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Saldo devastador de una época

Luego de más de una década de experiencias neoliberales las sociedades latinoamericanas se encuentran ante una situación grave. Abrumadoras marginalidad y pobreza; caos urbano; expansión del endeudamiento externo; degradación del Estado y de las elites locales aparecen como los resultados visibles de una globalización que prometía milagros y que ahora sólo ofrece ajustes cada vez más duros. Frente a ello se extienden las protestas populares y se consolidan desafíos como los de Cuba, Venezuela o la guerrilla colombiana, mientras los discursos triunfalistas acerca de las maravillas de la economía de mercado se van desdibujando, apagando, descartados discretamente por sus antiguos propagandistas, que incorporan ahora retóricas "sociales" para calmar el descontento, contenerlo dentro de los límites del sistema imperante.

El año 2000 finalizó en América Latina signado por el salvataje financiero a la Argentina encabezado por el Fondo Monetario Internacional (FMI). Durante casi una década esa institución había orientado la política económica argentina, desde la semidolarización (convertibilidad) hasta la privatización-desnacionalización de casi todas las empresas estatales, pasando por una desregulación y una apertura salvajes. El alumno modelo se precipitaba hacia la bancarrota precisamente por haber cumplido al pie de la letra con todas las "recomendaciones" de su tutor.

Las razones del "salvataje" son obvias: de haberse producido la cesación de pagos argentina el impacto negativo sobre la región habría sido durísimo, similar a lo sucedido en Asia del Este en 1997 a partir de la crisis en Tailandia1.

El año 2001 comenzó con grandes protestas populares en Ecuador contra las medidas gubernamentales de aumento en los precios de los combustibles, los impuestos al consumo, las tarifas eléctricas y otras exacciones destinadas a solventar el pago de la deuda externa y el auxilio financiero al sistema bancario. Exactamente un año antes, una insurrección campesina aliada a grupos militares se había apoderado de la capital del país derribando al entonces presidente Jamil Mahuad, que había dispuesto la "dolarización" de la economía. Las vacilaciones de los insurrectos permitieron a la conducción de las Fuerzas Armadas reinstalar a la derecha en el poder. El nuevo presidente "civil", Gustavo Noboa, prosiguió la política de dolarización, privatizaciones y apertura comercial. Un año después, la inflación llegó a casi el 100%, con la consiguiente caída de los salarios reales y del consumo de las clases bajas. Según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos de ese país, la inflación se debe al esquema dolarizador, que empujó hacia arriba los precios de bienes y servicios ajustándolos a los niveles internacionales2 y a la feroz puja por los dólares disponibles. Se produjo entonces una concentración de ingresos sin precedentes; la rigidez cambiaria hizo menos competitivas las exportaciones y alentó las importaciones provocando la ruina de miles de empresas y dejando a unas 200.000 personas sin empleo. La desocupación llega al 18% de la población económicamente activa: unos 700 mil desocupados.

La recesión y la corrupción estatal (que facilita la evasión tributaria de las grandes empresas y las clases altas), afectaron la recaudación de impuestos agravando el déficit fiscal, ya afectado por el pago de la deuda pública externa (unos 15.000 millones de dólares, casi 100% del PBI). Según el Banco Central, este año la inflación podría llegar al 30%; los pagos de la deuda externa serán del orden de los 1.200 millones de dólares, equivalentes al 30% del gasto público y a casi el 7% del PBI. Frente a ese desastre el FMI y la alta burguesía financiera y comercial, en buena parte asentada en la ciudad portuaria de Guayaquil, insisten en radicalizar el esquema neoliberal. Joyce de Ginata, presidente de la Cámara Industrial de Guayaquil, reclamó la inmediata privatización de las empresas estatales y otras medidas de igual signo. Federico Kaune, vicepresidente para mercados emergentes de Goldman Sachs, sostuvo que las condiciones para el buen funcionamiento de la dolarización son un fuerte ajuste fiscal y la privatización de los activos del Estado: "si esto no ocurre, en 2002 con precios mas bajos del petróleo (principal exportación del país), podría haber problemas para el pago de la deuda"3.

