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Cómo salir del "sistema Yeltsin"

Es previsible que alguna fuerza de oposición, encarnada fundamentalmente en el Partido Comunista, el partido Patria Toda Rusia y el Iabloko, triunfe en las inminentes elecciones legislativas de Rusia. Esto no garantiza el debilitamiento del poder presidencial ni el final del rol subordinado de la Duma. Una de las tendencias sociales que podría cristalizar es la delegación de la solución de la grave crisis en un hombre providencial.

Las elecciones de los diputados de la Duma en diciembre y luego la del presidente de la Federación de Rusia, en junio del año próximo, coinciden con el retiro de la política de Boris Yeltsin. La partida del dueño absoluto del Kremlin desde 1991 plantea de manera aguda la cuestión de la perennidad -o no- de un poder cuya política tuvo consecuencias trágicas para el país, sumido en una grave "crisis sistémica", para citar la expresión de Igor Stroev, presidente del Consejo de la Federación de Rusia. Después de ocho años de reformas tan brutales como caóticas, Rusia se encuentra "sin Estado ni economía"1 con una sociedad exangüe, donde la mayoría de la población está reducida a lógicas de supervivencia.

En este contexto, las próximas elecciones representan un primer test en cuanto a la existencia de partidos o bloques electorales portadores de un programa diferente del del presidente Yeltsin y capaces de movilizar segmentos importantes de la población en torno a sus objetivos. Esta cuestión va mucho más allá del resultado mismo del escrutinio, en el que con toda probabilidad las principales fuerzas de oposición obtendrán una mayoría aplastante2. Pero en ausencia de cambios importantes en la Constitución y en la organización del poder, esa nueva mayoría corre el riesgo de verse condenada a la misma impotencia que la Duma precedente, que en sus cuatro años de existencia no hizo más que ratificar la política del Kremlin y el desfile de primeros ministros (cinco en los últimos dieciocho meses).

El programa de acción anunciado por el gobierno de Evgueni Primakov a fines del año 1998 contribuyó a sentar ciertas metas esenciales. En el plano económico, Primakov ratificó la necesidad de volver a estudiar las condiciones en las que se habían llevado a cabo las privatizaciones, un gigantesco operativo de incautación de las riquezas del país en provecho de una ínfima minoría3, y prometió una reforma del sistema bancario, comprometido en una actividad meramente especulativa y con un papel clave en la fuga masiva de capitales. El segundo eje de este programa era la lucha contra la criminalización de la economía (según estimaciones moderadas, el 50% de la actividad escapa totalmente a los controles del Estado) y sus referentes en el seno del poder. Primakov declaró además que era su intención restaurar la independencia del país en relación con las instituciones monetarias internacionales y el G7 en el plano político y económico, con una reactivación de la producción nacional.

La repentina destitución de Evgueni Primakov, en la primavera de 1999, contribuyó a poner en evidencia otro punto crucial: la necesidad de una reforma radical de la Constitución. Aprobada mediante un referendum (trucado, según la gran mayoría de los observadores) luego del sangriento acto de abuso de autoridad perpetrado por Yeltsin contra el Parlamento en octubre de 1993, esta Constitución concentra todos los poderes en manos del presidente y otorga el marco "legal" para el acaparamiento del Estado en exclusivo provecho de la "Familia", según el término utilizado desde hace algunos meses por la prensa rusa para referirse al clan Yeltsin y a sus aliados oligarcas.

En efecto, la Constitución reduce a la Duma a un estatuto de parlamento relegado, sometido al permanente chantaje de la disolución. El gobierno, designado por el presidente, debe su permanencia a su docilidad: si un primer ministro adquiere una autoridad capaz de amenazar el poder absoluto del Kremlin es despedido. Fue el caso no sólo de Primakov, sino también de Viktor Chernomyrdin (primavera de 1998) y Sergei Stepachin (agosto de 1999). El actual primer ministro, Vladimir Putin, cuya cota de popularidad literalmente explotó desde el inicio de la guerra de Chechenia, bien podría experimentar un destino similar: el hecho de haber sido designado por Yeltsin como su sucesor para las elecciones presidenciales de junio del 2000 no representa una garantía de estabilidad, muy al contrario.

Como primer ministro, Primakov gozó de una popularidad considerable que no descendió luego de su destitución, aunque su programa se convirtió en letra muerta, aun en lo concerniente a la adopción de medidas compensatorias para los salarios, que después del crack de agosto de 1998, habían experimentado una brusca caída4. Esta estima se explica por el hecho de que los objetivos de su programa están en total concordancia con el sentir de la población.

Arrastrada a una catástrofe social que muchos viven como un hecho irreversible, la mayoría de la población, en todos sus estratos sociales, no reconoce legitimidad al poder, según las encuestas de opinión. Este rechazo atañe a la política de "reformas", definida mayoritariamente como un período de conmoción y tragedias inútiles y a la falta de aplicación de las leyes en las áreas sociales y económicas, así como a la incapacidad de los órganos locales del poder -empezando por la milicia- para hacer respetar el orden y la ley. Frente a un poder "sin poder" que actúa en un marco de no respeto de la ley, la población se siente impotente ante el curso de los acontecimientos y casi no cree ya en la posibilidad de comprometerse en acciones efectivas de resistencia.

