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El perdido orgullo obrero

Nostálgicos, irresponsables, dependientes, parásitos, inútiles": así se suele calificar a los obreros en los discursos despreciativos de los políticos, en los comentarios caricaturescos de los periodistas, o en los análisis esquemáticos de algunos sociólogos. Los obreros (el 58,9% de la población activa) son generalmente asimilados al pasado régimen, que los colocaba en la categoría mistificadora de "clase dirigente del Estado obrero". Aunque eran pocos los que se dejaban engañar por una retórica oficial ampliamente desmentida por la realidad de sus vidas, con ella alimentaban al menos un cierto orgullo, una seguridad que ya no existe.

La fábrica Zil, gran complejo situado en pleno corazón de Moscú, era presentada por los dirigentes soviéticos como la vanguardia de la industria, modelo de éxito económico y social. Los dignatarios extranjeros de visita observaban el país a través de esa vitrina efectivamente reluciente: gigantesco complejo fabril, producción masiva, salarios elevados, infraestructuras sociales desarrolladas y de buena calidad, obreros calificados, y cogestión formalmente establecida de la dirección de la empresa, por medio de los órganos de participación obrera1. Además, el principio de "la emulación socialista del trabajo" permitía a la empresa batir regularmente nuevos récords de productividad: los "héroes del trabajo" eran muchos, y los obreros se enorgullecían de formar parte de esa planta.

Los postulantes venidos del interior del país solían hacer fila en las puertas de la fábrica para que los contrataran, y conseguir de paso la propiska, documento que los autorizaba a residir en Moscú.

Confrontados a diario con el permanente desdén de los financistas y de los hombres de negocios de Moscú, "los Zil" terminaron dudando de ellos mismos, de su capacidad de adaptación y de acción, de su valor individual. Las pocas veces en que los obreros de Zil se arriesgaron a emprender una acción colectiva, los argumentos de la dirección lograron hacerlos dudar. Ante los reclamos de sindicalistas combativos, en campaña contra los salarios y horas extra no pagadas, el intendente de Moscú Yuri Lujkov, principal accionista de Zil, denunció la escasa productividad de la fábrica e instó a los obreros a arremangarse para sacarla a flote. Luego de eso, los obreros conminaron a los sindicalistas a "ponerse a trabajar, en lugar de protestar y pasar el tiempo en discusiones".

Los dirigentes de empresa gozan de la legitimidad del poder y del éxito material, prueba de su buena adaptación al "mundo moderno" y al "mercado", mientras que los obreros se sienten excluidos e inútiles. Sin embargo, si Rusia sigue produciendo (a pesar de una caída del 50% del PBI desde 1991) es en buena medida gracias a los obreros y a su apego a la fábrica. La falta de inversiones productivas y el envejecimiento de las maquinarias se ven en alguna medida compensados por un trabajo mayoritariamente no reconocido ni remunerado. Los salarios son bajísimos, muchas veces inferiores al piso de pobreza, salvo en las ramas más rentables, como el gas o el petróleo.

En agosto de 1998, la crisis monetaria redujo a la mitad los salarios reales, a lo que hay que agregar que desde 1992, fecha de la liberación de los precios, los obreros ya habían perdido el 50% de su poder adquisitivo2. Los salarios impagos comienzan a ser liquidados gracias a la inflación y a una relativa reactivación de la actividad industrial. Pero la tendencia puede invertirse si cambia la coyuntura. Los trabajadores de los sectores públicos de sanidad, educación y cultura, reciben salarios promedio aún más bajos, mientras que en la industria la relegación social fue más rápida y más brutal.

El nivel de remuneración de los asalariados no puede medirse exclusivamente por el sueldo, puesto que una gran parte se recibe en especies o como prestaciones sociales. Los pagos en mercancías son una de las formas de bajar los salarios. Las infraestructuras sociales manejadas por las empresas (jardines de infantes, hospitales, complejos de viviendas, terrenos de esparcimiento y vacaciones), se van deteriorando y muchas veces son entregadas a las municipalidades o son privatizadas (esta última fue la opción de los financistas moscovitas propietarios de Zil). El Estado, en retirada de la esfera económico-social, no asume las funciones abandonadas por las empresas. Por lo tanto, los asalariados están cada vez menos protegidos.