Un punto de inflexión

Los casos argentino y ecuatoriano ilustran la nueva realidad latinoamericana, alejada del triunfalismo neoliberal de principios de la pasada década. Este escenario plagado de zonas confusas, rupturas potenciales, broncas populares, radicalizaciones reaccionarias, pesimismos y renacimiento de utopías redentoras puede ser visualizado como un punto de inflexión, un espacio intermedio entre la implantación y auge de sistemas capitalistas depredadores (desde fines de los "80 hasta mediados de los ´90) y su declinación.

Fenómenos de distinta magnitud y duración se combinan conformando un complejo panorama de crisis.

La decadencia de la vida social es uno de los aspectos más visibles de la realidad latinoamericana, como demuestran los indicadores laborales, sanitarios, educativos, de pobreza y marginalidad, de corrupción política y desorden administrativo, de delincuencia empresaria, etc. Algo menos de la mitad de la población sobrevive por debajo de la llamada "línea de pobreza" (menos de dos dólares de ingreso diario). Hacia fines de los ´90, el 24% de la población de Brasil disponía de menos de un dólar por día; el 47% en Honduras, el 15% en México, el 44% en Nicaragua, el 26% en Panamá4.

De esa masa de aproximadamente 250 millones de pobres, más del 80% reside en ciudades. El proceso de "urbanización de la pobreza" es uno de los rasgos distintivos de la región: en las ciudades latinoamericanas vivían en el 2000 unas 380 millones de personas contra 127 millones en el campo5. Cerca del 50% de la población urbana latinoamericana es pobre, una buena parte se agolpa en "villas miseria", un porcentaje creciente vive y muere en las calles o en tugurios infrahumanos. En Lima, más del 40% de la gente vive en asentamientos "ilegales"; en Quito la cifra supera el 50%; en Recife la población "favelada" se acerca al 50% del total6.

En Ecuador, dos de cada diez habitantes tienen un ingreso diario inferior a un dólar; la pobreza alcanza al 85% de los habitantes; el 10% más pobre obtiene el 0,6% de los ingresos, mientras que el 10% más rico obtiene el 43%. Casi el 50% de los niños sufre de desnutrición; la mitad de la población indígena es analfabeta y uno de cada tres niños no termina la educación primaria7.

Los pobres y marginales latinoamericanos son cada vez más, tanto en términos absolutos como relativos. En 1980 representaban el 35% de la población; en 1990 el 41% y hoy el 50%8. El proceso de concentración de ingresos impulsó el fenómeno: en México, el 80% de los hogares más pobres se repartían el 51% de los ingresos nacionales en 1984; el 46% en 19989. En el Gran Buenos Aires la pobreza abarcaba al 9% de la población en 1980; al 26% en 199810.

Las políticas neoliberales redujeron sensiblemente el papel del Estado como creador de empleos y suministrador de ingresos y servicios a las clases medias y bajas. La privatización de empresas públicas implicó fuertes pérdidas de puestos de trabajo; la apertura del mercado interno a las importaciones arruinó a un enorme abanico de pequeñas y medianas empresas; la desregulación facilitó la concentración-desnacionalización empresaria y se acentuaron estructuras fiscales regresivas: más impuestos sobre el consumo y menos sobre los beneficios de los grandes grupos, etc. Todo ello acentuó la desestructuración de tejidos sociales que ya venían sufriendo importantes deterioros desde los años ´70.

El hundimiento social de los estratos medios e inferiores se combina con el giro parasitario, gangsteril, de porciones crecientes de las elites nacionales, en correspondencia con la dominación planetaria de las redes financieras, cuyo ritmo y potencia de desarrollo genera estructuras mafiosas que mezclan negocios especulativos legales con manotazos relativamente "ilegales" (narcoeconomía, saqueos de Estados periféricos, etc.).

La ruina de decenas de miles de empresas privadas y la desnacionalización de empresas públicas latinoamericanas forma parte de un proceso general de saqueo de patrimonios e ingresos, hegemonizado por grupos financieros internacionales secundados por restos mutantes de las burguesías nacionales, que pasaron velozmente de sus tradicionales negocios rurales, industriales, etc., a múltiples formas de parasitismo inscriptas en la lógica del pillaje, de los beneficios rápidos por encima de las normas. Segmentos significativos de las clases altas (empresarios, burócratas civiles y militares, dirigentes políticos, etc.) devinieron lumpenburguesías.

