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Universalidad de la causa palestina

El conflicto palestino-israelí corre el riesgo de convertirse, en la actual dinámica global, en emblemático de una guerra entre fuerzas del bien y del mal, entre Oriente y Occidente. Resistiendo a esa tendencia, Israel y Palestina necesitan constituirse en Estados soberanos y asociados, al tiempo que la comunidad internacional debe asumir las responsabilidades que le corresponden en ese conflicto.

¿Por qué razones apoyamos la causa palestina, a nuestro juicio una de las que permiten evaluar la dignidad y la responsabilidad de un discurso político? Responderé únicamente en mi propio nombre, pero desde la perspectiva de una amplia convergencia de opiniones, incluso más allá de los que se movilizan por una "paz justa" en Medio Oriente. Supondré la universalidad de esta causa, pero no su evidencia: no sólo porque en historia y en política no existe tal cosa, sino porque, verificando día tras día que estamos demasiado implicados en el conflicto como para seguir siendo neutrales y demasiado distantes como para controlar todos los datos, debemos al menos comprender que las dificultades que se oponen a una percepción "objetiva" de la tragedia palestino-israelí forman parte también de las dificultades para encontrar su solución.

En términos de justicia y derecho, este conflicto no implica demarcación absoluta -no se trata de una guerra de los "malos" contra los "buenos"- pero presenta un evidente desequilibrio que no deja de acentuarse. Israel, una de las grandes potencias militares del mundo, estrechamente asociada a la superpotencia estadounidense y que dispone de toda la panoplia de medios de guerra moderna, dice actuar con el único fin de proteger a su población civil. Los israelíes tienen razones históricas para sentirse colectivamente amenazados, hasta cierto punto siempre "en suspenso". Pero son los palestinos los que actualmente luchan por sobrevivir como pueblo.

Por una parte sobrevivientes y rescatados del mayor genocidio de la historia moderna, a quienes la comunidad internacional reconoció el derecho de constituir una nación en el suelo de la "Tierra Prometida" de los antiguos hebreos y a los cuales se añadió la emigración, libre o forzada, de judíos de los países árabes y de otras partes del mundo, los israelíes chocaron con un entorno hostil donde se les negaba el derecho a la existencia. Revirtiendo la situación, pasaron de la defensa a la conquista.

A partir de la guerra de 1948 desatada por los países árabes y de los conflictos que siguieron, los israelíes aprovecharon para realizar una limpieza étnica cuya amplitud se mide mejor en la actualidad, y pasaron a formar parte del concierto de las naciones dominantes. En 1967 ocuparon y colonizaron el 22% restante de la Palestina histórica, creando así, en contra del derecho internacional, un hecho consumado cada vez más irreversible. La culminación lógica, reconocida por algunos y negada por otros, es o bien la transformación de los palestinos en súbditos de un gran "Estado judío",  una nueva transferencia masiva de población, o una combinación de ambas cosas.

Hoy un tercio de los palestinos en exilio vive en la condición -a menudo miserable- de refugiados. Ni el Estado de Israel acepta reconocerles en compensación algún derecho, ni los países árabes prevén integrarlos y conferirles los derechos de ciudadanía. Pueblo "superfluo" al que la catástrofe colectiva hizo adquirir conciencia nacional, espera siempre que la comunidad internacional cumpla su promesa de permitirle acceder a la independencia en un Estado viable. En cambio se lo dotó de una Autoridad mínima y es considerado colectivamente responsable de los ataques a la seguridad de sus vecinos.

El terrorismo es catastrófico

Los observadores habían advertido que bajo la ocupación la sociedad civil palestina demostraba una asombrosa capacidad de resistencia, cultivando sus tierras, desarrollando la salud y la educación, generando artistas y escritores, organizando la solidaridad familiar y asociativa. Después de la segunda Intifada, el gobierno y el ejército israelí consiguieron quebrar esos recursos, destruyendo sistemáticamente infraestructuras y medios de existencia, ejerciendo un terror de Estado criminal que apunta indistintamente a combatientes y a simples habitantes, paralizando la administración, acaparando las tierras y atomizando los territorios. Fingiendo buscar un "interlocutor válido", favorecieron sistemáticamente en el seno de la sociedad palestina las divisiones ideológicas y las luchas de clanes, que por supuesto no inventaron. Se acerca el momento en que la doble independencia prevista por los acuerdos internacionales será irrealizable, con consecuencias dramáticas incluso para Israel.

Esta negación de la existencia misma del pueblo palestino, desde la Nakba (catástrofe) hasta el muro en construcción, ¿justifica cualquier forma de resistencia y en particular el terrorismo al cual recurren distintas organizaciones, islámicas o no, contra la población civil israelí? Hay que plantearse esta cuestión no sólo para "responder" a la argumentación de Israel y sus defensores, sino por razones de fondo. Y en términos no sólo morales, sino también políticos.

