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¿Caos o complot occidental?

Lo que desde Rusia se interpreta como una conspiración occidental, parece ser más bien resultado del autismo del FMI, de la incapacidad estadounidense de pensar globalmente el problema ruso -sumado a los conflictos entre el Pentágono y el Departamento de Estado- y de la falta de una visión europea de seguridad respecto de Rusia. La única coherencia de Occidente ha sido la personalización de las relaciones, que alentó la connivencia y la corrupción.

Una tesis ampliamente difundida en Rusia sostiene que desde 1991 la actitud de Occidente estuvo dirigida consciente y deliberadamente a debilitar el país. Esa teoría del complot se alimenta en gran medida de los resultados de las políticas que los expertos extranjeros, oficiales o extraoficiales, aconsejaron a los dirigentes rusos desde el invierno de 1991. La sospecha alcanzó su pico máximo luego del crack financiero de agosto de 1998, en particular cuando, en pleno desastre, los gobiernos occidentales multiplicaron sus llamados para que "prosiguieran las reformas". La intervención de la OTAN en Kosovo agravó el sentimiento de que el país era víctima de una confabulación. De hecho, la nueva "doctrina militar" rusa, hecha pública en octubre de 1999, traduce una visión abiertamente antioccidental1. Esa lectura es indicativa de una sociedad cuyos actores se ven privados de control sobre su destino. Aunque está lejos de reflejar la realidad, la visión conspirativa de la historia halla tanta mayor resonancia cuanto más autonomía cobra el gobierno respecto de la sociedad.

El FMI, creado para ayudar a las economías capitalistas desarrolladas a superar sus transitorias crisis de balanza de pagos -pero en realidad convertido en primer actor de la política liberal a escala mundial- tuvo prácticamente a su cargo, desde fines de 1991, la dirección de la ayuda a Rusia. El FMI no poseía sin embargo ningún conocimiento de las llamadas "sociedades en transición", ni ninguna competencia para administrar esas crisis. La convicción de dominar una ciencia infalible y de alcance universal lo llevó a organizar el socorro a Rusia en el marco de sus instrumentos materiales e intelectuales acostumbrados.

Como en otros casos, se dio prioridad a la lucha contra la inflación y a la reducción a cualquier precio del déficit presupuestario, por medio de políticas monetarias y fiscales que ignoraban las relaciones sociales y monetarias de las empresas heredadas de la economía soviética. Así se logró controlar la inflación, pero a cambio de la desmonetarización de la economía, de una profunda caída de los recursos fiscales y de una apertura financiera que facilitó la fuga de capitales, la criminalización de una parte de la economía y el florecimiento de un mercado financiero puramente especulativo en torno de los bonos del Tesoro ruso, los GKO. Esa política monetaria provocó además una sobrevaluación del rublo, cuya paridad real se multiplicó por cuatro entre enero de 1993 y diciembre de 1996, con consecuencias desastrosas para la industria local.

Cuando sobrevino la crisis asiática de 1997, seguida de la rusa de 1998, el despertar fue brutal, pero está lejos de ser completo. Ante la violencia de los enfrentamientos entre economistas del FMI y del Banco Mundial en septiembre y octubre de 1998, hay que preguntarse si el autismo científico del primero no es definitivo. El director del FMI reconoció que la política de su organización ayudó a crear en Rusia "un desierto institucional en medio de un océano de mentiras"2. Pero si los remordimientos y la confesión del pecado pueden tener algún valor en el confesionario, revisten escaso interés en el ámbito de la política económica, y de la política a secas.

En muchos casos, Washington ha influido de manera determinante en las decisiones del FMI y del G7 (los siete grandes países industrializados). Su estrategia unió la búsqueda de objetivos relativamente claros, con iniciativas -en general desordenadas- nacidas de la creciente fragmentación del proceso de decisiones en EE.UU. En la primera categoría se puede incluir la no proliferación tanto nuclear como química y biológica y la integración de la URSS (luego de Rusia) en la economía mundial. Fue en nombre de la lucha contra la proliferación que Washington apoyó entre 1990 y 1993 la política de Moscú contra las manifestaciones de soberanía de las repúblicas soviéticas, en particular Ucrania. Otra constante fueron los esfuerzos para evitar una fuga de cerebros hacia países como Irán o Irak. Así fue que EE.UU. financió, junto a la UE, una parte de los institutos de investigación que en realidad trabajaban en aplicaciones militares en Rusia.