Por supuesto -y por fortuna- la transformación no ha sido completa. La burguesía industrial de San Pablo existe, al igual que un extenso tejido de pequeñas y medianas empresas productivas en Argentina, Chile o México y estructuras estatales con bajo nivel de corrupción en diversos países. Pero todos esos sectores están históricamente subordinados a dinámicas parasitarias coloniales que condicionan su desarrollo en espacios cada vez más estrechos y desordenados.

Por su parte, las crisis estatales se profundizaron impulsadas por los procesos de desmantelamiento de grandes áreas administrativas, privatizaciones, penetración de las mafias locales y sometimiento a los grandes grupos financieros y a los organismos y Estados extranjeros tutelares. Se constituyeron así verdaderos Estados mafiosos, atrapados por redes de negocios criminales (narcotráfico, venta de armas, contrabando, etc.) y "empresariales" (cobro de sobornos de los grandes grupos económicos, pillaje de patrimonios e ingresos públicos, etc.). Países como Argentina, Bolivia, Perú, Colombia o México permitirían constituir una larga lista de casos11.

Esa decadencia general enlaza con fracasos económicos, ideológicos y políticos que marcaron la década de los ´90. En el plano económico la aplicación masiva de las recetas neoliberales fue el instrumento de un vasto proceso de recolonización y saqueo, del que emergió el poder hegemónico de grupos financieros internacionales. La realidad desmintió la promesa de superar por la vía del mercado libre y globalizado la declinación de los años "80, cuando estalló la llamada "crisis de la deuda", demostración (según el FMI y el Banco Mundial) de la obsolescencia de los esquemas proteccionistas y de redistribución de ingresos calificados de "populistas". En los ´70 se volcó hacia la región un gran flujo de "petrodólares"12 y la deuda pasó de 80.000 millones de dólares en 1975 a 370.000 millones en 1982, cuando se desató la crisis mexicana. El endeudamiento prosiguió a ritmo moderado, pero de todos modos llegó a 435.000 millones en 1990, cifra suficientemente alta como para "justificar" en varios países el remate de empresas públicas. Pero esto no detuvo la tendencia: a fines de 1998 la deuda se acercaba a los 740.000 millones y en el 2001 rondará los 800.000 millones (ver gráfico). Ese enorme volumen frena las inversiones productivas, deprime y desestructura los mercados internos e impone recesiones prolongadas, ya que porciones crecientes del ingreso son destinadas al pago de los préstamos. En los ´90 la deuda externa latinoamericana creció a un promedio de más del 5% anual, mientras el PBI real por habitante lo hizo en apenas 1,1% (en los ´60 llegó al 2,5% y en los ´70 al 3,5%)13.

Fin del ensueño neoliberal

El fracaso económico incidió en el deterioro ideológico del neoliberalismo, acosado también por reveses internacionales a partir de la crisis asiática de 1997. Los problemas sociales ya no pueden ser explicados como dificultades provisorias de un proceso globalmente positivo de expansión del mercado y saneamiento productivo. La propaganda fue desbordada por la realidad y ahora se inicia el repliegue, el desprestigio creciente de la ideología dominante. Las dirigencias políticas no pudieron escapar del encadenamiento de fracasos de los regímenes que contribuyen a instalar. El Partido Revolucionario Institucional (PRI) en México; el radicalismo y el peronismo en Argentina y formaciones similares en Venezuela, Bolivia, Colombia o Ecuador se fueron aislando de sus bases populares tradicionales, en la medida en que las sociedades se elitizaban y las mayorías se hundían en la pobreza. La corrupción e integración de esos partidos a las redes mafiosas es funcional a las "democracias" neoliberales, puesto que acompañan desde el Estado a burguesías saqueadoras. La crisis de legitimidad política corre paralela a la pérdida de dinamismo de las economías y a la desarticulación social.

En contraposición con las degradaciones y fracasos señalados ha ido cobrando presencia una muy amplia variedad de expresiones que van perfilando, anunciando, el cambio de época. Desde viejas resistencias que rejuvenecen y se consolidan hasta protestas e insurgencias que van cubriendo la casi totalidad de la región. La declinación neoliberal engendra, multiplica enemigos.