Por cierto, en estos dos últimos años se han desarrollado acciones de protesta social a escala de una región o de una profesión; fue el caso del movimiento de los mineros o de las huelgas de docentes y del personal médico para exigir el pago de la deuda salarial. En la primavera de 1998, la "guerra de los rieles", en la que los mineros paralizaron el tráfico ferroviario en Siberia Occidental -especialmente en el Kusbass- logró hacer retroceder al gobierno. En el verano que siguió, el movimiento de los mineros adquirió una dimensión netamente política debido a la instalación de un piquete que reclamaba la renuncia del presidente Yeltsin ante la mismísima Casa Blanca. El campamento se convirtió rápidamente en un punto de convergencia para varios grupos de trabajadores (comités de huelga y sindicatos, pero también trabajadores aislados) convencidos de que la lucha debía desembocar en el plano político. Pero la dispersión del piquete por las fuerzas especiales, en la mañana del 10 de octubre, puso provisoriamente fin a esta tentativa de otorgar una dimensión política a las luchas emprendidas en el terreno social. En ciertas empresas se implementó una forma de control obrero que apunta a impedir su liquidación (tal como en el complejo de Vyborg, o en la fábrica de máquinas de bombeo de Iasnogorsk, para citar dos casos). Pero estas experiencias permanecen ignoradas. Fue necesaria la intervención de la policía contra los obreros de Vyborg para que la prensa las mencionara.

Estos actos de resistencia son multiformes y no se limitan a la empresa. Rusia asiste a la multiplicación de asociaciones de mujeres, que trabajan en red y se desarrollan por fuera de todas las grandes organizaciones, sean sindicales o políticas, y se mantienen, voluntariamente o no, fuera del campo político. La capacidad de movilización de la sociedad en torno a temas de interés general, que había alcanzado un nivel relevante a fines de la década del 80, ha vuelto a caer. El movimiento ecologista ofrece un ejemplo muy significativo en ese sentido: había cumplido un papel esencial en la crítica del sistema burocrático en la perestroîka, pero ahora prácticamente desapareció, con excepción de algunas delegaciones de ONG internacionales, como Greenpeace5. De la misma manera, impresiona la extrema soledad de los rusos que denuncian la segunda guerra en Chechenia6; mientras que la primera guerra (1994-1996) había suscitado un movimiento masivo de rechazo de parte de la población, hoy en día, fuera del Comité de las madres de soldados, sólo se movilizan supervivientes del movimiento de derechos humanos.

La desesperación social y política no sólo se traduce en apatía y desinterés hacia la cosa pública; contribuye también en gran medida al fortalecimiento de la idea de que la llegada al poder de un "hombre fuerte" será en lo sucesivo el único medio para sacar al país de la crisis, con medidas autoritarias. Este mito está también presente en las estrategias del poder y de los partidos. El hecho de que los primeros ministros que desfilaron en el último año (Rimakov, Stepachin y Vladimir Putin) hayan encabezado todos ellos el FSB, sucesor de la KGB, no es mera casualidad. De hecho, cuando Putin fue nombrado primer ministro, Yeltsin recalcó que elegía como sucesor a un hombre "con una autoridad de hierro". Incluso Iabloko, el partido liberal demócrata, dio un giro autoritario al recibir a Stepachin en sus filas. Si los dirigentes del FSB gozan de la mayor consideración por parte de los partidos políticos, no es el caso de los militares, cuya representación es nítidamente menor en los bloques electorales respecto de las elecciones precedentes.

La ausencia de sistema político en tanto conjunto de organizaciones (partidos, asociaciones, sindicatos) afianzadas en la sociedad7 pesa excesivamente sobre los próximos actos electorales y sobre el destino de Rusia. Es también una de las principales cartas del poder, como lo ha sido la negativa del Partido Comunista, mayoritario en la Duma, a desarrollar una auténtica oposición, que fuese más allá de una retórica de la denuncia, apoyada en las resistencias de ciertos segmentos de la sociedad. Si bien los recientes debates en torno de la salida del "sistema Yeltsin" han abordado ampliamente los problemas de fondo (crisis económica y social, criminalidad, independencia de Rusia y reforma de la Constitución, relaciones entre Moscú y las regiones), no existe garantía de que vayan a situarse en el centro de los próximos actos electorales

Si se toman en consideración exclusivamente aquellos bloques electorales que están seguros de superar el 5% de votos para las listas presentadas a escala federal, tres bloques, todos ellos de la oposición, ocupan el centro de la escena.

La plataforma electoral del Partido Comunista de la Federación de Rusia combina, sin innovación alguna, la denuncia del régimen yeltsiniano con las tesis nacional-estatistas que ha defendido en las últimas campañas.

