde 1989, es decir, desde la caída del muro de Berlín, la humanidad está viviendo un impresionante retroceso. Asistimos a la desintegración sistemática del Estado-providencia, a la atomización de la clase obrera, a una enorme caída de las adhesiones a los sindicatos, al abandono del compromiso con los principios republicanos. Bajo la influencia de un discurso dominante, nos resignamos a la arbitrariedad y al abuso de la fuerza, al igual que al avance de un liberalismo caricaturesco, reducido a una serie de fórmulas: mercado, desregulación, competitividad, flexibilidad, productividad, deslocalización, etc. Se nos dice, en síntesis, que para defender la economía nacional, de ahora en adelante es necesario echar a la calle a la clase obrera nacional. Y la Unión Europea, de la que tanto se habla, se comporta como una simple unión bancaria. Lo que sorprende, ante semejante escándalo, es el silencio de los intelectuales posmodernos.

GG: En efecto, vivimos un capitalismo desbocado, que evidentemente está autodestruyéndose y destruyéndonos. Los que más sufren son los trabajadores, que al quedar sin empleo corren el riesgo de quedar excluidos del sistema. Vivimos un extraño cambio de sociedad. Antaño se distinguía claramente a un individuo antisocial. Era una persona que se negaba a trabajar; se la veía en la esquina perdiendo el tiempo, con las manos en los bolsillos. Hoy en día, una persona antisocial anda en un Mercedes, es miembro del consejo de administración de Dailmer Benz o de Siemens y se jacta ante los accionistas de que su empresa no paga impuestos en Alemania. Esas personas están orgullosas de su actitud antisocial y se pavonean por haber logrado deslocalizar varias fábricas, llevándolas al extranjero, donde contratan trabajadores por bajos salarios. Tal es la actitud actual de lo que llaman la "alta sociedad". Esos nuevos "antisociales" no dejan de lamentarse, se sienten incomprendidos y confirman que los tiempos en que reinaba la famosa "moral alemana de pagar impuestos" pertenece al pasado.

La consigna de moda es "hacerse ricos" y se aplica en particular a los nuevos territorios del Este de Alemania, que en realidad no adhirieron voluntariamente a Alemania occidental, como lo quería el espíritu del plan de reunificación, sino que fueron anexados por medio de expropiaciones. El 90% del capital productivo de la ex-RDA pertenece actualmente a Alemania occidental. Y los derechos adquiridos en esa gigantesca empresa de desposeimiento van a transmitirse de generación en generación. Así como los condes de Thurn und Taxis siguen siendo los propietarios de grandes extensiones de tierra en el sur de Alemania, adquiridas por medio de estafas en la época de los caballeros-bandidos del siglo XIV.

Tal es nuestra situación social: gran cantidad de avances republicanos y conquistas democráticas logradas en la larga lucha para civilizar al capitalismo salvaje, se pulverizan ahora repentinamente ante nuestros ojos.

¿Qué hacer? En primer lugar, revalorizar los viejos ideales de la "Ilustración europea", los valores de solidaridad, de fraternidad. Luego, tomar conciencia de que ya no es posible seguir así. Las reacciones son visibles. En numerosos países europeos el electorado rechaza el capitalismo explotador y reclama avances sociales, sin renegar por eso de la economía de mercado.

Lo mismo se puede decir respecto de la Unión Europea. Si Europa quiere merecer ese nombre, tiene que convertirse en algo más que una simple unión de fuerzas económicas. Necesita una verdadera "declaración de principios sociales", una verdadera cultura europea. No alcanza con otorgar anualmente el título de "capital cultural de Europa" a una ciudad distinta, y darle ayuda financiera. Eso es puramente decorativo. No, Europa representa mucho más de lo que pueden imaginar sus empresarios y hombres de negocios. Que sólo reclaman una cosa: más mercado. Un mercado que invade todo, que inunda todo, que ahoga a los individuos. Esa no es la respuesta apropiada.

