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Interrogantes sobre el Tratado de Niza

Para muchos de sus promotores la manifestación multitudinaria que se concentrará este mes en Niza en ocasión del Consejo Europeo, se inscribe en el movimiento de protesta que conmocionó Seattle, Washington, Praga, Melbourne y Okinawa. En efecto, el Consejo europeo encarna una liberalización económica acorde con las instituciones financieras internacionales, y ha despojado a los ciudadanos de sus puntos de referencia nacionales sin ofrecerles a cambio otros de mayor escala.

Dos Europas van a enfrentarse en Niza en ocasión del último Consejo europeo bajo presidencia francesa. De un lado, el 7, 8 y 9 de diciembre, los jefes de Estado y de gobierno de la Unión Europea (UE), cuyo objetivo prioritario es ponerse de acuerdo sobre un futuro tratado, que seguirá al de Roma , al Acta única , al tratado de Maastricht y al de Amsterdam. De otra parte, en la calle, y a partir del 6 de diciembre, decenas de miles de manifestantes llegados de todos los países de Europa, en una continuidad inédita que va desde los más moderados y los más tradicionalmente "europeístas" (como los miembros del sindicato francés CFDT) hasta los más críticos: sindicatos como SUD y diversos movimientos que luchan contra la mundialización liberal.

En uno de los extremos de esta cadena, unos expresarán simplemente su decepción ante el "déficit social" de la construcción comunitaria; en el otro extremo, otros mostrarán una oposición más global a su orientación liberal, que va mucho más allá de las cuestiones sociales. La Carta de los Derechos Fundamentales (ver artículo de Anne-Cécile Robert) fue la que disparó una concentración que para muchos de sus promotores ya se inscribe en la línea de las movilizaciones de Seattle, Washington y Praga contra la Organización Mundial del Comercio (OMC), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM); de la de Melbourne contra la reunión regional del Foro de Davos; y de la de Okinawa contra la última cumbre del Grupo de los 7 (G-7).

Resulta significativo que en pocos meses las cumbres de la UE (Porto, Lisboa, Biarritz) hayan logrado clasificarse para el campeonato mundial de "objetivos" de las protestas cívicas. No parece evidente que los dirigentes europeos hayan evaluado correctamente todavía el alcance de ese ascenso contestatario, que atestigua sin embargo tres cambios decisivos: la opinión pública está tomando mayoritariamente conciencia de que las decisiones comunitarias no conciernen a una "Europa" abstracta, sino concretamente a su vida cotidiana y a su futuro; entiende que esas decisiones responden a lógicas idénticas a las de las instituciones internacionales habitualmente puestas en la mira y, por último, ya pasó el tiempo en que la consigna "es culpa de Bruselas" encontraba algún eco. Si bien la Comisión Europea es sin dudas una poderosa máquina de liberalizar, lo hace con el pleno consentimiento de los Estados miembros, cuando no a pedido de ellos. Por lo tanto, cuando los más altos responsables de los Estados se reúnen en Consejo Europeo, no deben sorprenderse de recibir el mismo trato que el FMI y la OMC.

En relación con Niza, resulta flagrante el desfasaje existente entre sus preocupaciones y las de los manifestantes llegados para hablarles de "lo social". Los Quince intentarán "abrochar" un acuerdo referido esencialmente a la reforma de las instituciones de la UE en la perspectiva de su ampliación a 25 o 27 miembros. Los temas centrales de la negociación serán el tamaño de la Comisión Europea, la ponderación de los votos entre Estados "grandes" y "chicos" en el cálculo de la mayoría calificada; los nuevos terrenos de aplicación de esa mayoría y la cuestión de las "cooperaciones reforzadas". La Carta de los Derechos Fundamentales, que cristalizó las frustraciones de los sindicatos, ocupará una modesta parte en el orden del día. Ya fue adoptada en el consejo europeo de Biarritz, el 13 y 14 de octubre pasados, y la única incógnita reside en su estatuto final: simplemente proclamatorio, como casi se da por hecho, u obligatorio.

Las disposiciones del futuro Tratado de Niza apuntan a permitir que instituciones concebidas para los Seis países miembros de la UE de 1957 -que prácticamente no fueron modificadas desde entonces- funcionen con los 12 nuevos miembros potenciales de la UE actual cuya candidatura está actualmente en estudio1, sin contar a los que vendrán ulteriormente2. En su "Documento de estrategia para la ampliación", adoptado en noviembre de 2000, la Comisión Europea acaba de establecer una lista, al tope de la cual figuran Chipre, Malta, Estonia, Hungría y Polonia, pero estima que las negociaciones con la casi totalidad concluirán a fines del primer semestre de 2002, referidas a adhesiones que, teniendo en cuenta los plazos de ratificación, podrían ser efectivas a partir del 1-1-05. La Comisión Europea espera incluso que algunos de esos países puedan participar en las elecciones del Parlamento Europeo de junio de 2004.

