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Los métodos de un "multimedia" argentinoUn despido masivo de trabajadores, habitual y probablemente necesario en tiempos de crisis, devino escándalo a causa de los métodos de la empresa. El "Grupo Clarín", convertido en "multimedia" internacional, exhibe crudamente los efectos de la concentración empresaria, cuya lógica conduce a atentar contra los derechos de los trabajadores y afecta la calidad y transparencia de la información.El texto del telegrama que recibieron 76 trabajadores del diario argentino Clarín -el de mayor circulación de habla hispana- en la mañana del sábado 4 de noviembre pasado era escueto y clásico en lo esencial. "Prescindimos de sus servicios a partir de la fecha", decía, argumentando algo que hoy conocen bien miles de trabajadores argentinos: un "proceso de reorganización". Pero para 16 de los despedidos, entre ellos los diez integrantes de la Comisión Interna de delegados elegida el pasado agosto, agregaba una consideración: "Atento a que Ud. participó en asambleas en las que se llegó a proponer gravísimas medidas contra la empresa (…)"1. Otros 41 trabajadores (36 "colaboradores ocasionales", 4 colaboradores permanentes y un "intimado" a jubilación) no recibieron telegrama, pero en lo sucesivo no se les permitió ingresar a la empresa. El resto de la redacción había recibido a primera hora de la mañana una larga carta en la que la empresa daba sus razones y señalaba lo obvio a manera de advertencia: "usted es integrante de Clarín (…) contamos con usted en esta nueva etapa…". Esa misma mañana, en la puerta del diario, quedaron claros los métodos: agentes de seguridad impedían el paso de los empleados hasta tanto cotejaban sus nombres. En previsión de una asamblea espontánea en el interior -quizá incluso una paralización de actividades- los despedidos habían perdido incluso, manu militari, el derecho a recoger personalmente sus pertenencias. Afuera, todo era desconcierto. Frente a la entrada principal, un custodiado vallado impedía el paso a los que intentaban ingresar a su trabajo; el personal de seguridad privada identificaba a los autorizados. A pocos metros del ingreso, vigilaban efectivos policiales. En el mediodía del 5 de noviembre, mientras más de 100 cesanteados exigían una respuesta de la empresa, varias cámaras apostadas sobre el techo de Clarín y de edificios vecinos filmaban la asamblea organizada sobre la calle. "La Infantería trató de impedir nuestro derecho a manifestarnos, hubo bastonazos y muchos golpes", describió la delegada Ana Ale, una de las despedidas2. El director corporativo de Relaciones Externas de la empresa, Jorge Rendo, aseguró por su parte que "lo que ocurrió es que un grupo, que en su mayoría no ha pertenecido a Clarín o a Olé (otra publicación del grupo), cargó contra la policía con la intención de tirar las barreras de protección"3. La mayor parte de medios -notoriamente todos los pertenecientes al grupo- ocultaron o minimizaron la noticia, la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires (UTPBA) adoptó un insólito bajo perfil (ver "El sindicato…"). Aunque la empresa siempre ha pagado buenos salarios y rigurosas indemnizaciones, sus métodos no son nuevos4. Desde 1983, al cabo de la dictadura militar, la actividad sindical se iba recuperando, pero en 1991 Clarín despidió a otro delegado, Pablo Llonto, cuyo caso está ahora en manos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Este año la redacción había comenzado a reclamar por sus derechos laborales. El 26 de julio pasado, una asamblea organizada para analizar 20 despidos fulminantes en un mes (Clarín había prescindido de redactores y editores, además de imponer cambios forzados de sección y horarios de trabajo), acordó revocar el mandato de los delegados Carlos Quattromano y Rubén Cammarata, incriminados por complicidad con la empresa, y convocar a otra asamblea. Presionada por el personal, la UTPBA comunicó al jefe de Personal de Clarín, Julio Miguele, que se había decidido formar una Junta Electoral que llamaría a elecciones para el 16 de agosto5. Quattromano presentó entonces un amparo en la Justicia para declarar la ilegalidad de las elecciones y frenar su realización. La empresa, por su parte, aprovechó la ocasión para desacreditar los comicios en una nota dirigida a la UTPBA: "(…) dada la situación por ustedes generada, en la que se realizan asambleas que constituyen medidas de acción directa encubiertas, y por la revocación de los mandatos de los dos delegados, quienes han decidido iniciar acciones legales, hemos rechazado la realización de las elecciones debido a la cantidad y la calidad de los trabajadores de la Junta Electoral". De esta manera el multimedio