Respecto del silencio de los intelectuales en Alemania, quisiera decir que muchos camaradas de mi misma generación, que en los años ´60 y ´70 se definían como mucho más a la izquierda que yo y que criticaban mi actitud, calificándola despreciativamente de "socialdemócrata", hoy se sitúan tan a la derecha, que si quisiera dirigirme a ellos debería girar tanto la cabeza que me rompería los huesos del cuello. Un cambio muy curioso, ¿no es verdad?

JG: Lamentablemente muy generalizado. Podría decirse lo mismo de muchos intelectuales y escritores españoles. El problema consiste en cómo enfrentar ese capitalismo devastador, que deja a un lado clases enteras tanto en Europa como en Estados Unidos y que hace que el número de excluidos sea cada vez más descabellado. En ese contexto, ¿qué futuro tiene África? Cuando se sabe que los préstamos que se le conceden representan una parte ínfima respecto de lo que se le roba pagando menos de su valor sus materias primas o sus productos agrícolas.

Todo eso, producto del "pensamiento único", favorece lo que el escritor mexicano Octavio Paz llamó muy justamente "la venganza de los particularismos". Pero tenemos además la ofensiva de todos los fundamentalismos religiosos. En los medios se habla mucho del fundamentalismo islámico, que por supuesto existe y que ha cometido muchos crímenes odiosos, entre ellos parte de los perpetrados en Argelia desde 1992. Pero hay otros fundamentalismos: el integrismo hindú, del que se habla menos y que persigue a las minorías musulmanas y cristianas; el fundamentalismo judío, que reina en las colonias israelíes de los Territorios Ocupados; el fundamentalismo católico en Croacia; y el peor de todos, o el más mortífero de los últimos años, el de los nacionalistas extremistas de Serbia, que no dudaron en llamar "hijo de Jesucristo" a Slobodan Milosevic, responsable del genocidio ocurrido en la ex-Yugoslavia.

Paralelamente, aparecen fundamentalismos nacionalistas que mitifican el pasado, y que fundándose sobre supuestos absolutos, predican aún el ilusorio retorno a una supuesta edad de oro. El diario El País de Madrid publicó recientemente textos de Sabino Arana, el padre del nacionalismo vasco, que eran terroríficos. Eran textos de un racismo muy duro, que me recordaban totalmente el lenguaje fascista de la Falange en 1936. Y ese mismo lenguaje, esas mismas expresiones, las encontramos en boca de los responsables del genocidio en Bosnia.

Todos esos nacionalistas son personas obsesionadas por una idea: restar. Cuando lo importante en una cultura es sumar. Una cultura, en realidad, es la suma de todas las influencias exteriores que ha recibido. Pretender buscar una raíz única, una esencia única, no sólo lleva a la ruina a cualquier cultura, sino también a los peores excesos y a los crímenes que cometen los nacionalistas. Me gustaría saber cómo reacciona la gente en Alemania respecto de esa vuelta de los nacionalismos y de los fundamentalismos.

GG: La situación en Alemania no es clara. Fuera de algunos grupúsculos no existe ninguna tendencia nacionalista fuerte. Por otra parte, hay una incapacidad de los alemanes para redefinirse como nación, ya que esa palabra está desacreditada luego de la experiencia del nacional socialismo. Entre los jóvenes hay tanto desasosiego, que eso los lleva a veces a posiciones extremas.

