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Recuadros:

Sobre el mal uso literario de la ciencia

El año pasado, algunos "popes" de las ciencias sociales, casi todos franceses (Lacan, Kristeva, Deleuze, etc.) se vieron seriamente cuestionados en un libro por dos físicos (ver recuadro), ya que con la intención de atribuirse autoridad o por complejo de inferioridad ante las "ciencias duras" , muchos de sus ensayos literarios o políticos usan metáforas científicas inexactas o sin sentido y acuden a un lenguaje críptico para instalar su crédito y su legitimidad.

El mal uso de las ciencias y las malas relaciones con las ciencias son para la filosofía sólo reflejo y consecuencia de un problema mucho más general que tiene consigo misma, con lo que es o pretende ser y con lo que quiere. De modo que no hay que cometer el error de tomar el efecto por causa, o uno de los síntomas, por visible o notorio que sea, por la enfermedad misma.

Lichtenberg, que trata de alentar la tolerancia en materia de comprensión, dice que "entre comprender y no comprender hay una gran cantidad de grados, donde se instalan cómodamente las nueve décimas partes de la gente"1. En el caso de la filosofía, esta cuestión de la comprensión es particularmente crucial, no solamente porque rara vez es seguro comprender lo que se lee como corresponde, sino también porque aparentemente es posible instalarse de manera duradera y confortable en formas de incomprensión casi total. En todo caso, es una pregunta obligatoria a propósito de la mayor parte de los textos que emplearon Alan Sokal y Jean Bricmont para compilar su repertorio de disparates: ¿eran comprensibles y realmente habían sido comprendidos?

El asunto Sokal tuvo entre otros méritos el de atraer la atención sobre dos categorías "lichtenbergianas" que presentan un interés particular: la categoría de gente como Sokal y Bricmont, que no comprenden precisamente porque se trata de cosas que conocen, y la de quienes por el contrario comprenden justamente porque se trata de cosas que no conocen. Sokal y Bricmont se sorprenden ante el uso por lo menos extraño que se hace de conceptos matemáticos y físicos que en principio les son familiares en textos filosóficos y literarios donde a primera vista no tienen nada que hacer y no hacen nada de bueno. Y chocan con adversarios que casi siempre ignoran casi todo lo que saben y sin embargo pretenden que lo que no comprenden puede comprenderse en realidad muy bien. En otras palabras, Sokal y Bricmont tienen la sensación de no comprender cosas que debieran comprender y encuentran ante ellos gente que comprende lo que no debiera comprender. Sin duda no hay mejor ejemplo del foso de incomprensión que separa hoy lo que se denomina "las dos culturas".

Por supuesto, podría ser que los dos autores consideren ininteligible lo que tal vez sea simplemente difícil de comprender debido a falta de información, de competencia o de sutileza filosófica o literaria. Y no se les ha dejado de reprochar ese tipo de insuficiencia. Es probable que se me reproche también a mí, porque en la mayor parte de los casos mi reacción es casi idéntica a la de ellos. Pero es algo a lo que no otorgo demasiada importancia. En efecto, no creo estar obligado, aunque mi especialidad sea la filosofía, a entender (o en todo caso a aparentar entender) todo cuanto se escribe, ni que todo lo que da la impresión de tener un sentido, en el espíritu de su autor y de muchos lectores, necesariamente lo tenga. Por supuesto, sé tan bien como cualquier otro que el problema de los criterios sobre lo que es un disparate en materia literaria o filosófica es particularmente delicado. Pero no creo que esos criterios sean tan inexistentes como algunos repiten y quieren hacernos creer (evidentemente son siempre los que tratan de defender sus disparates los que sostienen que no hay una distinción real entre lo que tiene un sentido y lo que no lo tiene).