En el año 2000 se produjo un abanico de "casos" sorprendente por su extensión y vigor. El éxito de la economía cubana, expandiéndose al 6% anual después de un quinquenio de crecimiento sostenido14; la consolidación del régimen de Hugo Chavez en Venezuela afirmando su autonomía internacional; el avance de la guerrilla colombiana; las victorias electorales del sandinismo en Nicaragua, del Frente Farabundo Martí en El Salvador y del Partido de los Trabajadores en Brasil; la insurrección campesina en Ecuador (enero 2000); las movilizaciones populares en Perú contra Fujimori; los dos grandes levantamientos campesinos en Bolivia, las tres huelgas generales en Argentina, etc. Asistimos a un fenómeno de rechazo y construcción alternativa al neoliberalismo que va creciendo de manera irresitible, plural.

A este panorama turbulento se agrega el fin de la euforia económica en Estados Unidos. Hasta abril de 2000, cuando empezaron las caídas bursátiles, el debate al respecto contraponía a los sostenedores de la prosperidad indefinida apoyada en el aumento incesante de la productividad y a quienes anunciaban un posible "aterrizaje suave" prudentemente inducido por la Reserva Federal a través de una sucesión de subas de la tasa de interés con el fin de alejar el fantasma del estallido de la burbuja financiera. Pero desde mediados del año pasado el debate cambió enfrentando a los que creen en el "aterrizaje suave" gracias al potencial de recursos acumulados y a la eficacia estratégica del gobierno, con aquellos expertos (cada vez más numerosos) que introducen el escenario de una recesión más o menos dura. Distintos indicadores significativos (evolución negativa de la Bolsa, especialmente de las acciones "tecnológicas"; caída del consumo y de la producción industrial, etc.), parecían dar razón, en el último trimestre de 2000, a los partidarios de la evolución más pesimista.

En cualquier caso, el motor de la economía mundial reducirá su dinamismo y los impactos comerciales, financieros e industriales de esta nueva situación serán muy fuertes. Observando solo el comercio mundial puede comprobarse que las compras de Estados Unidos pasaron de absorber el 15% hacia 1995 a casi el 19% en 1999. No es difícil imaginar las consecuencias negativas globales de una retracción importante de sus importaciones.

Es previsible que se producirá un impacto negativo sobre América Latina. El año pasado la región consiguió superar levemente la caída de 1999 gracias al empuje exportador de Brasil y México y, en menor medida, de otros países del norte de la región, muy integrados a la superpotencia. La mayoría de las naciones siguieron en recesión (Argentina, Bolivia, Perú, etc.). La desaceleración del mercado estadounidense eliminará o achicará sensiblemente esa "tabla de salvación". Desde ya los organismos regionales e internacionales encargados de hacer pronósticos (CEPAL, Banco Mundial y otros) prevén "menor crecimiento latinoamericano" para 2001. Si a ello se suman las operaciones de control imperial en curso, principalmente el "Plan Colombia" (ver págs. 6 y 7), son previsibles escenarios de inestabilidad social y política, peligros de intervención militar y otros componentes de una crisis que se profundiza.

¿Pero de qué crisis se trata?. Según los neoliberales más ortodoxos, obedece a insuficiencia de liberalismo, con lo que serían necesarias más privatizaciones, liquidar los restos de protección social, minimizar el papel de los sindicatos, desregular por completo el mercado y la dolarización. Esa fuga hacia adelante representa más de lo mismo: ajustes devastadores, hundimiento de mercados, descomposición social y, a término, probables ensayos autoritarios expresión de poderes ultracoloniales y mafiosos.

Y están quienes, pasando por los distintos matices de "contención social" y "saneamiento" del sistema (en los que se destaca el Banco Mundial, luego de haber contribuido de manera decisiva a implantar las "reformas" liberales), consideran que nos encontramos ante la "crisis del neoliberalismo" y que, en consecuencia, la reinstalación de esquemas proteccionistas, de distribución de ingresos y de grandes proyectos de desarrollo permitiría retornar a las altas tasas de crecimiento económico de los años ´50 y "60.