La miopía de la clase política estadounidense sobre el proceso de cambios en Rusia se debe en gran medida a las anteojeras propias de su cultura, que ignora las condiciones institucionales y materiales que, en un país dado, aseguran una relativa estabilidad al estado de derecho y a las relaciones comerciales. Esa miopía se vio de todas formas agravada por el temor de una reconstrucción de la URSS. El afán por impedir cualquier "retorno de los comunistas" llevó a la diplomacia estadounidense a comprometer su apoyo al grupo de liberales que rodeaba al presidente Boris Yeltsin y a hacer de su influencia la única medida del éxito o del fracaso de la transición. EE.UU. apoyó a personajes, no a un proceso. A la inversa, consagró mucha energía a debilitar a ciertos actores políticos rusos que consideraba peligrosos: fue el caso de la campaña contra Arkady Volsky3 en 1992 y 1993 y de la desarrollada contra Evgueni Primakov, primer ministro entre septiembre de 1998 y mayo de 1999.

La Casa Blanca intervino muchas veces -directa o indirectamente- en la vida política rusa. El presidente Yeltsin recibió un apoyo político y financiero explícito durante sus enfrentamientos con el parlamento de Rusia en 1993. Durante la primera guerra de Chechenia, Bill Clinton no dudó en compararlo con Lincoln. Los subsidios y los consejos estadounidenses fueron decisivos durante la preparación de las elecciones presidenciales de 1996. Por otra parte, el credo liberal de Washington impidió cualquier crítica o retroceso de las privatizaciones y desregulaciones.

Pero esas decisiones sólo pueden comprenderse si se analiza la fragmentación del proceso de decisión estadounidense. El conflicto entre el Pentágono y el Departamento de Estado (el primero proponía encarar la transición soviética de una manera más gradual) tuvo importantes consecuencias a comienzos de los años ´90. Los militares estadounidenses estaban más interesados en la estabilidad social y económica de Rusia que Strobe Talbott, secretario de Estado a cargo de las relaciones con ese país. La victoria del Departamento de Estado a partir de 1993 y su alianza con el Departamento del Tesoro significaron la preeminencia de los criterios miopes de privatización y de austeridad presupuestaria.

Los datos suministrados por los distintos servicios de informaciones sobre el estado real de la sociedad rusa y sobre el grado de corrupción y criminalidad de los "amigos" rusos de EE.UU. fueron sistemáticamente rechazados o archivados. El caso más espectacular fue el de un informe dirigido por la CIA al vicepresidente Al Gore, devuelto a sus autores con conceptos fuertemente críticos.

Esta fragmentación se tradujo además en incapacidad para pensar el problema ruso de manera global. La presión de los intereses petroleros estadounidenses llevó a Washington a adoptar una política ofensiva en la cuenca del mar Caspio que debilitó a sus propios amigos políticos en Moscú. La presencia estadounidense en Azerbaiyán se volvió cada vez más fuerte, tanto de forma directa como a través de Turquía.

Por último, la ampliación de la OTAN es otro ejemplo de incoherencia. Si bien el Pentágono se mostró muy reservado respecto de esa decisión, el Departamento de Estado la impulsó bajo la presión de los lobbies de Europa del Este en EE.UU., con la intención de debilitar a la UE.

No hubo entonces una política de Washington respecto de Moscú sino varias, en las que se combinaron hostilidad y miopía. La crisis financiera de 1998 y las revelaciones de 1999 sobre la corrupción echaron luz sobre esa incoherencia, que nutre el debate actual en Washington sobre "quién perdió a Rusia".

La política de Europa, o más bien su ausencia, estuvo marcada por el "pensamiento-FMI", sobre todo en Francia y Gran Bretaña. La UE no logró hacer un análisis claro y original del tema de su seguridad respecto de Rusia. En esto hubo una extraña unanimidad, a pesar de las diferentes culturas políticas. La crisis financiera de 1998 puso en evidencia un acercamiento entre Francia y Alemania, que se alejaron de EE.UU. al proponer un aumento de la intervención del Estado.