La única excusa que puedo invocar para decidirme por fin, a pesar de mis reticencias, a publicar este libro, es haber tratado de llevar la discusión al fondo, de elevar su nivel (que suele mantenerse muy bajo) y ampliar su alcance, aun cuando el hecho de mirar las cosas simultáneamente desde más arriba y más de cerca, no hace en mi opinión más que confirmar lo esencial del diagnóstico de Sokal y Bricmont, muy poco reconfortante para el filósofo que soy: "Creemos haber demostrado más allá de toda duda razonable que algunos pensadores célebres incurrieron en groseros abusos del vocabulario científico, lo cual lejos de clarificar sus ideas las ha oscurecido. En todas las rendiciones de cuentas y debates que siguieron a la publicación de nuestro libro, nadie presentó el menor argumento racional contra esta tesis, y casi nadie se tomó el trabajo de defender uno solo de los textos que criticamos"2.

Es un hecho que incluso las personas que protestaron violentamente contra las conclusiones del libro, rara vez se arriesgaron a defender explícitamente alguno de los pasajes discutidos. Sin embargo probablemente algunos son más defendibles que otros, y eventualmente se los hubiera podido defender. Nada impedía a quienes se indignaron tratar de justificarlos realmente, si creían que era posible. Pero para eso hubieran tenido que tomarse más trabajo del que parecen dispuestos a tomarse. De todos modos, en este punto no hay que invertir la carga de la prueba. Es a los autores cuestionados a quienes compete inicialmente mostrar que lograron dar un sentido aprehensible a las expresiones que utilizan, y no a sus lectores mesarse los cabellos para tratar de descubrir el sentido o de inventar alguno. Schopenhauer dice de Hegel que en muchas ocasiones pone las palabras y el lector tiene que poner el sentido. Es lo que hacen muchos de los pensadores a quienes nos referimos. Pero difícilmente se puede considerar que esto sea normal o satisfactorio. Como dice un adagio que los filósofos debieran tener más en cuenta: Si non vis intelligi, debes negligi (si no quieres ser comprendido, no hay que prestar atención a lo que dices).

Uno de los argumentos más sorprendentes que se han utilizado contra Sokal y Bricmont es el que consiste en reprocharles que califiquen como "más bien confuso" , sin más precisiones, algunos de los usos del vocabulario científico que discuten. Efectivamente, ¿con qué derecho unos físicos se permiten encontrar confuso lo que filósofos y literatos al parecer encuentran claro? Sin embargo, no hay experiencia más familiar que la que consiste en percibir que una expresión que parecía clara en realidad no lo es en absoluto, o que una frase que a primera vista daba la impresión de tener significado en realidad no tiene ninguno. Pero por supuesto, hay que aceptar de entrada considerarlo como algo posible y aun frecuente (incluido, y tal vez sobre todo, en filosofía), y admitir hacer un análisis del significado, actividad que como todos saben no puede interesar sino a los filósofos denominados analíticos, pero que no corresponde en absoluto a lo que se supone hay que hacer en esta ocasión.

Al parecer, más bien habría que dejarse llevar simplemente por el movimiento del texto y evitar formularse preguntas demasiado precisas sobre su sentido. Querer comprender, en el sentido en que Sokal y Bricmont pretenden hacerlo, sería casi una extravagancia o una falta de tacto. Salimos de un período en que no se consideraba necesario comprender para aprobar y admirar, y ni siquiera para explicar (se ha visto a intérpretes autorizados reconocer a posteriori que en el momento en que publicaban libros o artículos sobre Lacan ellos mismos no entendían prácticamente nada de lo que decía o escribía el maestro; ¿pero desde cuándo hace falta?). Como observa Jean Khalfa, la paradoja es que en este caso son Sokal y Bricmont los que se comportan como se debiera y hacen lo que los devotos y los entusiastas por lo general se abstienen cuidadosamente de hacer. Si no se entienden los conceptos de ciertos intelectuales, no es necesariamente por ignorancia o mala intención, también puede deberse a una mayor exigencia respecto de los lectores habituales: "Selección arbitraria y comparación de textos de nivel heterogéneo, todo eso no quiere decir que Sokal y Bricmont no hayan leído al menos los textos que citan. En realidad, sin duda son pocos en Francia quienes los han leído tan de cerca como ellos y con tanta compasión"3.

