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El fin de la era del PRI

El 2 de julio de 2000, por vez primera, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) pierde las elecciones presidenciales. Se esperaba ya este resultado y sin embargo la sorpresa y la alegría se generalizan incluso en bastiones priístas. Pierde Francisco Labastida Ochoa, ex gobernador de Sinaloa y ex secretario de Gobernación 1. Gana Vicente Fox, del Partido Acción Nacional (PAN) y asume su cargo el 1º de diciembre. Cuauhtémoc Cárdenas, candidato del Partido de la Revolución Democrática (PRD), de izquierda, queda en tercer lugar. Las cifras son: Vicente Fox, 15.988.000 votos (42.52%); Francisco Labastida, 13.567.385 votos (36.10%); Cuauhtémoc Cárdenas, 6.259.048 sufragios (16.64%). La votación total asciende a 37.603.923 votos; se anulan 789.838, que representan el 2,1% de la votación computada, y los candidatos no registrados obtienen 32.457 sufragios. Participa el 63,96% de los 58.782.737 ciudadanos que integran la lista nominal.

¿Quién gana y quiénes pierden? Si algo, el gobierno de Vicente Fox deberá levantarle un monumento al Hartazgo, el primer factor de su triunfo. Al ocurrir las elecciones el país está harto del PRI, de sus 71 años en el poder (bajo las formas sucesivas de Partido Nacional Revolucionario, Partido de la Revolución Mexicana y PRI), de sus abusos, corrupciones y represiones, y muy especialmente de su estructura de impunidad. El contexto más visible del éxito de Fox es el descrédito de los gobiernos de Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo. Salinas, que en 1991 y 1992 convenció de su modernidad extrema a demasiados gobiernos y sectores políticos en el mundo entero, conoce la debacle en 1994. Los motivos: el estallido de la rebelión del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (que le llama "usurpador" recordándole el magno fraude electoral que lo llevó al poder); el asesinato del candidato del PRI Luis Donaldo Colosio, que indebida o debidamente se le atribuye; las revelaciones de corrupción a gran escala; el asesinato de su ex cuñado José Francisco Ruiz Massieu, dirigente del PRI; el encarcelamiento de su hermano Raúl, acusado de planear el asesinato de Ruiz Massieu y luego condenado a cincuenta años de cárcel; la decisión gubernamental de enriquecer sin medida a un puñado de capitalistas.

El presidente Zedillo tiene un perfil público muy distinto a Salinas y nunca encandila a gobiernos o multitudes (más bien, le da gusto su impopularidad), pero es el responsable de un rescate bancario, Fobaproa, hecho con el mayor desaseo y que termina costándole a la nación más de cien mil millones de dólares2. Y a eso se agrega su condición de beato neoliberal, su indiferencia ante los sacrificios de las clases populares y el desplome de las clases medias. La suma de estos elementos se condensa en una palabra: Hartazgo, que el candidato del PRI Francisco Labastida no disuelve en lo mínimo. Burocrático, de expresión cansada, alejado vocacionalmente del carisma, Labastida recorre el país presidiendo mítines del tedio y la repetición. Al principio es el vencedor seguro, pero a las dos o tres semanas la frase que lo rodea como aureola fatalista es "la campaña de Labastida no levanta".

El PRI congrega las ruinas de sus antes invencibles organismos de control: la Confederación de Trabajadores de México (CTM), la Central Nacional Campesina (CNC), la Confederación Nacional de Organizaciones Populares (CNOP), los aparatos caciquiles que en las elecciones anteriores habían conseguido los votos decisivos o, si se prestaba la ocasión, habían organizado el fraude. Pero esta vez, además del Hartazgo (siempre con mayúscula) un factor psicológico actúa en contra del PRI: la creación del Instituto Federal Electoral (IFE), el organismo confiable que permite la fe en el triunfo reconocido de la oposición. Antes, se tenían esperanzas del triunfo, pero no de su reconocimiento. Con el IFE se instala la primera certidumbre democrática.

Cuauhtémoc Cárdenas

¿Quiénes ganan y quienes pierden? En 1987 Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del ex presidente Lázaro Cárdenas, héroe del nacionalismo revolucionario, sale del PRI tras fracasar en su intento de lograr elecciones internas para las candidaturas, y se lanza a una batalla política muy desigual. En unos meses, Cárdenas levanta las (inesperadas) fuerzas de izquierda en el país y muy probablemente gana las elecciones de 1988. Tras la derrota, surge el PRD, que con rapidez dilapida su capital político, se burocratiza, se resigna ante los asesinatos de casi cuatrocientos de sus militantes a manos de priístas (en su mayoría, los crímenes quedan impunes), se divide por sistema, no evita que el gobierno compre un buen número de sus dirigentes medios, y no consigue un discurso convincente y un proyecto organizado de nación. A cambio, dispone de una crítica muy justa de las acciones gubernamentales, de militantes abnegados, del voto de la izquierda y del centro izquierda y de la simpatía de un vasto sector popular. Cárdenas se lanza de nuevo en 1994 y su campaña es pobre y se desarrolla en contra del voto del miedo manipulado por el PRI.

