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Washington reinicia la carrera armamentista

El experimento del nuevo misil antimisiles estadounidense EKV y el rechazo en el Senado de Estados Unidos del Tratado de Prohibición de Experimentos Nucleares, son indicios de una nueva estrategia defensiva, dirigida a neutralizar la eventual amenaza de las denominadas potencias emergentes. Este giro ha suscitado la inmediata reacción de potencias como Rusia, Francia y China y será asimismo uno de los factores en juego en las reñidas elecciones presidenciales estadounidenses del año 2000.

El EKV no es más que un nuevo modelo de misil anti-misiles y no es la primera vez que EE.UU. se esfuerza por tratar de neutralizar eventuales ataques de misiles enemigos. En 1956, menos de un año después de la primera prueba de un misil intercontinental soviético, ya se había estudiado el programa Defender, consistente en un sistema anti-misiles basado en el espacio, por lo cual se lo había denominado Bambi (Ballistic Missile Boost Intercept). Pero su realización parecía demasiado difícil, y el proyecto fue abandonado a comienzos de los años 60.

Luego, las investigaciones se orientaron hacia la búsqueda de un sistema dirigido a destruir los proyectiles agresores durante la fase terminal de su trayectoria. El punto de partida de ese plan, en julio de 1962, fue la experimentación del sistema Nike Zeus. Por su parte, los soviéticos se decidieron a trabajar en la misma dirección y ese año comenzaron a instalar los misiles anti-misiles Galoch alrededor de Moscú. EE.UU. pensó entonces en defender su territorio de manera más amplia mediante el programa Sentinel, al que se agregó -a comienzo de los ´70- el proyecto Safeguard, destinado a proteger los silos que contenían los misiles intercontinentales.

Evidentemente, esa carrera de misiles anti-misiles podía resultar en un desequilibrio de la paridad nuclear entre las dos grandes potencias si alguna de ellas encontraba antes que la otra la manera de neutralizar los misiles enemigos. Ambos países terminarían agotándose en semejante esfuerzo. Eso explica el acuerdo firmado entre Leonid Brejnev y Richard Nixon, el 26-5-72 en Moscú, sobre la limitación de misiles balísticos, conocido como "tratado ABM". El mismo prohibía el desarrollo de misiles anti-misiles y reducía a 100 el número de los existentes de cada lado, antes que soviéticos y estadounidenses decidieran destruirlos.

Pero el 23-3-83, el presidente Ronald Reagan anunció el nuevo proyecto estadounidense de desplegar en el espacio un sistema anti-misiles basado en armas a energía dirigida, laser, o armas a chorro de partículas, capaces de interceptar y desintegrar los misiles enemigos en distintas etapas de su trayectoria. Ese proyecto también fue abandonado, pero no sin antes realizar -el 10-6-84- una experiencia con objetivos más modestos, que permitió a un misil anti-misiles interceptar la ojiva de un misil balístico 180 kilómetros antes de que alcanzara su objetivo.

El EKV no tiene de ninguna manera las pretensiones del sistema que anunció Reagan. Su objetivo no es la neutralización sistemática de misiles enemigos detectados desde plataformas espaciales -aunque no todos destruidos- en las capas altas de la atmósfera. Esta vez se trata de un sistema anti-misiles basado en tierra, pero que se apoyaría en la detección de proyectiles enemigos por la red de satélites de observación estadounidenses. De esta forma, quedarían protegidas únicamente las zonas consideradas más amenazadas por un potencial enemigo (en suelo estadounidense o en países aliados), cuya salvaguarda sea juzgada de interés capital. El proyecto Reagan, en cambio, aspiraba a proteger todo el territorio nacional.

Los nuevos enemigos

El objetivo es contrarrestar los misiles desarrollados por las llamadas -en el vocabulario estratégico actual- "potencias emergentes". En efecto, el despliegue de esas armas por parte de numerosos Estados del mundo, constituye una de las características más notables de las relaciones estratégicas internacionales hoy en día. Los Estados que cuentan con tecnologías avanzadas pueden dotarse de misiles de muy largo alcance y de cierta precisión.

Ese es fundamentalmente el caso de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas: EE.UU., Rusia, China, Gran Bretaña y Francia. Pero a pesar de las disposiciones adoptadas en 1987 para prohibir la transferencia de tecnologías a otros Estados (ese es el objetivo del Régimen de Control de las Tecnologías Balísticas, MTCR), algunos países tomaron iniciativas exitosas en ese sentido. Es el caso, principalmente, de la India, Japón e Israel, pero también de Brasil, Ucrania, Irak, Irán y posiblemente de Siria. Estos países han desarrollado misiles de corto o mediano alcance, a veces de más de 1.000 kilómetros, generalmente gracias a la adaptación de misiles construidos por las grandes potencias, como los Scud de la ex-URSS; el SS1 ruso -de un alcance inferior a 300 kilómetros- el M11 chino, y hasta ciertos misiles tácticos estadounidenses cuyas tecnologías son conocidas. Únicamente Corea del Norte estaría equipándose con un misil de largo alcance, el Taepo-Dong 2, con un radio de acción cercano a los 6.000 kilómetros.