En este libro no he intentado ocuparme del tipo de filosofía de las ciencias que defienden implícita o explícitamente Sokal y Bricmont, o de la idea que tienen sobre las relaciones que pueden existir entre las ciencias, la filosofía y la literatura. No estoy necesariamente de acuerdo con ellos en este tipo de cuestiones. Pero podrían ser tan positivistas, u hostiles a la filosofía y a la cultura literaria en general como se los ha acusado de ser, y aún más, sin que eso en mi opinión vuelva más defendibles los textos y procedimientos que denuncian (…).

En muchos sentidos, la partida que se juega es desigual. En cada caso haría falta mucho tiempo y esfuerzo para demostrar que lo que los dos autores sospechan que es un absurdo lo sea realmente, y hasta los argumentos más decisivos tienen pocas probabilidades de convencer a quienes decidieron no entender nada. La propensión a tratar de salvar a toda costa lo que no merece ser salvado es mucho más fuerte que el deseo de ver de frente una realidad desagradable. Y mucho más eficaces los medios de defender lo indefendible, empezando por el que consiste en invocar cosas tan vagas como "el derecho a la metáfora" o "el riesgo del pensamiento" , sin proponer, claro, el menor análisis serio del tipo de pensamiento o de metáfora que se trata de defender (…)

El problema de saber hasta qué punto las críticas formuladas por Sokal y Bricmont se aplican también al resto de la obra de los autores en cuestión es con mucho el más delicado. Sokal y Bricmont no responden a él, se conforman con destacar que "en vista de los abusos detectados en materia de matemática o de física, es razonable preguntarse si existen abusos semejantes basados en la terminología o conceptos pertenecientes a otros campos, sean científicos, filosóficos o literarios" . Creo que la sospecha que formulan podría confirmarse de muchas maneras, pero para mostrarlo harían falta desarrollos más largos y complicados. Aun cuando las faltas cometidas (especialmente los abusos de fórmulas brillantes y aproximativas, asociaciones azarosas, resúmenes demasiado rápidos y síntesis demasiado fáciles) sean más o menos siempre las mismas, exigirían ser examinadas en cada caso por sí mismas.

Sería una empresa interminable mostrar con precisión en qué es efectivamente errado cada uno de los pasajes que pueden parecer errados desde un punto de vista filosófico. La desigualdad a que aludí hace poco proviene del hecho de que los autores criticados se quejan continuamente de que no los han leído con atención y finura suficientes, pero por lo general consideran suficiente invocar en su defensa generalidades abstractas, empezando precisamente por el hecho de que como dice la fórmula ritual, "nunca es tan simple" . En cambio, cuando se trata de justificar lo injustificable nunca es bastante simple. Incluso cabría decir que "cuanto más grosero, mejor pasa" . Asimismo, los autores atacados por Sokal y Bricmont consideran que nunca se habla de lo que escriben con suficiente rigor y precisión. Pero cuando se trata de lo que se les puede reprochar en cuanto a simplificaciones y descuidos en su modo de (mal)tratar a la ciencia, objetan sistemáticamente que en el fondo no son más que simples detalles más o menos secundarios.

Evidentemente hubiera sido interesante para ampliar el debate más allá de los límites establecidos por Sokal y Bricmont poder dedicarse a una comparación pormenorizada entre dos textos a primera vista tan diferentes como el de la comunicación que hizo Régis Debray ante la sociedad francesa de filosofía a propósito del problema de la incompletud y el de la defensa e ilustración de la nueva disciplina que creó, publicada últimamente en Cahiers de Médiologie4. Pero infortunadamente tuve que renunciar a ese tipo de ejercicio, por falta de lugar.