Tanto la desesperación y la impotencia como la ideología o la simetría que induce el terror de Estado pueden explicar el terrorismo. De todas maneras es catastrófico para la lucha del pueblo palestino. En primer lugar corresponde con exactitud a la estrategia israelí de destrucción de la sociedad palestina, permitiendo aumentar ininterrumpidamente el nivel de violencia que se ejerce sobre ella, aunque cueste muy caro en vidas y en recursos. Por esa razón no hay que asombrarse de que el gobierno israelí mantenga esas condiciones y provoque regularmente la reactivación del conflicto mediante sus propias acciones. En segundo lugar, paraliza a la mayoría de las fuerzas que en el seno de la sociedad israelí podrían actuar para revertir la política de conquista. Atenta así tanto contra la posibilidad de acuerdos interinos como de una reconciliación entre ambos pueblos, lo que sólo abre de una y otra parte perspectivas nihilistas. Por último, instaura en parte de la población palestina, en particular entre los jóvenes, una concepción del sacrificio heroico y una percepción del valor de la vida humana exclusivamente referida a la noción de amigo-enemigo, que la experiencia histórica prueba que se paga a largo plazo con una descomposición civil.

Desde el punto de vista del derecho y la justicia, el recurso de una parte de la sociedad palestina a la violencia terrorista contra la violencia colonial no cambia en nada la asimetría de la situación: no confiere a Israel ningún derecho de destruir a su adversario bajo pretexto de defensa. Pero corre el riesgo de alejar indefinidamente la posibilidad de una victoria sobre el ocupante o de dejarla sin objeto. Por lo tanto es profundamente autodestructiva. Corresponde al pueblo palestino solucionar este problema, sin por ello inferir que a la comunidad internacional sólo le cabe esperar -sin sentirse responsable- la creación de una nueva relación de fuerzas donde el "arma de los débiles" ya no aparezca como la única posible.

Espiral de violencia

Pero estos problemas cambiaron completamente de naturaleza a partir del 11 de septiembre de 2001 y de las guerras de Afganistán e Irak. Ilustrando la "ley de lo peor" característica de la coyuntura, la colonización israelí y la resistencia palestina fueron captadas en una espiral de violencia mundial que tiende a imponer la lógica de la confrontación entre "fuerzas del bien" y "fuerzas del mal", destruyendo al mismo tiempo el significado político propio del conflicto.

De donde surge una nueva asimetría fundamental, en la cual cada quien se convierte paradójicamente en el espejo del otro. Israel siempre ha identificado la lucha armada palestina con un desprendimiento del "terrorismo internacional", prefigurando así una "globalización del terror" impulsada tanto por el fundamentalismo islámico como por Estados Unidos. Por su parte, los palestinos, solidarios desde siempre con un mundo árabe que sin embargo no se ha privado de traicionarlos, a veces idealizan a los que ven como los enemigos más irreductibles de sus propios enemigos: ayer Saddam Hussein, mañana quizás Osama Ben Laden o cualquier otro que lo reemplace. Se instala la percepción de un combate global entre dos mundos hostiles, Oriente y Occidente, del cual el conflicto palestino-israelí sería un simple eslabón y que sólo de rebote una "victoria" total de uno u otro campo podría solucionar. Los actores del drama se ven así desposeídos de su capacidad de iniciativa, excepto la de abastecer el espiral de los "contraterrorismos" miméticos.

Muchos entre ellos resisten con todas sus fuerzas a esta tendencia que es ruinosa para los palestinos, transformados en símbolos de una "guerra santa" que no es la suya y víctimas de un futuro recalentamiento regional. También es inquietante para Israel, a menos que imagine poder constituirse como una fortaleza en permanente estado de sitio en medio del mundo árabe. Muchos de sus ciudadanos lo sienten o lo presienten, sin haber podido calcular hasta ahora todas las consecuencias. Finalmente, representa un peligro para el mundo entero verificar cómo se extiende el "choque de las civilizaciones", absorbiendo y desvirtuando todos los problemas territoriales de soberanía y ciudadanía, de colonización y descolonización, de riqueza y pobreza, de rivalidades religiosas y distancia cultural, concentrados en el conflicto palestino-israelí. Por eso incumbe a todos, en especial a los países que comparten el mismo espacio geopolítico, intentar -si todavía hubiera tiempo- instaurar soluciones basadas en el derecho de los pueblos a la existencia, a la seguridad y a la reparación de las injusticias sufridas.

