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"Ladran, Sancho…"

Contra el supuesto de que frente a la mundialización económica en los términos actuales no cabe sino el repliegue en lo nacional, se pone en marcha un creciente movimiento mundial de protesta.

¿Acaso la mundialización es irreversible, inevitable y forzosamente "feliz", como dijo alguna vez Alain Minc? En todo caso, eso es lo que nos han estado repitiendo los apóstoles del liberalismo durante más de diez años: periodistas económicos, editorialistas, ensayistas de toda índole, instituciones multilaterales y gobiernos1. Desde luego, en su formulación más ingenua y más refractaria a los hechos, ese credo sigue siendo proclamado por los ideólogos puros y duros y por todos los que no han aprendido ni olvidado nada de lo que ha ocurrido a lo largo del año transcurrido, como el comisario europeo Fritz Bolskstein, que escribía no hace mucho: "Por lo que a mí respecta, me mantendré firme en mi oposición a la tasa Tobin, en mi apoyo a una sana concurrencia fiscal y en mi creencia en las virtudes de la globalización"2

El comisario debe haber sido considerado innecesariamente palurdo por sus mentores habituales, esos que sin por supuesto modificar sus prácticas, al menos han roto con un discurso que ya no "cuela": por ejemplo el Banco Mundial (BM) que, en su último Informe sobre el desarrollo mundial reconoce el fracaso de sus programas de ajuste estructural en su pretendida "lucha" contra la pobreza; o el Fondo Monetario Internacional (FMI) cuyo antiguo director general adjunto, Stanley Fischer, admitió en el seminario anual de la Reserva Federal en Kansas City, en agosto pasado, que "muchos de los ataques de los adversarios de la globalización contra los gobiernos, las grandes compañías y las instituciones internacionales, están justificados"3; o la Organización Mundial de Comercio (OMC), uno de cuyos más fervientes defensores, Michael Kinsley, editorialista de Time, se lamenta de que "la vomitan de un extremo a otro del abanico político"4. Esta es la suerte de las "virtudes" invocadas por Bolkstein y de la "felicidad" de Minc.

Alerta de la prensa financiera

Pero a pesar de la seriedad que cabe atribuir a las profesiones de fe y los pronósticos de esas dos personalidades, la apreciación pesimista sobre el futuro de la mundialización que hace la prensa financiera anglosajona es muy preocupante. Dirigiéndose a global leaders a quienes les tiene sin cuidado un amateurisme bien intencionado5, ésta se siente en la obligación de ponerlos en guardia, y sin andarse por las ramas. Para el Financial Times (11-9-00), "mientras las exigencias de la opinión pública y las de los mercados financieros estén en conflicto, los responsables políticos sacarán la conclusión de que el populismo anti-business produce dividendos electorales. Para el big business, el mensaje no es nada tranquilizador". Para Business Week (6-11-00), "salvo que las compañías multinacionales asuman los costos sociales en los países cuyos gobiernos sean débiles, las manifestaciones callejeras serán las que probablemente impongan sus reglas". Pero es The Economist el que lanza con más fuerza su voz de alarma. "¡Cuidado!", escribe el semanario londinense (23-9-00): "Los disconformes tienen razón al decir que la cuestión moral, política y económica más urgente de nuestra época es la pobreza en el Tercer Mundo. Y tienen razón cuando dicen que la ola de la globalización, por muy potentes que sean sus motores, puede ser rechazada. El hecho de que ambas cosas sean verdaderas es lo que hace terriblemente peligrosos a los disconformes y especialmente a la corriente de opinión que simpatiza con ellos".

¿Cuál es la explicación de este brutal cambio de tono? El éxito de las movilizaciones de Seattle, de Washington, de Praga, de Melbourne, que no quedó desmentido por el de las manifestaciones de Niza6, ni probablemente las de Davos (Suiza), a finales de enero. El balance que hacen sus organizadores podría juzgarse excesivamente optimista, pero sin embargo palidece comparado con la evaluación que hacen sus adversarios. No es entonces en absoluto una posición anodina afirmar que la globalización es reversible; que los dirigentes políticos, aguijoneados por el "populismo" de sus electores, pueden perfectamente deshacer lo que hicieron o dejaron hacer.