La política oficial es otra cosa. Cuando comenzó la guerra civil en los Balcanes, la población alemana -y también el gobierno, debido a esa presión- estaba muy dispuesta a recibir refugiados. Alemania acogió más refugiados de Bosnia que cualquier otro país de Europa. Pero un día, el ex ministro del Interior Manfred Kanther decidió parar todo. Es por eso que tenemos una situación escandalosa, porque alrededor de 4.000 refugiados que no cometieron ningún delito y que debieron escapar de Nigeria, de Turquía o de Argelia por motivos políticos, están presos y corren el riesgo de ser devueltos a las autoridades de sus países. A veces, la policía argelina o nigeriana, informada de esas expulsiones por la policía alemana, los espera a su desembarco del avión para detenerlos y torturarlos. Al principio, la prensa alemana informaba y protestaba, pero lamentablemente la repetición de esa conducta inhumana hace que los medios se acostumbren…

El propio sistema capitalista se comporta como un auténtico poder fundamentalista. Lo que no forma parte del mercado (y eso lo decide el mismo mercado) es erróneo, condenable. Ese principio es defendido con un gran fanatismo, aunque con métodos más sutiles que los usados por los fundamentalistas islámicos. No necesitan recurrir al terror. Todo se decide en la bolsa, gracias a un catálogo entero de términos novedosos, como "globalización", "mundialización", como si fuera una receta infalible y nuestro destino inevitable. Europa en tanto fortaleza es más bien una pesadilla que una esperanza y espero que antes de una eventual unificación, cuya máxima expresión es la adopción del euro, se nos permita formular algunas preguntas que no pueden ser medidas por la vara del dinero.

En Alemania, miles de jóvenes, nacidos en el país y que hablan mejor el alemán que la lengua de sus padres, llegados de Turquía o de otros países, se ven impedidos de obtener la ciudadanía porque tenemos una legislación de la nacionalidad que data del siglo XIX2. Cuando leo los artículos de esa ley, me encuentro con expresiones completamente irracionales, como "para ser alemán hay que tener sangre alemana". Puedo ver la diferencia que hay entre un vino bueno, malo o adulterado. Pero medir lo que la sangre de alguien tiene o no tiene de alemán, está por encima de mis posibilidades. Mis abuelos eran izaschuben (eslavos de Dantzig). Y los mejores resultados culturales se consiguen con las mezclas.

En mi novela Es cuento largo, un escritor presenta a Theodor Fontane3. La familia Fontane emigró a Alemania, a Brandenburgo, pues los hugonotes eran expulsados de Francia. Esa inmigración generó un enriquecimiento para la literatura alemana del siglo XIX, gracias al aporte de escritores importantes de origen francés, como Chamisso4, Fouqué5 y Fontane. Nada de eso hubiera sido posible con la actual legislación sobre la ciudadanía.

JG: En España, país de emigración, el tema de la segunda generación no se plantea siquiera. La sociedad presenta una imagen de nuevos ricos y de nuevos europeos. Y semejante mezcla es explosiva. Un estudio realizado sobre jóvenes madrileños de 18 a 25 años mostraba recientemente que el 7% de ellos eran partidarios de expulsar de España a los gitanos, una comunidad que vive entre nosotros desde el siglo XV. Un 26% se declaraba favorable a la expulsión de los árabes y el 12% aprobaba la de los judíos, cuya comunidad es extremadamente reducida y para nada visible. Es decir, que esos jóvenes tenían en sus mentes la imagen de un judío imaginario.

Hace poco, otro sondeo de opinión indicaba que el 57% de la población tenía una mala imagen de Marruecos y que desconfía de los magrebíes. Seguramente debido a esa desconfianza el ejército español mantiene un arsenal de 600.000 minas antipersonales, como reveló la prensa. Un diario decía: "Los arsenales y los polvorines del ejército albergan unas 600.000 minas antipersonales, concebidas para matar o mutilar. (…) En la frontera entre Melilla6 y Marruecos habría unas 30 por metro cuadrado. La impermeabilización de los cerca de 20 kilómetros de frontera entre Melilla y Marruecos era hasta ahora la principal misión a cargo de ese arsenal de minas. Su instalación en caso de conflicto tendría un carácter disuasivo, según fuentes militares, y ayudaría a desviar un eventual ataque hacia zonas más fáciles de defender."