La prevención contra los misiles de crucero, que se desplazan a baja altura, es difícil. Y si bien ya habría una cantidad de países dueños de esa técnica, su puesta en práctica operativa es muy larga y aleatoria en la mayoría de los casos. Si se confirma su decisión de comenzar a trabajar en el despliegue de un nuevo sistema anti-misiles, EE.UU. pretende neutralizar los misiles balísticos de mediano alcance, y más aún, los de alcance estratégico. Lo que se busca, muy precisa y abiertamente, es contrarrestar los proyectiles desarrollados por los Estados que Washington considera actualmente como enemigos virtuales, los rogue states (Estados delincuentes), entre los que coloca a Irán, Libia, Irak, quizás Siria…

Algunos se sorprenderán de ver a los responsables estadounidenses comprometerse en un esfuerzo que -para ser eficaz- deberá ser prolongado y costoso, en momentos en que su superioridad militar sobre el resto del mundo no admite dudas. Pero sería olvidar que su preocupación consiste en garantizar esa superioridad bajo cualquier hipótesis, en todas las circunstancias, ante cualquier forma de amenaza o de conflicto y sin consentir nunca la posibilidad de no tener una respuesta apropiada1.

Así, por ejemplo, en la bibliografía militar estadounidense se registran críticas sobre la lentitud para concentrar efectivos suficientes en los Balcanes durante la guerra de Kosovo, o sobre los repetidos fracasos de los sistemas de informaciones, de vigilancia y de detección. Estos, a pesar de los 20.000 millones de dólares que se le consagran cada año, no pudieron prever ni las pruebas nucleares de la India, en mayo de 1998; ni el lanzamiento del último misil norcoreano, en agosto del mismo año; ni pudieron evitar el error de tiro -si fue un error- que destruyó la embajada china en Belgrado.

Todo eso implica un aumento significativo en las tareas de defensa estadounidenses: de hecho, aprovechando los nuevos excedentes presupuestarios, la administración Clinton propuso para el año fiscal 1999-2000 un aumento de los gastos militares, que el Congreso también acrecentó. Los mismos alcanzarán entonces a 267.800 millones de dólares, es decir, cerca de un 7% más que en el presupuesto precedente. Ese aumento concierne sobre todo a los gastos para "investigación y desarrollo", de manera que la superioridad científica y técnica de las fuerzas estadounidenses aumentará aún más respecto al resto del mundo. Washington conservará su arsenal de armas nucleares estratégicas capaces de disuadir o de amenazar a cualquier agresor eventual. Mantendrá su sistema de armas nucleares llamadas "de teatro", conservando el componente aéreo de las mismas, contrariamente a Rusia, que renunció a todas las suyas en la doble decisión tomada al respecto en septiembre y octubre de 1991.

Los proyectos estadounidenses de desarrollar un nuevo sistema anti-misiles contradicen un acuerdo internacional, el tratado ABM de 1972. En todo caso, así lo estiman sus interlocutores. Las advertencias rusas ya se han hecho manifiestas. El 2-11-99, por ejemplo, en una carta entregada por el primer ministro ruso Vladimir Putin durante la reunión de Oslo, el presidente Boris Yeltsin advertía a su homólogo Bill Clinton que el desarrollo del sistema anti-misiles estadounidense podría tener consecuencias "extremadamente peligrosas" y que Rusia se opondría a cualquier modificación del tratado ABM que pudiera representar una amenaza "para todo el proceso de control de armamentos"2

La oposición de Francia, de todos los presidentes y de todos los gobiernos que se sucedieron desde que ese país optó por la estrategia de disuasión nuclear, ha sido siempre clara. Todos se pronunciaron contra cualquier elemento que eventualmente pudiera amenazar la eficacia de la disuasión, es decir, de la capacidad de penetración de los misiles balísticos estratégicos. Esa fue la posición francesa cuando se discutió el despliegue de un sistema espacial anti-misiles anunciado por el presidente Reagan y tal es actualmente su postura ante el proyecto anti-misiles de Washington.

China organizó por su parte una ofensiva diplomática contra ese plan. En la conferencia de Naciones Unidas para el desarme, cuyas sesiones se reiniciaron a comienzos de este año, los dirigentes chinos denunciaron abiertamente las intenciones estadounidenses -que a su entender violan el tratado ABM de 1972- y propusieron la creación de un comité especial para estudiar la prohibición de la carrera armamentista en el espacio3.

