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Construcción celebridades descartables

Nunca en toda la historia mediática de Francia, un programa de televisión había apasionado, fascinado, sacudido, agitado, perturbado, enervado e irritado tanto al país como Loft Story, emitido desde el 26 de abril último por el canal M6 y que alcanza, por momentos, niveles de audiencia de más de diez millones de telespectadores… Sencillamente, es un fenómeno sin precedentes; una situación primigenia, inaugural. Aun cuando sepamos que las imágenes nos dicen más sobre la sociedad que las mira que sobre ellas mismas, su significado en este caso dista mucho de ser claro.

La amplitud del fenómeno es tal que el Festival de Cannes y la fase final del campeonato de fútbol quedaron en buena parte opacados por el frenesí de Loft Story. Un frenesí de proporciones tan extravagantes que la prensa internacional no titubea, pasando por alto otros problemas políticos económicos o sociales, en consagrar numerosos reportajes a esta "Francia cautiva de la locura Loft Story"1.

Importantes periódicos nacionales (Le Monde, Le Figaro, Libération, Le Parisien, France-Soir, Le Journal du Dimanche, etc), y semanarios de gran tirada (L´Express, Le Point, Le Nouvel Observateur, Marianne, VSD, Télérama, etc.), llevados por un efecto de mimetismo mediático2, consagraron enseguida, en varias oportunidades, sus primeras páginas a este fenómeno mediático-sociológico. Y registraron récords de venta, contribuyendo así a ampliar la onda expansiva del éxito de Loft Story.

Psicodrama nacional, impacto mediático total, en todos los medios se multiplican los debates y las polémicas a favor o en contra de este programa. "¡Loft Story ya no es un fenómeno de programación, sino un verdadero asunto de Estado!", declaró, por ejemplo, Hervé Bourges, ex presidente del Consejo Superior del Audiovisual (CSA)3. "Este tipo de programa contribuye a instalar un fascismo rampante", afirmó Jérôme Clément, presidente de la cadena Arte France4. Según la opinión de la Conferencia de los Obispos de Francia, "Loft Story es una buena ilustración de los extravíos a los que puede conducir la búsqueda desenfrenada del lucro. Los jóvenes que aparecen en escena son tratados como los cobayos de un sabio loco que hubiese amontonado algunas ratas y ratones adentro de una caja de zapatos, sin preocuparse por su devenir"5.

Asociaciones y grupos de ciudadanos radicalmente hostiles al programa -como Souriez, vous êtes filmés ("Sonría, lo estamos filmando"), Zalea TV, Apprentis agitateurs pour un réseau de résistance globale ("Aprendices de agitadores para una red de resistencia global"), Solidarloft, etc- apoyados, entre otros, por la Liga Comunista Revolucionaria, las Juventudes Comunistas, el sindicato anarquista CNT, Attac y el Foro de los Jóvenes Verdes, llegaron al punto de realizar manifestaciones en París, Nantes, Rennes, Toulouse y Marsella frente a los locales del M6, depositando bolsas de basura y enfrentándose en algunos casos con las fuerzas del orden… A treinta años de mayo del "68, Francia se encuentra, de pronto, partida al medio y sumergida en un "Mayo loft story".

Vigilancia y sumisión

¿En qué consiste exactamente este programa? Presentado por M6 como "una ficción real interactiva", Loft Story

6 es una especie de juego colectivo cuya dinámica se funda en la eliminación gradual de los participantes a través del voto de los telespectadores. Encerrados durante diez semanas, setenta días, en un gran loft de 225 metros cuadrados, rodeado por un jardín con piscina, aislados del mundo, sin televisión, teléfono, prensa, radio ni Internet y filmados prácticamente durante las 24 horas del día en todas las habitaciones (salvo los baños), once personas solteras -seis varones y cinco mujeres- menores de 35 años (elegidos entre 38.000 candidatos…), deben integrarse a la vida de grupo, revelar mutuamente sus personalidades, para que al fin se forme una pareja ideal. La pareja ganará entonces una casa que vale 3 millones de francos (400.000 pesos)… donde deberán seguir conviviendo durante seis meses -¡siempre filmados!- para transformarse finalmente en los verdaderos propietarios de la casa.