Rodeo por lo alto

Viniendo de instituciones y de órganos de prensa respetados por la "comunidad de los negocios", estas advertencias contradicen miles de declaraciones en sentido opuesto y ponen en cuestión a los comparsas, que se limitan a balbucear lo que habían formulado los más importantes. Por supuesto que en este viraje existe una dimensión táctica: agitar un espantajo para que los interesados (sobre todo los gobiernos, enérgicamente invitados a contribuir con la mundialización), adopten las medidas necesarias para neutralizarlo. En alguna medida, avanzar profecías que, contrariamente a las de los financistas, no se autocumplan.

Pero la parte de maniobra -por mínima que sea- que implica esta iniciativa no está exenta de riesgos, pues refuerza considerablemente el poder de los adversarios de la mundialización liberal, que comprueban que su lucha da resultados. Entre las hipótesis que se pueden anticipar para explicar esta actitud, además de la fuerza y de la audiencia crecientes de los movimientos antiliberales, hay una sencilla y más sentida que expresada: la antimundialización avanza porque adopta la misma lógica que la de la mundialización.

Conviene recordar que la ideología neoliberal, que era apenas tomada en serio al final de la segunda guerra mundial, se volvió hegemónica en Estados Unidos primero y seguidamente en el resto del mundo, al precio de un esfuerzo sistemático para movilizar fondos e invertir en la universidad y en los medios de comunicación7. Esta ideología literalmente fabricada, que respondía a los intereses de las finanzas estadounidenses deseosas de abatir todos los obstáculos a la liberalización planetaria de los movimientos de capitales, fue impuesta a continuación a muchos países "beneficiarios" de los préstamos y de los créditos de las instituciones de Bretton Woods por el yugo del "consenso de Washington". En Europa, impulsada por el thatcherismo a comienzos de los años ochenta, retomada más tarde con celo por los distintos gobiernos del continente, muy en particular por Francia durante los dos septenatos de François Mitterrand, se tradujo en la política del "franco fuerte" y la libertad de circulación de capitales decidida en 1988, para culminar en el tratado de Maastricht en 1992, en el pacto de estabilidad presupuestaria de 1997, en los planes de ajuste estructural impuestos a los países candidatos a la adhesión a la Unión Europea (UE) bajo la forma de la "integración del acervo comunitario" y, de una manera general, por todas las medidas de liberalización preconizadas o puestas en práctica por la Comisión Europea.

En todos los casos los pueblos se han visto conminados a plegarse a disposiciones legitimadas por instituciones internacionales supuestamente por encima de intereses particulares y en razón de su "competencia" técnica, portadoras de las "únicas políticas posibles". Los gobiernos, que habían participado activamente en la elaboración de esas medidas, podían aplicarlas en seguida, cada uno por su lado, invocando unos los "condicionamientos" del FMI y del BM; otros las "coacciones" europeas. Ese rodeo por lo alto (por ejemplo, La France par l´Europe, por recoger el título de una obra de Jacques Delors) equivalía a absolución y legitimación. La lucha contra la mundialización liberal ha logrado también, y muy eficazmente, ese rodeo por lo alto: de lo internacional a lo nacional.

Tomemos el ejemplo de Francia. Los enemigos acérrimos del "repliegue nacional", de la "ideología francesa" y de los "nacional-republicanos"-desde Bernard Henry Lévy a Philippe Sollers, pasando por Daniel Cohn-Bendit y algunos de sus amigos periodistas- no logran, pese a todos sus esfuerzos, hacer entrar a los movimientos antimundialización en el lecho de Procusto de categorías prefabricadas y masivamente utilizadas para defender e ilustrar, en última instancia, la ortodoxia liberal8. El hecho de que, por ejemplo, la fianza que permitió la salida de prisión de José Bové, el líder antimundilización de los agricultores franceses, haya sido pagada por agricultores estadounidenses y que un movimiento como ATTAC9 haya proliferado espontáneamente en una veintena de países, impide la utilización del epíteto "nacionalista". En las grandes manifestaciones, de Seattle a Niza, se encontraron codo con codo manifestantes de nacionalidades múltiples, portadores cada cual de reivindicaciones específicas de su país y actividad profesional, pero que se inscriben todas en un marco global.