Sólo algunos grandes complejos industriales que mantienen un nivel de producción y de rentabilidad suficiente, conservan su tradicional esfera social. Es el caso del consorcio automotriz Gaz de Nijni-Novgorod, en la región del Volga. Sus obreros reciben salarios muy insuficientes respecto del costo de vida (entre 500 y 1.000 rublos en julio de 1999), pero sobreviven gracias a las infraestructuras a las que tienen acceso gratuitamente o a precios muy bajos en este barrio industrial, casi por entero propiedad de la empresas. En contrapartida, son casi prisioneros de su barrio, ya que no cuentan con medios como para mudarse a otras zonas. De esta manera quedan fácilmente a merced de la dirección de la empresa, que brinda numerosos servicios y organiza la vida del barrio. Finalmente, hay que tener en cuenta que el acceso a esos servicios sociales no es igualitario: los cuadros y los obreros "meritorios" tienen prioridad.

Control paternalista y autoritario y gestión flexible de la mano de obra, se conjugan para obtener del obrero no sólo que se entregue excesivamente al trabajo, sino además una especie de abnegación. A fuerza de desgastarse en su esfuerzo para aumentar su salario y probar sus capacidades, los obreros de la fábrica Gaz terminan viviendo su condición de asalariados como una esclavitud. Así lo admite Tatiana, obrera del taller de fundición: "De todas formas, hagamos lo que hagamos, no lograremos cambiar nada. Alguien se beneficia siempre con todo esto, y nosotros somos apenas unos esclavos". Sacha, obrero montador, va más lejos: "Trabajamos en unas condiciones de mierda y a nadie le interesa nada mientras sigamos trabajando. Y nosotros seguimos, efectivamente, como esclavos"

Tamara, empleada del taller de equipos técnicos, se niega a trabajar los sábados para poder ir a cultivar su parcela de tierra y subsistir durante el invierno. "Cuando hacemos horas extra se dan el lujo de pagarnos aún menos. Nos dicen que si nos vemos obligados a trabajar los sábados es porque no alcanzamos los objetivos de la semana. Es decir, que es culpa nuestra si las materias primas llegaron atrasadas, o si las máquinas se descompusieron. Perdemos la prima, y para colmo debemos hacer horas extra no reconocidas como tales", relata.

Cuando se trata de descubrir un método para bajar los salarios o para hacer trabajar más a los obreros, la imaginación de los empresarios rusos no tiene límites. Y sus iniciativas cunden, gracias a que la ley no se aplica. Igor, un colega de Tamara, se ve obligado a hacer doble trabajo. Por falta de personal de manutención debe llevar él mismo pesadas cajas hasta su taller. Ese trabajo suplementario no se le paga y además lo perjudica, pues reduce su rendimiento.

De esta forma, Rusia está "a la vanguardia" en el combate que el liberalismo desarrolla en Occidente para imponer la "flexibilización"3, que se traduce en una casi total disponibilidad de los trabajadores respecto de sus empleadores. La explotación se apoya en el desorden de la "transición", aprovechando el apego material y emocional que los obreros sienten por su trabajo.

Todo esto se presenta como una "liberación de oportunidades" para elevar el nivel de vida, ascender profesionalmente, trabajar de manera independiente o montar una empresa. Pero la mayoría de los obreros, desprovistos de un capital inicial, material o de relaciones, viven su libertad como una relegación a los bajos fondos de la sociedad, una desprotección institucional y colectiva, una ausencia de solidaridad. Si gozando de toda libertad se empobrecen, pues entonces son los responsables de su pobreza. En ruso, la regla se enuncia de esta forma: "El salvataje de los que se están ahogando queda exclusivamente a cargo de los propios náufragos".