No menos de 26 cámaras, tres de ellas de infrarrojo, y cincuenta micrófonos equipan el departamento, bajo el control de más de cien técnicos y productores, que van y vienen día y noche para garantizar la puesta en escena televisada de continuo. El programa se difunde por M6 en forma gratuita (pero plagado de cortos publicitarios), bajo la forma de síntesis cotidianas de 52 minutos y, mediante el pago de un abono, en forma continua (expurgada de las imágenes o escenas que se consideran chocantes), en la programación paga como asimismo en Internet (loftstory.com).

El concepto de este tipo de programas fue puesto a punto en Holanda por la sociedad Endemol (derivado del nombre de sus fundadores Joop Van den Ende y John de Mol), con el nombre de Big Brother (Gran Hermano)7, a partir de septiembre de 1999. Difundido por un pequeño canal privado, Veronica, el programa lograría un explosivo e inmediato aumento de sus niveles de audiencia. A partir de entonces, este modelo -filmar permanentemente a amables voluntarios que se mueven dentro de un espacio cerrado- fue exportado, con variantes más o menos sórdidas8, a unos veinte países, que van desde Brasil a Polonia, de Estados Unidos a España, de Argentina9 a Suecia o Australia. En casi todas partes, lo mismo que ahora en Francia, tuvo un prodigioso éxito de audiencia (en Estados Unidos, Survivor atrajo ¡más de 50 millones de telespectadores!), al punto que ciertas cadenas llegaron a subastar las sábanas de las camas y otros objetos utilizados por los personajes10. Como si se hubiera globalizado lo que Annie Le Brun denomina "un proceso de idiotización general que aúna a los devotos de todos los países pero también de todas las clases sociales y de todas las edades"11.

Filmado con cámaras de vigilancia o a través de espejos sin azogue, el programa reproduce un dispositivo típico de control (policial, carcelario, militar), reforzado por la eliminación de ángulos muertos, la multiplicación de planos picados, las cámaras de infrarrojo… Que dan al espectador una sensación de poder, de dominio, (muchas veces se ve la escena desde arriba), y al mismo tiempo refuerza a la larga el sentimiento protector (paternalista) hacia los prisioneros voluntarios.

Ese sentimiento de omnipotencia, intensificado por el hecho de que los personajes tienen por lo general una psicología simple, fácil de leer (tanto más porque vienen al "confesionario" para dar las claves de su comportamiento, mirando a los ojos a los telespectadores12 ), lleva a estos últimos a involucrarse afectivamente con los héroes de la serie. Y explica sin duda, en parte, la fascinación colectiva ante tantas escenas simples, vacías, banales, huecas, tantos diálogos nulos y situaciones cero.

El programa desencadenó también en todas partes enormes controversias y alucinantes debates, muchas veces desmesurados (en Italia el papa Juan Pablo II en persona fue llevado a intervenir para condenarlo explícitamente). Pero si realizamos una rápida arqueología audiovisual, no tardamos en comprender que un manojo de signos y síntomas anunciaba desde hace tiempo la ineluctable llegada de este tipo de programas, donde se trenzan inextricablemente exhibicionismo y voyeurismo, vigilancia y sumisión.

