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Chile frente al TLC: entre la ingenuidad y la ideología

El gobierno chileno dio un viraje a favor del ALCA y contra la perspectiva de integración al Mercosur, pese a las crudas razones económicas que muestran la inconveniencia de admitir las imposiciones de Estados Unidos, a cambio de una dudosa promesa de tratamiento diferencial para su incorporación al TLC.

Dentro del marco de su estrategia de desarrollo, Chile ha llevado a cabo una política de inserción internacional que ha seguido tres vías complementarias. En primer lugar, una apertura unilateral y no-discriminatoria con el exterior, a través de la significativa reducción de las tarifas arancelarias. En segundo lugar, en el transcurso de los noventa, se han suscrito acuerdos de complementación económica y tratados de libre comercio con diversos países. Finalmente, en el ámbito multilateral, participando activamente en la Ronda Uruguay del GATT-OMC, así como el APEC y el ALCA.

Sin embargo, para el Gobierno y la clase política chilena el logro máximo de sus aspiraciones en materia de política económica internacional ha sido alcanzar un tratado de libre comercio con Estados Unidos. Este objetivo, aparentemente descartado por el Gobierno del Presidente Lagos, se coloca nuevamente en la prioridad de la agenda nacional a partir de fines de noviembre del año pasado. Chile reinició confidencialmente conversaciones con la Casa Blanca hasta lograr la formalización de negociaciones para avanzar en un TLC con los Estados Unidos.

Este es el tercer esfuerzo de las autoridades chilenas por lograr el tan ansiado acuerdo. Los dos intentos anteriores terminaron en un rotundo fracaso, con costos significativos en recursos humanos y financieros. Parece curioso que las autoridades chilenas, con esencialmente el mismo equipo técnico, se embarquen nuevamente en una compleja negociación sin evaluar las razones de aquel fracaso. Más sorprendente aún es que el nuevo intento negociador se realice sin el famoso fast track y que su anuncio haya sido en la víspera de un cambio de gobierno en Estados Unidos.

Es pertinente recordar que las conversaciones anteriores, a principios de la década pasada, para concretar un acuerdo, se insertaban en el marco de las negociaciones de la Ronda de Uruguay del GATT. Todo indica que Estados Unidos, en esa oportunidad, tentó a las autoridades chilenas con la posible incorporación al NAFTA con el propósito de fortalecer su posición negociadora en la Ronda de Uruguay. De esta manera, un Chile encandilado con acceder al NAFTA hizo concesiones injustificadamente generosas en propiedad intelectual, servicios y especialmente con la consolidación arancelaria, favoreciendo así la posición norteamericana. Lo que es más grave aún desechó la posibilidad de incorporarse al MERCOSUR en sus inicios y por lo tanto de participar activamente en la construcción de sus instituciones.

Después de casi 10 años, con la elección de un Presidente Social Demócrata en Chile, las líneas de política internacional se esperaba que cambiaran. De hecho, en junio del 2000 el Presidente Lagos manifestó su compromiso de adhesión plena al MERCOSUR y así se inició un interesante proceso de negociaciones orientado a priorizar la integración con los países del Sur del Continente. Sin embargo, no pasó mucho tiempo y el nuevo ofrecimiento de Estados Unidos para iniciar negociaciones formales fue irresistible para las autoridades chilenas. El exaltado entusiasmo hizo olvidar a la Cancillería que le debía explicaciones a sus países vecinos por haber retrocedido en el MERCOSUR en favor de los Estados Unidos, lo que produjo un deterioro que aún persiste en las relaciones políticas con los países vecinos, especialmente con Brasil. Asimismo tampoco fue casual que los Estados Unidos realizaran su propuesta semanas antes del encuentro de Florianapolis, en un evidente intento por debilitar el MERCOSUR y así cerrar toda posibilidad que se constituyera un bloque sudamericano para negociar vis-a-vis los Estados Unidos en el marco del ALCA.

Así como en el pasado Estados Unidos ejercía su hegemonía para reafirmar su posición negociadora frente a Europa en el marco de la Ronda Uruguay, ahora es indudable que el inicio de conversaciones de un TLC con Chile busca fortalecer su posición en las negociaciones del ALCA para debilitar así una eventual postura común de los países del Sur. La política de Chile al enfrentar a sus propios vecinos sólo se puede explicar como una mezcla entre ingenuidad e ideología, que ha sido tan característica de la política comercial chilena de los últimos años.

Por lo demás, no están nada claros los beneficios concretos de una negociación bilateral con Estados Unidos. Mientras Chile tendrá que reducir sus aranceles del promedio de 8% con el cual ingresan los productos norteamericanos, Estados Unidos tendrá que reducir su arancel promedio de aproximadamente un 1% con el cual ingresan los productos chilenos, además es improbable que la rebaja en el escalonamiento arancelario de algunos productos manufacturados genere un incremento sustantivo en el envío de estos productos a Estados Unidos.

