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Los dos grandes rivales del siglo XXILas relaciones sino-estadounidenses no atraviesan su mejor momento. El punto de inflexión lo habría marcado el bombardeo a la embajada de China en Belgrado y el espionaje de los secretos nucleares estadounidenses por parte de los chinos. La dominación geopolítica de Asia oriental marcará las relaciones internacionales del próximo siglo, en el que EE.UU. y China se disputarán el cetro de "primera potencia mundial" .Dos años después de la "histórica" visita del presidente chino Ziang Zeming a Estados Unidos, el 28 de octubre de 1997, y poco más de un año después de la del presidente Clinton a Pekín, las relaciones sino-estadounidenses se han degradado sensiblemente. Hoy ya no es más cuestión de una "sociedad estratégica" , anunciada por William Clinton en junio de 1998 en un impulso lírico en el que las palabras se impusieron sobre lo real. Ni siquiera del programa menos ambicioso y más pragmático de Ziang Zemin, que consistía en "reforzar la comunicación, acrecentar los contactos, fortalecer el consenso y desarrollar la cooperación" bilateral. Por el contrario, un clima de desconfianza, atizado por los nacionalistas de los dos extremos, se instaló entre Washington y Pekín desde la guerra de Kosovo. Si el peso de los intereses mutuos -económicos y geopolíticos- parece impedir la ruptura, el enfriamiento es testimonio de la fragilidad de una relación ambigua, sometida más que nunca a las incertidumbres de la política interior de los dos países, en la que se mezclan realpolitik, intereses comerciales y rivalidades estratégicas. La tensión actual recuerda la de marzo de 1996, pero agravada. En respuesta a los disparos de misiles del Ejército Popular de Liberación (EPL) desde las costas de Taiwan, EE.UU. hizo una demostración de fuerza desplegando dos portaaviones nucleares en el estrecho. La escaramuza no pasó de ser una coreografía bajo control, pero permitió a Pekín reafirmar -en caso necesario mediante el uso de la fuerza- su soberanía sobre Taiwan, mientras que para EE.UU fue la ocasión de recordar el carácter insoslayable de su presencia en Asia oriental. Este primer test de relación de fuerzas desde la guerra fría se saldó con una reanudación rápida de los intercambios diplomáticos e incluso con una profundización de los contactos entre las fuerzas armadas de los dos países. En cambio, desde el bombardeo a la embajada china en Belgrado el 7 de mayo último, seguido en Pekín por manifestaciones virulentas (canalizadas, pero no totalmente controladas por el poder), se asiste a una escalada de los antagonismos. Los intercambios militares se suspendieron y las relaciones están casi en punto muerto. Para restituir esa relación a los carriles de la realpolitik trazada desde 1972 por Henry Kissinger y Mao Zedong, Ziang y Clinton se encontraron a principios de septiembre al margen de la cumbre de la Conferencia económica Asia-Pacífico (APEC) en Nueva Zelanda y deben encontrarse nuevamente en noviembre. La guerra de Kosovo puso en evidencia la fiabilidad del consenso que existía en China respecto a "la apertura estadounidense" y los límites de la política respecto de EE.UU., llamada de "compromiso constructivo" . Del lado chino, la desilusión está a la altura de las esperanzas generadas por las cumbres de 1997 y 1998. En un primer momento de euforia, luego de la visita de Clinton a Pekín, los dirigentes chinos creyeron que la página de Tiananmen estaba definitivamente olvidada y que el camino quedaba al fin despejado para un mejoramiento duradero de las relaciones. Hoy están desilusionados. Ziang, quien apostó mucho a su política de cooperación con EE.UU., debe tener en cuenta la existencia en China de "una coalición anti-estadounidense" que, según el sinólogo David Shambaugh, "imperó durante lo esencial de la década (…) y está en vías de consolidarse"1. Ya objetado en el plano interno (ver nota de Roland Lew, página 16 y 17), el primer ministro Zhu Rongjii es cuestionado por haber hecho su viaje a Washington en abril de 1999, cuando la guerra causaba estragos en la ex-Yugoslavia. Además, se le reprochan importantes concesiones sin contrapartida en la negociación del ingreso de China en la Organización Mundial del Comercio (OMC)2. Surgimiento de una potenciaEl anuncio de "una sociedad estratégica cooperativa" entre Rusia y China a fines de agosto, durante la cumbre Ziang-Yeltsin en Kirguizstan, se inscribe en la misma dinámica. Ciertamente, los márgenes de maniobra rusa y china son limitados, pero la cumbre no era sólo un ejercicio táctico, como prueban las muy recientes ventas de armas rusas de alta complejidad a China3. A esto hay que agregar el reclamo del Ejército Popular de Liberación (EPL), que a pesar de la desaceleración de la economía china, pide una intensificación del programa de modernización emprendido desde 19854. Del lado estadounidense, prevalece la ambigüedad. Hasta el bombardeo de la embajada de China en Belgrado, el presidente Clinton supo mantener el rumbo de su política china. Pero según fuentes próximas a la administración, el viento estaría rotando: "El espionaje chino en EE.UU. y las imágenes de la bandera estadounidense ardiendo en la plaza Tiananmen hicieron nacer un sentimiento, ampliamente compartido en el seno del Estado, de que era hora de revisar la política estadounidense" . Como sea, aun si se les ocurre dar acentos wilsonianos (idealistas) a su política china, EE.UU. razona en términos geopolíticos y quiere "establecer una relación de fuerzas ventajosa (en Asia oriental) y alentar a China a defender sus intereses de un modo que sea compatible con los estadounidenses y los de sus vecinos"5. Así, desde 1997, estrecharon sus relaciones defensivas con Japón, Filipinas y Singapur y anunciaron en 1999 su intención