Su matriz lejana tal vez se encuentre en un célebre film de Alfred Hitchcock, Rear Window (La ventana indiscreta), de 1954, donde un reportero gráfico (James Stewart) inmovilizado en su casa con una pierna enyesada, observa por ociosidad el comportamiento de sus vecinos de enfrente. En un diálogo con François Truffaut, Hitchcock reconoce: "Sí, el hombre era un voyeur, ¿pero acaso no somos todos voyeurs?" Truffaut lo admite: "Somos todos voyeurs, aunque más no sea cuando miramos una película intimista. Además, James Stewart, en su ventana, está en la situación de un espectador que ve una película". Y Hitchcock constata: "Le apuesto que nueve de cada diez personas no pueden dejar de mirar si ven a una mujer desvistiéndose antes de acostarse, al otro lado del patio, o simplemente a un hombre que ordena su cuarto. Podrían volverse diciendo: "Esto no me concierne", podrían cerrar los postigos, ¡pues bien! no lo hacen, se quedan mirando"13

Exhibición de la intimidad

A esta pulsión de ver, de observar, de dominar, corresponde en cierta forma su contrario: el gusto impúdico por mostrarse. Gusto que experimentó una suerte de explosión a partir del avance de Internet, a través de las webcams14, esas camaritas que difunden imágenes por la red, a intervalos regulares. Desde 1996, el fenómeno webcam hace furor por todas partes. Por ejemplo, desde hace varios años, cinco estudiantes de ambos sexos de Oberlin (Ohio, Estados Unidos), se exhiben en línea (www.hereandnow.net), todos los días, las 24 horas del día, allí donde estén en los dos pisos de su casa. Viven bajo la vigilancia de alrededor de cuarenta cámaras (más que en Loft Story) distribuida en su casa. Y como ellos hay miles, solteros, parejas, familias que invitan con total soltura a los internautas del mundo a compartir su intimidad y mirarlos vivir, prácticamente sin ninguna restricción15.

Pero dejando a un lado a Internet, la gente duda cada vez menos en ofrecerse sin tabúes a la mirada de los otros. Así, en la Casa Radiante, edificio de Le Corbusier situado en Rezé, cerca de Nantes, hay habitantes que se prestan a un juego extraño: ser observados en su casa, por desconocidos. Aceptaron invertir la mirilla de su puerta y ofrecen su intimidad a todos los que quieran mirarlos al pasar…16

Otro fenómeno que va en contra de la idea que podíamos tener de la protección de la vida privada son los diarios íntimos que se multiplican por Internet. Hasta hace poco secretos y personales, hoy las autobiografías y los diarios íntimos circulan libremente por la red. Cada vez son más los autores que ofrecen sin censura sus pensamientos más íntimos, sus sentimientos más ocultos a la masa de los internautas y buscan compartir su intimidad.

Un chino, Lu Youqing, escribió el año pasado en la red su Diario de muerte, que se transformó en un verdadero fenómeno de literatura electrónica. Al enterarse de que estaba condenado a morir, este joven agente inmobiliario de Shanghai decidió compartir con sus contemporáneos su lucha contra el cáncer de estómago que lo minaba, hasta su último instante. Su último suspiro: "Corto el cordón. Los amo"17.

Por otro lado, en los programas de la televisión común, se multiplicaron las emisiones denominadas Trash TV (televisión basura), que presentan a personas que se refieren sin ningún tipo de pudor a sus problemas más íntimos o a sus pasiones más ocultas. El más célebre es el Jerry Springer Show, donde los invitados acuden al estudio para, frente a una sala en estado de delirio, hacer -en pareja o en familia- escandalosas confidencias o revelaciones increíbles sobre su vida privada, que terminan a menudo en insultos, peleas, agresiones. Los temas son edificantes: "Querido, hago la calle", "Estoy embarazada de su marido", "Mamá, ¿quieres casarte conmigo?", "Mi hermanita se prostituye". Y más también. El año pasado, el odio acumulado durante un programa de Jerry Springer titulado "El cara a cara de las amantes rivales", llevó a una pareja a asesinar a la ex mujer del marido18… Más de 8 millones de telespectadores ven este programa, que recibe más de 4.000 llamados de estadounidenses dispuestos a revelarlo todo a cambio de 15 minutos de fama.