Ese voluntarismo, propio de los gobiernos de algunos países candidatos, que desearían ser miembros de la UE ya en 2003, no es compartido en absoluto por la mayoría de los responsables de los Quince. En efecto, saben bien que habrá que tomar decisiones muy difíciles para financiar fondos estructurales y de la política agrícola común en una UE donde los "pobres" ya no serán España, Grecia, Irlanda y Portugal -actualmente beneficiarios del fondo llamado "de cohesión"- sino la totalidad de los recién llegados. Si éstos esperan obtener mucho, los primeros no están dispuestos a conceder nada de su actual régimen. Ahora bien, el financiamiento de la UE para el período que va hasta 2006, ya fue decidido en marzo de 1999 en Berlín y deja poco margen de maniobra. Será por lo tanto en ocasión de la próxima programación presupuestaria -que según los más realistas debería coincidir con la de las adhesiones- cuando cada cual deberá mostrar sus cartas: ¿qué precio están dispuestos a pagar por la extensión hacia el Este los Estados contribuyentes netos -la casi totalidad de los 15 actuales- en una UE de 25 miembros? Y si no se limita a la extensión del actual mercado único, ¿cuál es el sentido de esa ampliación?

Vacíos en el rompecabezas

Sobre ese tema, como sobre todos los de fondo, la reflexión de los dirigentes está en punto cero. Discursos fácilmente calificados de "visionarios", como el de Joschka Fischer, ministro alemán de Relaciones Exteriores, pronunciado en la Universidad Humboldt en mayo pasado, o el de junio del presidente francés Jacques Chirac en Berlín, no dicen estrictamente nada sobre el sentido de la construcción europea, sobre el proyecto "civilizador" y geopolítico que supuestamente encarna, sobre su lugar en el mundo o sus relaciones con Rusia, China, Estados Unidos, etc. Evocan complejas arquitecturas institucionales, se complacen hablando de "centros de gravedad", de "vanguardias", de "grupos pioneros", es decir de recipientes, de estructuras, pero sin referirse nunca al contenido y a las finalidades. Responden a preguntas que -justificadamente o no- poca gente se plantea, pero se mantienen mudos sobre las que están presentes en todas las mentes y pueden resumirse en el siguiente interrogante: ¿Europa, para qué y hacia dónde? Su silencio sobre el tema, que contrasta con su ardor para estructurar organigramas, hizo decir al filósofo Paul Thibaud que "siendo Europa su propio objetivo, escapa a priori a cualquier examen crítico"3.

Desde ese punto de vista, la manera en que se prepara la ampliación de la UE es caricaturesca: la conduce una Comisión deseosa de pasar por la trituradora de la liberalización todo lo que está a su alcance, y desprovista a la vez de una visión estratégica del objetivo a alcanzar. ¿Cómo despertar la adhesión popular -si es cierto que tal es la meta deseada- a una Europa que se parece a un rompecabezas cuyas piezas se acomodan de manera desordenada, cuyo perímetro final nunca es explicitado y donde los lugares que aún quedan vacíos son precisamente los puntos críticos de los últimos años: Bosnia, Serbia, Kosovo? Ahora bien, "las opciones políticas en Europa suponen una representación, en las dos direcciones, de una elección concertada y de un imaginario en términos de espacio"4. Dejar de lado la noción de territorio europeo, y por lo tanto de un "adentro" y un "afuera", sólo se entiende en la perspectiva de una UE que fuera un modelo reducido de una mundialización en la que, a renglón seguido, terminaría por disolverse.

Como los temas institucionales aparentemente no se refieren a ninguna realidad tangible inmediata (aparte de la modificación del artículo 113, que remite a la mercantilización del mundo por parte de la OMC), se entiende que, salvo en el caso de los políticos profesionales, administraciones, lobbies y medios masivos, el futuro tratado de Niza suscite indiferencia. Nadie va a salir a la calle en su contra, a tal punto levita por encima de las aspiraciones de los ciudadanos. En cambio, los mecanismos comunitarios comienzan a ser asimilados cuando afectan a los asuntos sociales y culturales, o a los servicios públicos. A fuerza de oír a los ministros repetir que tal o cual política, deseable, por supuesto, es lamentablemente contradictoria con una directiva comunitaria; o bien, por ejemplo, que es necesario que el Parlamento levante la prohibición del trabajo nocturno para las mujeres a causa de la armonización europea5; que en ese caso como en otros, lo peor sería "el aislamiento" de Francia, etc., muchos ciudadanos y organizaciones han registrado el mensaje. Que es éste: dado que tantas medidas importantes se deciden a nivel de los Quince e independientemente de los compromisos electorales de los gobiernos nacionales por separado y sin que los representantes de la población tengan otro derecho que el de estampar su firma en un papel en blanco6, entonces hay que ir a golpear a la puerta de los Quince.