El bloque Patria-Toda Rusia, constituido por Lujkov y Primakov, se perfila como el gran vencedor de las elecciones, en gran parte gracias al prestigio personal de Primakov. Su programa insiste en la necesaria restauración del Estado y la independencia del país, con la fuerte connotación nacionalista rusa que le imprime el alcalde de Moscú, quien reclama la anexión de Crimea y siempre denunció los acuerdos de Khasaviurt con Chechenia. En el plano económico, hace hincapié en la reactivación de la producción interna y el consumo. La reconciliación de las regiones con Moscú es otro tema importante: el bloque es apoyado por representantes de la elite nacional, provenientes en su mayoría del antiguo bloque Regiones de Rusia. Pero el peso de las regiones, donde ciertos gobernadores están cada vez más a favor de implementar estrategias para soslayar al "centro" (especialmente en lo concerniente a los vínculos económicos con el exterior), bien podría convertirse en una fuente de tensiones en el seno de la coalición electoral. Además, la constitución del bloque Unidad, inspirado por el Kremlin, que sabe utilizar el chantaje presupuestario en contra de las regiones en mayores dificultades, apunta a reducir el impacto regional de la coalición8. La lista Patria-Toda Rusia cuenta con el apoyo de la Confederación de Sindicatos Independientes (los "antiguos" sindicatos) y su programa "realista" puede llegar a atraer a ciertas franjas de electores que tradicionalmente votan al PC, pero que están hartos de una oposición estéril y apegada al pasado. De hecho, tanto parte de la dirección del Partido Agrario como ciertos responsables de la Alianza Patriótica del Pueblo, aliados desde siempre con el PC, se han reunido con Lujkov y Primakov.

El partido Iabloko, de orientación demócrata-liberal y última fuerza significativa en el plano electoral, es igualmente presa de las turbulencias del juego político de corto plazo. La alianza con Stepachin -quien desde su llegada no hace más que cañonear al dirigente histórico Grigori Iavlinski- solo puede comprometer la imagen de marca que se había atribuido este partido como única formación democrática comprometida en una oposición consecuente.

Todo ocurre como si el poder actual, pese a su desmoronamiento, o quizás justamente por eso mismo, lograra circunscribir el juego político en el espacio que eligió: el de las intrigas, traiciones y escándalos, característicos de la vida política desde hace varios años. Los argumentos que invaden los medios refuerzan la opacidad de la situación. Y la guerra de Chechenia, que dio lugar a que todas las fuerzas políticas se incorporaran a la ideología imperial de fuerza bruta, corre el riesgo de desviar la opinión pública de los auténticos fines de estas elecciones.

En la crisis que atraviesa Rusia, el poder, las fuerzas públicas y la sociedad, se encuentran atrapados en lógicas profundamente contradictorias. Vinculadas con factores tanto internos como externos, éstas hacen muy difícil cualquier pronóstico relativo a las dinámicas de cristalización, sean positivas (en torno de un programa de gobierno, de un resurgimiento del movimiento social, de una región) o negativas: la hegemonía de un hombre fuerte providencial, del gran nacionalismo ruso (ya con peso en ciertas regiones del Sur de Rusia) o incluso de la guerra.

  1. Moshe Lewin, "La Russie en mal d´ Etat", Le Monde diplomatique, noviembre de 1998.
  2. Desde el partido liberal-democrático Iabloko, hasta el PC, pasando por el bloque Patria-Toda Rusia dirigido por el alcalde de Moscú Iuri Lujkov y el ex-primer ministro Evgueni Primakov.
  3. Tal como admitiera el mismo Vladimir Polevanov, antiguo colaborador de Chernomyrdin, 500 de las más grandes empresas de Rusia, cuyo valor estaba estimado en 200.000 millones de dólares fueron cedidas a sus nuevos propietarios en 7.200 millones de dólares, o sea el 3,6 % de su valor real.
  4. Antes de las reformas, el salario de un trabajador ruso, para un mismo trabajo y con similar calificación, representaba el 25% del salario de un trabajador occidental. En 1995, descendió hasta el 5% y después de la devaluación de agosto de 1998 no supera el 1,5% (ver pág. 7, artículo de K. Clément).
  5. Gregori Pasko, militante ecologista cuyo proceso tuvo lugar a fines de agosto, declaró que de las 22.000 cartas dirigidas a las autoridades rusas para reclamar por su libertad, una sola provenía de Rusia. Libération, París, 11-9-99.
  6. Jean Radvanyi, "Pourquoi Moscou relance la guerre de Tchétchénie", Le Monde diplomatique, noviembre de 1999.
  7. Moshe Levin, ibid.
  8. Este bloque, dirigido por el ministro Sergei Choigu, es apoyado por un número importante de gobernadores de las regiones, que abarca un amplio abanico ideológico. En los sondeos, este bloque se ve beneficiado con más del 7% de los votos.
Autor/es Denis Paillard, Boris Rakitski
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 6 - Diciembre 1999
Páginas:4, 5
Traducción Dominique Guthmann
Temas Corrupción, Deuda Externa, Privatizaciones, Estado (Política), Movimientos Sociales, Políticas Locales
Países Rusia