En Francia, el canal público FR3 adoptó un concepto similar, "con gente de verdad que habla de verdad sobre su verdadera vida", bajo el título C"est mon choix ("La decisión es mía"), y registró un triunfo de audiencia (7 millones de adeptos) además de desencadenar una gran polémica durante el pasado otoño19. Los temas no tienen nada que envidiar a los del Jerry Springer Show: "Me gusta mostrar mi cuerpo", "Trago una farmacia entera", "No soporto más el pelo y los vellos", "No me gusta andar vestido", "Exhibo mi vida privada por Internet"…

El éxito creciente de la sordidez en el espacio televisivo intensificó el gusto por formas todavía más manifiestas de voyeurismo. Así, el canal de cable estadounidense Court TV se especializó en la difusión de procesos grabados en los tribunales. Su momento de gloria fue durante el proceso de O. J. Simpson (célebre jugador de fútbol estadounidense acusado de asesinar a su esposa), a fines de los años ´90.

A partir de la competencia de las cadenas que difunden Survivor, la versión estadounidense de Big Brother, Court TV decidió ir todavía más lejos en la búsqueda de sensacionalismo. Desde entonces, emite confesiones de criminales. Con un realismo escalofriante, no vaciló en presentar, por ejemplo, "las confesiones de Steven Smith, que relata la violación y el asesinato de una médica en un hospital de Nueva York en 1989; las de Daniel Rakowitz, que mató a una amiga para luego cortar su cuerpo en pedazos y hacerlo hervir, también en 1989; y las de David García, quien ejercía la prostitución, y describe el asesinato de un cliente inmovilizado en una silla de ruedas, en 1995…"20.

El desconcertante éxito popular de estos lúgubres programas explica por qué más de 3.400 periodistas (o sea, más de la mitad de los presentes en Sidney en las últimas Olimpíadas…) se hizo acreditar para cubrir la ejecución de Timothy McVeigh, autor del atentado que causó más de 168 muertos en Oklahoma City, en abril de 1995, prevista para el 16 de mayo pasado y que finalmente fue postergada. También explica por qué el mismo McVeigh quiere que su zejecución mediante la inyección de una sustancia mortal se difunda en directo por la televisión… Lo cual parece confirmar la siguiente reflexión de Paul Virilio: "Después de la publicidad y la propaganda política, la pornografía y la hiperviolencia mediática dieron paso a un conformismo de la abyección"21.

Arqueo y neo-televisión

Estos programas han hecho retroceder poco a poco los límites de lo mostrable y acentuaron la confusión entre documental y ficción, vida real y creación ficcional(ver artículo de Marc Augé, pág. 36). A este respecto, el antepasado más directo de Loft Story es sin duda The Real Life, serie creada hace diez años por el canal de cable estadounidense MTV. En cada temporada se invita a siete jóvenes "sacados de la vida real", elegidos entre miles de voluntarios, a vivir juntos en una casa o un loft donde se los filma permanentemente. No están recluidos y llevan una vida normal (si puede llamarse así), van a la facultad, al trabajo, etc. Esto sucede cada año en una ciudad distinta: Nueva York, Miami, Seattle, Boston… Pero la tipología de estos adultos jóvenes (hombres y mujeres) es casi siempre la misma: el muchacho "de onda", la chica sexy, el joven gay, la muchacha de provincia, el obseso sexual, etc.

Hace diez años que MTV presenta diariamente, durante 26 semanas, un episodio con el montaje dramatizado de los momentos fuertes del día anterior. De todos los programas difundidos por cable, éste es el más mirado, en particular por los que tienen entre 12 y 34 años. "Una de las revelaciones de este programa, para quienes lo miran," declara Jonathan Murray, productor de la serie, "es ver cómo jóvenes tan distintos llegan a comprenderse unos a otros y terminan por establecer entre ellos relaciones conmovedoras"22.