En 1997, Cárdenas gana la jefatura de gobierno de la ciudad de México y las expectativas crecen. El gobierno lo hostiga, le tiende trampas, le niega recursos. Cárdenas, por su parte, se muestra indeciso, no enfrenta problemas graves y se concentra en su candidatura para la Presidencia. Esto le resta credibilidad y apoyos y llega a la campaña del 2000 sin la credibilidad necesaria, lo que aprovecha la derecha para crear la ilusión del "voto útil", es decir, que la izquierda le entregue a Fox su apoyo en canje por la promesa de un gobierno plural. En las semanas previas a la elección, Cárdenas consigue algo del entusiasmo de 1988, llena plazas y moviliza a la izquierda nacional, pero ya es tarde.

Vicente Fox

¿Quién gana y quiénes pierden? Gana Vicente Fox, un ex presidente de Coca Cola en México, un administrador de empresas que se inicia en la política en 1988, a instancias de Manuel Clouthier, candidato del PAN a la presidencia de la República. En doce años, Fox desarrolla un estilo populista de trato y discurso, es candidato al gobierno de Guanajuato y pierde (tal vez no en los votos, pero como suele suceder con las elecciones, sí en el recuento), vuelve a ser candidato al gobierno de Guanajuato y gana, es candidato declarado a la Presidencia por lo menos desde 1998 y es intemperante, autoritario y monocorde, pero una de sus características llama enormemente la atención y le consigue múltiples adhesiones entre las clase medias y entre mujeres y jóvenes. Fox tiene lo que se podría llamar "apetito de poder", quiere mandar y se considera el indicado para "sacar al PRI de (la residencia presidencial) Los Pinos" y salvar a México, así, con esta expresión. Su actitud impresiona por emblematizar la fuerza y la voluntad de ascenso en un momento de muy abierta decadencia de los sectores políticos.

Fox pertenece a la derecha doctrinaria y no tiene demasiadas ganas de ocultarlo. Es muy católico, cree en los derechos educativos del clero, se opone a cualquier forma de despenalización del aborto, es homófobo y partidario de los cristeros (el movimiento armado ultramontano de 1926-1929, en la región del Bajío, que se opone al Estado revolucionario al grito de "¡Viva Cristo Rey!"). Sin embargo, debe correrle cortesías a una sociedad secularizada y durante la campaña retrocede varias veces. Enarbola en un mitin el estandarte de la Virgen de Guadalupe y anuncia que será su insignia, pero las exigencias del gobierno de Zedillo, los sectores liberales y de la iglesia católica misma le hacen prometer que se abstendrá del manejo de símbolos religiosos; emite un "decálogo" donde le asegura al clero católico que promoverá la enseñanza religiosa en las escuelas públicas, les dará canales de radio y televisión a los obispos, les quitará todo impuesto (no tienen ninguno, de cualquier modo), homologará los títulos de los seminarios religiosos con los títulos universitarios, etcétera, y la respuesta crítica lo lleva a declarar que no se "entendieron bien sus propuestas". Así sucesivamente, a toda declaración conservadora sucede una rectificación.

A su lado, pero sin una intervención significativa en la campaña, el Partido Acción Nacional, de posiciones muy conservadoras, al que arrincona la estrategia dominante en la campaña de todos los partidos: la mercadotecnia electoral, derivada por entero de su correspondiente estadounidense, que no toma en cuenta doctrinas o ideologías, y se guía únicamente por slogans, composiciones visuales y convocatoria de los reflejos condicionados. Así, la campaña de Fox consiste en lo básico en una palabra que resume una actitud: "¡YA!". ("El ¡YA! es un Mantra que disuelve el Karma negativo de México", afirma el publicista de Fox). No hace falta más, y el pragmatismo de los ofrecimientos de foxistas congela o deja pendientes los programas del PAN. Fox es un dogmático que usa métodos pragmáticos, el PAN es un partido que se aísla en su tradición.

La fiesta provisional

El alborozo que sigue a la derrota del PRI tiene causas diversas que se unifican en una sola: la urgencia del cambio y la necesidad de la alternancia. Tiene sentido el lugar común que se desprende del fetichismo cronológico; no es posible entrar al siglo XXI con el PRI todavía en el poder; equivaldría a concebir al país detenido en el triunfo, algo similar al mito del eterno recuento de votos. El optimismo no desconoce los hechos: el PRI aún cuenta con veinte gobernadores y un buen número de diputados y senadores, y está en posibilidad de ganar elecciones regionales, pero al perder la presidencia de la República se ha quedado sin su recurso central, aquel del que todos los demás se desprenden.