De manera que me voy a limitar por el momento a decir simplemente que tengo la impresión de encontrar en el segundo esencialmente los mismos procedimientos y sobre todo las mismas imprecisiones y el mismo abuso de efectos puramente retóricos que en el primero, y que suscita en mí aproximadamente el mismo tipo de insatisfacción y de malestar. Allí donde otros avanzan probablemente sin dificultad y a la misma velocidad que el autor, yo tropiezo casi a cada paso con afirmaciones que creo exigirían dilucidaciones, distinciones, explicaciones y justificaciones -por lo general ausentes- para ser comprendidas y aceptadas. Precisamente la ventaja del filósofo-escritor sobre el filósofo-analista es conseguir dar la impresión de que se las puede omitir. "El mediólogo es espontánamente hipermétrope, ve mejor de lejos que de cerca" , nos dice Debray. Tal vez sea cierto. Pero creo que en filosofía la miopía tiene también sus ventajas y tengo la impresión de que aun en un tema que Debray en principio conoce mucho mejor que el teorema de Gödel, a la mediología le conviene que no tratemos de mirar de muy cerca lo que él ve de lejos.

Una de las cosas que más me sorprendieron en la broma de Sokal es el asombro que parece haber despertado su éxito. Más bien me sorprende que este tipo de cosas no se hayan ensayado antes, como seguramente se podía y debía. Recuerdo que en los años 70 habíamos pensado con algunos amigos lógicos enviar a la revista Tel Quel5 una carta con remitente de la Universidad de Princeton o de alguna otra universidad prestigiosa de Estados Unidos dándole de algún modo la primicia de un descubrimiento revolucionario, como por ejemplo la revelación de un error importante en la demostración del teorema de Gödel o en el de Cohen (1963) referido a la independencia de la hipótesis del continuo respecto de los axiomas usuales de la teoría de los conjuntos y sugiriendo discretamente algunas utilizaciones y extrapolaciones posibles de este resultado. No teníamos duda de que alguno de los cerebros pensantes de la revista no dejaría de explicarnos en los números siguientes las prodigiosas consecuencias que de allí resultan para la lógica, la política, la teoría literaria y otras cosas. Ya no sé por qué no concretamos el proyecto, pero estoy convencido de que se hubiera podido darle una apariencia lo bastante plausible y seria como para que el éxito estuviera asegurado.

  1. Georg Christoph Lichtenberg, "Timorus" , en Schriften und Briefe, herausgegeben von Walter Promies, Carl Hanser Verlag, Münich, Tomo III, 1972.
  2. Alan Sokal y Jean Bricmont, Imposturas intelectuales, Paidós, España, 1999.
  3. Jean Khalfa, "Mathémagie: Sokal, Bricmont et les doctrines informes" , Les Temps Modernes, Nº 600, julio-agosto-septiembre 1998, pág. 231.
  4. "Histoire des quatre M" , Cahiers de Médiologie, Nº 6, Gallimard, París, 1998.
  5. Dirigida en esa época por el escritor Philippe Sollers.

La "vieja" razón sigue vigente

Vidal, Víctor

Imposturas intelectuales, Alan Sokal, Jean Bricmont, Editorial Paidós, España, 1999, 315 págs, 27 pesos.

Libro extraño, por dos razones. Extraño porque la procedencia de sus autores es la matemática y la física, pero tratan el tema de las ciencias humanas o sociales. Y extraño porque sorprende que desde el ámbito de las ciencias "duras" no se menoscabe a la filosofía, la historia, la psicología, la sociología, etc., sino que se las estimule a la aplicación, en sus respectivos objetos de estudio, de cánones racionales y rigor intelectual, a fin de extender el conocimiento de la naturaleza a la sociedad y el individuo.