Por otra parte, en los temas de negociación más duros como el sistema anti-dumping norteamericano -el mayor instrumento de protección comercial de este país- parece difícil que Estados Unidos lo desmantele a instancias de Chile o que Estados Unidos se comprometa con un sistema de solución de controversia de carácter bila-teral que limite su soberanía. En lo que respecta al tema agrícola, mientras los negociadores norteamericanos exigirán la eliminación de las bandas de precios, es improbable que Estados Unidos disminuya los cuantiosos subsidios que otorga a su sector agrícola. Es ingenuo pensar de que el reducido poder de negociación de Chile pueda modificar el marcado proteccionismo de la política comercial norteamericana.

A cambio de ello, Chile deberá reducir sus aranceles, desmontar sus bandas de precio, proteger los derechos de propiedad norteamericanos y comprometerse a abrir la cuenta de capitales. Probablemente se le pedirá eliminar el encaje y por tanto renunciar a mantener instrumentos de política que permitan reducir su vulnerabilidad externa. Además Estados Unidos, sin duda, exigirá el compromiso de no gravar transacciones de comercio electrónico, por lo tanto protegiendo la competitividad internacional de su industria. Esto se parece mucho al intercambio de oro por collares de vidrio del cual tenemos larga experiencia desde la Conquista.

Lo más curioso, sin embargo, es que en general existe acuerdo con los demás países de Sud América, y MERCOSUR en particular, respecto a los temas de negociación con Estados Unidos: los subsidios agrícolas, el sistema anti-dumping, el escalonamiento arancelario y un sistema de controversia más equilibrado, son todos concesiones a lograr; mientras que mayor control nacional sobre la cuenta de capitales, el comercio electrónico y propiedad intelectual son concesiones a evitar. Por lo tanto una negociación en bloque de MERCOSUR con Estados Unidos al interior del ALCA tendría, sin duda alguna, mayor peso que una negociación bilateral con el país del Norte. Por lo mismo la reiterada insistencia de las autoridades chilenas en una negociación bilateral con Estados Unidos y la persistencia en perjudicar las relaciones con MERCOSUR resulta incomprensible.

Si bien las decisiones respecto al proceso de negociación vienen a demostrar la ingenuidad de los negociadores chilenos, la insistencia en un TLC con Estados Unidos demuestra su sesgo ideológico. Un TLC con Estados Unidos reafirma una estrategia de desarrollo basada en la sobre-explotación de los recursos naturales, la contaminación ambiental, la concentración económica en unos pocos grupos económicos y la distribución desigual de los beneficios del crecimiento económico, todas características del desarrollo económico reciente de Chile.

Un alto porcentaje de la canasta exportadora de Chile está constituida por recursos naturales, estructura que se ha mantenido básicamente constante en la década de los noventa. El principal destino de las exportaciones chilenas es Estados Unidos con US$ 3.183 millones exportados en el 2000, del orden de 17% de los envíos de Chile al exterior. De estas exportaciones más del 30% son recursos naturales sin ningún tipo de procesamiento. Mientras tanto, Chile exporta US$1.709 millones a los países de MERCOSUR, de los cuales sólo el 19% son recursos naturales y el resto son productos industriales y recursos naturales procesados. Chile exporta US$630 millones de productos manufacturados al año a los países de MERCOSUR, más del doble que a Estados Unidos.1 Por otra parte, vale la pena tener en cuenta que las dos terceras partes de las inversiones de Chile en el exterior se dirigen al MERCOSUR.2

Fortalecer la relación con los países de MERCOSUR, no sólo tiene sentido para mejorar la posición negociadora de Chile frente a Estados Unidos sino además es la clave para cambiar la oferta exportable de Chile y así avanzar hacia una segunda fase exportadora. Además de los evidentes beneficios asociados a la integración regional. En este contexto las negociaciones para concretar un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos han significado costos importantes para Chile, pero además demuestran una ingenuidad negociadora sólo comparable a la ideología económica que, sin matices, prevalece en las autoridades chilenas.

  1. Comercio exterior de Chile, Informe Nº 31. Diciembre 2000. Dirección económica, Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile.
  2. Boletín Mensual. Diciembre 2000. Banco Central de Chile.
Autor/es Rodrigo Pizarro Gariazzo
Publicado en Artículos locales de la edición Chile
Edición Mayo 2001
Temas Deuda Externa, Mundialización (Economía), Geopolítica, Mercosur y ALCA
Países Estados Unidos, Brasil, Chile, Uruguay