Alternativas globales

Efectivamente, todos empiezan a comprender que, en la medida en que las políticas nacionales están predeterminadas por orientaciones decididas a escala internacional, también en esa escala han de realizarse las protestas y la elaboración de propuestas alternativas. Y estas últimas, a diferencia de la mundialización liberal, puro producto del Norte, deben incorporar tanto las aspiraciones del Norte como las del Sur. Esa será la principal función del Foro Social Mundial previsto en Porto Alegre del 25 al 30 de enero (ver I. Ramonet, pág 40). Seguidamente, a los diferentes movimientos, sindicatos y electos les corresponderá modular, país por país, en función de la correlación de fuerzas local, la traducción de esas primeras alternativas globales. Así se pone en marcha a escala internacional, muy gradualmente sin duda (ya que existen problemas que dividen, por ejemplo las normas sociales y medioambientales), un frente unido, un nuevo internacionalismo con vocación de desbloquear las luchas hasta ahora aisladas, pero que en adelante estarán dotadas de la legitimidad que confiere la referencia a un pedestal común de propuestas que ostentan el "sello"de un lugar emblemático.

Para los movimientos ciudadanos, la invocación de Seattle o de Porto Alegre tal vez tenga muy pronto el mismo estatuto que la del "consenso de Washington" o el pacto de estabilidad presupuestaria por sus gobiernos respectivos. Se comprende mejor entonces la punzante inquietud de los liberales, que ven cómo se construye contra ellos una arquitectura cuya eficacia conocen muy bien -dado que ellos son los constructores del modelo- y que no puede sino salir fortalecida debido al resultado de sus políticas. Por supuesto, no recuperarán la serenidad con la lectura de un reciente (y óptimo) informe del servicio canadiense de información y seguridad, titulado "La antimundialización, un fenómeno en plena expansión"10

  1. Léase, en particular, las opiniones de los periodistas del Financial Times en el debate que les opuso en Londres, en mayo de 1997, a los de Le Monde diplomatique, reproducidas en nuestro número (Francia) de junio de 1997. La inolvidable fórmula de Alain Minc, La Mondialisation heureuse, es el título de una obra suya, publicada en los años noventa.
  2. "To the Enemies of Globalization", The Wall Street Journal Europe, 25-9-00.
  3. Financial Times, Londres, 28-8-00.
  4. Le Monde des Débats, París, enero de 2000.
  5. Símbolo, entre otros, del famoso "retraso francés" que fustiga permanentemente su fundador y editorialista, Le Point (Paris) del 15 de diciembre pasado ofrece a los responsables franceses, a modo de análisis de la protesta antiliberal, las invectivasde Jean-Fançois Revel. Se trata de "las hordas de Seattle, de Davos y de Biarritz", de "algunos miles de terroristas", de "secciones de asalto" que reclaman " el cierre de fronteras al modo hitleriano", al tiempo que nostálgicas del "modelo soviético". Un texto de antología, imprescindible.
  6. Léase "Quand le parent pauvre du social s"invite au sommet européen", Le Monde diplomatique, Francia, diciembre de 2000.
  7. Léase Susan George, "Cómment la pensée devint unique", Le Monde diplomatique, Francia, agosto de 1996.
  8. Algunos utilizan medios indirectos para intentar descalificar al movimiento antimundialización. Por ejemplo, el uso del adjetivo "antimundialista", deliberadamente tomado del léxico del Frente Nacional (partido de extrema derecha francés), para sugerir insidiosamente algún parentesco. Es el caso de Alexandre Adler en "La mondialisation malhereuse", París, (Le Monde, 23-11-00) que, para dar mayor peso, alude a "las violencias agitativas de los iluminados comunitaristas de Seattle y de Praga". Alain Lipietz, diputado verde europeo, en "Le vrai fiasco de la présidence française" (Le Monde, París, 13-12-00), va todavía más lejos, al pretender que esta fórmula es reivindicada por los propios interesados.
  9. El autor de estas líneas es el actual presidente. Ver Pablo Stancanelli, "Ciudadanos al ataque", Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, diciembre 1999.
  10. Este informe, fechado el 22-8-00, se inspira en fuentes abiertas y describe con mucha precisión la manera como funcionan los movimientos anti-mundialización. Fuente: http://www.csis-src.qc.ca/fra/miscdocs/200008f.html
Autor/es Bernard Cassen
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 19 - Enero 2001
Páginas:1, 12, 13
Temas Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Estado (Política), Movimientos Sociales, Periodismo
Países Estados Unidos, Francia, Suiza