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¿Adónde va Marruecos?

El rey marroquí Hassan II deja a su joven sucesor un país que es un polvorín social, donde más de 50% de la población es analfabeta y los estudiantes universitarios y desheredados adhieren al integrismo islámico.

El balance del largo reinado del rey de Marruecos Hassan II, muerto el 23 de julio de 1999, resulta muy contrastado. Verdadero estadista, dotado de real inteligencia política, de habilidad de maniobra y de una visión de la historia, el soberano marroquí supo consolidar la independencia lograda en 1956. Se esforzó por restablecer la unidad territorial de su país, dividido por particularismos y separatismos y fragmentado por las ambiciones coloniales de Francia y España (lanzó especialmente la victoriosa "Marcha verde" en dirección al Sahara occidental). También supo preservar el régimen monárquico, a pesar de los ataques procedentes de diversos flancos (Marruecos es la única y última monarquía de todo el continente africano). Por último, aunque optó resueltamente por el campo occidental durante las últimas décadas de la guerra fría, logró mantener a su país dentro del perímetro de los No Alineados y dio prueba de iniciativas audaces para favorecer el diálogo árabe-israelí en el Cercano Oriente. No es poco.

Pero en otros aspectos el balance es netamente menos positivo. En materia de libertades políticas especialmente. Durante los 38 años que duró el reino de Hassan II, el país padeció casi sin interrupción un absolutismo feroz y una violación permanente de los derechos humanos. La oposición política -sobre todo de izquierda y de extrema izquierda- fue cruelmente perseguida, sus dirigentes a menudo encarcelados (asesinados incluso, como Mehdi Ben Barka, en octubre de 1965), muchos militantes -entre ellos Abraham Serfaty- sistemáticamente torturados y condenados a pesadas penas, o bien simplemente secuestrados y liquidados: la cantidad de "desaparecidos" se eleva a varios centenares. La arbitrariedad, la injusticia y el terror no escatimaron a algunos servidores del palacio culpables de traición (real o supuesta), como lo confirman los testimonios de los sobrevivientes de Tazmamart, el pavoroso presidio-moridero de otra época1, o los de la familia del general Ufkir2, condenada a expiar una venganza interminable en condiciones atroces.

Durante este periodo el sueño de una sociedad más justa y las esperanzas populares surgidas de la independencia se desmoronaron. Una casta de pudientes sometió al país a sacrificios onerosos, acaparando puestos de privilegio, distribuyéndose la riqueza nacional y consolidando los peores arcaísmos de un régimen en buena medida todavía feudal. Una represión policial constante impedía las protestas sociales, y en ocasiones las ahogaba en sangre, como en los casos de los numerosos "tumultos del hambre" : en junio de 1981 en Casablanca (66 muertos); en enero de 1984 en Marrakech y Tetuan (más de 110 muertos); en diciembre de 1990 en Fez y Tanger (20 muertos). Esta violencia y el miedo que infundía permitió al régimen demorar durante mucho tiempo las reformas indispensables que reclamaban los ciudadanos.

Es cierto que Hassan II se esforzó en los últimos tiempos por reintegrar a la oposición en el ejercicio del poder y que en febrero de 1998 nombró a un primer ministro socialista, Abderrahman Yusufi, aunque conservó el control de las principales decisiones en materia de seguridad, defensa, justicia y política exterior3. Deja a su sucesor, el joven Mohamed VI, un país que reclama a gritos transformaciones urgentes, ya que se encuentra una vez más en peligro de estallar.

Marruecos es, en efecto, un polvorín social. La cuarta parte de la población (más de 7 millones de personas) vive por debajo del umbral de la pobreza; el 23 por ciento de la población activa está desocupada; más de la mitad de los habitantes siguen siendo analfabetos 43 años después de la independencia (¡el 90 por ciento de las mujeres en las zonas rurales!). En la clasificación de los Estados según su índice de desarrollo humano establecido por las Naciones Unidas, Marruecos ocupa el lugar 125, muy detrás de Argelia y Túnez, e incluso de Egipto o Siria.

La fractura social y las desigualdades saltan a los ojos en las grandes ciudades, donde la mayor parte de los habitantes son marginales. Más de cien mil diplomados en enseñanza superior -ingenieros, médicos, profesores, técnicos- buscan un empleo. Durante mucho tiempo el descontento se localizaba en el mundo rural marginalizado; ahora amenazan las revueltas urbanas. Mucho más cuando la población de las "villas miseria" parece cada vez más seducida -lo mismo que los estudiantes de las carreras científicas- por el discurso más radical, el de los islamistas. Desde que socialistas y comunistas se integraron al gobierno, los islamistas aparecen como los únicos opositores creíbles a los ojos de los numerosos desheredados y sin dudas constituyen la fuerza política más poderosa a escala nacional.

La economía depende, además de la exportación de los fosfatos, de tres variables frágiles: las transferencias de trabajadores emigrados, el turismo y la agricultura. El resultado es un fuerte endeudamiento (22 mil millones de dólares), que representa el 39 por ciento del PBI y absorbe más del 25 por ciento de los ingresos de las exportaciones.

Si quiere garantizar la continuidad de su dinastía y la permanencia del régimen monárquico, el nuevo soberano debe comprometer sin tardanza a su país en el camino de una verdadera transición democrática4 -como supo hacerlo en España Juan Carlos 1º después de la muerte del general Franco- y responder a las principales aspiraciones de los ciudadanos. Respetar las libertades políticas y sindicales; resolver definitivamente la cuestión del Sahara occidental aceptando el referendum previsto por la ONU para julio del 2000 (manteniéndose alerta, una vez cerrada esa cuestión, al regreso de la amenaza militar en la escena interna); restablecer relaciones con Argelia para favorecer la construcción de la Unión del Magreb Arabe (UMA), que todos los ciudadanos de Africa del norte reclaman; reconocer la personalidad cultural de los bereberes, que representan por lo menos el 35 por ciento de la población; sacar de su aislamiento a las regiones rurales atrasadas (el 55 por ciento de los marroquíes viven en zonas rurales), que no tienen ni vías de comunicación, ni electricidad, ni agua corriente; luchar contra la corrupción que gangrena el conjunto de la administración y alcanza las más altas esferas; poner fin al tráfico de drogas que controlan los poderosos jefes del norte del país y que hacen de Marruecos el primer exportador mundial de cannabis.

Mohamed VI se hace cargo en un momento muy peligroso, que un observador resume así: "Hassan II era un malabarista político de suma habilidad, capaz de jugar con doce pelotas en el aire al mismo tiempo. ¿Pero qué es de las pelotas cuando el malabarista deja de jugar?"5

  1. Ali Bourequat, Dix huit ans de solitude.Tazmamart, Michel Lafon, París, 1993.
  2. Malika Ukfir y Michèle Fitoussi, La Prisonnière, Grasset, Paris, 1999.
  3. Zakya Daoud, "L"álternance à l´epreuve des faits" , Le Monde diplomatique, abril de 1999.
  4. Hicham ben Abdallah el Alaoui, "La monarchi mar-rocaine tentée par la réforme" , Le Monde diplomatique, septiembre de 1996.
  5. International Herald Tribune, 24-7-99.
Autor/es Ignacio Ramonet
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 2 - Agosto 1999
Páginas:40
Traducción Marta Vassallo
Temas Conflictos Armados, Deuda Externa, Narcotráfico, Derechos Humanos, Estado (Justicia), Estado (Política), Políticas Locales, Islamismo
Países Túnez, Argelia, Egipto, Marruecos, Francia, Siria