Pero esas aspiraciones neokeynesianas enfrentan el problema de la carencia o extrema debilidad de los protagonistas reales en las sociedades capitalistas latinoamericanas tal como existen hoy. Numerosos Estados están desquiciados y penetrados por las redes mafiosas; casi todas las burocracias públicas han sufrido deterioros muy severos y quizá irreversibles; las burguesías nacionales han sido en su mayor parte absorbidas o controladas por grupos financieros globales o bien transformadas en camarillas de especuladores y semidelincuentes; diversas estructuras intermedias sindicales, universitarias y otras han reducido su potencial operativo debido a las políticas neoliberales que achicaron mercados laborales formales, gastos en educación, etc. ¿Cómo recomponer entonces la cultura burguesa en un sentido democrático y nacional si los burgueses "progresistas" necesarios para ello no existen o están en vías de extinción?

Es por esta razón que la crisis actual no se parece en nada a la de los años ´30, cuando los esquemas primario-exportadores (mineros, agrícolas, ganaderos) perdieron viabilidad en el marco de la recesión mundial, pero pudieron desarrollarse sistemas de sustitución de importaciones que industrializaron y fortalecieron Estados y mercados internos ávidos de mercancías que no se podían importar, pero que burguesías productivas nacionales nacientes estaban en condiciones de ofrecer. Se produjeron entonces reconversiones capitalistas positivas, que contaron con amplio consenso social.

Tampoco se parece esta crisis a la de los años "80, cuando arrasados por la marea financiera cayeron uno tras otro los sistemas desarrollistas nacionales. La mutación neoliberal fue posible porque había mucha "torta" para devorar, aunque esta vez el fenómeno duró poco, si se lo compara con el período anterior.

Ahora no aparecen en el horizonte reconversiones viables, porque lo que se desarticula no es una de las variantes posibles del capitalismo, sino el capitalismo regional en su conjunto, con todas sus capas geológicas incluídas: los restos primario-exportadores e industriales nacionales, los estatales y los recientes regímenes financierizados ("neoliberales"). Desde esta perspectiva, si el pensamiento crítico y la elaboración de ideas regeneradoras tardan en aparecer es porque la tarea es ciclópea, el universo a transformar demasiado grande y las referencias internacionales escasean. Las alternativas sociales nuevas, originales, las utopías poscapitalistas, exigidas por la propia realidad, aún aguardan su hora.

  1. El número dos del FMI, Stanley Fisher, situó ala crisis argentina de diciembre de 2000 entre las mayores de la últimadécada, al sostener que "las mayores crisis relacionadas con el mercado internacional de capitales desde 1994 (son) México en 1994, Tailandia, Indonesia y Corea en 1997, Rusia y Brasil en 1998, la Argentina y Turquía en 2000". Maximiliano Moreno, "Una de las peorescrisis de la década", Página 12, Buenos Aires,18-1-01.
  2. Lucas Kintto, "Ecuador: Inflación récord en año de dolarización". IPS-"Página del Pueblo Ecuatoriano", http://www.geocities.com/Eureka/Network/2251,9-1-01
  3. Ibid.
  4. World Bank, "World Economic Indicators",1998.
  5. "Nuevo rostro de las ciudades de la región" en Notas de la CEPAL, noviembre de 2000.
  6. Ibid.
  7. "Ecuador: mandato indígena, campesino y negroal gobierno", Comunidad Web de Movimientos Sociales, http://www.movimientos.org, 9-1-01.
  8. Estas dos últimas cifras son suministradas en el"Panorama social de América Latina, 1999-2000", CEPAL.
  9. "Se profundizan diferencias entre ricos y pobres en México", Reuters, http://www.cnnenespanol.com,9-8-00.
  10. Susana Torrado, "Balance de diez años de ajuste", Clarín, Buenos Aires, 30-11-1999.
  11. Carlos Gabetta, "Decae la República, se afirma el país mafioso-bananero", Le Monde diplomatique ed. Cono Sur, octubre de 2000.
  12. Originados en excedentes de capitales que no podían ser invertidos en la economías industrializadas en recesión.
  13. Fuentes: Banco Mundial y CEPAL.
  14. Jorge Beinstein, "El contramodelo cubano", Le Monde Diplomatique ed. Cono Sur, septiembre de 2000.
Autor/es Jorge Beinstein
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 20 - Febrero 2001
Páginas:10, 11
Temas Conflictos Armados, Corrupción, Desarrollo, Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Estado (Política), Geopolítica, Políticas Locales
Países Estados Unidos, México, Argentina, Brasil, Cuba, Honduras, Nicaragua, Panamá, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, Perú, Venezuela, Indonesia, Tailandia, Rusia, Turquía