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Recuadros:

Cabezas de turco en Alemania

Los dos millones de inmigrantes turcos en Alemania oscilan entre el afán de integrarse, la experiencia de la discriminación y la necesidad de guarecerse en la identidad cultural de origen, en una sociedad que los reclamó cuando los necesitaba y ahora pretende desprenderse de ellos.

El 29 de mayo de 1993, cinco turcos morían abrasados en su casa, incendiada por skinheads. Tres días antes, el Bundestag (parlamento) había modificado la Constitución para restringir el derecho de asilo. Aquel voto clausuraba meses de debates apasionados, al calor de los cuales muchos políticos, tanto de derecha como de izquierda, responsabilizaron a los extranjeros de "fraude social" y de "abusos masivos".

En noviembre de 1992 otro incendio criminal había costado la vida a dos mujeres turcas en la ciudad de Mölln. Las autoridades prometieron entonces que nunca se repetirían actos tan odiosos1. Pero luego de la decisión parlamentaria Solingen, importante ciudad del Ruhr de 170.000 habitantes (7000 de ellos turcos), antaño capital de la cuchillería, se convirtió súbitamente en la capital del racismo. "En Solingen se hizo mucho para facilitar el diálogo entre alemanes e inmigrantes. Pero la amabilidad de los locales hacia nosotros no duró más que unos meses", recuerda Celal Aktas, un trabajador social de 37 años. "Ahora, las malas lenguas pretenden que los turcos en Solingen consiguen todo lo que quieren. Sin embargo, no nos cedieron nada esencial. No conseguimos ni siquiera la doble nacionalidad que nos habían prometido". Como todos los jóvenes inmigrantes con quienes trabaja, Celal está decepcionado. Su hija mayor, de once años, no va a resultar beneficiada con los nuevos reglamentos, según los cuales los hijos nacidos de padres extranjeros en la RFA serán automáticamente alemanes, pero con la condición de que el 1º de enero del 2000 tengan menos de 10 años. De modo que a ella la van a seguir importunando con pedidos de visa en cada viaje y la solicitud de permiso de estadía.

Sin embargo, agrega Celal, "mis hijas seguramente van a vivir mejor aquí que mi padre -que llegó al Ruhr en 1964- y que yo mismo, que vine a reunirme con él en 1978, a los 15 años". En la escuela no entendía nada, salvo que se burlaban de él. Por despecho, se unió a una pandilla y cometió pequeños robos, hasta que la policía lo atrapó. Cuarenta y ocho horas en la comisaría le hicieron cambiar de rumbo: no le quedaron ganas de pasar su vida en prisión. Abandonó la pandilla, aprendió el alemán e hizo estudios secundarios.

Los padres de Celal volvieron a Turquía con la famosa "prima de regreso" que provocó los celos de muchos alemanes. En 1983, luego de la segunda crisis petrolera, el gobierno federal decidió incitar a los trabajadores inmigrantes a volver a sus países dándoles una suma global de 10.500 marcos por familia más 1500 marcos por hijo (unos 5800 y 830 dólares). Es preciso aclarar que los jubilados solo cobraban la parte correspondiente a sus propias contribuciones salariales y no la parte patronal2.

"En realidad, todos los turcos de la primera generación querían volver. Pero eran prisioneros de sus hijos. Y de su salud, arruinada por los trabajos penosos que los alemanes no querían hacer: sin embargo, sabían que en Turquía los atenderían peor que en Alemania", explica Celal3, quien presentó junto a su mujer -Birsen, directora del jardín de infantes- una solicitud de naturalización. Ellos no sueñan con regresar a su país, sino con una integración exitosa para sus dos hijas, que hablan turco y alemán. "¿No es una ventaja tener dos culturas?", se preguntan.

Esta es también la concepción de Ayla Olsen, de 42 años. Vive con su marido alemán y sus dos hijos en una linda casa en los alrededores de Solingen. "Los alemanes ignoran todo sobre la cultura de los extranjeros que viven con ellos. Todo lo que les piden es que aprendan su lengua y se adapten a su forma de vida. Pero para los hijos de las familias obreras turcas que sólo escuchan el turco en sus casas, la entrada a la escuela es un impacto. Como si tuvieran que saltar al agua sin saber nadar y… sin salvavidas", afirma.

En el jardín de infantes bicultural que fundaron Ayla y sus amigos en 1995, "los niños alemanes aprenden lo que significa el Ramadan y los niños turcos se familiarizan con la Navidad. Queremos simplemente habituarlos a las costumbres del otro, sin juicio de valor, para que no tengan miedo de sus diferencias. El aprendizaje de la tolerancia comienza en el jardín de infantes. Pero mientras los chicos son fáciles de educar, es más difícil vencer los prejuicios de los padres".