Esta información, fechada el 21-9-97, de haber sido difundida en cualquier otro país habría desatado protestas en los medios intelectuales. Aquí, al contrario, nadie levantó su voz. ¿Como se pudo imaginar "impermeabilizar" esa frontera por medio de minas que habrían matado a gente que escapaba de la pobreza y de la miseria?

Podríamos mencionar también la indiferencia con que en el sur de Italia se mira la llegada de barcos cargados de cadáveres de emigrantes albaneses. En la zona del Estrecho de Gibraltar, probablemente haya dentro de poco viajes organizados para ir a ver y fotografiar los naufragios de las balsas de inmigrantes clandestinos… Vamos hacia una sociedad totalmente inhumana. No alcanza con predicar la tolerancia: hay que modificar las leyes, lo que implica oponerse a toda una serie de decisiones jurídicas y económicas que favorecen esta detestable situación, de la que todos somos testigos silenciosos.

GG: Las mismas dudas, o más bien, el mismo mutismo, existe en Alemania. Pocas personas protestaron cuando el gobierno le propuso a Turquía tanques y vehículos blindados provenientes del ex-ejército de la RDA. Los que protestaron sabían que los turcos utilizarían esos tanques y esos blindados contra los kurdos. El gobierno turco lo desmintió y el gobierno alemán aceptó la desmentida. Y eso a pesar de que los informes de Amnesty International y de otras organizaciones muestran que esos tanques fueron utilizados precisamente contra los kurdos.

Protesté varias veces, pero me responden con viejas mentiras. Hay un dogmatismo y una forma de pensar que recuerdan la Edad media. Hoy en día, Galileo hubiera tenido los mismos problemas que en su tiempo, porque el pensamiento escolástico se está imponiendo nuevamente: lo que no debe ser, no existe. ¡Cuantas cosas han intentado hacernos creer! Durante la guerra del Golfo, por ejemplo, nos quisieron hacer creer que Occidente defendía la libertad y la democracia en Kuwait.

JG: Yo diría que Galileo vivió un poco lo que le está pasando actualmente a Noam Chomsky. Pero agregaría algo: un escritor alemán, que yo respeté durante mucho tiempo, escribió un artículo realmente mortífero durante la guerra del Golfo, que decía: "Nosotros, los alemanes, fuimos los iraquíes entre 1933 y 1945". Lo que es totalmente falso, pues Hitler había sido elegido democráticamente por el pueblo alemán y por lo tanto el pueblo alemán era responsable de lo que Hitler hizo. Mientras que los desdichados iraquíes no tuvieron la posibilidad de elegir a sus líderes. Y la responsabilidad del desencadenamiento de la guerra del Golfo recae totalmente sobre Saddam Hussein. La paradoja es que casi diez años después de semejante carnicería, es el inocente pueblo iraquí el que sigue siendo víctima de un embargo económico que ya causó la muerte de medio millón de niños, por falta de antibióticos y otros medicamentos. Mientras, el dictador continúa viviendo tranquilamente, y hasta se permite insultar al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Durante esa famosa guerra del Golfo, en 1991, se habló de todo, excepto de dos palabras clave: petróleo y sangre. La sangre de las víctimas inocentes, y el petróleo que constituye el interés estratégico de Occidente, en particular de Estados Unidos.

Me gustaría referirme ahora a una entrevista en la cual Günter Grass se mostraba muy esperanzado ante una eventual unión en Alemania del partido socialdemócrata y el partido verde (ecologista), para terminar así con el gobierno de derecha de Helmut Kohl. Me temo que en España no podemos tener ese tipo de esperanzas. Yo vivo fuera de España desde hace muchos años7, pero leo atentamente los periódicos. Y no veo aparecer por ninguna parte personalidades de izquierda comparables a Oskar Lafontaine8, que pudieran reemplazar a Aznar9, llegado el caso. El Partido Socialista Obrero Español no aprendió nada de su bien merecida derrota electoral y se aglutinó en posición defensiva en torno de una serie de personalidades sospechosas de haber violado la legalidad. Y el sectarismo de los dirigentes de la Izquierda Unida10 la coloca fuera de la realidad. También vemos reaparecer, tras la derecha civilizada del Partido Popular, otra derecha pura y dura, franquista, que se ha apoderado del poder judicial y que trata de amordazar a los medios de oposición. Pero, ¿cuáles son las posibilidades de un cambio real en Alemania?