De esa forma, ni Bonn ni París mostraron respecto de Primakov la misma desconfianza que evidenció Washington. En cambio, las coincidencias entre Gran Bretaña y EE.UU. aumentaron, haciendo improbable una política europea coherente respecto de Rusia.

A esa impotencia política se agrega una impotencia económica. En momentos en que el presupuesto europeo permitía encarar planes de asistencia en gran escala (como el programa Faro, dirigido a los países de Europa Central, o el programa Tacis, dirigido a Rusia), la organización de los mismos fue objeto de un escándalo profusamente denunciado. En lugar de servir para paliar las necesidades de la sociedad y de la economía rusas, el dinero había ido a parar a consultoras occidentales. Y ello a causa de los procedimientos burocráticos propios de la Comisión Europea. Por otra parte, los dirigentes europeos se mostraron más sensibles a los objetivos de corto plazo, como la colocación de la sobreproducción agrícola propia bajo la cobertura de una ayuda alimentaria pocas veces necesaria y, en todo caso, desastrosa para la agricultura rusa

Sin embargo, no se puede hacer un balance total de la política occidental hacia Rusia sin tener en cuenta la dañina personalización de ciertas relaciones, que alentó complicidades y abrió la puerta a la corrupción. Robert Rubin, por ejemplo, que fuera secretario del Tesoro estadounidense de 1996 hasta 1999, había sido responsable del área rusa del banco Goldman Sachs, muy activo en la apertura de los mercados financieros de ese país. Su adjunto, Lawrence Summers, que lo sucedió en el cargo en 1999, es un ex alumno de Stanley Fisher, uno de los subdirectores del FMI. En estos últimos años las cenas mundanas neoyorquinas fueron muy frecuentadas por gran cantidad de "nuevos rusos" (como se llama a los nuevos ricos) implicados en el escándalo del Bank of New York.

Agreguemos que muchos de los economistas que aconsejan al gobierno estadounidense son a la vez amigos de los "liberales" rusos -en particular de Anatoly Chubais- y de los consultores para fondos especulativos de Wall Street. Un ex jerarca de la CIA y ex miembro del Consejo Nacional de Seguridad estadounidense, Fritz Ermarth, puso abiertamente en tela de juicio la influencia ejercida sobre Washington por los sectores financieros, que habían invertido ampliamente en bonos del Tesoro emitidos por Moscú4.

Pero EE.UU. no tuvo el monopolio de esas prácticas. En el caso de Francia, recordemos el parentesco entre la dirección del Tesoro y el FMI, al igual que las múltiples tentativas de ciertos oligarcas rusos de entrar financieramente en el mundo de los medios.

La personalización de las relaciones dio en buena medida como resultado la incapacidad para formular un punto de vista coherente y progresista sobre la transición rusa y es responsable de la magnitud alcanzada por las complicidades y su consecuencia: la corrupción. La ideología liberal, por perversa que sea, en general sólo fue un instrumento de legitimación de apetitos financieros bien identificables, que se apoderaron de un caos que aquella contribuyó a crear.

  1. Krasnaja Zvezda, Moscú, 9-9-99.
  2. Libération, París, 31-12-99.
  3. Ex consejero de Gorbachev y partidario de una transición pragmática y gradual en 1992 y 1993. En 1999 se integró a la alianza opositora, luego del acuerdo entre Evgueni Primakov y Yuri Lujkov.
  4. "Testimony of Fritz W. Ermarth on Russian organized crime and money laundering before the House Committee on Banking and Finance", Congreso de EE.UU., Washington, 21-9-99.
Autor/es Jacques Sapir
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 6 - Diciembre 1999
Páginas:6, 7
Traducción Carlos Zito
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Deuda Externa, Neoliberalismo, Privatizaciones, Geopolítica, Políticas Locales, Unión Europea
Países Irak, Azerbaiyán, Alemania (ex RDA y RFA), Francia, Rusia, Turquía, Ucrania, Irán