de desplegar sistemas de defensa anti-balísticas (Theater Ballistic Missile Defense-TBMD) de última generación en Japón, en Corea del Sur y, eventualmente, en Taiwan6. Ostensiblemente destinados a proteger a esos países (y también a las fuerzas estadounidenses) contra disparos de misiles norcoreanos, estos escudos anti-misiles reducirían evidentemente el margen de maniobra que le dan a China su arsenal nuclear y sus misiles de mediano alcance. El considerable retraso tecnológico de las fuerzas armadas chinas, en particular las navales, obliga además a Pekín a limitar por el momento sus ambiciones regionales, principalmente sobre Taiwan. La perspectiva del emplazamiento de armas anti-balísticas estadounidenses acentuó en Pekín el temor de que Taiwan se les escape, a lo cual se suma, desde julio, la peligrosa puja respecto al status futuro de la isla, hecha por el presidente taiwanés Lee Teng-Hui que reclama relaciones de "Estado a Estado" . Teng-Hui cuenta con el apoyo de la derecha del Partido Republicano estadounidense. Según Norman Birnbaum, este sector estaría "decidido a empezar una nueva guerra fría"7. Más allá de los múltiples litigios bilaterales coyunturales -la OMC, el déficit comercial estadounidense, la cuestión de derechos humanos en China, las ventas de armas chinas al extranjero y las de los estadounidenses a Taiwan, etc.- se percibe bien la circunstancia geopolítica en juego: EE.UU. y China se entregan a una lucha velada, jamás reconocida de modo claro, por la hegemonía en Asia oriental. Mientras la segunda considera la región como su esfera de influencia "natural" , hasta el punto de trazar mapas ensanchando arbitrariamente sus fronteras marítimas en el Mar de China del Sur8, los primeros quieren preservar todo lo posible el statu quo, por ende su preponderancia estratégica. Esta contradicción esencial, resultado lógico de una interpretación de la historia reducida a las relaciones de fuerzas entre las naciones, apareció al final de la guerra fría y es claramente reconocida de uno y otro lado. La China de Mao fue aliada de hecho de EE.UU. Según la expresión convincente de Liu Ji, vice presidente de la Academia de Ciencias Sociales de Pekín, su "alianza estratégica de hecho (…) concluida en 1972, contribuyó ampliamente a finalizar la guerra fría" . Favoreció abiertamente el desmoronamiento de la Unión Soviética. Los dos países tenían en efecto "preocupaciones reales comunes" , para retomar el eufemismo de Henry Kissinger9. Mantenían una relación instrumental a través de la cual cada uno se servía del "bárbaro lejano" para contener la amenaza de un "bárbaro cercano" . Hoy la situación es totalmente otra. China y EE. UU. están frente a frente: no hay ya un "bárbaro" intermediario para cimentar intereses que se volvieron contradictorios. En Washington, la relectura de Gibbon y Tucídides10, entre otros, alimenta una reflexión sobre los medios de perpetuar la hegemonía estadounidense y de manejar el acceso de China al escenario internacional. Investigadores y políticos comparan la reciente trayectoria de China con la de EE. UU. de principios de siglo: "Al igual que el surgimiento de las potencias alemana, estadounidense, japonesa o rusa engendró guerras calientes y frías e indujo una reestructuración de la economía mundial, la de China está alterando las relaciones de fuerza (mundiales). China será sin dudas en el siglo XXI la segunda superpotencia de Asia, y quizás la primera potencia del mundo"11. El defensor de este punto de vista, Chalmers Johnson, no siente nostalgia por la guerra fría ni sostiene la tesis de la "amenaza" china. Lo mismo ocurre con Joseph Nye, profesor en el Harvard School of Governement, ex consejero del presidente Clinton y partidario del compromiso constructivo. Según Nye, "el surgimiento de una nueva potencia se acompaña siempre de incertidumbre y angustia (…); el desarrollo de la potencia económica y militar de China se convertirá en una cuestión central en la política extranjera estadounidense a principios del próximo siglo"12. Tanto Nye como la administración, desean creer que una sutil dosificación de coacciones e incitaciones (el "amable comercio" ) podría canalizar la evolución china hacia una adaptación a las normas occidentales. Pero para los sectores próximos al Pentágono, hay que estar preparado para "contener" a China porque "Pekín estará pronto en condiciones de desestabilizar la seguridad de Asia oriental y de amenazar los intereses de las democracias industriales en general"13. ModernizaciónSi "el interés estratégico fundamental de los EE.UU. es conservar su posición de país más poderoso del mundo en el siglo XXI, el de China es su modernización"14. Es por eso que Deng Xiaoping, Ziang y Zhu Rongjii apostaron a años de paz y cooperación con EE.UU. para concluir la modernización, efectuar una eventual reunificación del país y volver a darle su lugar en las relaciones internacionales. Hasta ahora, la estrategia militar definida por Deng en 1985, se ajustaba a este objetivo: modernización del material, disminución masiva de los efectivos y elaboración de una doctrina de guerra limitada a las periferias (marítimas) del país. Pero la guerra de Kosovo y la política de defensa regional de EE.UU. reavivaron en los círculos dirigentes chinos el temor, jamás extinguido realmente, de que el esfuerzo centenario de su país para adquirir "riqueza y potencia" podría ser obstaculizado. Este peligro no proviene sin embargo tanto del exterior como del interior. Enfrentados a problemas económicos y sociales muy graves, los herederos de Deng no tienen por ahora otra elección que mantener, mientras sea posible, el rumbo en la política extranjera. Mientras esperan el día, todavía lejano, en que las profecías de EE.UU. sobre China se cumplan.
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