Los obreros se encuentran, por lo tanto, cruelmente obligados a asumir una libertad sin medios y sin poder. Si se oponen, se los acusa de ser eternos asistidos, un lastre para la modernización de la sociedad. Nada mejor que las experiencias reales de los que tratan "de rebuscárselas"4 para poner de manifiesto todo el cinismo de esa ética, que consiste en responsabilizar a la gente sin darle los medios para salir adelante. Pero los obreros se prestan a ese juego en buena medida -a pesar de su propia experiencia- y tienden a valorizar el "arreglárselas como se pueda", "contar con uno mismo", y "hacerse cargo, sin recurrir a los demás".

De hecho, "se las arreglan" de muchas maneras: horas extra, rapiña en la empresa, trabajo en negro, un segundo o un tercer empleo, actividades domésticas, cultivo de una pequeña huerta y las mil ingeniosas formas para economizar algunos rublos.

De ese frenesí de actividades y de creatividad nace un innegable sentimiento de confianza en las propias fuerzas, aunque constantemente puesto a prueba, ya que el sistema de "rebusques" implica una precariedad permanente. El trabajo en negro puede desaparecer de un día para el otro; un trabajito apenas rentable puede dejar súbitamente de serlo; una tormenta puede destruir en una tarde toda la cosecha de la quintita; el producto de varios días de labor puede quedar de golpe en manos de un intermediario del trabajo en negro, mafioso o no. Nada es seguro y todo depende de la suerte, de relaciones o de compromisos informales y, por lo tanto, sujetos a retractación. La estabilidad de los trabajos en negro es aún más frágil que la de los empleos formales y quienes los practican viven sometidos al esfuerzo, a la precariedad y a la incertidumbre.

Sin embargo, la ventaja en la experimentación de "la flexibilización laboral" que los obreros rusos le llevan a sus homólogos occidentales, se debe también a que esa tendencia encontró en Rusia un terreno favorable: los retrocesos sociales de los años 80; la distancia existente entre el discurso obrerista soviético y la realidad; el enturbiamiento de las conciencias heredado del pasado régimen, sirvieron de plataforma al ultraliberalismo. La diabolización del pasado hace tabla rasa con todo lo que evoca al socialismo.

  1. Carlos Gabetta, Revista trepuntos Nº 86, 2-2-99.
  2. En 1998 el salario promedio de los obreros era de 1.000 rublos (unos 170 dólares). Desde entonces, prácticamente no varió, pero el rublo sufrió una fuerte devaluación (actualmente 1.000 rublos equivalen a unos 42 dólares) y además, los precios aumentaron. Por su parte, el piso de pobreza está subvaluado: a comienzos de 1999 se fijó en 924 rublos.
  3. Simon Clarke, Labour relations in transition. Wages, Employment and Industrial Conficts in Russia, Edward Elgar, Cheltenham, 1996 ; Veronika Kabalina, Predprijatie irynok: dinamila upravlenija i trudovyh otnoshenij v perexhodnoj period (La empresa y el mercado: evolución del trabajo en el periodo de transición), Rosspen, Moscú, 1997; David Mandel, "The Russian Working Class, Privatisation and Labour. Managment Relations in the Fourth Year of ´Shock Therapy´" in Labour Focus on Eastern Europe, Oxford, Nº 51, 1995.
  4. Vladimir Gimpelson, "Tchasnyj sektor v Rossii: zanjatost'i oplata truda" (El sector privado en Rusia: empleo y salario), in Mirovaia Ekonomika i mejdunarodnye ornoshenija Nº 2, 1997; E. Klopov, "Vtoritchnaia Zaniatost kak forma social'noj trudovoj mobil'nosti" (La segunda actividad como forma de movilidad social y profesional) in Sociologitcheskie issledovanija, Moscú, Nº 4, 1997.
Autor/es Karine Clément
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 6 - Diciembre 1999
Páginas:5, 6
Traducción Carlos Zito
Temas Políticas Locales, Clase obrera
Países Rusia