Mutuo reconocimiento

Suele decirse que el apoyo a la causa palestina cuestionaría la legitimidad del Estado de Israel. Así como el uso del terrorismo por parte de algunos no anula la justicia de la causa palestina, tampoco la injusticia de la política israelí pone en cuestión la legitimidad de la existencia de Israel como entidad política soberana. Esto no prejuzga ni las bases territoriales de esa soberanía, ni los marcos locales o regionales dentro de los cuales los israelíes podrían aceptar circunscribirla para garantizar las condiciones de su futura existencia democrática.

Pero dos hechos, por otra parte interdependientes, debilitan esta legitimidad, o incluso corren el riesgo de cuestionarla a los ojos de gran parte del mundo. Uno se relaciona con la definición de Israel como "Estado judío". Dado que no sólo no deja de extenderse en detrimento de los palestinos sino que, aun dentro de sus fronteras, les impone una condición de ciudadanos de segunda categoría, privados de muchos derechos y excluidos de la igualdad simbólica con los "verdaderos" israelíes en cuanto a la posesión en común de su tierra. El otro hecho se refiere a que jurídica y moralmente la legitimidad de Israel como Estado moderno no puede basarse ni en un mito de origen sagrado ni en la transformación de un exterminio masivo -del que fueron víctimas sus padres- en un "derecho soberano" que los colocaría por sobre la ley de las naciones, ni tampoco en la fuerza triunfante: depende del reconocimiento de los pueblos vecinos y sobre todo de aquél al que "desplazaron" en un proceso de colonización de naturaleza muy específica.

Por esta razón los israelíes necesitan que los palestinos tengan una soberanía igual a la suya o incluso asociada a ella. Es cierto que este reconocimiento fue inicialmente rechazado por el mundo árabe y que algunos siguen rechazándolo, incluidos muchos palestinos. Pero si Israel acaba destruyendo a Palestina y al pueblo que la habita, tal reconocimiento será definitivamente imposible y en consecuencia nunca será un Estado "como los otros".

¿Qué puede hacer la comunidad internacional para influir sobre un conflicto cuya transformación en causa global amenaza su propia seguridad? Es cierto que únicamente los adversarios pueden llegar a establecer un reglamento que sólo verá la luz si se basa en la justicia. Todas las fórmulas futuras son posibles sobre esas bases y nosotros, "testigos" o "amigos" exteriores, no podemos decidir lo que es reversible y lo que no lo es en la historia de un siglo de luchas entre los proyectos nacionales de estos dos pueblos instalados en un mismo territorio. No obstante, la confrontación se desarrolla menos que nunca en un espacio cerrado. Por sus alianzas, sus intereses, su proyección ideológica, sus relaciones de familia, cultura o religión, palestinos e israelíes forman parte del mundo exterior; y numerosos países intervienen en la vida de sus respectivas sociedades mediante programas de ayuda humanitaria o militar, inversiones y cooperación científica, aportes de población, diplomacia...

Nadie cree que un reglamento pueda imponerse desde el exterior, tal como nadie piensa que sea posible prescindir de una mediación internacional. Además de la ONU, que se juega en ello su credibilidad histórica, mucho depende de Estados Unidos, Europa y el mundo árabe, ya que todos tienen una pesada responsabilidad en este conflicto. A la espera de una transformación de la posición estadounidense, a merced de acontecimientos dramáticos y cambios aleatorios de política interna, Europa ocupa una posición clave, no sólo para hacer valer su opinión sino para imponer la participación de los países árabes en los procesos de mediación. Ninguna "hoja de ruta" puede prescindir de este reequilibrio democrático del que dependen la confianza de los palestinos, la implicación de toda la región y la neutralización de las lógicas de "choque de civilizaciones".

Importa pues que nuestras opiniones públicas se movilicen en ese sentido. Y que lo hagan sobre bases de principio, mostrándose tan intransigentes acerca del respeto de los hechos pasados y las urgencias actuales como de la justicia de las perspectivas últimas, lo que no es tan evidente. Para eso tienen que mostrarse capaces, lo que todavía es menos evidente, de transformar las solidaridades comunitarias y las identificaciones simbólicas en capacidad de razonamiento e iniciativas. No pueden equilibrar la balanza entre causas desiguales, pero es necesario que cuando eleven su potente voz para que el mundo venga en ayuda de la Palestina oprimida, levanten esta causa a la altura de la universalidad.

¿Es demasiado tarde para lograrlo? Sí, lo es, pero no hay alternativa.

Autor/es Etienne Balibar
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 59 - Mayo 2004
Páginas:34,35
Traducción Teresa Garufi
Temas Ciencias Políticas, Conflictos Armados, Justicia Internacional, Geopolítica
Países Israel, Palestina