Este éxito sirvió de inspiración a nuevas series de ficción (Sex and the City, Ally Mc Beal), y en particular, a la serie de culto Friends, producida por la NBC, cuyos seis amigos neoyorquinos (Joey, Ross, Rachel, Phoebe, Chandler y Monica) están directamente sacados del "mundo real". Basado en la idea de que para los jóvenes de la ciudad que están en la frontera de la edad adulta, que dejaron a sus familias pero aún no fundaron una nueva, la amistad es más fuerte que todo lo demás, Friends alcanza una audiencia promedio de 23 millones de telespectadores… "En el café o en el departamento compartido", escribe Marc Olivier Padis, analista de estas series, "alrededor de un gran canapé (ni diván, ni sillón) que es el emblema de la serie Friends, las esperanzas y sinsabores sentimentales organizan el diálogo. Las cuatro amigas de Sex and the City son más dinámicas: recorren los sitios de moda de Nueva York y conversan en marcos más variados, a veces incluso en exteriores. En Ally McBeal, el estudio de abogados, la sala de audiencias y el pub son los principales lugares donde transcurre una acción que consiste esencialmente, aquí también, en un diálogo entre amigos y compañeros de trabajo, sobre la vida privada o procesos (divorcios, adopciones, acoso sexual…) relacionados con la intimidad"23.

Inevitablemente, este tema de la intimidad que se ofrece como pastura al público general tenía que inspirar también a los productores de cine. En particular, dos películas lo abordan frontalmente: The Truman Show 1998 , de Peter Weir, y Ed TV 1999 de Ron Howard.

La primera, interpretada por Jim Carrey, cuenta la historia de un joven cuya vida, desde su nacimiento y sin que él lo sepa, se desarrolla en un inmenso estudio de filmación. Su vida es filmada constantemente por decenas de cámaras ocultas y difundida por un canal de televisión.

La segunda cuenta la siguiente historia: un canal de documentales de San Francisco, True TV, cuya audiencia está en baja, decide hacer un seguimiento de la vida de un hombre común, en directo, las 24 horas del día. Ed Pekurny (interpretado por Matthew McConaughey), vendedor de un video club, es el candidato ideal. Seguido permanentemente por dos equipos, el joven se convierte en el ídolo de los telespectadores. Pero todo pega un vuelco cuando Ed descubre que está enamorado de la novia de su hermano… Estas dos películas son parábolas sobre la vigilancia permanente y la libertad individual, y sobre la relación entre las apariencias y la realidad, entre la vida privada y el espectáculo público.

Todos estos antecedentes debían conducir inevitablemente a un programa del tipo de Loft Story. Umberto Eco divide la historia de la televisión en dos etapas: la arqueo-televisión, anterior a los años "80, cuando para aparecer en la pantalla chica había que poseer importantes méritos (ser un campeón, o un gran escritor, o una persona de renombre, etc.), se acudía al estudio bien vestido, con corbata y había que expresarse con corrección. Era la televisión podio, sólo los mejores accedían a ella.

Luego vino la neo-televisión (introducida en Francia en los "80, por el canal 5 de Silvio Berlusconi, más precisamente) donde, con la multiplicación de los juegos y los programas en directo, el público, sin ningún mérito particular, accede directamente a la pantalla, y donde basta ser natural, incluso estar vestido sin especial cuidado, y expresarse con el lenguaje de la calle, para convertirse en el héroe momentáneo de un programa popular: Ça se discute (Todo es discutible), C"est mon choix (La decisión es mía) o Voulez-vous gagner des millions? (¿Quiere ganar millones?) son los últimos avatares del género. Se trata de la televisión espejo, que supuestamente refleja a la gente tal cual es.