La propuesta china tiene pocas posibilidades de éxito debido a la perseverancia estadounidense en su proyecto de sistema anti-misiles y a la prueba positiva del 3-10-99, pero revela las particulares preocupaciones de China, consciente de que uno de los primeros campos de aplicación de un sistema anti-misiles estadounidense sería Asia. Se trataría de proteger o Japón o Taiwan contra posibles amenazas balísticas, o balísticas y nucleares a la vez, de parte de los norcoreanos, aun cuando sus progresos técnicos son casi inverosímiles. En el caso de Taiwan, no debe excluirse que China pueda ver en el proyecto de Washington una contradicción concreta y amenazadora al principio de la unidad nacional, al que se aferra por encima de todo, aun cuando su aplicación sólo se produciría a largo plazo.

De cualquier manera, la instalación de un sistema anti-misiles por parte de EE.UU. tendría como lógica consecuencia una reactivación general de la carrera armamentista, para todas las categorías de armas pasibles de ser neutralizadas por esa vía: misiles de alcance estratégico, en el caso de las antiguas potencias nucleares como Rusia o China, o misiles de corto, mediano o más largo alcance, en el caso de las "potencias emergentes".

Las iniciativas estadounidenses hablan a las claras sobre las orientaciones generales de su política de defensa y sobre el estado de ánimo que reina en Washington. Los responsables políticos y militares, tanto la administración actual como la oposición republicana comparten la misma convicción: EE.UU. debe gozar de total libertad respecto de cualquier circunstancia que considere como una eventual amenaza para sus intereses, de cualquier tipo que sea y en cualquier parte del mundo que se produzca. Evidentemente, las disposiciones de un tratado no le parecen un obstáculo insuperable: los portavoces oficiales y oficiosos afirman sin tapujos que el tratado ABM, que ya tiene 27 años, debe ser interpretado actualmente de una manera "flexible". En todo caso, las dos cámaras del Congreso estadounidense aprobaron, en marzo de 1999, un programa de defensa contra la amenaza que constituyen los misiles desarrollados por los rogue states, que fue el origen del EKV y de la exitosa experiencia del octubre pasado.

Fantasmas del pasado

Asimismo, el rechazo del Senado estadounidense -el 13-10-99- al tratado de prohibición total de las pruebas nucleares traduce una voluntad deliberada de juzgar unilateralmente lo que debe aceptarse o rechazarse en materia de desarme. Los argumentos de los adversarios al tratado no eran menos paradójicos. Algunos señalaban el riesgo de que otros Estados realizaran pruebas que pudieran escapar al control internacional, mientras afirmaban que EE.UU. respetaría sus compromisos.

Ahora bien, lo más probable es lo contrario: la experiencia ya ha demostrado que en las profundidades del territorio estadounidense y en los refugios y silos construidos especialmente, se podían realizar, sin ser detectadas, experiencias de pequeña magnitud, pero muy útiles para preparar cabezas nucleares de mayor precisión de impacto. Para peor, EE.UU. ya goza de una ventaja considerable respecto de cualquier otra potencia en la puesta a punto y fabricación de sistemas de simulación realmente capaces de sustituir -al menos hasta un cierto punto- las pruebas nucleares que el tratado CTBT prohibe. En este aspecto, han prevalecido las exigencias de la política interior estadounidense. La oposición republicana hizo del rechazo al tratado uno de los puntos clave de su ofensiva contra el gobierno del presidente Clinton, tanto que varios senadores republicanos, conocidos por su opinión favorable al tratado, votaron su rechazo. Más claramente aún, el probable candidato republicano para las próximas elecciones presidenciales, George W. Bush, ya había declarado en septiembre de 1999 que se comprometía "solemnemente a proteger al pueblo estadounidense y a sus aliados, pero no a preservar un acuerdo de control de armamentos firmado hace casi treinta años"4.

En junio próximo el presidente Clinton debe decidirse a favor o en contra del despliegue del EKV y de un sistema anti-misiles. La cuestión es saber si existe aún la posibilidad de que asuma el riesgo de decir "no". De todas formas, ese sistema será uno de los principales asuntos en juego en la elección presidencial de noviembre del 2000.

  1. Michael Klare, "Washington veut pouvoir vaincre sur tous les fronts", y Maurice Najman, "Les Américains préparent les armes du XXIe siècle", Le Monde diplomatique, respectivamente, mayo de 1999 y febrero de 1998.
  2. Agencia Reuter, 2-11-99.
  3. Ver los documentos de trabajo de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el desarme, referentes a las sesiones del año 1999.
  4. Citado por David Buchan y Stephen Fidler, Financial Times, Londres, 6-10-99.
Autor/es Paul-Marie De La Gorce
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 6 - Diciembre 1999
Páginas:12, 13
Traducción Carlos Zito
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Geopolítica, Políticas Locales
Países Estados Unidos, Irak, Brasil, Libia, China, Corea del Norte, India, Japón, Francia, Rusia, Ucrania, Irán, Israel, Siria