El "asunto Sokal" empezó por una mistificación que se sitúa enteramente en la tradición de la falsificación literaria. El físico Alan Sokal consiguió en 1996 que Social Text, revista estadounidense dedicada a lo que se denomina estudios culturales, le aceptara un pastiche epistemológico-político titulado "Transgressing the Boundaries: toward a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity" (Transgrediendo los límites: hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica), redactada en el más puro estilo posmodernista en boga en los medios y disciplinas de esa suerte. El texto estaba constituido mayormente por citas y paráfrasis que remitían al lector a las obras de algunos de los intelectuales franceses más famosos e influyentes en Estados Unidos (Lacan, Kristeva, Deleuze, Irigaray, Derrida, Guattari, etc.), pero traicionaba al mismo tiempo sus verdaderas intenciones mediante la presencia de una no desdeñable cantidad de errores y absurdos científicos y epistemológicos evidentes. En ese "trabajo" , Sokal proclamaba que "la realidad física al igual que la realidad social, es en el fondo una construcción lingüística y social" , dando por superado el "dogma" según el cual "existe un mundo exterior, cuyas propiedades son independientes de cualquier ser humano individual e incluso de la humanidad en su conjunto".

En Imposturas Intelectuales, publicado en colaboración con Jean Bricmont -con gran éxito mundial- después que el propio Sokal revelara la superchería, los autores explotan de manera exhautiva los textos reunidos antes de la parodia y añaden otros, en los que muestran que ciertos "científicos" sociales extrapolan resultados de un campo del conocimiento a otro abusivamente y sin argumentación alguna; realizan metáforas o vagas analogías de términos o conceptos científicos sin explicar su relación con las teorías o campos de estudio en los que se los aplica, ni su pertinencia; utilizan un lenguaje confuso, oscuro, con juegos de palabras y sintaxis fracturada, dando por resultado escritos crípticos que sugieren y persuaden pero no demuestran ni argumentan y son propicios para las exégesis y los argumentos de autoridad y no para el análisis riguroso y los juicios razonados.

La idea según la cual sólo "los datos y los hechos" importan, con su secuela de "cientificismo" y la identificación de la ciencia y la racionalidad con el Positivismo y su concepto de "objetividad" , limitó y deformó el desarrollo de las ciencias sociales. La reacción consiguiente dio como resultado la idea según la cual "conseguir un conocimiento de ciertos aspectos del mundo es una ilusión" , ya que todo se reduce a "intereses" y "puntos de vista subjetivos" . Este "relativismo" , con su vocabulario y sus teorizaciones, redujo la humanidad a grupos atomizados que poseen no sólo sus propias culturas, sino también sus propios "universos conceptuales" y hasta, según algunos, sus propias "realidades" ; siendo además incapaces de comunicarse entre sí.

Según los autores, tal abdicación de la razón no se supera con extrapolaciones de resultados científicos fuera de sus campos específicos, sino con el análisis crítico y riguroso de las realidades sociales, confrontando las teorías con datos empíricos que permitan diferenciar claramente los hechos de la ficción, tal como se propusieran los hombres de la Ilustración con su proyecto de "someter la realidad al juicio de la razón".

Tampoco es solución, frente a la utilización de las ciencias y del pensamiento racional por parte del poder dominante, el ataque y la descalificación de la "ciencia" y de la "razón" suplantándolas por la valoración de lo "irracional" ; ni sustituir la aspiración a una comprensión racional del mundo por un escepticismo o relativismo integrales. Menos aún fortalece a las ciencias sociales, ante la mistificación flagrante que el poder hace de los discursos, la adopción de mistificaciones diferentes, maquilladas de "pensamiento crítico".

Dice Spinoza en el Prefacio a la Parte III de la Etica: "La mayor parte de los que han escrito acerca de los afectos y la manera de vivir de los hombres, parecen tratar no de cosas naturales que siguen las leyes comunes de la Naturaleza, sino de esas cosas que están fuera de la Naturaleza. Más aún, parecen concebir al hombre en la Naturaleza como un imperio dentro de otro imperio" . Y finaliza el Prefacio afirmando: "… y consideraré los actos y apetitos humanos como si fuese cuestión de líneas, superficies o cuerpos".

La "vieja" razón y la petición de "ideas claras y distintas" continúan vigentes, mal que les pese a ciertos intelectuales.


Autor/es Jacques Bouveresse
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 2 - Agosto 1999
Páginas:36, 37
Traducción Marta Vassallo
Temas Filosofía, Literatura
Países Estados Unidos, España, Francia