Con las emisiones del tipo de Big Brother, como Loft Story, se franquea una nueva etapa. Esta vez el público (representado por los prisioneros voluntarios) accede directamente, ya no a un programa común, sino a una serie televisada. Es decir, a algo que tiene toda la apariencia de la ficción filmada. La recompensa simbólica no es sólo la satisfacción personal, narcisista, de salir en televisión, de realizar un tránsito único y efímero por ella (en un juego, un concurso, o dando un testimonio), sino convertirse en el personaje de un relato.

Lo que apasiona al público, sin que forzosamente sea consciente de ello, es la metamorfosis que se opera bajo su mirada y que transforma a personajes al fin de cuentas comunes, sacados de la vida real, en personajes de una historia, de un relato, de un guión que se parece a una telenovela, a una ficción. Aziz, Loana, Julie y los demás son y no son ellos mismos, puesto que al ofrecerse como espectáculo, acaban por convertirse en protagonistas de una ficción filmada. Y el aura de la ficción facilita el acceso a la fama.

En nuestras sociedades cada vez menos solidarias, devenidas en repúblicas de las soledades, ver construirse la celebridad ante los propios ojos de un modo aparentemente tan fácil, fascina (o escandaliza) al público, en particular a los más jóvenes. Público que en definitiva, no cae forzosamente en la cuenta de que se trata de una estafa. Porque, en plena guerra de la competencia, el sistema mediático necesita celebridades frenéticamente. Quiere producirlas rápido, como lo hace Loft Story, y explotarlas en caliente. Reservándose la posibilidad de deshacerse de ellas con la misma rapidez, para dejar lugar a celebridades nuevas y más frescas. Porque en esta fase caníbal de la cultura de masas, cuando, como diría Guy Debord, el progreso de la sumisión avanza a una velocidad increíble, se trata de fabricar celebridades descartables. Precarias celebridades.

  1. Por ejemplo, el artículo publicado en primera página por el International Herald Tribune, el 21-5-01.
  2. Ignacio Ramonet, La tiranía de la comunicación, Editorial Debate, Madrid, 2000.
  3. La Correspondance de la presse, París, 23-5-01.
  4. Le Monde, París, 15-5-01.
  5. Le Monde, París, 8-5-01.
  6. El título del programa está claramente inspirado en el de una famosa novela del escritor estadounidense Erich Segal, Love Story, publicada en 1970, uno de los éxitos de librería más fabulosos del siglo XX, con más de 21 millones de ejemplares vendidos en versión inglesa y traducciones a 23 idiomas… Cuenta la historia de dos estudiantes -Olivier y Jenny- que, pese a la oposición de sus padres, se casan y cuando todo parecía sonreírles, se enteran de que Jenny tiene cáncer… Su adaptación casi inmediata al cine por Arthur Hiller, con Ryan O´Neal y Ali MacGraw en los papeles protagónicos, tuvo también un enorme éxito mundial.
  7. Alusión a 1984, la novela de George Orwell publicada en 1949, cuyos personajes viven bajo la vigilancia constante de cámaras y micrófonos, en el marco de un régimen dictatorial cuyo jefe es llamado Big Brother.
  8. "Reality Show, la nuova frontiera", La Repubblica, Roma, 15-4-01, y "Télé-réalité: le pire est-il à venir?", Le Monde Télévision, París, 20-5-01.
  9. Luis Gruss, "La zona invisible de Gran Hermano", en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, mayo de 2001.
  10. En Australia, donde fue filmada Survivor II, hay agencias de turismo que ofrecen visitas guiadas a los lugares de rodaje de la serie.
  11. Annie Le Brun, Du trop de réalité, Stock, París, 2000.
  12. En este sentido, este programa es a las piezas de Racine lo mismo que Voulez-vous gagner des millions? a Questions pour un champion.
  13. François Truffaut, Le cinéma selon Hitchcock, Robert Laffont, París, 1996.
  14. www.webcamvideo.com
  15. Denis Duclos, "La vie privée traquée par les technologies" y Paul Virilio, "Le règne de la délation optique", Le Monde diplomatique, París, 8-1999 y 8-00, respectivamente.
  16. L"Express, París, 30-11-00.
  17. Le Monde, París, 14-11-00.
  18. El País, Madrid, 27-7-00.
  19. Libération, 25-11-2000; Le Monde, Paris, 30-11-00.
  20. Le Monde, París, 25-8-00.
  21. Le Monde de l´éducation, 12-00.
  22. Bernard Weinraub, "Still Running: The Mother of Reality TV Shows", International Herald Tribune, París, 27-2-01.
  23. Marc Olivier Padis, "La Solitude des trentenaires", Esprit, París, 3-4-01.