Los "europeístas" más fervientes, que hasta ahora habían logrado poner la construcción europea "por encima de las querellas partidarias", no estarán de todos modos muy satisfechos. Si con eso pretendían decir que habían logrado crear un agujero negro capaz de tragarse a la política como una aspiradora se traga el polvo, tenían toda la razón. Los engranajes comunitarios son en efecto otros tantos trituradores de diferencias y de oposiciones. Por definición, una Comisión que reúne personalidades provenientes, en su mayoría, de las corrientes socialdemócrata, liberal y demócrata cristiana, debe producir propuestas de consenso a partir de esos tres componentes. Y ese consenso, sobre todo con "socialistas" del tipo de Pascal Lamy, se parece extrañamente a una profesión de fe ultraliberal. En la etapa siguiente, la de la decisión por parte del Consejo -o en ciertos casos de la co-decisión Consejo-Parlamento- la situación es idéntica, pues se vuelve a encontrar a los mismos componentes: hay que lograr consensos entre los gobiernos que se dicen de izquierda y los que se reivindican claramente de derecha, como asimismo hay que lograr en Estrasburgo una mayoría que incorpore los dos grandes grupos políticos: el Partido de los Socialistas Europeos (PSE) y el Partido Popular Europeo (PPE) que agrupa un amplio abanico de derechas.

Los ciudadanos sólo pueden optar entonces entre lo que se les presenta como la inutilidad de las luchas o controversias nacionales7, y el extintor comunitario. Se les ha quitado gran parte de sus puntos de referencia, estructuras y palancas que en sus países servían para "hacer política", promover un proyecto, en una palabra, para ser ciudadanos plenos, sin ofrecerles a cambio instrumentos nuevos de un nivel superior. "Europa" simplemente los gratifica con facilidades, con privilegios de consumidores: eliminación de los pasaportes dentro del espacio definido en Schengen; si todo marcha bien, en 2002, con la instauración del euro en doce Estados no necesitarán más casas de cambio; una fila especial para pasar más rápidamente las ventanillas de inmigración en los aeropuertos, etc. Sin embargo, todo eso sumado no constituye una ciudadanía sustituta, como lo demostró fundamentalmente el "no" danés a la moneda única. Es lo que dirán indirectamente los manifestantes de Niza, que en última instancia se opondrán no al principio, sino al curso y al contenido de la construcción europea.

Durante el año transcurrido desde las manifestaciones de Seattle, las grandes instituciones multilaterales modificaron significativamente sus discursos condimentándolos con acentos de "arrepentimiento", pero no así sus prácticas. Sin embargo, las instituciones comunitarias (que cualquiera tiene "a mano" en Europa, lo que no es el caso del FMI o del BM para los latinoamericanos o los asiáticos), al igual que los gobiernos que se escudan detrás de ellas, necesitarán algo más que inflexiones semánticas para sacar de la cabeza de los ciudadanos la idea de que "otra Europa es posible".

  1. Chipre, Hungría, Polonia, Estonia, República Checa y Eslovenia, que iniciaron las negociaciones el 31-3-98; Bulgaria, Letonia, Lituania, Malta, Rumania, Eslovaquia, que las comenzaron el 15-2-00.
  2. A Turquía, oficialmente reconocida como"país candidato" en diciembre de 1999, se le propone en lo inmediato una "sociedad para la adhesión". A mediano plazo, Serbia y los otros Estados nacidos de la descomposición de la exYugoslavia (salvo Eslovenia, ya cooptada) tendrían también vocación de integrar la UE.
  3. Paul Thibaud, "L"Europe pour l"Europen"est pas stimulante", L"Express, París,29-6-00.
  4. André Bigot, "Rejets et nécessités d´une géographie politique européenne", Le Débat stratégique, París, noviembre de 1999.
  5. Hermoso ejemplo de armonización desde abajo: hay que incorporar al derecho francés una directiva comunitaria para suprimir el artículo 213-1 del Código de Trabajo que prohíbe el trabajo femenino entre las 20 y las 5 hs. más de una vez por semana.
  6. La transposición al derecho nacional de las directivas comunitarias, prerrogativa del Parlamento en el caso de disposiciones que adoptan la forma de ley, ya no obedece más al ritual mínimo del voto por parte de los parlamentarios. El primer ministro francés Lionel Jospin se propone en efecto hacer adoptar por medio de ordenanzas 117 directivas. Ver Aline Pailler, "La maladie desordonnances", Le Monde, París, 4-11-00.
  7. Sectores enteros de la soberanía nacional tradicional ya fueron colocados fuera del campo de intervención de los Parlamentos y de los gobiernos: la política monetaria (con el Banco Central Europeo), la política presupuestaria (con el Pacto de estabilidad presupuestaria de 1997), las subvenciones públicas (con los plenos poderes que se adjudicó la Comisión Europea), etc. Y la ampliación de las áreas regidas por el voto de mayoría calificada aumentará aún más la expropiación de lo político surgido del sufragio universal nacional.
Autor/es Bernard Cassen
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 18 - Diciembre 2000
Páginas:17, 18
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Estado (Política), Geopolítica, Movimientos Sociales, Unión Europea
Países Estados Unidos, Serbia (ver Yugoslavia), China, Bulgaria, Chipre, Eslovaquia (ex Checoslovaquia), Eslovenia (ex Yugoslavia), España, Estonia (ex URSS), Francia, Grecia, Hungría, Letonia, Lituania, Malta, Polonia, Portugal, República Checa (ex Checoslovaquia), Rumania, Rusia, Turquía, Yugoslavia