GG: Ante todo quiero relativizar esas grandes esperanzas. Oskar Lafontaine es una carta fuerte, pero no lo veo en el poder. Sus intervenciones son de una eficacia muy irregular y su camarada Gerhard Schroeder da muestras de tal pragmatismo, de tal capacidad de adaptación, en fin, de tal capacidad de mimetismo, que me inquieta. Por otra parte, observo un estancamiento de la política. Los principales partidos, la CDU (Unión democristiana), la CSU (Unión socialcristiana); y el FDP (Partido demócrata liberal), están extenuados, acabados. Ya no creen en sus propios programas y en momentos en que el país necesita reformas, no pueden realizar el más mínimo cambio. Gracias a los partidos políticos aprendí -como ciudadano, no como escritor- que hay que saber utilizar con cuidado la energía de que se dispone. Los sueños son otra cosa.

Dicho esto, es cierto que existe en este momento una posibilidad de cambio. Los dirigentes de la oposición socialdemócrata y los verdes tienen mucho talento. Pertenecen a la llamada "generación de los nietos" de Willy Brandt. Tienen talento y otra cosa que es propia a toda esa generación: un ego desmesurado. Son incapaces de aceptar la opinión de un opositor, de un disidente. En cuanto tienen oportunidad, atacan al otro con el único objetivo de satisfacer su ego. Semejante actitud infantil es una característica marcada de la generación de 1968. Ese defecto puede llegar a impedirles concretar algo que -por primera vez desde hace mucho tiempo- tienen al alcance de la mano: alcanzar democráticamente el poder.

Pero esa victoria no aportaría necesariamente "el gran cambio", no significaría "el triunfo de la revolución social". Sin embargo los socialdemócratas y los verdes pueden modificar, por ejemplo, la legislación sobre la ciudadanía y pueden imponer avances sociales que permitan una cierta domesticación del capitalismo salvaje.

Desde los años ´80 los liberales pronostican la muerte del movimiento obrero europeo. Y hasta hubo socialdemócratas que apoyaron semejantes afirmaciones. Pero esa profecía no se cumplió. Vemos cómo aumenta el desempleo, especialmente entre los jóvenes, cómo se debilitan nuestros sistemas jubilatorios, que corren el riesgo de no poder ofrecer una vejez tranquila a quienes han trabajado toda su vida. Todas esas conquistas por los cuales el movimiento obrero luchó por más de cien años, se desmoronan una tras otra. A tal punto, que a veces me parece que nosotros dos, estimado Goytisolo, somos dinosaurios, excepciones solitarias en nuestros propios países.

Temo que la generación más joven, e incluso la intermedia, ya no tengan voluntad para tomar nuestro lugar. Sin embargo, sólo de ellos depende que podamos salir de este frío letargo llegado de Estados Unidos o de otros lados. Deben expresar su humanismo, su compasión; empezar a deshacerse de su tedio y de su egoísmo y decidirse a enfrentar la realidad. Porque sólo se mejora enfrentando las adversidades. Extraño la época de las luchas pasadas, lo cual me vuelve escéptico. ¿Seremos capaces de transmitir toda nuestra experiencia a las nuevas generaciones? Espero que la situación sea diferente en España y que aquí aparezca una generación de nuevos autores rebeldes.