Sin fronteras entre realidad y ficción

Hace unos años, al llegar a Nueva York me instalé en un hotel de Manhattan, encendí el televisor para acostumbrar mi oído y prepararlo a las pruebas que lo esperaban, tomé una ducha y me cambié siguiendo el programa con el rabillo del ojo. Me pareció que era una de esas series cuyo realismo las vuelve muy atractivas, la historia de un estudio de abogados cuyos diferentes representantes (varones y mujeres, blancos y negros correctamente distribuidos), se veían sistemáticamente impulsados a defender con celo a sus respectivos clientes ante el tribunal, a pesar de sus preocupaciones, sus problemas de salud, familiares, sentimentales y económicos, entrelazándose armoniosamente en el curso de cada episodio. Pero esta vez la escena en el tribunal me pareció que se prolongaba demasiado. Presté mayor atención al guión y me di cuenta de que no estaba mirando una serie, sino el verdadero proceso… que se difundía en vivo. Durante toda la semana, me costó quedarme a conversar con mis colegas universitarios, porque no pensaban en otra cosa que en volver a sus casas para seguir la retransmisión del folletín judicial.

En los juegos televisivos del tipo de La rueda de la fortuna, el resultado depende exclusivamente del azar, por eso siempre me sorprendió que el ganador resulte aplaudido con entusiasmo. Ya sé que en la televisión los aplausos estallan siguiendo órdenes y forman parte del espectáculo. Sin embargo, la alegría del público no parece más ficticia que la del ganador. En cuanto a los perdedores, los que tienen menos suerte, también aplauden, felicitan y dan la mano: en realidad no tienen otra opción y se percibe que a la menor manifestación de malhumor perderían la simpatía del público, tanto el que está en el estudio como el infinitamente más numeroso que está delante de las pantallas.

Hay que atenerse al juego y el juego tiene su moral: su ideal de juego limpio -que un animador atento recuerda oportunamente- y su punto de sadismo, porque aunque el malhumor está prohibido, no lo están en cambio cierta tristeza y hasta algunas lágrimas. Por el contrario, éstas son apreciadas, sazonan el espectáculo porque son verdaderas y porque es duro para un desocupado o un empleado que gana alrededor de 1000 dólares ver cómo otro se lleva las decenas de miles que ya sentía en su mano.

En un caso y otro, como vemos, lo que está en cuestión es la frontera entre realidad y ficción, dado que vivimos en un mundo de imágenes que no es ni verdadero ni falso. En este sentido, la realidad se ha vuelto ficción, con la condición de precisar que esta ficción no es del todo una mentira (por ejemplo, con el correr del tiempo nos enteramos de algunas cosas sobre la guerra del Golfo), ni del todo un invento (esa guerra se libró realmente), aun cuando la imagen siga siendo engañosa: al no mostrar todo, no dice nada; al no decir todo, no muestra nada. Asimilamos entonces la guerra del Golfo a una suerte de videojuego donde no habría habido verdaderos muertos: esos muertos iraquíes de los que nunca se habla.

¿Dónde está la verdad?

