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El negocio de la discriminaciónEse condensado de insolencia discriminatoria que son los emprendimientos mediáticos de Daniel Hadad en Argentina, acompaña con naturalidad el racismo, el sexismo y el espíritu excluyente funcionales a una comunidad fragmentada en su conciencia social, donde el odio al perdedor va adquiriendo más prestigio que la solidaridad frente al dominador.La existencia de componentes racistas en la sociedad argentina, especialmente en algunas de sus propuestas políticas históricas, no es novedad. "Yo argentino" nació como la fórmula salvadora frente a los pogroms de la juventud patricia en la Semana Trágica y, antes, la generación del "80 ya había manifestado su repugnancia ante la oleada inmigratoria, rechazo del que participó en su momento postrero el propio fundador de la educación argentina, Domingo F. Sarmiento. De allí que el mayor impacto por la presencia de un discurso xenófobo provenga del hecho de ser un medio de comunicación de masas, una radio en este caso, y de una revista de interés general, Radio 10 y La Primera de la semana, ambas propuestas del empresario-periodista Daniel Hadad. El generalizado rechazo que originaron sus últimas provocaciones editoriales en los sectores más concientizados de los medios y la opinión pública no alcanza a a disimular que la estrategia mediática de Hadad se asienta, por un lado, en el oportunismo mercantil, la captación de una audiencia profundamente fragmentada en su conciencia social y proclive a definiciones panfletarias y maniqueas y, por el otro, en la experiencia de los medios con mayor popularidad de nuestro país. Si bien resulta altamente preocupante que posturas neofascistas tengan antenas potentes para difundir sus libelos al aire y que al mismo tiempo cuentapropistas, desocupados sin organización social que los contengan, amas de casa encerradas en el microclima de barrios inseguros, jóvenes despolitizados y jubilados sin mayores esperanzas les den tantos puntos de rating radial, el interrogante a esta altura es por qué este proceso se da en cierta manera "naturalmente" y sin mayores respuestas por parte de la clase política dominante, la dirigencia social más relevante y los medios de comunicación más poderosos. Hasta el momento el silencio de "diario" de los periódicos más importantes es un dato a tener en cuenta. El mensaje de Radio 10 y en menor medida de La primera de la semana exacerba pero no modifica fundamentalmente las grandes líneas del discurso de los medios masivos de comunicación en estos años de sistema capitalista salvaje, neoliberalismo y farandulización social y política. El humor mediático se fue desplazando de las propuestas más originales a la discriminación más acentuada, la homofobia, el culto al machismo, la estigmatización del inmigrante de frontera. El culto a una televisión rubia y de ojos claros es el telón de fondo, que, sin la "sinceridad" de Hadad y compañía fue alimentando un imaginario social discriminatorio. No hay mucha diferencia entre la cuestionada tapa de La Primera de la semana ("La invasión silenciosa") y las referencias que hacen los relatores deportivos televisivos más populares (y con una teleaudiencia varias veces múltiplo de Hadad: es el caso de Marcelo Araujo) frente al paneo de las cámaras en rostros similares al "modelo" adoptado por la revista o en encuentros internacionales con Chile, Paraguay o Perú. No es ideología en "crudo" como la que propone Radio 10, pero los programas de humor en la televisión hacen del diferente, del "otro", el objeto de la burla y del escarnio (sea mujer, homosexual, negro, pobre o simplemente extranjero como en las "gastadas" del show de Tinelli). Pareciera que la industria cultural resulta el último refugio de un "nacionalismo" mediático que vuelve deportivo un enfrentamiento barrial, fronterizo, rockero, usando las energías más necesarias para otros enfrentamientos con las potencias imperiales y los sectores que explotan estas miserias en cada país. Un ejemplo complementario es la similar tendencia presente en el Canal de noticias del diario Crónica. En segundo lugar se ubicaría el interrogante acerca de la recepción, del público que acompaña a veces entusiastamente estos mensajes sectarios y con una alta carga de violencia simbólica. El nivel de audiencia parte de un "piso" importante a partir de ciertas condiciones infraestructurales y de funcionamiento del negocio del espectáculo. A partir de una licitación amañada por el menemismo, Hadad se quedó con Radio 10 (hoy propiedad de empresarios estadounidenses), y ahora goza del privilegio de una frecuencia con dial "ancho" en el espacio de las emisoras más escuchadas. Su potente antena y equipo de transmisión, en territorio policial y militar, cedidos a cambio de una campaña de rehabilitación institucional de los "muertos en servicio" y de la dictadura videlista, permite una llegada limpia a todos lados. Por la otra, Radio 10 integró su staff con varias figuras conocidas de la radio y televisión que mantienen una cuota importante de "pantalla", lo que le permite retroalimentar la publicidad de su actividad específicamente radial. Samuel Gelblung y Jorge Rial compiten diariamente a las 21hs. por América y Canal Azul, la locutora Marcela Feudale trabaja diariamente con Marcelo Tinelli, varios de los "especialistas" en chismografía de la farándula tienen un espacio en la radio durante toda la semana. Todo, en suma, multiplica la presencia de la emisora y "naturaliza" la convivencia con un mensaje que parece no distinguirse demasiado del hegemónico en los medios masivos. Por otra parte, no hizo falta la llegada de Radio 10 para advertir el grado de fragmentación de la conciencia social producido en los últimos venticinco años en la sociedad argentina. Del rodrigazo al menemismo, pasando por la dictadura y la "desilusión" de Semana Santa en la democracia, hasta una reconversión productiva que desocupó y excluyó a millones de personas. No hay mejor caldo de cultivo para la aparición de chivos expiatorios y resentimientos sociales. Los contestadores telefónicos de las radios piden pena de muerte, expulsión de inmigrantes, control de la juventud, rigor disciplinario educativo en el marco de una crítica global y "despolitizadora" de la política, todo absolutamente funcional para una industria de la conciencia que necesita de estos consumos privados, alejados de cualquier compromiso social. No será la clase media alta de los countries la que dé sostén a proyectos de Radio 10, ya que necesita de la fuerza de trabajo barata para su servicio doméstico; ni tampoco apoyarán entusiasmados los empresarios de la construcción que no invierten en seguridad laboral y cuentan como fichas los obreros bolivianos que caen de los andamios; menos aún se preocuparán las empresas de servicios que tercerizan con empleados golondrinas los recambios de caños y cables en la ciudad. El discurso del resentimiento y de la xenofobia apunta a consolidar un nacionalismo de opereta en clases medias que resignan definitivamente la posibilidad de un país cohesionado socialmente. Finalmente, el riesgo mayor no descansa en el oportunismo mercantil de Hadad, demasiado comprometido con el modelo económico, sino en el hecho de que la propia crisis "dispare" el oportunismo de las masas hacia las ambiciones de algún histrión político capaz de aglutinarlas.
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