logró que los comicios fueran revocados en primera instancia por la Justicia, aunque un fallo de Cámara declaró luego "abstracto el agravio relativo a la suspensión del acto electoral"6. Ante la prohibición por la empresa de realizar los comicios dentro de sus instalaciones, las elecciones se hicieron fuera de la redacción. Las urnas se ubicaron dentro de una camioneta, justo frente a Clarín, y votaron 565 empleados (el 40% del padrón), un récord de participación. En la elección anterior (mayo de 1999) Quattromano y Cammaratta habían obtenido su cargo con menos del 20% del padrón7. La nueva Comisión Interna quedó conformada por 10 trabajadores de diferentes secciones. El miedo o la dignidad"Sólo algunos de los integrantes de la Comisión Interna tienen una cierta historia militante, pero la mayoría no sabíamos qué significaba elegir democráticamente una representación. Esto que se originó fue directamente de los trabajadores, sin la intromisión del sindicato", comentó a El Dipló uno de los periodistas que aún mantiene su puesto. Los nuevos delegados comenzaron de inmediato a reunir información para presentar una lista de reivindicaciones a la empresa: rechazo por la aplicación de 9 horas de trabajo, cuando el Estatuto contempla 6; existencia indeterminada de pasantes o colaboradores que cumplen horario normal sin derechos laborales; no cumplimiento de la reducción de la jornada laboral para mujer en período de lactancia; no pago de horas extras; reclamo de mayor espacio y más computadoras en el sector de diagramación, más baños y en mejor estado, mejoras en el sistema de refrigeración, entre otros reclamos. Se exigía asimismo la recategorización de periodistas que realizan tareas editoriales y de los colaboradores que cumplen horario normal desde hace 12 años, sin percibir los beneficios de obra social, vacaciones, etc. A los que conservaron sus puestos de trabajo, el gerente general, Héctor Aranda, les comunicó que "(…) la empresa consideró impostergable prevenir nuevas acciones que pusieran en riesgo la integridad de la compañía (…). Por ello, ha decidido separar del diario a los principales responsables de esos gravísimos hechos, que desoyeron durante casi tres meses nuestros llamados a normalizar el trabajo". Lo que el grupo calificó como "acciones que pusieran en riesgo a la compañía", fue una supuesta amenaza de introducir virus en la red informática (como si semejante instrumento estuviese al alcance de cualquiera y la empresa no tuviese medios para prevenirlo), sin mencionar las reivindicaciones de los trabajadores. Los despedidos, apoyados en sordina por muchos de sus compañeros, decidieron tratar de difundir el conflicto por todos los medios (ver "Un silencio…"). El martes 7 de noviembre, en una tensa asamblea realizada fuera de la empresa y de la que participaron más de doscientos trabajadores a pesar del clima de intimidación, la mayoría rechazó el paro como medida de fuerza. Al cabo, entre lágrimas y abrazos, los que aplaudían y alentaban eran, curiosamente, los que quedaban afuera. Los que entraban lo hicieron lentamente, algunos llorando. El conflicto marcó también una notoria bisagra en la relación entre los propios compañeros, agudizada por el temor impuesto por la empresa y la demora en la toma de decisiones de los despedidos. "Para algunos, lo más importante fue el miedo y para otros, la dignidad (…) Lo único que se escuchaba era el ruido de las teclas de las computadoras", graficó un periodista, en relación al pesado ambiente, mezcla de dolor e indignación, que invadió todas las oficinas mientras, simultáneamente, se extendía el temor ante posibles nuevos despidos, agravado por la presencia de agentes de la empresa en las instalaciones. No obstante, el viernes 10, en plena labor, la plantilla explotó en una catarsis colectiva: durante diez minutos los trabajadores, asomados a las ventanas, aplaudieron a sus compañeros despedidos. El gran multimedia argentinoNunca antes una empresa argentina de comunicaciones había concentrado tanto poder ni alcanzado su nivel de diversificación e influencia. Clarín avanzó impetuosamente en el mercado con el "desarrollismo" -una propuesta industrialista con base nacional- como soporte ideológico y un periodismo moderno, audaz y de calidad, pero no desdeñó afianzar su poder mediante beneficiosos acuerdos con la dictadura militar y explotó en cientos de ramificaciones durante el gobierno de Carlos Menem, transformándose en uno de los tres grupos de comunicaciones más poderosos de América Latina, junto a O Globo de Brasil y Televisa de México. En 1978, bajo la dictadura militar, la sociedad conformada por los diarios Clarín, La Nación y La Razón obtuvo la concesión de Papel Prensa, durante