Con sus jeans y su corte de pelo moderno, Ayla parece más una joven alemana que turca. No nos la imaginamos con un pañuelo en la cabeza. Aunque ella nunca se lo ponga, entiende por qué cada vez más mujeres lo usan: "Es una respuesta a la discriminación cotidiana y una afirmación de identidad. Al vincularse con su propio grupo, sienten más confianza en sí mismas". Su propia madre, de cincuenta años, quiso de pronto usar el pañuelo, para irritación de su padre. Ayla y su hermana asumieron su defensa. "Retomando las tradiciones religiosas en que la criaron, usando el pañuelo y rezando cinco veces por día, quiso asegurarse un lugar en el paraíso. ¡Que le dejen sus ilusiones!"

Otra mujer de la edad de su madre usó siempre el pañuelo en Solingen. Nada quebrantó su fe en la voluntad de Alá, ni siquiera la muerte de sus dos hijas y sus tres nietas en el incendio criminal de su casa. Mevlude Genç es seguramente la mujer más respetada por el conjunto de la comunidad. "Con sus llamados a la calma y a la no violencia evitó que nuestros lobos grises y otros nacionalistas devastaran Alemania", afirma Celal. Justo después del incendio, Mevlude declaró: "No voy a hablar mal de Alemania. Que la muerte de mis hijas nos ayude a hacernos amigos"4. Ahora vive con lo que queda de su familia en una fortaleza, donde las ventanas se abren automáticamente al menor humo. Su hijo Bekir, que tenía quince años en ese momento, sobrevivió con la mitad del rostro quemado y una oreja carbonizada. La ciudad le encontró un trabajo en el hospital.

La agencia de viaje de Alisan Hizli, de 50 años, está bien ubicada, en la Konrad Adenauer Strasse, frente al estacionamiento de la municipalidad. Su local sirve también de sede a la sociedad germano-turca, famosa por sus tendencias más bien conservadoras, de la cual es el secretario general. Antes de fundar su empresa familiar, el ex obrero no calificado hizo carrera. En Anatolia había empezado a frecuentar más bien irregularmente la escuela primaria, que se encontraba, es cierto, a dos horas de marcha de su aldea. Al llegar a Solingen, en 1966, trabajó en la cuchillería. Diez años más tarde fue elegido delegado sindical. Fue por esa época que el presidente de la República, el liberal Walter Scheel, le dio la mano; la foto está muy bien ubicada en lo alto de la oficina del ex obrero convertido en patrón.

Las otras dos oficinas de la agencia están ocupadas respectivamente por su mujer y su hija mayor, Zerríen Hizli, de 18 años, que tiene un conflicto con su padre. No se siente cómoda en Alemania y quisiera volver lo antes posible a Estambul donde hizo sus estudios: "Todas mis amigas están allá", dice. A pesar de tres años en la escuela comercial, su alemán sigue siendo deficiente. "Los alemanes son muy fríos. Y Solingen no es una ciudad apasionante". Cuando tenga 21 años, seguramente no optará por la nacionalidad alemana. "En Alemania me gustaría ser educadora, en Turquía gerenta de una empresa", dice. Todo dependerá de la decisión paterna.

Yesim Duvan, recientemente elegida en el consejo de jóvenes de la ciudad, tiene también 18 años y conflictos con su padre. Sus padres son musulmanes sunitas, pero no practicantes5. "A pesar de no ser religioso, mi padre no soportaría que yo tuviera un amigo alevi, kurdo o alemán", dice. Del Corán y libros sobre el Islam retuvo una lección de tolerancia que no ve practicar a su alrededor. Los chicos de su calle hacen la guerra a los de la calle vecina. "En Solingen hay patotas nacionalistas, que se pelean unas con otras. También entre los turcos las divisiones son nítidas… Los sunnitas se reúnen en la mezquita, los alevis en la escuela técnica y los kurdos en un lugar que guardan en secreto".

Cuando los skinheads incendiaron la casa de los Genç en Wernerstrasse, Yesim tenía sólo 12 años. El pánico que se propagó en todas las familias turcas y sus padres se turnaban para vigilar de noche, con un balde de agua al alcance de la mano. Poco después se mudaron a una casa donde vivían alemanes, como medida de seguridad. Pero aunque Yesim tiene muchas amigas extranjeras, ninguna es alemana. Y sin embargo ella se siente "mitad alemana, mitad turca". Más adelante, le gustaría ser educadora y volver a Turquía "para cambiar las cosas". ¿Elegir entre dos nacionalidades? "Será difícil", suspira. La doble nacionalidad le hubiera simplificado la vida.

Alí Dogan, cuarenta años, kurdo y alevi, preside la Asociación Popular turca. La timorata reforma del gobierno Schroeder en materia de nacionalidad representa su primera decepción. En los años 80 reivindicó en vano el derecho de voto de los extranjeros en las elecciones municipales. Militó después a favor de una política más abierta para con los refugiados políticos, pero lejos de eso, aquella se endureció. "Sin embargo los inmigrantes ayudaron a lograr esta Alemania tan próspera", advierte. Y de esto sabe algo: en los años 70 se reunió aquí con su padre y trabajó mucho tiempo como obrero no calificado. Aprendió alemán y pasó su bachillerato técnico tomando clases nocturnas. Actualmente trabaja en la farmacia del hospital con Bekir Genç, el superviviente del atentado.