JG: Lo que define a un intelectual es la búsqueda de un conocimiento desinteresado, sin rentabilidad inmediata. El rigor literario se traduce en un rigor ético respecto de la política y de la sociedad. Naturalmente, hay casos de autores que dan muestras de rigor ético en el campo político pero no en el literario. Su obra es un buen ejemplo que demuestra, por la contraria, que ambas cosas están absolutamente vinculadas. Para esos autores, la defensa de causas "no rentables", poco espectaculares, podría decirse que resulta inútil. Problemas como los de Bosnia, u otros más cercanos geográficamente, como las matanzas de Argelia, que se producen en medio del silencio de los medios, constituyen ejemplos elocuentes. Podríamos agregar lo que ocurre en Ruanda o en Kurdistán. Es verdaderamente lamentable, ya que cerrar los ojos ante esos problemas, es a la vez cerrar el espíritu a toda forma de respeto de la persona humana. Y eso me preocupa, porque lo mismo que usted, me preocupa lo que harán las próximas generaciones. En una reciente reunión sobre ese tema en la New York University, la ensayista estadounidense Susan Sontag evocó de una manera magnífica su angustia ante la soledad en que se hallan los intelectuales críticos en Estados Unidos.

Europa tiene una enorme responsabilidad en la destrucción de culturas y de entidades políticas africanas, ya que dio una protección culpable a los aprovechadores y a los explotadores de sus propios pueblos, esos tiranos que muchas veces hicieron del Estado su propiedad privada, como Mobutu en el Zaire. Al respecto, los discursos cambian, pero no los métodos. Francia, por ejemplo, tiene una gran responsabilidad por haber mantenido durante mucho tiempo ese tipo de dictadores en el África francófona. Cuando uno leía informaciones sobre esos sufridos países, y veía la actitud cínica de un presidente "camaleónico" como François Mitterrand, sentía ganas de gritar: "¡Francofonía, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!"

Aquí en España también se cometen crímenes racistas. Hace algunos años, los habitantes de un barrio precario levantado en San Blas, en las afueras de Madrid, fueron expulsados porque los terrenos eran objeto de una operación inmobiliaria. La municipalidad reubicó a las familias no gitanas, y en cambio a las familias gitanas las envió muy lejos, a Valdemingómez, cerca del basurero de la ciudad… Un verdadero caso de deportación en la zona más tóxica de Europa. Eso ocurrió a comienzos de 1994; y el 10 de octubre de 1997 leí en la prensa la siguiente noticia: "Los expertos del departamento sanitario crearon un plan para evaluar el impacto sobre las personas de la incineración de basura en Valdemingómez, proponiendo analizar la sangre de los vecinos de las plantas de incineración". Esos especialistas trataban de establecer los efectos nocivos del humo de esas usinas sobre la población de riesgo, que naturalmente es gitana. Lo que muestra que no necesitamos ir a Bosnia, ni a Ruanda, ni a Chechenia, ni a Argelia, para verificar la existencia de guetos de los que la gente no puede escapar. Es una situación realmente escandalosa que se mantiene por una sola razón: los gitanos y los inmigrantes no votan; no son políticamente rentables y por lo tanto no interesan a los partidos políticos.

GG: Ese es un tema doloroso para los alemanes, pues a diferencia de lo que pasa en España y en los demás países, en Alemania, durante el nazismo, la persecución de los gitanos formaba parte del genocidio. Ellos también fueron exterminados en los campos de Auschwitz, Treblinka, Oranienburg, Bergen-Belsen, etc. No se conocen cifras exactas, pero entre 400.000 y 500.000 gitanos murieron en los campos de exterminio o a causa de epidemias. Además, muchas mujeres gitanas fueron esterilizadas. Algunas viven aún y hay testimonios aterradores de lo que significaba para ellas, para su vida de mujeres y para sus relaciones familiares, el no poder tener hijos.