años la única papelera del país. El pasaje a multimedio se produjo en 1989, con el gobierno de Menem, quien abrió las puertas para que el Estado privatizara las empresas públicas. La presión del grupo para modificar la Ley de Radiodifusión tuvo eco en el gobierno y así, en diciembre de 1989, ganó la licitación por el Canal 13, con una oferta de 3,5 millones de dólares, la mitad de lo que pagó Editorial Atlántida por Canal 11. Durante la gestión de Menem, la relación con Clarín fue fluctuante porque, si bien apoyó el plan económico de Domingo Cavallo -aportó 10 millones de dólares para el "bono patriótico" distribuido entre empresas nacionales8- no le ahorró al gobierno denuncias de corrupción. Pero fue en esa etapa donde los negocios del grupo se multiplicaron, gracias a una legislación que nunca impuso limitaciones antimonopólicas al mercado de comunicaciones. Clarín encabezó nuevos proyectos -como Multicanal en el cable- a través de una sociedad con sus ahora competidores CEI Citicorp y Telefónica; también CTI Móvil en la telefonía celular, en conjunto con GTE, Lucent Technologies y Benito Roggio. Asimismo consolidó una estrecha relación con Torneos y Competencias para la explotación de las transmisiones de fútbol y dio el primer paso en televisión digital con Direct TV, junto con Hughes Electronics y el Grupo Cisneros de Venezuela. "No somos un monopolio. Esa acusación no tiene sentido (…). Nuestros negocios nacieron y se desarrollan bajo el ámbito de la plena competencia", alegó hace tiempo Héctor Magnetto, hombre fuerte del Grupo Clarín9. Pero la concentración es manifiesta a través de Arte Gráfico Editorial Argentino SA (Clarín, Olé, Genios), diarios del interior y Papel Prensa; la telefonía celular, con el 25% de CTI Móvil; el área informática, con Ciudad Internet y Audiotel; el cable y la televisión digital, con Multicanal y DirecTV Latin America, entre muchos otros. En Brasil, el grupo es socio del banco Bozano-Simonsen en el mercado del cable e intenta consolidar la llegada de Ciudad Internet a través del grupo periodístico O Dia de Río de Janeiro. Junto al grupo Correo de España, y el diario La Nación integra la sociedad CIMECO, que compró los diarios Los Andes de Mendoza y La Voz del Interior de Córdoba. Los magros resultados obtenidos hasta el momento (en los que la situación nacional seguramente jugó un papel decisivo) y el endeudamiento del grupo provocaron la decisión empresarial más importante en 55 años de historia: vender parte del paquete accionario a capitales extranjeros. En diciembre de 1999, el banco de inversión estadounidense Goldman Sachs adquirió el 18% de las acciones10. Pero con la diversificación llegaron las deudas, que según cifras oficiales del grupo alcanzaban los 1.400 millones de pesos en 199811, aunque otras fuentes estiman que en realidad alcanzan los 2.500 millones. "Queda claro que la situación financiera del grupo es muy sana", aclaró Magnetto, pero es innegable que varios negocios impulsados por Clarín no alcanzan hoy los resultados esperados. La facturación cayó en el último balance anual, al igual que el número de ejemplares vendidos. Las ventas del diario deportivo Olé cayeron y la publicidad disminuyó abruptamente, lo que motivó el cierre de la revista Mística. Cuando el directorio de Clarín decidió los despidos en la redacción, el diario atravesaba el índice más bajo en ventas de los últimos diez años. Sin embargo y pese a la caída de 1999, la facturación del grupo supera los 2.100 millones de pesos y duplica las cifras de cinco años atrás, al igual que la cantidad de empleados que, en la actualidad, supera los 10.80012. El cimbronazo de la crisis en los números del grupo terminó por transformarse en el primer causante del despido masivo en Clarín y Olé. A un mes de iniciado el conflicto, la posible existencia de listas con más despidos continúa acrecentando la incertidumbre. Entre los trabajadores, el despido masivo de 117 compañeros marcó un antes y un después en la convivencia diaria y en la relación con la empresa. En una situación económica como la que atraviesa Argentina (ver págs. 1 y 4 a 7), las reestructuraciones, por dolorosas que resulten, son entendibles dentro de la legalidad. Pero los métodos utilizados señalan el imperio de una lógica inherente al neoliberalismo: avance de criterios estrictamente gerenciales sobre los redaccionales, que pierden poder, con lo que la calidad y transparencia de la información resulta afectada. Esta tendencia, objetiva en todos los grandes grupos multimedia, termina atentando contra la libertad de asociación y defensa de los trabajadores y, en última instancia, la libertad de expresión13.
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