"Así se puede viajar más fácilmente", responde Alí cuando se le pregunta por qué se naturalizó. En realidad, como Celal Aktas o Alisan Hizli, busca integrarse en la sociedad alemana defendiendo los intereses de los inmigrantes. Y es por eso que observa con inquietud la creciente influencia de los islámicos en la comunidad turca: "Hoy hay doce mezquitas en Solingen. Todos los viernes vemos un desfile de chicas de cinco a doce años, con los pañuelos hasta los ojos, que van a la escuela coránica. Los islámicos representan aquí un verdadero lobby que saca ventaja de la mala conciencia política de los alemanes respecto de los turcos". A los ojos de Alí, todo repliegue hacia el Islam lleva a la "guetización" de los turcos. Precisamente aquello contra lo cual lucha…

  1. Brigitte Patzöld, "L´Allemagne malade de ses étrangers", Le Monde diplomatique, julio de 1993.
  2. Cem zdemir (diputado de los verdes en el Bundestag), Currywurst und Döner, edición Lübbe, Bergisch Gladbach, 1999.
  3. La esperanza de vida de los trabajadores turcos en Alemania es en promedio siete años menor a la de los alemanes.
  4. Die Zeit, Hamburgo, 29-5-93.
  5. Los sunnitas representan la mayoría religiosa en Turquía, frente a las minorías chiítas y alevis.

Jus sanguini

Fuimos a buscar fuerza de trabajo, y llegaron hombres" Esta síntesis del escritor suizo Max Frisch se aplica de modo inmejorable a las ambiguas relaciones entre Alemania y sus dos millones de turcos. En los años 60, esos Gastarbeiter (trabajadores huéspedes), en su mayoría procedentes de las regiones pobres del sudeste de Turquía, eran recibidos con orquestas y discursos de bienvenida. Penuria de mano de obra obliga, su llegada era la condición para la reconstrucción del país: el primer acuerdo sobre inmigración con Turquía se remonta a 1961. Utilizados en tareas ingratas y mal pagas, sus "beneficiarios" sentían sin embargo que la República federal los necesitaba.

Tres décadas más tarde, en una Alemania siempre próspera, pero que cuenta con más de cuatro millones de desempleados, se volvieron indeseables. Con mayor razón cuanto esos hombres, que habían llegado solos, trajeron a sus mujeres e hijos. La primera ley sobre inmigración de 1965 limitaba el tiempo de estadía a un año, para instaurar un sistema de rotación. Pero fracasó: hasta los patrones se opusieron, negándose a que "sus" obreros extranjeros formados fueran reemplazados por recién llegados sin experiencia. Pero el interés económico que representaba esta mano de obra abundante y estable terminó por entrar en conflicto con el interés étnico-nacional.

Los responsables políticos alemanes no pararon de machacar que "Alemania no es un país de inmigración". Atraer trabajadores extranjeros -mucho más todavía integrarlos- contradice el espíritu mismo de la ley sobre nacionalidad que, desde el código votado por el Reichstag en 1913, se fundó no en el derecho del suelo (jus soli), sino en el derecho de sangre (jus sanguini). En lugar de revisar fundamentalmente esta legislación típica de una nación tardíamente constituida, la actual coalición se contentó con enmendarla. Desdijo así su promesa electoral de acordar la doble nacionalidad a los hijos de la segunda generación de inmigrantes nacidos en suelo alemán. Luego de la campaña con acentos casi racistas de los democristianos de la CDU-CSU en Baviera, el gobierno Schroeder-Fisher votó sin embargo una semi reforma: los chicos nacidos en Alemania de padres extranjeros deben elegir entre la nacionalidad alemana y la de sus padres cuando llegan a la mayoría de edad.

"En el imaginario político de los alemanes, es difícil conciliar la preservación de una identidad cultural turca con la adquisición de la ciudadanía alemana. La pertenencia al Estado está demasiado ligada con la pertenencia a la nación", escribe el sociólogo estadounidense Rogers Brubakers1. Cuando Gerhard Schroeder repite que "el barco está lleno", dice casi lo mismo que los que proclaman "¡Fuera los criminales extranjeros!"o los asimilan a "parásitos económicos". Se sabe que la criminalidad es un problema de pobreza más que de etnicidad. En Alemania, los inmigrantes depositan en las cajas del Estado y la Seguridad Social treinta mil millones de marcos más por año de los que reciben. Y, como recordó Jürgen Habermas, Alemania necesita a sus inmigrantes para compensar la caída de su natalidad. Pero las fórmulas populistas de las personalidades políticas son electoralmente más exitosas que estudios estadísticos serios…

  1. Robert Brubakers, Citoyenneté et nationalité en France et en Allemagne, Bélin, París, 1997.


Autor/es Brigitte Patzöld
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 5 - Noviembre 1999
Páginas:28, 29
Temas Minorías, Ultraderecha, Deuda Externa, Estado (Justicia), Estado (Política), Políticas Locales, Migraciones
Países Alemania (ex RDA y RFA), Turquía