Los cinco meses entre el día de las elecciones y la toma de posesión del gobierno de Vicente Fox se alargan en la medida de las incertidumbres y las apetencias, y demuestran el dominio del tiempo político sobre el desarrollo nacional: los tres millones de burócratas a cargo del régimen aguardan ansiosos y se desatan las ambiciones frenadas por el autoritarismo del PRI, que le ha exigido inmovilidad manifiesta a los aspirantes a cargos de importancia. Como sea, la alternancia es un fenómeno muy positivo, pone en circulación ideas e intereses, le facilita a sectores y personas antes hechas a un lado la participación en la política y la administración pública, obliga a la revisión de lo obtenido y lo cancelado a lo largo del monopolio priísta. Hay consenso en los sectores liberales: se han obtenido educación, salud, desarrollo social, la multiplicación de pobreza y miseria, la vana gloria de la impunidad. La derecha no opina lo mismo y condena en bloque casi todo lo ocurrido en México desde la Reforma liberal del siglo XIX. Según reitera Vicente Fox, el siglo XX fue sólo tiempo perdido para el país. Pero en las primeras semanas no hay discrepancias: se requería el cambio, la palabra más utilizada en este año.

Lo afirmado por el PRI y el PRD a propósito del conservadurismo del grupo ganador, es más que comprobable. En el equipo de Fox unos cuantos provienen de la izquierda o del priísmo, pero muchos pertenecen al Opus Dei, los Legionarios de Cristo3, las asociaciones de padres de familia que exigen cancelar las libertades artísticas (entre otras). Si Fox se comprometió a respetar la estructura laica del Estado mexicano, sus asesores en materia educativa proponen que esto sea así con una condición: redefinir el laicismo para que incluya clases de religión "de acuerdo a la voluntad de los padres de familia". Uno de los participantes del equipo de transición en materia religiosa, Raúl González Schmall, afirma: "Desde la Nueva España no se veían tantas posibilidades para la libertad religiosa como ahora". Ya se sabe: "libertad religiosa", en sus términos, es el sinónimo del regreso de la voluntad teocrática.

El conservadurismo se alía al neoliberalismo. El equipo de transición en materia laboral, declara como prerrequisito del cambio la abolición de cualquier propósito de "lucha de clases" y el reconocimiento de los empresarios como la única fuerza productiva en el país. (No exagero: jamás en sus declaraciones mencionan la existencia de los obreros). El plan de privatizaciones, según afirman, continuará la línea de los gobiernos de Salinas y Zedillo. Para empezar, se privatizarán la energía eléctrica y parte del sector de los energéticos. Y lo que ya ahora provoca más resistencia es el anuncia del IVA para alimentos y medicinas. Carlos Flores, encargado del área social del equipo de Fox, declara: "El tema de la medicinas (del IVA) hizo tanto ruido, pero la verdad, aquí entre nos, los que gastamos en medicinas somos nosotros (las personas con posibilidades adquisitivas), la gente pobre casi no gasta en medicinas"4

Criterios como el anterior se multiplican. Víctor Lichtinzer, asesor de Fox en materia de medio ambiente, explica el proyecto para convertir a los campesinos pobres en porteros de la ecología: "En lugar de darles dinero por ser pobres, creemos que es mejor que se les otorguen aportaciones para conservar recursos clave. De otra manera, será difícil romper el perverso círculo de pobreza y destrucción en el medio rural"5. Se insiste: los pobres lo son porque quieren, les falta el impulso de la voluntad y la autoayuda.

Las batallas culturales, que previsiblemente se enconarán, suceden en medio de la indiferencia generalizada ante el fin de la República conocida priísta desde luego, pero no sólo priísta. Si ya se defienden los valores del laicismo, el mundo de solemnidades y representaciones del priísmo se desbarata sin deudos a la vista. A fin de cuentas, en tanto impresión colectiva, se trataba de una República de cartón piedra, regida por la impunidad (otro de los términos más en boga en estos meses), la injusticia social y la corrupción. La República del priísmo no ha sido sólo eso, y ya se evaluarán sus méritos, pero por ahora no suscita emociones su partida.

  1. Ministro de Interior (NdlR).
  2. Gabriel Grinberg, "El polvorín bancario mexicano", en dossier México, Le Monde diplomatique edición Cono Sur, septiembre 1999.
  3. Michel Arsenault, "Contraofensiva del Vaticano en América Latina", Le Monde diplomatique edición Cono Sur, marzo 2000.
  4. El Universal, México, 9-11-00.
  5. El Universal, México, 8-11-00.
Autor/es Carlos Monsivais
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 18 - Diciembre 2000
Páginas:10, 11
Temas Estado (Política), Políticas Locales
Países México, Guadalupe, España, Vaticano