En Alemania, contrariamente a otras minorías, los gitanos no lograron hacerse oír. Unos 16.000, refugiados de Yugoslavia, viven actualmente en Berlín. Uno olvida a veces que durante las guerras de Yugoslavia, no sólo hubo pueblos víctimas de atrocidades y masacres, como los bosnios, los croatas, los serbios o los kosovares, sino que hubo una comunidad que fue atacada por todos, la de los gitanos. En cuanto un pueblo decidía practicar la depuración étnica, los gitanos eran los primeros masacrados. Escapar a Alemania no fue para ellos necesariamente una salvación. Ahora viven en Berlín de manera totalmente ilegal, en la clandestinidad, y nadie se ocupa de ellos. Además de las dos fundaciones que he creado (una consagrada al arte y otra a la literatura) creé una tercera para ayudar a los gitanos11. ¿Existen acaso europeos más ejemplares que los gitanos? Van de un país a otro, atraviesan todas las fronteras. Deberían servir de modelo para la nueva Europa que hace el elogio de la movilidad y la deslocalización…

JG: Bueno, ahora hablemos de literatura…

(Charla recogida por Antonio Albiñana, director de Le Monde diplomatique, ed. española).

  1. El escritor alemán Heinrich Böll (1917-1985), Premio Nobel de literatura 1972, es autor entre otras obras de: Retrato de grupo con señora 1971 y El honor perdido de Katharina Blum 1974.
  2. En Alemania, desde la adopción del código por el Reichstag en 1913, la ley sobre la nacionalidad se basa, no en el derecho del suelo natal (jus soli), sino en el derecho de sangre (jus sanguini). La coalición actualmente en el gobierno, en lugar de revisar a fondo esta legislación -típica de una nación tardíamente constituida- se limitó a reformarla. En lugar de acordar -como lo había prometido durante la campaña electoral- la doble nacionalidad a los hijos de la segunda generación de inmigrantes, nacidos en Alemania, autorizó simplemente a los hijos de extranjeros nacidos en el país a optar, a su mayoría de edad, entre la nacionalidad de sus padres y la nacionalidad alemana (Ver "Inmigraciones", págs. 28 a 31).
  3. Theodor Fontane (1819-1898), escritor alemán descendiente de hugonotes gascones. Autor de célebres novelas, como: Adúltera 1882, Errores y tormentos 1888, y Effi Briest 1895.
  4. De origen noble, Adelbert von Chamisso (1781-1838) se vio obligado a abandonar Francia en 1792. Pasó luego toda su vida yendo y viniendo entre su país de origen y Alemania, donde, con La Merveilleuse histoire de Peter Schlemil, se consagró como uno de los grandes autores románticos. Escribió además un sorprendente Voyage autour du monde.
  5. Friedrich Fouqué (barón De la Motte) (1777-1843), escritor y dramaturgo alemán. Autor de: Sigurd 1808, El héroe del norte 1813 y Ondina 1818.
  6. Melilla: enclave español sobre la costa mediterránea de Marruecos, de 12 kilómetros cuadrados y 63.000 habitantes.
  7. Juan Goytisolo vive alternativamente en París y en Marrakech (Marruecos).
  8. En desacuerdo con la política liberal del canciller Gerhard Schroeder, Lafontaine renunció el 11-3-99 a su cargo de ministro de finanzas y de presidente del SPD. Lafontaine explicó su posición en un libro titulado El corazón palpita a la izquierda, cuya publicación, el 13 de octubre pasado, causó un escándalo en Alemania.
  9. José María Aznar, presidente del Gobierno español.
  10. Coalición de izquierdas formada en torno del Partido Comunista español.
  11. Günter Grass ofreció a esa fundación una parte del dinero recibido con el Premio Nobel de literatura de 1999.
Autor/es Juan Goytisolo, Günter Grass
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 5 - Noviembre 1999
Páginas:34, 35, 36
Temas Mundialización (Cultura), Tecnologías, Conflictos Armados, Genocidio, Minorías, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Geopolítica, Literatura
Países Estados Unidos, Serbia (ver Yugoslavia), Argelia, Marruecos, Nigeria, Ruanda, Zaire, Alemania (ex RDA y RFA), España, Francia, Italia, Polonia, Turquía, Yugoslavia, Kuwait