Son innumerables los ejemplos de todos los episodios de la historia contemporánea de los que no podríamos decir si pertenecen a la realidad o a la ficción, a pesar de que en parte se desarrollan ante nuestros ojos, en la pantalla. Hoy una imagen es un acontecimiento o un ser (a menudo los dos al mismo tiempo), que no es real ni ficticio y fascina por esa misma razón. Tiene el peso de lo real y la irrealidad de un cuento. William Clinton era el jefe de Estado de la nación más poderosa de la tierra, pero nunca estuvo tan presente a los ojos del mundo entero como cuando se convirtió en el hombre de Mónica, el hombre del cigarro vagabundo, el hombre del salón, de quien no sabíamos si lograría eludir la persecución de sus fiscales.

Todos los "héroes" de la actualidad son por una parte "imágenes" y pueden convertirse en el personaje central de una historia de este tipo. Y los hijos de la televisión pueden verse tentados de creer que hay que convertirse en una imagen (entrar en la pantalla y exhibirse allí a cualquier precio) para estar seguros de existir. El cigarro de Clinton, el Mercedes de Lady Di solicitan el voyeurismo de todos y sugieren en última instancia morales tan contradictorias como intercambiables.

¿Qué es entonces lo que puede chocarnos o atraernos en la "diversión" (uso el término pascaliano de la cadena M6) titulada Loft Story? Nada y todo, sólo que en ella todo corresponde a un grado más de ambigüedad. Un grado más en la ficción: ¿quién podría creer en la realidad de esta isla? No es una cárcel, dado que se sale de ella antes de lo deseado; es casi una utopía, el Club Méditerrannée en el suburbio, y es además un loft sin televisión: el colmo de la irrealidad. Un grado más en lo real: como bien sabe la psicología social, la ley de los pequeños grupos es que se deshacen con el uso. El lenguaje, las suspicacias, los enojos y los llantos son reales. Sin duda es precisamente lo que más choca a algunos: esa presencia inocente, insistente y brutal de otra generación y de otra clase social. Un grado más en la elipsis: las cámaras están en todas partes, pero sólo vemos lo que nos muestran. Un grado más en el sadismo: los actores se eliminan (se eligen) unos a otros. El miedo a la "selección" alimenta en el encierro del loft un odio raciniano. Un grado más en lo que es preciso denominar obscenidad: la puesta en escena, el exhibicionismo, la carne fresca. ¿Por qué ese "grado más" cautiva a un público mayormente joven? Porque da a cada participante su plena realidad de imagen. Llorar por Lady Di o por Aziz es lo mismo. La diferencia entre la muerte real de una y la muerte simbólica de la otra es tenue a los ojos de quienes se identifican con ellas. En uno y otro caso se trata de la muerte de una imagen. Ahora bien, las imágenes no pueden, no debieran morir. Están hechas para ayudar a vivir, a creer que uno existe. Y el sadismo último del juego es condenarlas a muerte después de haberlas fabricado.

Ya no basta el espejo. Hacen falta la pantalla y la mirada ajena. Privadas de pantalla, las imágenes mueren pronto, aun cuando la prensa especializada les insufla por un tiempo un poco de oxígeno y una ilusión de supervivencia.

Loft Story condensa todos los rasgos característicos de la ideología en la que vivimos, la ideología del presente cuyo instrumento es el juego y se traduce en la confusión entre personas, actores y personajes. Como toda ideología, es común a manipuladores y manipulados, a explotadores y explotados. No es ésa la novedad. Más bien se la encontraría del lado de la distinción que hacía Freud entre el niño y el adolescente. El niño, decía, no confunde el mundo de sus juegos con la realidad, a diferencia del adolescente que cree en sus fantasmas. Cabría concluir que si hoy la humanidad no recae en la infancia, le cuesta mucho salir de la adolescencia.


Autor/es Ignacio Ramonet
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 24 - Junio 2001
Páginas:36, 37, 40
Temas Internet, Televisión, Cine, Mundialización (Cultura), Tecnologías, Consumo
Países Estados Unidos, Argentina, Brasil, Australia, España, Francia, Holanda (Países Bajos), Italia, Polonia, Suecia